De regreso del infierno

El ciudadano francés Mourad Benchellali acude a escuelas y barrios marginales de Francia y de otros países europeos para alertar a jóvenes musulmanes sobre lo que realmente significa el yihadismo. Su trágica experiencia le brinda autoridad para hablar de ello: estuvo en un campo de entrenamiento de talibanes; fue “vendido” a los servicios de inteligencia paquistaníes y “revendido” a la CIA, la cual lo recluyó en Guantánamo. Tras ser liberado por falta de pruebas, el gobierno francés lo regresó a su patria sólo para encarcelarlo, como ya lo había hecho con el resto de su familia.

Lyon, Francia.- “Nadie regresa indemne del infierno. Aprendí y sigo aprendiendo a vivir con lo que sufrí. Es arduo”.

Mourad Benchellali habla despacio. Elige cuidadosamente sus palabras en un afán permanente de sobriedad y sinceridad.

Sentado en un restaurante discreto en el cual citó a la corresponsal, recuerda sin odio, sin amargura ni autocompasión la violencia física y moral a las que fue sometido. Cuenta también la forma en que comparte su experiencia con jóvenes seducidos por la propaganda del Estado Islámico (EI) y Al-Qaeda con padres de familia y educadores angustiados por el creciente fenómeno del yihadismo.

Lo anima una fuerza que surgió de lo más hondo de su ser a lo largo de un periplo trágico de cinco años que empezó en el verano de 2001 en un campamento de entrenamiento de talibanes en Afganistán y acabó en una cárcel francesa después de dos años y medio de detención en Guantánamo.

Mourad creció en Les Minguettes, un barrio popular inhóspito de Vénissieux, en los suburbios de Lyon.

Su padre, Chelali Benchellali, trabajaba en una empresa de limpieza y era imán en la mezquita del barrio. “Participaba también en misiones humanitarias de las que nunca hablaba en casa. Sin embargo, en 1994 nos enteramos de que estaba en Bosnia cuando apareció en los noticiarios televisivos: los serbios acababan de detenerlo. Estábamos en plena guerra de Yugoslavia”, recuerda Mourad.

Chelali pasó ocho meses encarcelado. Fue sometido a torturas y regreso a Véni­ssieux más taciturno que nunca. El acontecimiento traumó a Menad, el hijo mayor de la familia.

“Yo tenía 13 años. Mi padre se había convertido en el héroe del barrio y eso me llenaba de orgullo porque no estaba enterado de lo que había sufrido. Menad sí. Cambió por completo. Se volvió más religioso y más político, y eso me impresionó. Me llevaba siete años y era un modelo para mí”, dice Mourad.

Con el paso del tiempo, Menad también empezó a viajar mucho. En 1999 pasó un año en Afganistán. Regresó entusiasmado, pero sin explicar claramente lo que había hecho en ese país. Durante más de un año intentó convencer a Mourad de viajar también allá.

“Yo era un joven de 18 años bastante ingenuo. Casi nunca había salido de Vénissieux. Trabajaba como agente de mediación social en el barrio, pero mi contrato estaba a punto de acabarse. Practicaba mi religión sin más. Al principio me pareció demasiado peligroso ir a Afganistán. Pero mi hermano me dijo que lo que pasaba allá nada tenía que ver con lo que contaba la prensa occidental, que debía forjarme mi propia opinión y ver cómo se vivía en un verdadero país islámico”, confía.

Menad le aseguro también que sus “amigos” se encargarían de todo en Paquistán y Afganistán y que lo ayudarían con sus cursos de árabe y religión.

“Se mostró tan persuasivo que logró inclusive volver atractivo el hecho de viajar con una identificación falsa. Me tranquilizó además ser acompañado por Nizar Sassi, uno de sus amigos, convencido por él de lanzarse en esa andanza.”

Mourad y Nizar llegaron a Islamabad a finales de junio de 2001. Los “amigos” de Menad se encargaron efectivamente de ellos. De hecho, los dos jóvenes dejaron de tomar iniciativas en el momento en que pisaron Paquistán. Sólo siguieron instrucciones. Viajaron a Peshawar, cruzaron clandestinamente la frontera con Afganistán. Llegaron a Jalalabad sin saber lo que hacían en esa ciudad y cuál iba a ser la próxima etapa.

“Finalmente acabamos en el campo de entrenamiento de Al-Farouk. Fue un choque. Estábamos en una zona desértica en medio de la nada.”

Durante dos meses los jóvenes tuvieron que aguantar el calor implacable y la disciplina de hierro impuesta por los talibanes. Aprendieron a manejar armas, aguantaron ejercicios físicos despiadados y duros castigos. Cada noche estudiaban el Corán. El único acontecimiento excepcional en esa rutina de pesadilla fue la llegada en una ocasión de un emir alto, delgado, imponente.

“Todos lo miraban y lo escuchaban con veneración. No entendí su prédica porque mi árabe era muy pobre. Pero un compañero me la resumió en pocas palabras: ‘Dijo que los estadunidenses son los peores enemigos del Islam y que deben ser nuestros principales blancos. Habló de morir como mártires y de atentados-suicidas’… Era la primera vez que oía mencionar el nombre de Osama Bin Laden.”

Escape de Afganistán

A principios de septiembre de 2001 terminó el entrenamiento. Siempre bajo control de los “amigos” de Menad, Murad y Nizar regresaron a Jalalabad. Estaban buscando la forma más rápida de volver a Francia cuando, el 9 de septiembre, se enteraron del asesinato del comandante Ahmed Sha Masud, enemigo histórico de los talibanes. Dos días después, el 11 de septiembre, supieron de los atentados suicidas en Estados Unidos.

“Entendí que lo peor estaba por venir. Era imposible regresar a Francia. A mediados de octubre empezaron los bombardeos estadunidenses sobre Afganistán. Fue la desbandada. Los talibanes nos abandonaron y huyeron. Nos perseguían las tropas de Masud. Paquistán había cerrado su frontera y nos llovían bombas. Estábamos atrapados como ratas.

“Decidimos alcanzar Paquistán subiendo por las montañas. Nuestra hazaña duró dos meses. Fue atroz. Parte de los combatientes murió de frío en la nieve o destrozada por las bombas. Aun hoy no entiendo cómo pude llegar vivo a la ciudad de Parachinar en Paquistán”, reconoce.

La generosidad de unos habitantes de esa ciudad conmovió a los sobrevivientes. Les brindaron comida y techo, pero a los tres días los encerraron en una mezquita y los “vendieron” a los servicios especiales paquistaníes, quienes a su vez los “vendieron” a las fuerzas estadunidenses después de haberlos torturado durante dos semanas.

“El valor de cada combatiente extranjero era de 5 mil dólares –precisa Mourad–. Los estadunidenses nos devolvieron a Afganistán. Nos llevaron a la base militar que tenían en Kandahar. Fuimos los primeros presos de Kandahar. Lo que habíamos sufrido con los paquistaníes era nada comparado con lo que se nos infligió en ese lugar. Después de unos 15 días nos subieron a un avión, esposados, con un casco en la cabeza y los ojos tapados por lentes oscuros. Nos amarraron a nuestros asientos y nos pegaron un parche en la frente. Caí profundamente dormido.”

El preso 161

Mourad despertó unos minutos antes de aterrizar en Guantánamo y ser recibido a la bajada del avión con golpes e insultos.

“Primero nos encerraron en una especie de corral cercado por rejas metálicas y luego en jaulas individuales. Los policías militares (PM) nos tenían pavor y nos trataban como bestias salvajes. Al igual que en Kandahar, tuvimos el siniestro privilegio de estrenar las jaulas del Campo X-Ray”, cuenta.

Se emociona cuando la corresponsal le comenta que, junto con su entrevista, Proceso publicará una reseña del Diario de Guantánamo, escrito por Mohamedou Ould Slahi, su excompañero de infortunio quien sigue detenido en la base militar estadunidense. Mourad participó en la campaña de promoción de su libro en Francia organizada por Amnistía Internacional.

“Su testimonio sobre las atrocidades que se cometieron y se siguen cometiendo en Guantánamo es capital”, comenta.

En su propio libro, Viaje al infierno, que publicó en 2006 en Francia, Mourad detalló también las torturas descritas por Slahi. Contó intentos de suicidio de numerosos detenidos, mencionó crisis de locura y derrumbes psíquicos de muchos otros.

Aludió a sus propios momentos “difíciles” cuando ya no aguantaba los interminables interrogatorios de los servicios de inteligencia militar, del FBI y de la CIA en los que, durante dos años y medio, se le hicieron siempre las mismas preguntas. Sólo variaban los métodos de tortura para obligarlo a confesar lo que no había hecho.

Esboza una sonrisa púdica cuando se le pregunta cómo pudo resistir: “Me dio fuerza recibir cartas, aunque censuradas, de mi familia después de mucho tiempo sin contacto con ella, y también enterarme de la labor para defenderme por parte de mis abogados Jacques Debray y William Bourdon”.

Agrega: “El Corán me ayudó muchísimo. Fue en Guantánamo donde me volví realmente religioso. Durante meses el único libro que tuvimos derecho a leer fue el Corán. Sé que suena paradójico, pero para los musulmanes resulta imposible tomar distancia con la religión en Guantánamo. Al principio eran los mismos PM los que anunciaban la hora de la oración cinco veces al día. Después fueron altoparlantes.

“Y todos los musulmanes tenían que rezar. Lo mismo pasaba con el Ramadán (ayuno religioso). Ningún musulmán tenía escapatoria. Siempre me pareció sospechoso ese empeño por obligarnos a practicar nuestra religión.”

Mourad se queda pensativo cuando la corresponsal quiere ahondar en su lectura del Corán. Después de unos instantes de silencio, dice: “Hay demasiada gente que identifica el Corán con el odio. O no lo leyeron o no supieron leerlo. Meditar sobre el Corán me apaciguó, me trajo respuestas, me permitió superar sufrimientos, me libró del odio, me dio herramientas para tener una distancia crítica con lo que me pasaba”.

Después de otro momento de reflexión, precisa: “Varias veces me dejé sumergir por un odio de una fuerza increíble. No me sabía capaz de odiar tanto. Me volví salvaje y agredí a los guardias. Estos me hicieron pedazos. Después reflexioné. Entendí que me estaba convirtiendo en la bestia que veían en mí y que les estaba dando la razón. Me aterré. Aprendí a controlarme para seguir siendo yo mismo. Me sirvió el Corán para lograrlo”.

Crear lazos con los demás detenidos jugó también un papel importante en la lucha de Mourad para seguir siendo un ser humano: “Pero era difícil mantener relaciones porque siempre nos cambiaban de celdas. Me enteré de muchas historias de detenidos. Gracias a ellos aprendí árabe. Aprendí inglés con algunos PM, y platicando con ellos me asomé a otro mundo”.

Mourad se anima cuando evoca sus “relaciones” con los guardias, esporádicas al principio y un poco más frecuentes con el curso del tiempo.

“Teníamos la misma edad: entre 20 y 25 años. Muchos se habían enrolado en el ejército después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 para defender a su país contra ‘el mal islamita’. Cada seis meses llegaban nuevos equipos. Los del Campo X Ray, donde pasé seis meses, de enero a junio de 2002, fueron despiadados. No hubo intercambio posible con ellos. En cambio en el Campo Delta, donde me quedé hasta mi liberación en julio de 2004, aparecieron algunos guardias decentes. Siempre fueron una minoría, por supuesto.

“Fueron ellos los que se me acercaron. Querían entender quiénes éramos, de dónde veníamos, dónde y por qué nos habían detenido. Preguntaban sobre el Islam. Me escuchaban con mucha atención y también me contaron de sus vidas. Algunos estaban realmente asqueados por lo que veían.”

Según Mourad, los más abiertos eran los puertorriqueños. “Odiaban a los estadunidenses. Les decían ‘gringos’. Se habían enrolado porque necesitaban empleo. Por la noche nos traían café a escondidas. Era frío y bastante feo, pero sabía a gloria”.

El rostro de Mourad se ilumina literalmente cuando habla de los guardias de la etnia apache: “Nos decían: ‘Nosotros somos los únicos verdaderos americanos’. Despreciaban a los ‘blancos’. ¡Tenían unos rostros tan bellos! Se portaban bien con nosotros. Gracias a esos momentos furtivos de convivencia yo dejaba de ser el número one six one y de nuevo me sentía persona”.

Fue sólo a mediados de 2004, después de 30 meses de interrogatorios tan cruentos como vanos, cuando las autoridades estadunidenses decidieron liberar a Mourad Benchellali, Nizar Sassi y a otros cuatro franceses. La razón: las acusaciones en su contra carecían de fundamento.

“Como un paria”

El avión en el que viajaron aterrizó el 26 de julio de 2004 en la base militar de Evreux, unos 100 kilómetros al oeste de París. Apenas pisaron tierra, los seis jóvenes fueron esposados y transferidos a la capital, donde los interrogaron oficiales de la Dirección de Vigilancia del Territorio (DST). El 1 de agosto de ese año se inició una investigación judicial en su contra por “asociación de malhechores en relación con un proyecto terrorista”, un delito que sólo existe en el derecho penal francés.

“Nunca olvidaré esa llegada a Francia. Durante todo el viaje había soñado con abrazar a mi familia al bajar del avión. En lugar de eso me volví a encontrar en una sala de interrogatorios con policías que me hicieron exactamente las mismas preguntas que sus colegas estadunidenses. Me costó trabajo no derrumbarme”, confiesa.

Mourad pasó 18 meses en detención preventiva en el reclusorio de Fleury Mérogis, 30 kilómetros al sur de París. Francia es el único país europeo que encarceló a sus nacionales liberados del infierno de Guantánamo. Pero lo que casi enloqueció a Benchellali fue enterarse de que sus dos hermanos, su padre y sobre todo su madre, se encontraban también en detención preventiva.

Menad Benchellali, su hermano mayor, estaba acusado de liderar una red de apoyo a combatientes chechenos y de haber planeado –con nulos resultados– atentados químicos contra intereses rusos en Francia. Sus padres y su otro hermano estaban acusados de complicidad con él por el hecho de haberle girado dinero a Georgia, donde estuvo detenido cuando iba a Chechenia.

“En Fleury Mérogis yo estaba con los presos de alto riesgo. Durante los paseos nadie quería hablar conmigo. Todos estaban en detención preventiva y temían empeorar su caso si frecuentaban a un ‘terrorista’. Me sentí como un paria. No sufrí torturas físicas como en Guantánamo, pero sí muchos malos tratos y un creciente estrés psicológico.

“Sabía que mi hermano mayor no era el único responsable de la detención de mi familia. Mis años en Guantánamo pesaban mucho también. Pedí autorización para ver a mi madre, que estaba encarcelada también en Fleury Mérogis. En vano. Protesté con una huelga de hambre de un mes. Sin resultado. Otra vez me salvó el apoyo mi abogado Jacques Debray.”

El 12 de enero de 2006 Debray obtuvo la “liberación condicional” de su cliente, a quien, sin embargo, se le prohibió salir de París y sus alrededores y contactar a su familia, la cual –salvo Menad, quien fue condenado a 10 años de cárcel– había recobrado su libertad.

El juicio de los seis exdetenidos de Guantánamo se inició el 3 de julio de 2006 y fue interrumpido muy pronto a raíz de que el matutino Libération publicó documentos demoledores sobre los servicios de inteligencia franceses. El diario reveló que en tres ocasiones, agentes de la DST habían viajado a la base de Guantánamo –a la que el gobierno francés negaba toda legitimidad– para interrogar a los detenidos galos identificándose como diplomáticos y que las acusaciones que pesaban contra dichos detenidos se basaban en informaciones obtenidas en la más absoluta ilegalidad.

El 19 de diciembre de 2007 empezó el segundo juicio de los exdetenidos de Guantánamo. Todos fueron condenados a un año de cárcel. Salieron libres debido a que ya habían cumplido 18 meses de detención preventiva. Mourad Benchellali y Nizar Sassi apelaron.

“No soy terrorista. Nunca lo fui, nunca lo seré. Mi única responsabilidad es haber aceptado el proyecto muy vago de mi hermano, y eso lo asumo. Pero no soporté ser condenado por lo que no soy. Apelé”, enfatiza.

El 17 de febrero de 2010 la Corte de Casación, equivalente a la Suprema Corte de Justicia de México, invalidó el veredicto. El Ministerio Público apeló. El 3 de septiembre de 2014 la Corte de Casación confirmó el primer veredicto y se cerró el caso de Mourad Benchellali.

“Quedé condenado definitivamente por un crimen que no cometí”, comenta escuetamente.

Pero sus batallas judiciales no acabaron en 2014. Entre sus combates actuales destaca uno que implica a su madre y el cual le importa más que todo.

Cuando fueron enjuiciados en 2005, sus padres estaban a punto de conseguir su naturalización. Ésta quedó cancelada y el tribunal ordenó su expulsión a Argelia, la cual se llevó a cabo en septiembre de 2006 para el padre y tres meses más tarde para la madre.

“Mi madre fue sometida recientemente a una operación de cateterismo coronario y necesita cuidados especiales. Estoy moviendo cielo y tierra para que se invalide su expulsión de territorio francés. Necesita ser atendida en este país y volver a vivir en paz aquí conmigo.”

La segunda batalla es la de David contra Goliat. En 2004, mientras Mourad estaba en Guantánamo, sus abogados interpusieron en París una demanda judicial contra quien resulte responsable en Estados Unidos por su detención extrajudicial y los tratos inhumanos que sufrió.

Esa demanda, instruida desde hace 10 años, se fue precisando conforme fueron saliendo nuevas informaciones entre las que destacan los cables sobre Guantánamo filtrados por WikiLeaks y el informe del Senado estadunidense sobre las técnicas reforzadas de interrogatorios que causó revuelo en diciembre del año pasado.

Los abogados de Mourad demandan no sólo al general Geoffrey Miller, quien encabezó el campo de detención de Guantánamo entre 2002 y 2004, sino también al expresidente George Bush y a John Ashcroft, su entonces fiscal general.

Y no se quedan allí: demandan a Francia ante la Corte Europea de los Derechos Humanos por el procedimiento judicial viciado del que Mourad Benchellali fue víctima y el no respeto del concepto judicial del “lapso razonable” reconocido por la justicia francesa. Los jueces tenían la obligación moral de reducir al máximo su detención provisional teniendo en cuenta los dos años y medio que pasó en Guantánamo.

Pelear por sus derechos es capital para Mourad. Exigir justicia le permitió retomar las riendas de su destino. Testimoniar y alertar a los jóvenes sobre la realidad de la yihad también es crucial para él.

Empezó a hacerlo en forma muy solitaria después de la publicación de su libro, primero en su barrio de Vénissieux, donde volvió a vivir; luego en escuelas en Suiza y Bélgica. No fue solicitado en Francia.

“Fuera de Francia la gente me veía como víctima de la monstruosidad de Guantánamo. En mi país era un terrorista y un paria”, recalca sin animosidad.

La mirada de la sociedad, de los periodistas y de los políticos franceses sobre él sólo empezó a cambiar en los últimos meses a raíz de la influencia creciente del EI y Al-Qaeda sobre una franja de la juventud y de los atentados de los pasados 7 y 9 de enero en París.

Ahora lo llaman de todas partes de Francia padres de familia, educadores, animadores de asociaciones de barrios rebasados por el fenómeno de la yihad, así como incipientes grupos que intentan contrarrestar los efectos de la propaganda islamista.

El pasado 27 de noviembre la Comisión de Investigación sobre redes yihadistas del Senado francés escuchó su testimonio con suma atención, lo mismo que asesores del ministro del Interior con quienes se entrevistó el mismo día.

“No lo voy a negar –dijo Benchellali a los senadores con esa sinceridad que lo caracteriza–, estas reuniones ayudan a mi propia reconstrucción, me dan la posibilidad de convertir una experiencia dolorosa y traumática en algo útil para los demás y para mí mismo.”

Precisa a la corresponsal: “Sentirme útil es la única manera de dar sentido a tantos años kafkianos…”.

Pero Mourad se muestra bastante cauteloso ante su repentina fama. Se cuida de no ser utilizado por la prensa y los políticos. Protesta cuando periodistas hablan de su “cruzada contra la yihad”. Incansablemente explica a los padres de familia y a los educadores que no tiene recetas milagrosas contra el yihadismo, ni instrucciones que dar a los jóvenes.

Insiste: “Sólo les cuento cómo caí en un engranaje del que no pude escapar. Les describo el horror de la guerra, los cuerpos destrozados por los bombardeos, la tortura cuando te agarra el enemigo. Eso no aparece en los videos de propaganda del EI. Haber sobrevivido a Afganistán y Guantánamo me da legitimidad y credibilidad. Les brindo elementos de reflexión. Pero no decido en su lugar. Los invito a pensar y a decidir por sí mismos. Confío en ellos y los siento receptivos”.

Mourad no quiere convertirse en “testigo profesional”. Tiene otros proyectos. Uno de corto plazo: desarrollar programas de inserción profesional en suburbios desfavorecidos. Y otro de muy breve plazo, que califica de “urgente” e “indispensable en su vida”: realizar un documental sobre su experiencia a través del prisma de su amistad con su defensor, Jacques Debray.

Este respetado abogado padece desde hace cinco años una enfermedad degenerativa de tipo neuromuscular conocida como enfermedad de Charcot. Hoy está totalmente paralizado e incomunicado. Y su esperanza de vida disminuye día tras día.

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