Bajo el domo, el documental censurado en China

BEIJING (apro).- Afirma Chai Jing que nunca la contaminación la había preocupado hasta que al regresar a Beijing supo que estaba embarazada y entonces señala un gráfico que muestra los casi 200 días de aire turbio en la capital del pasado año. “Cuando tienes una vida entre tus brazos, eres responsable de lo que respira, de lo que come, de lo que bebe”, dice.

Así empieza Bajo el domo, el documental del que todo el mundo habla en China. En cinco días, antes de que fuera censurado, fue visto por más de 200 millones de internautas. Los comentarios en Sina Weibo, el Twitter chino, se contaron también por cientos de millones.

Algunos lo compararon con La verdad incómoda, el documental de Al Gore que removió las conciencias sobre el calentamiento global y ganó un Oscar. Otros van más allá: sería como Silent spring, aquel libro seminal de Rachel Carson que en1962 alertó sobre los pesticidas y ha guiado desde entonces al movimiento ecologista en Estados Unidos como una Biblia.

El nombre del documental viene de una vieja serie de ciencia ficción en la que un pequeño pueblo queda aislado del resto del mundo por una indestructible cúpula. China es, según esa analogía, un ecosistema cerrado que condena a respirar el aire tóxico.

Chai, con una sencilla blusa blanca y unos tejanos raídos y anchos, se mueve pausadamente por el escenario durante más de 100 minutos y habla con magnetismo. Es una prestigiosa periodista de 39 años que incluso entre los apretados corsés de la televisión pública china había investigado el brote del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo y Grave), los accidentes de las minas ilegales de carbón o el terremoto de Sichuan de 2008 que dejó casi 100 mil muertos.

Chai abandonó su envidiado puesto de trabajo cuando a su hija la diagnosticaron un tumor benigno que los médicos que la trataron achacaron a la contaminación. La periodista decidió entonces elaborar un documental que le costó un millón de yuanes de su bolsillo (casi 160 mil dólares).

El documental encadena gráficos, videos y entrevistas que desnudan las causas que han llevado al país al borde del colapso medioambiental.

Es un trabajo concienzudo, tan didáctico como profundo, planteado como una amena suma de conferencia científica, periodismo de investigación y memorias personales.

“Es un instrumento muy poderoso porque está filmado con fuerza y pasión, así que contribuirá de forma dramática a que la gente tome conciencia aún más del problema de la contaminación. Pero no cuenta nada nuevo, todo está ya en Internet y cualquiera puedo consultar la información. Ella lo cuenta de forma diferente”, señala por teléfono a Apro Changhua Wu, directora en China de la ONG The Climate Group.

El documental sigue la pista de la contaminación en la provincia de Shanxi, con gran número de minas de carbón, o de Hebei, de tradición acerera, para denunciar que cualquier regulación medioambiental es sistemáticamente sacrificada por unas cuantas décimas de crecimiento del PIB.

También revela el inmenso poder de las tres grandes compañías petrolíferas estatales, que entorpecen cualquier intento del Ministerio de Protección Medioambiental de fijar unos estándares para combustibles menos contaminantes.

Ni siquiera la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, la poderosa agencia que traza las líneas maestras de la política, puede vencer su oposición. El documental, pues, también sirve para adentrarse en esos vericuetos de la política china normalmente desconocidos en Occidente.

El reportaje muestra numerosas escenas donde los funcionarios encargados de la protección del medioambiente se ven impotentes para detener o multar a quienes violan la ley.

Chai demuestra que el mayor problema no son las leyes, sino su cumplimiento, lastrado por los problemas estructurales del sistema político chino: débil imperio de la ley, falta de libertad de prensa y transparencia, sociedad civil en pañales, corrupción y obstáculos a la participación pública.

La nueva ley de protección medioambiental prevé multas más altas e incluso condenas de cárcel para los infractores, pero aún es pronto para juzgar sus efectos.

El documental no es amable con los logros de la política medioambiental de Beijing y certifica lo lejos que está de ganar esa guerra contra la contaminación que pomposamente declaró el presidente, Xi Jinping.

Así que sorprendió la reacción oficial. En lugar de censurarla, Beijing colocó al principio sobre ella todos los focos. La televisión pública organizó debates de expertos sobre él, la prensa oficial lo aplaudió e incluso el ultranacionalista Global Times tildó de “antipatrióticos” a quienes criticaban sus conclusiones, la página web del Diario del Pueblo colgó el video y el nuevo ministro de Protección Medioambiental, Chen Jining, llamó a la autora para felicitarla.

La sensibilidad medioambiental es nueva en China. Muchos admiraban apenas una década atrás las chimeneas humeantes como el corolario de un país finalmente en desarrollo que compartía problemas con el primer mundo tras las hambrunas del pasado siglo. El contexto es diferente en la mimada clase media urbana. Occidente lleva tres décadas pronosticando el colapso inminente de China argumentando que la población exigirá más democracia en cuanto tenga cubiertas sus necesidades elementales. Mucho menos se escribe de sus preocupaciones reales: los escándalos alimentarios, la burbuja inmobiliaria o los cielos turbios. Detrás de buena parte de las protestas populares actuales hay una fábrica contaminante. Los ecologistas, unos tipos excéntricos observados con interés antropológico hace pocos años, se organizan hoy en 3 mil 500 organizaciones. Que muchos sean jóvenes permite el optimismo.

“El nuevo ministro de Medioambiente, al que conozco desde hace muchos años, está muy pendiente de la sociedad civil y los medios de comunicación porque sabe que no puede confiar sólo en las agencias gubernamentales para hacer cumplir las leyes y regulaciones”, sostiene Changhua Wu.

Chai integra esa nueva sociedad civil china, mucho más dinámica e independiente de lo que dibuja Occidente, que trabaja por su país desde las redes de comunicación, prensa u ONG.

El impacto de su documental certifica el cambio de sensibilidad, sostiene por email Isabel Hilton, experta en medioambiente chino y editora de la web especializada China Dialogue. “La gente ya conoce la contaminación porque la sufre a diario, pero agradece un resumen de sus preocupaciones y angustias claro y bien articulado”, declara.

“Lo que marca la diferencia es que este documental ha sido permitido, o quizás animado, por el gobierno. Es significativo que Chai Jing haya apuntado a los mismos intereses poderosos del petróleo que Xi Jinping está atacando con su campaña anticorrupción. Espero más acción aquí”, añade.

Algunos vieron en esa actitud la mano del nuevo ministro de Protección Medioambiental. A Chen le falta tanto pedigrí político como le sobra prestigio docente. El nombramiento en febrero del antiguo rector de la prestigiosa Universidad Tsinghua y catedrático de Ingeniería Medioambiental fue recibido con aplausos por los ecologistas chinos. Bastaron apenas unas semanas para comprobar que se habían acabado los tiempos de esconder la mugre bajo la alfombra.

Las auditorías a funcionarios o las vías de denuncia ciudadana son algunos de los indicios de una mayor transparencia. Pero los expertos también dudan de si un docente, por mucha reputación que atesore, puede navegar entre las tormentosas aguas de la política china.

La censura decretada por Pekín cinco días después parece haberles dado la razón. Sin ninguna explicación, las autoridades borraron el 6 de marzo el documental de la faz de Internet. Sólo hay especulaciones: quizá temieron que el debate se les escapara de control, quizá las críticas al gobierno amenazaban con desbordarse, quizá sólo responde a la habitual vuelta de tuerca censora durante la Asamblea Nacional Popular (ANP, el Parlamento chino) que se desarrolla estos días.

La única certeza es que una orden oficial distribuida a los medios les pedía “mantener un control firme del debate público y abstenerse de tratar con sensacionalismo ciertos asuntos sensibles procedentes de Internet y la sociedad”. Por si quedaban dudas, pedía el fin de la cobertura del documental y su creadora. El trabajador de un diario que filtró esa orden de carácter interno a las redes sociales ha sido despedido.

Pero el impacto social ya se había conseguido y las intervenciones de altos cargos esta semana se entienden como una respuesta al documental que los apuntaba como villanos.

El presidente de Sinopec, la principal petrolera nacional, culpó al carbón y a los gobiernos locales de la ruina medioambiental. Fu Chengyu recordó en la ANP que el carbón concentra 66% del consumo energético nacional, por sólo 18% del petróleo.

También aseguró que Sinopec produce petróleo más limpio, pero que los gobiernos locales lo desestiman. “Algunos quieren petróleo más barato, por lo que compran el de más baja calidad. No es mi decisión a quién vender, sino que es el gobierno el que decide a quién se lo puedo vender”, señaló.

Zhou Benshun, secretario del partido de Hebei, señalaba también en la ANP que su provincia “ha hecho grandes esfuerzos y pagado un alto precio” por las directrices medioambientales de Pekín. La provincia, que produce la cuarta parte del acero nacional y cuenta con siete de las diez ciudades más contaminadas del país, ha tenido que reducir la actividad de sus industrias pesadas. La falta de fuentes alternativas de riqueza ha subrayado el viejo dilema de las provincias atrasadas, que deben de elegir entre la necesidad de mantener el crecimiento económico o la protección medioambiental.

En el debate generado no ha faltado alguna crítica a Chai. Algunos medios han rebatido la certeza de que la enfermedad de su hija fuera causada por la contaminación y otros la acusan de hipócrita porque su capacidad económica la permitió dar a luz en Estados Unidos. Son apenas tímidas voces discordantes sobre un documental que ha generado un impacto sin precedentes en la conciencia medioambiental china.

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