La Corte es mía

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- No me importa lo que digan, ni si han juntado más de cincuenta mil firmas. Tampoco su postura frente a los derechos de las mujeres. Ni si es responsable último e impune de graves violaciones a derechos humanos. Si cumplió o no su trabajo en materia de seguridad y procuración de justicia, nada tiene que ver. Que lo perciban bien o mal en el propio poder judicial, que su carrera jurídica sea exitosa o poco menos, no me importa. Cualquier otra cosa que puedan decir, para mí es intrascendente. La Corte es mía y yo hago con ella lo que yo quiera.

Nuestra costumbre es pensar que lo anterior atiende solamente a la determinación del presidente de la República, pero con un poco más de calma, podemos ver con claridad que “el régimen” es el que nos pone en cara esta realidad. No ha sido el presidente solo, su decisión la han secundado 83 integrantes del Senado provenientes de diferentes partidos. Cabe preguntar ¿a quién representan con esos votos? Claramente no a la parte de la sociedad que levantó tanta polémica sobre un nombramiento para la Corte y ni siquiera, por asomo, a cualquier otra parte de la sociedad, puesto que muy escasas voces, si alguna aparte de la del elegido, defendieron la idoneidad del nuevo miembro del máximo tribunal del país.

Podemos seguir pensando que nuestra democracia representativa funciona, sobre todo a la vuelta de las elecciones, pero más allá de ilusiones, lo que me parece más importante es preguntarnos, ¿y ahora qué sigue para la Corte? Bueno, a final del año vienen dos sustituciones. Salen dos personas que en sus más de veinte años en el más alto tribunal han procurado asumir posturas favorables a los derechos humanos. Críticas aparte, ¿a quiénes se va a designar para ocupar sus lugares? “El régimen” lo tiene claro, a quienes se les antoje. Todo indica que hagamos lo que hagamos desde la sociedad, el presidente y los partidos políticos que le siguen nos han demostrado que no representan más que a sus intereses.

Y entonces, la pregunta sigue en pie, ¿Qué hacemos?, ¿Dejamos que la Corte retroceda al lugar que tenía antes de 1995?, condenada desde este año a ser apéndice del “régimen” en el poder, ¿O qué alternativas tenemos?

Quisiera creer que al interior de la Corte, a partir de esta dura realidad, se puede tomar conciencia de que su postura para concentrar poder dentro del poder judicial ya no es viable, que asumirse infalibles en sus decisiones e imponerlas como obligatorias e incuestionables para todos los juzgados y tribunales del país no llevará a nada más que a invitar al “régimen” a que la controle a golpe de nombramientos a modo, para que controlando incluso a una minoría de once, desde ahí, con suma verticalidad, se controle a todo órgano judicial en México.

Lo malo es que por más que quiera creer, no me puedo conformar con tan poco. Por eso pienso que ahora, una parte de nuestra agenda debiera ser buscar que no once, sino once mil, sesenta mil o más, servidoras y servidores públicos responsables de ejercer el poder judicial en todos los estados y la Federación, adquieran verdadera independencia para encarar la encomienda que desde la Constitución de la República se les hace, y que no es otra que asumirse defensoras y defensores de los derechos de la gente.

Cada integrante, titulares y personal, de cada juzgado y tribunal del país, tiene la obligación de ser garante de nuestros derechos humanos. Si “el régimen” nos ha demostrado con toda claridad que puede imponernos a quien quiera en la Corte, mientras sigamos confiando en que en las elecciones podemos de verdad elegir un cambio, no nos queda sino ocuparnos también de mirar a todos esos juzgados y tribunales, a exigirles que nos defiendan frente al “régimen” imperante caso a caso, sentencia tras sentencia. Pedir que la gente que nos juzga, aparte de eso, nos rinda cuentas. Pelear porque esa gente a la que no elegimos, a la que eligen en “nuestra representación”, sin importar su legitimidad de origen, nos demuestren caso a caso, sentencia tras sentencia, que están para servirnos y defendernos. ¿O qué otra opción tenemos?, ¿Qué más nos queda por hacer?

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