La herencia sanguínea de Hernán Cortés

Si nos atenemos a las fuentes, en la vida del conquistador extremeño se alternaron los amasiatos y los matrimonios religiosos sin que mediara la menor contención de su parte, al grado que sería justo tildarlo de haber sido un amante pérfido y un padre irresponsable. Nada que sorprenda y que difiera con la impronta que él mismo se labró. Veamos:
La primera víctima conocida de sus furores sexuales fue una aborigen cubana que él mismo bautizó como Leonor Pizarro. Fiel a su estilo, la usó, la preñó y para desembarazarse de ella la maridó con uno de sus subalternos. Sucedió lo mismo con Doña Marina y con Isabel Tecuichpo, hija de Moctezuma II, además de otras cuatro naturales cuya identidad se ignora. Hubo una octava concubina llamada Antonia Hermosillo de quien nació un cierto Luis Cortés.

El cómputo de hijos “ilegítimos” ascendió a seis, mismos que se equiparan con los otros seis que le hizo a la española Juana Ramírez de Arellano y Zúñiga, su segunda esposa. Con la primera, Catalina Suárez, La Marcaida, no hubo progenie, en parte, porque el furibundo conquistador se encargó de desaparecerla. (Fue encontrada muerta, con señales de estrangulamiento, a los pocos días de haber llegado a la Nueva España y de haberse percatado de que su ilustre marido había armado un verdadero serrallo en su residencia de Coyoacán.  A Cortés se le imputó su asesinato pero, merced a su habilidad consabida, logró salir impune).
La historia que subyuga es la de los medios hermanos, ambos bautizados como Martín Cortés –Martín era el nombre del padre de Cortés– hijos, respectivamente, de Marina o La Malinche y de Juana de Zúñiga. El primero en ver la luz es el “bastardo”, alrededor de 1523 y el segundo, el “legítimo”, nace en Cuernavaca en 1532. A ambos Cortés los arranca del seno materno para llevárselos a España en aras de educarlos señorialmente.
El bastardo es legitimado en 1529 por el Papa Clemente VII, como es de esperarse, gracias a una sustanciosa suma. Con el destino signado de antemano por la “pureza” de su estirpe, a ambos se les reserva en España la colocación correcta: para el de sangre indígena sólo podía pensarse en convertirlo en lacayo de la Corte y de Dios –tomó los hábitos en la Orden de Santiago– y para el de sangre española, el adiestramiento en las armas –participó en la Batalla de San Quintín– y en las artes del relumbrón social.
El golpe maestro del destino aviene en 1563, cuando ambos regresan a la Nueva España. Martín el primogénito como parte del séquito de Martín el heredero, quien llegaba para ejercer sus derechos como II Marqués del Valle de Oaxaca. Conforme pasan los meses, ambos se imbrican en las actividades propias de su rango, hasta que Martín el “genuino” se inconforma con los manejos de la gubernatura virreinal. Una Ley Nueva –promulgada en 1542– impedía la heredad de las encomiendas, forzando a Martín “segundo” a organizarse, junto con algunos encomenderos, para vetarla y, de paso, para intentar alguna autonomía que bien podría considerarse como el primer brote independentista del futuro México.
Las autoridades descubren la conspiración y los cabecillas son aprehendidos. (Los hermanos Cortés serían condenados a muerte mas lograrían evadirla por mediación del virrey Gastón de Peralta. Las cabezas de los otros participantes rodaron por el suelo para luego ser exhibidas sobre las picotas del Ayuntamiento). El hombre indicado para recibir tormento es Martín el mestizo y, para honor de esa raza “impura” de la que formamos parte, lo padece estoicamente y no delata a su medio hermano. En cambio, Martín el “oficial” cae en la abyección y ha de ser testigo de cómo su solar es quemado y regado de sal –predio que hoy ocupa una porción del Museo del Templo Mayor– como parte de la punición.
Las penalidades por descontar: el destierro para ambos y la desposesión para el marqués. Y así, la muerte los encuentra en España impedidos para volver a la tierra que, al darles cuna, los marcó con el estigma de la sangre que no se escoge.

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