La revolución de los sin corbata

Después de su triunfo en las elecciones de Grecia, el nuevo gobierno que encabeza Alexis Tsipras se apresta a restituir derechos sociales y a desmantelar algunas de las medidas de austeridad que castigan severamente a la población. Se trata de un abierto desafío a los designios de la llamada troika –Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional– en vísperas de entablar negociaciones con ella sobre la abultada deuda griega. El nuevo primer ministro camina entre dos precipicios: enemistarse con los poderosos de Europa o defraudar a sus votantes.

ATENAS.- Todo proceso de cambio lleva aparejados símbolos. En algunos casos, la ausencia de ellos. El nuevo primer ministro de Grecia, el izquierdista Alexis Tsipras, por ejemplo, no lleva corbata.

–¿Cuándo se la pondrá? –le preguntó un periodista la víspera de su elección.

–Cuando consiga una condonación de parte de la deuda –contestó.

En los comicios del 25 de enero, 36.3% de los electores votó por la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza), lo que le reportó a esa fuerza política 149 de los 300 escaños con que cuenta el Parlamento griego. Los electores llevaban así al poder a Tsipras, a quien le bastó una semana al frente del país para dar muestra de que será un gobernante, cuando menos, diferente.

No han sido sólo las corbatas –la mitad de los nuevos ministros no la usan– o la juventud de Tsipras (con 40 años, es el primer ministro más joven desde 1865, en un país donde la media de edad de los jefes de gobierno las últimas cuatro décadas ha sido de 64 años), sino también la presteza con que comenzó a actuar.

Una de las cuestiones que más ha traído de cabeza en los últimos años a los negociadores europeos involucrados en las conversaciones sobre los sucesivos programas de rescate de Grecia ha sido la dificultad y tardanza de los partidos helenos en ponerse de acuerdo e integrar gobiernos, algo que ha debido hacerse hasta siete veces desde 2009.

En el caso de Tsipras, quien necesitaba del apoyo de un socio menor para gobernar –al haber quedado a sólo dos escaños de la mayoría absoluta– el pacto se firmó sólo unas horas después de que concluyese el recuento de votos. Eligió para ello a un partido polémico: Griegos Independientes (Anel, derecha nacionalista).

El acuerdo entre Syriza y Anel no se entiende a cabalidad fuera de las fronteras del país mediterráneo, pero en el interior sí: ambas formaciones comparten una oposición frontal a las medidas de ajuste exigidas por la troika, que a cambio ofrecen préstamos a Grecia. Una alianza con otros partidos hubiese atado aún más las manos de Syriza.

El 26 de enero –un día después de las elecciones– Tsipras asumió su nuevo cargo. Por primera vez en la historia lo hizo en una ceremonia civil y no ante la Biblia y el arzobispo, como es costumbre en Grecia. Esto fue muy criticado por los sectores conservadores de un país en el cual el cristianismo es religión oficial. Hacerlo, empero, hubiese sido un contrasentido, pues el nuevo primer ministro convive con su pareja –con la que tiene dos hijos– sin estar casado ni bautizado.

Para el martes 27 ya estaba listo el gobierno, que ese mismo día celebró su primer Consejo de Ministros. Se trata de un Ejecutivo reducido (11 ministerios, casi la mitad que en el anterior gabinete), un mensaje a los acreedores de que se tratará de ahorrar en todo lo posible, aunque sea de forma diferente a la que ellos exigen.

De hecho, Tsipras pidió a sus ministros que vuelen en clase turista, usen lo menos posible los vehículos oficiales y limiten el número de guardaespaldas y asesores. “Una cosa es la austeridad y otra la frugalidad. Nosotros estamos a favor de un modo de vida frugal. ¿Para qué necesitamos tantos Porsche Cayenne en las estrechas calles de Atenas?”, explicó en su habitual estilo socarrón el flamante ministro de Finanzas, Yannis Varufakis, profesor greco-australiano, “economista por accidente” –como se define– y habitual de las tertulias en cadenas de televisión internacionales.

Las caras al frente de los ministerios son, desde luego, diversas. Un ciego y activista a favor de los derechos de los discapacitados, Panagiotis Kurumplis, está en Salud Pública; un filósofo, Arístides Baltas, a la cabeza de Educación; y Panagiotis Nikoludis, duro fiscal encargado de la investigación de diversos escándalos financieros, será ministro de Estado comisionado para la lucha contra la corrupción. No hay mujeres entre los ministros.

Nada más terminar la primera sesión del Consejo de Ministros se ordenó retirar las vallas que, desde hace tres años, rodeaban al Parlamento para impedir a los manifestantes acercarse a la sede de la soberanía nacional, otra decisión simbólica.

Las “malas” cuentas

Pero no se gobierna sólo con gestos. La situación en Grecia es dramática para los estándares de la Unión Europea: uno de cada cuatro hogares se encuentra bajo el umbral de la pobreza y decenas de miles de familias dependen de la caridad para llevarse algo a la boca.

Efthimios tiene unos 45 años y cada día se acerca a un comedor social del ayuntamiento de Atenas, donde se reparten casi un millar de raciones diarias.

“Estudié filología y trabajé como fotógrafo. Pero perdí mi empleo y ahora sobrevivo con esta comida y la ayuda de mis vecinos. La situación empeora cada mes”, narra a Proceso.

“Esta gente se sume en la depresión, siente vergüenza y muchos ni siquiera hablan. Nosotros no preguntamos, sentimos respeto por ellos porque piensas que es algo que también te puede pasar a ti”, opina Sofía Tzitziku, una farmacóloga que atiende en una clínica social a parte de los 3 millones de griegos que han perdido el acceso a los servicios de salud.

Para tratar de revertir esta situación, en la primera sesión del Consejo de Ministros se acordó restituir el salario mínimo a su nivel de hace tres años (de 586 a 751 euros mensuales, es decir poco más de 12 mil pesos) y recuperar el pago de Navidad para las pensiones inferiores a 700 euros. Son las dos primeras medidas de un programa que prevé alimentar a 300 mil familias sin ingresos, abrir 30 mil viviendas vacías a quienes han perdido el hogar o garantizar medicinas y transporte gratis a los desempleados.

Al mismo tiempo se comenzaron a desmontar todas las leyes y reformas llevadas a cabo por recomendación de la troika. El nuevo Ejecutivo de Tsipras ordenó readmitir a 10 mil funcionarios despedidos “sin garantías constitucionales”, así como paralizar las privatizaciones de empresas públicas y recuperar el derecho de negociación colectiva de los sindicatos, suspendido por orden de la troika.

De igual manera se pretende acabar con la evasión fiscal y el contrabando y reformar la administración pública para terminar con décadas de clientelismo y mal funcionamiento, algo que se antoja una tarea de titanes para un Estado en el cual la corrupción se extiende desde la cúspide a la base: de médicos que han dejado morir a pacientes que se negaban a pagar un soborno o profesores que pasan a sus alumnos las tarifas para aprobar.

La pregunta es ahora ¿de dónde saldrá el dinero?

Las medidas que propone Syriza para su primer año de gobierno tienen un costo estimado de 11 mil 382 millones de euros (más de 190 mil millones de pesos). Al mismo tiempo el Estado heleno tiene que hacer frente durante este ejercicio al pago de casi 30 mil millones de euros en vencimientos de deuda. Las cuentas, por el momento, no cuadran.

No es de extrañar, por tanto, que la Bolsa de Atenas haya recibido la elección de Tsipras con fuertes caídas: 25% para los bancos y superiores a 10% en el caso de las empresas cuya privatización fue suspendida. Asimismo la fuga de capitales aumentó y en algunos casos se detectó que se fue hacia fondos de inversión de Luxemburgo, cuya legislación fiscal es muy laxa. La prima de riesgo –el diferencial en los bonos a 10 años griego y alemán– superó los mil puntos, cuando hace sólo dos meses estaba en 640.

“Cuando esté en el Ministerio de Finanzas no pensaré en la prima de riesgo ni en el Tesoro ni en los acuerdos firmados por anteriores gobiernos. Pensaré en él”, escribió Varufakis en su blog en referencia a un homeless que lo visitó recientemente y le pidió, no que hiciese algo por él, sino por los miles de griegos que corren el peligro de caer en su situación.

Cuando a Thanasis Skokos y Andreas Kutras se les menciona el nombre del nuevo ministro de Finanzas, ambos se llevan las manos a la cabeza. Uno es empresario, el otro un experto financiero que trabaja con bancos de inversión. Los dos forman parte del equipo económico del partido liberal To Potami, el cuarto más votado en las elecciones griegas y uno de los que se ofreció a apoyar a Tsipras, pese a que la desconfianza entre ambas formaciones es mutua.

“El problema de Syriza es que sus economistas no tienen ni idea de cómo funcionan las cosas”, afirma Kutras, en el bar del lujoso hotel Grand Bretagne de Atenas: “Creen que pueden comandar la economía sin tener en cuenta la repercusión de sus decisiones. Y por eso se limitan a lanzar ideas como si fuesen fuegos artificiales”.

Precisamente por esa falta de experiencia sobre cómo funcionan los mercados y las instituciones europeas, Skokos y Kutras creen que Tsipras no será capaz de negociar una quita de la deuda griega (actualmente al 177 % del PIB), la principal demanda del nuevo Ejecutivo heleno ante las autoridades europeas.

Por ejemplo, el Banco Central Europeo ya avisó que los títulos de deuda en su poder no pueden reestructurarse, ya que iría contra las reglas de la institución financiera.

Amenazas desde Berlín

Existen también dudas sobre la voluntad política. Los nuevos gobernantes de Atenas reconocen que las negociaciones serán “difíciles”, pero piensan que finalmente Bruselas dará su brazo a torcer. De hecho, durante la primera semana de gobierno de Tsipras varios líderes socialdemócratas –como el presidente francés, Francois Hollande, o el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz– trataron de acercar posiciones con él.

Pero el gobierno alemán no parece inclinado a cambiar su postura. La semana pasada, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schauble, tachó de “pérdida de tiempo” cualquier intento del gobierno de Atenas por renegociar los términos del programa de ajuste y la deuda. Su compañero, el ministro de Economía Sigmar Gabriel, instó a Tsipras a no deshacer las reformas promovidas por la troika y a seguir por la senda de la austeridad, y no excluyó que Grecia pueda acabar fuera del euro si no hace caso de lo exigido.

En Berlín y otras capitales partidarias de la disciplina fiscal más rígida y de la medicina de la austeridad temen que el ejemplo de Syriza, con sus propuestas económicas expansivas y de recuperación de los beneficios sociales, cunda en otros países. En España, el nuevo partido Podemos se sitúa a la cabeza de algunas encuestas y en Irlanda ya hay voces que, tomando el ejemplo de Grecia, cuestionan el modo de atajar la crisis del gobierno de Dublín, con su tremendo costo social.

Ése es precisamente el temor de Yorgos, quien un día antes de las elecciones se debatía entre votar por Syriza o por los socialdemócratas, pese a gustarle más el programa del primero: “Temo que luego no pueda cumplir sus promesas o que la Unión Europea se lo ponga difícil para que los votantes de otros países escarmienten”.

Tsipras ha logrado algo que hace tres años parecía imposible: llegar al poder al frente de un partido entonces casi marginal y un programa opuesto a los designios de Bruselas, pero ahora comienzan sus verdaderos retos.

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