“Paseo de la Reforma”, la reedición de Poniatowska

Elena Poniatowska: Paseo de la Reforma. Ed. Planeta 2009/Seix Barral, México, 2015.

Alumbra esta importante novela, con luz asimétrica, un país que brota en nueva visión pero que se revela todavía más denso y anudado.

Vemos los fragmentos de su “sociedad”: su impensada aristocracia coexistiendo en un margen refinado, conservador, integrado de rancios valores cristianos y un ethos de elegancia que mira, desde el “país” al país, como algo extraño, peregrino, mísero y extranjero. Sus lejanos indígenas algo idealizados románticamente. Su estrato lumpenurbanícola. Su clase intelectual desgarrada de alcohol y extravagancias. Su casta política de podrida intimidad.

El drama oculto es sin embargo palpitante: cómo lo aristocrático se hermana con una alucinante causa revolucionaria, un ejemplo dado aquí con violencia en México, de la vieja observación de inspiración marxista, de que ante la salvaje voracidad de la emergencia burguesa, la nobleza, que resulta desplazada por ella, la combate, con el pretexto estético de que dicha burguesía es una fuente del mal gusto y de la naquería. Al hijodalgo se le erizan los pelos de ver la inmediatez arribista del burgués, y distribuyendo la mirada sobre “el país” en el que vive de todos modos, descubre al indio y su causa: la triste melancolía por su viejo despojo. Ve al intelectual de origen incierto, que en su descomunal borrachera concibe la rebelión, rebelión que no obstante sólo recomienda a otros: estudiantes, guerrilleros, bonzos morales y demás desesperados.

La “gente bien” mexicana sitiada por innumerables ojos, encuentra opción en el caos de la revuelta, donde acaba por fundirse en modo trágico. Este grave paso está dado porque su solar linajudo perdió fuerza y prestigio, porque se vino abajo su aspiración monárquica; porque su vivir desfundado se convierte en un mecánico páramo de tedio. Y en el tal paso mismo, en este lance histórico y social, descubre el amor como una tentación del diablo, pero que sin embargo lo hunde en la aspiración identitaria de habitar una nación, un país, una cultura, una voz, su singularidad en el concierto universal. Aunque esa búsqueda solamente lo lleve a la violencia y a la muerte.

La autora de Paseo de la Reforma podrá decir: “yo no escribí nada de eso”. O no. Pero un lector atento también encuentra con rapidez lo antes expuesto.

La heroína de la novela no sólo no es genial a pesar de la admiración subliminal de su constructora, ni por la admiración popular, ni por la intelectual: es chocantemente “justiciera”; una de esas tigresas copetudas e inteligentes –“la mujer interminable”– que hace temblar al policía que osó pararla porque se pasó un alto.

El héroe en cambio, en la luna de sus elegantes hábitos, es una hoja al viento que cuando arrecia la tormenta es atrapada por la melancolía de que, en su pasado estuvo adherida a su rama de árbol ideal. Aunque hubiera sabido que tal árbol se marchitaba.

La heroína y el héroe, en otros términos los personajes centrales del relato, se van flechando en la parranda intelectual. Este evento brutal cobra una fuerza inusitada cuando el héroe, un señorito que abre las puertas de su mansión de hacendado en la ciudad, ve que los “pelados” intelectuales hacen cola ebria ante su cava. Éstos, están fascinados en la mansión que finge ofrecer salón a los notables de la ciudad. Finge porque el suceso no es con propiedad el noble evento del salón del ancien régime, sino el de cantina franca. Y entre las discusiones a gritos destaca la figura hipnótica de la heroína, una rubita desatada, que después funge como lideresa de los desposeídos al concurrir a mítines y plantones con un visón, que en el colmo de preconcebida elegancia y genio ella y sus protegidos usan como colchón para dormir en plena calle. Vaya.

El trance es, con repulsión, divertido, si esto es conciliable.

Pero allí el protagonista se enamora hasta abandonar a su santa y venerable esposa (porque es casado y tiene hijos), para seguir a la aguerrida Adelita que a su vez es también casada con un incomprensible ricachón que nunca está en casa hasta hacernos conjeturar que no es la suya casa sino casa chica. A menos que el matrimonio de nuestra heroína implicara una suerte de relación simonedebeauvoir-sartre.

Las peripecias de esta novela narrada con atractiva ligereza mexicana esconde una tesis de autor, distinguida y profunda: que el destino de esta nación que trata con desesperación de estructurarse, social, económica y espiritualmente, está en la causa del pueblo desheredado.

De Elena Poniatowska, una de las plumas más importantes de la república de las letras contemporánea se dice que su personaje femenino en esta novela estuvo inspirado en la figura de Elena Garro. Y puede ser que en su temperamento, pero no en todas las particularidades biográficas de esta otra grande Elena.

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