Israel: Hastío ante el rompecabezas electoral

¿Continuidad o cambio?, ¿votar para castigar o votar por miedo? Son preguntas que responderán los israelíes el martes 17, cuando acudan a las urnas para elegir un Parlamento del cual surgirá un nuevo gobierno. Pese a su modesto balance, el primer ministro Benjamin Netanyahu lucha por un tercer mandato consecutivo, mientras una fuerte coalición de centro-izquierda se presenta como alternativa viable para sacar del poder a la derecha, que gobierna desde 2001.

Jerusalén (Proceso).- En la recta final de una campaña electoral atípica, todos los sondeos prevén que, salvo una sorpresa de última hora, ningún partido podrá proclamarse vencedor en los comicios del martes 17 en Israel.

Las elecciones legislativas serán una vez más reflejo de un país de 8 millones de personas dividido, complejo, multicolor y a menudo desgarrado.

“Las elecciones en Israel ya no son de esperanza, una esperanza de que las cosas pueden ir mejor. Hay un vacío de liderazgo y en estas elecciones se transmite miedo a los ciudadanos, se crea una cortina de humo para no hablar de los verdaderos problemas del país y la gente acaba votando, por si acaso, por los mismos gobiernos que nos van a llevar a no reconocer a Israel dentro de algunos años”, lamenta en entrevista Gaby Lasky, mexicana y candidata a diputada por el partido de izquierda Meretz.

Miedo a Irán, miedo a los palestinos, miedo a los países árabes vecinos, miedo al terrorismo, miedo a estropear las relaciones con Estados Unidos o miedo al cambio, resume.

Los comicios del martes 17 pondrán punto final a una variopinta coalición gubernamental que se formó tras las elecciones de hace dos años. Bajo la batuta de Netanyahu se agruparon centristas, ultranacionalistas, militantes de derecha representantes de la expansión de las colonias en tierra palestina e incluso un expresentador de televisión convertido en líder de un partido.

Era una coalición ortopédica que se fisuró por diferencias irreconciliables sobre la forma de encarar el conflicto palestino-israelí, la manera de responder a las necesidades socioeconómicas de los ciudadanos o las prioridades en materia de seguridad y política exterior.

En este momento, el riesgo es que no haya de nuevo un ganador claro y la única manera de formar un gobierno sea reu­niendo a partidos y políticos con visiones opuestas. Según los últimos sondeos, la formación de derecha Likud –partido de Netanyahu– obtendría entre 21 y 23 escaños en el Knesset (Parlamento) de un total de 120. La coalición Unión Sionista, formada por el Partido Laborista y el centrista Hatnuah, oscilaría entre 23 y 24.

La tercera fuerza más votada podría ser la lista unida de partidos árabes-israelíes o la formación de centro Yesh Atid, creada en 2012 por el presentador de televisión Yair Lapid, ministro de Finanzas desde hace dos años. Cada uno obtendría entre 13 y 14 escaños.

Detrás de ellos, un colorido mosaico de partidos –desde la derecha ultranacionalista hasta la izquierda, pasando por las formaciones religiosas– reuniría unos 50 escaños y se verá cortejado por unos y otros pues su apoyo será clave para formar un nuevo gobierno.

Empate técnico

“Israel debe ser el único país democrático en el mundo donde un político se convierte en primer ministro con sólo 20% de los votos, lo cual es preocupante en cuanto a legitimidad y eficacia. Salvo sorpresas, los resultados van a ser muy ajustados y todo puede decidirse en función de un puñado de votos. Va a ser difícil formar una coalición estable y firme”, dice a Proceso Denis Charbit, profesor de sociología y ciencias políticas de la Universidad Abierta de Israel.

El empate técnico entre Netanyahu e Isaac Herzog, candidato de la Unión Sionista, es probable y los israelíes podrían verse dirigidos por un gobierno de unión nacional. “Dos años Bibi Netanyahu como primer ministro, y dos años, Herzog. Es un panorama poco alentador y un gobierno que no irá demasiado lejos, pero igual no es tan negativo para la estabilidad nacional”, considera Charbit.

En este momento, tal vez por convencimiento, tal vez por razones puramente electorales, Netanyahu y Herzog rechazan de plano la idea de unirse.

“Por primera vez en años hay una alternativa a Netanyahu. Yo soy esa alternativa, soy la única alternativa. Tengo todas las opciones para formar una coalición fuerte. Tienen ante ustedes al próximo primer ministro de Israel”, aseguró Herzog en un encuentro con periodistas extranjeros a finales de febrero.

Pero el líder de la oposición no logra generar el entusiasmo de las masas. Los israelíes lo ven como un hombre honesto y confiable pero desconocido y menos experimentado que Netanyahu, quien lleva 15 años en primera línea de la política: es primer ministro desde 2009 y ya fue jefe de gobierno de 1996 a 1999.

“Herzog es la antítesis de Bibi. Es honesto y simpático pero no tiene ese don de palabra y no es un veterano. Los electores pueden sentir que no corresponde al perfil que necesita el mundo actual, en el cual hay que responder a amenazas como Irán o Siria. Tal vez se necesite a un tipo menos simpático pero más experimentado, a alguien que no es formidable pero sí firme”, explica Charbit.

Sin embargo, el hartazgo y la decepción hacia el jefe de gobierno saliente podrían favorecer a Herzog.

En la izquierda y en la derecha israelíes hay un sentimiento de que el país necesita un cambio ya. El sábado 7, unas 40 mil personas se reunieron en Tel Aviv a instancias de una organización ciudadana para mostrar su repudio al primer ministro. “¡Bibi, vete a casa!”, clamó la multitud en la plaza Rabin. Hacía tiempo que en Israel no había una manifestación tan concurrida. Los presentes no eran únicamente votantes del partido laborista, sino una buena representación de la compleja sociedad israelí.

“Mi partido es el Estado de Israel y hoy hablo únicamente como un soldado que se preocupa por su país (…) Israel es un país rodeado de enemigos, pero los enemigos no nos asustan. Yo estoy asustado por la falta de liderazgo, de determinación y de rectitud personal de este gobierno”, lanzó Meir Dagan, antiguo jefe del Mossad,­ el servicio de inteligencia israelí.

A Netanyahu le reprochan los escándalos de corrupción en su familia, los escasos resultados en seguridad, en el diálogo de paz con los palestinos o en la mejora de las condiciones sociales y económicas de los israelíes, además del deterioro de la imagen de Israel en la esfera internacional, comenzando por la tensión en las relaciones con Estados Unidos.

“Netanyahu ha fallado a la hora de avanzar en la creación de un Estado palestino. Durante su gestión se han batido récords en la construcción de viviendas en las colonias de la Cisjordania ocupada. No ha hecho nada para resolver los problemas socioeconómicos y en Israel cada día hay más pobres, más niños que pasan hambre o más jóvenes que no pueden acceder a una vivienda digna.

“Además, la esencia democrática está en crisis por culpa de este gobierno: quien piensa diferente no puede hablar libremente, hay un desprecio hacia los árabes-israelíes, hacia la izquierda, hacia los militantes de organizaciones humanitarias. Estamos llegando un punto de no retorno”, explica Gaby Lasky.

Campaña de miedo

Netanyahu puede estar desgastado pero en absoluto derrotado. Lo sabe y ha jugado esa carta en la campaña. Logró marcar la agenda y convertir la amenaza del programa nuclear iraní en el centro del debate. Su discurso ante el Congreso estadunidense, el martes 3, fue bien recibido por sus votantes y lo hizo avanzar en las encuestas.

“Sólo el Likud permanecerá firme frente a Irán, garantizará la integridad territorial de Jerusalén y la seguridad de Israel”, repite en sus intervenciones públicas el jefe de gobierno.

“Ellos o nosotros”, es su lema de campaña. Sus polémicos videos electorales transmiten el mismo mensaje.

En uno de ellos, unos milicianos del Estado Islámico, armados y enmascarados, atraviesan el desierto y detienen su vehículo para preguntar a otro conductor dónde queda Jerusalén. “Gire a la izquierda”, responde éste. El mensaje es claro: éste es el futuro que espera a Israel en caso de triunfo de la oposición, que según el Likud “se rendirá ante el terrorismo”. Irán, la milicia chiita libanesa Hezbolá, el Estado Islámico o Hamas: para Netanyahu todos son diferentes caras de una misma moneda.

Pese a la obsesión de los israelíes con la seguridad, sorprende que el gran tema ausente en esta campaña haya sido la paz o la manera en que el nuevo gobierno encarará su relación con los palestinos. Hace un año las negociaciones bilaterales están congeladas y han pasado sólo seis meses desde el fin de la cruenta guerra en Gaza. Pero el tema simplemente desapareció.

“El Likud siempre ha sido ambiguo con esta cuestión. ‘Estamos a favor de la paz pero no a cualquier precio’, parecía ser su discurso; pero en esta campaña la paz directamente no está en la agenda. Y la Unión Sionista tampoco menciona excesivamente el tema, tal vez para no enfadar a nadie y para no disuadir a electores”, estima Charbit.

Todo parece valer para ganar votos en Israel, y sin embargo la campaña poco tiene que ver con el frenesí electoral que se genera en otros países. Un turista que pasee por aquí esta semana y no lea la prensa no adivinaría que se celebrarán elecciones en un par de días: no hay mítines, no hay debates en la televisión entre los cabezas de lista de los grandes partidos y en ciudades como Jerusalén o Tel Aviv no se cuelgan carteles.

Además las elecciones en Israel son frecuentes. Es raro que un primer ministro complete su mandato de cuatro años y los ciudadanos viven estos vaivenes políticos con un cierto hastío. Según los sondeos, la abstención representará al menos un tercio de los electores el martes.

“Votaré por Netanyahu porque más vale malo conocido que bueno por conocer. Mucha gente hará como yo y habrá sorpresas”, apunta Ester Baram, enfermera en un hospital público de la ciudad.

“Izquierda o derecha, Bibi o Herzog, nada cambiará en mi vida: los problemas para llegar a fin de mes, la dificultad de mis hijos para independizarse, el miedo a que vuelva a haber atentados”, resume Ilan Darmon, propietario de un comercio en el centro de Jerusalén.

Esta resignación se explica en buena parte por el sistema, calificado por algunos politólogos como la “dictadura de las minorías”.

“Si el Likud llega a formar un gobierno, tendrá que crear una coalición con seis partidos diferentes, cada uno con su agenda: dos ultraderechistas, tres partidos ultraortodoxos y una formación escindida del Likud. Lo mismo le ocurre a Herzog, quien tendrá que firmar acuerdos con cinco partidos: desde ultraortodoxos hasta Meretz. ¿Qué tienen en común estas personas? Por eso, hasta que el sistema no cambie, da igual quién gane las elecciones”, resumía el martes 10 Nehemia Shtrasler, columnista del diario Haaretz.

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