Lo que la ausencia arroja

Se puede creer que cuando la persona recién fallecida ha tenido una vida rica, productiva, exitosa y larga, a más de encontrar reconocimiento y loas, como es el caso de Raquel Tibol, su partida va a afectar menos. No solemos tener en cuenta que se forma un hueco y que éste queda tanto en los aspectos emotivos de la nostalgia y el afecto, como en los de la vida profesional.

Este breve escrito es un recuerdo que dedico a todos aquellos que sienten, como me sucede a mí, que en cierto modo con ella concluye una época. Yo lamento no haber tenido la oportunidad de rendirle un tributo fúnebre, pues el velorio o despedida fúnebre permite a  amigos y conocidos del difunto compartir la pena.

En la nota un poco apresurada que dediqué a Raquel  el pasado martes 24 en el diario La Jornada no toqué aspectos amistosos, pues me propuse de algún modo revivir uno de sus momentos escriturales a partir de testimonios que ella misma recopiló y transcribió. Es decir, aludí al método por medio del cual expresaba un pensamiento suyo sin valerse de comentarios interpretativos –lo hacía mediante citas de documentos por ella misma rescatados–. Es decir: en todas formas “acarreaba agua para su molino”, como dice el dicho.

Hubiera querido decir que mi relación con Tibol, aunque fue predominantemente profesional, tuvo momentos de  regocijo, tintes afectivos y sobre todo estuvo cargada  de un reconocimiento matizado por mi parte  de admiración. Pese a los “tibolazos” que sí llegué a recibir, sobre todo hace tiempo, sí sentí que ella me guardaba simpatía y respeto y eso se manifestaba espontáneamente cuando nos encontrábamos –sin haberlo planificado– en algún sito. Recuerdo ahora con viveza los desayunos que tenían lugar en el Centro Cultural Tlatelolco cuando se inauguraba allí alguna de las exposiciones de la Colección Blaisten o bien cuando conjeturábamos que el encuentro tendría lugar, cosa que ocurrió varias veces, sobre todo, pero no únicamente en el Museo de Arte Moderno.

Es obvio que yo supe de Raquel Tibol antes de que ella supiera de mí.  Empecé a leerla desde su columna en Excélsior (“Arte y Público”) y la frecuenté en el suplemento de Novedades. Un reportaje suyo en dicho periódico fue definitivo como antecedente del texto (es una carta a Fernando Benítez) de donde hemos extraído “la cortina de nopal” de José Luis Cuevas  (1958) como si se tratara de un manifiesto, cuando que es un relato sobre un supuesto pintor chambista el texto  que da lugar a la justificadamente famosa frase.

Raquel fue ducha en todos los medios, le encantaba la radio y sus cápsulas siguen escuchándose en el Opus 94 del Imer. Sus incursiones en la televisión fueron múltiples y a varios nos involucró en programas que ella coordinaba para la pantalla chica. Recuerdo la primera vez, cuando me mostró un prendedor muy peculiar que lucía y que tomaba como fetiche: sólo lo usaba al parecer para la televisión. El programa era sobre Nahum B. Zenil y fue cortado de tajo no debido al contenido, sino porque se me salió (a mí que soy tan educada) una mala palabra. Los productores creyeron que era al propósito y todos nos fuimos a la calle.

Extraigo de la memoria recuerdos fugaces: como la noche en que Raquel bailó tango a sugerencia de Juan Acha; fue un tango fenomenal. O la vez que cantó boleros acompañada por la guitarra de Ismael Guardado. La recuerdo en Aguascalientes no una, varias veces, sobre todo cuando se volcó la camioneta que tripularon ella con los jurados de “Arte joven” desde León, Guanajuato. Fuera de unos cuantos moretones, a nadie le sucedió cosa de cuidado, pero a Raquel le recetaron unas inyecciones intramusculares que yo misma le apliqué.

Me sucede, ahora que la necesito: se me olvidó lo que estoy haciendo y pensé que ella podía corroborar lo de las inyecciones. La tarde-noche del domingo estuve a punto de llamarle para comentar las posibilidades de Birdman respecto a los Óscares, quería hacer una apuesta porque sabía que a ella le había gustado muchísi8mo Gran Hotel Budapest cuando recibí la llamada compungida de Armando Ponce.   

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* Crítica de arte, dirigió el Museo de Arte Moderno de 1990 a 2001, es miembro del Instituto de Investigaciones Estéticas y catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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