El genocidio que Turquía se niega a reconocer

Hace 100 años en el Imperio Otomano fue perpetrada una de las peores matanzas de la historia: aproximadamente millón y medio de armenios, habitantes de la actual Turquía, fueron asesinados o expulsados de la tierra en la cual habían vivido durante siglos. Es el Genocidio Armenio, vergüenza histórica que el actual Estado turco se niega a reconocer: Lo irrita la palabra “genocidio”, pues aceptarla implicaría una serie de reparaciones económicas y territoriales que no está dispuesto a cumplir.

Estambul/Vakifli/Diyarbakir, Turquía.- Hasta su muerte hace tres años, la centenaria Yelena Abrahamyan recordaba con todo detalle –y volvía a temblar de miedo– su precipitada huida del hogar bajo las balas de los gendarmes turcos, quienes disparaban con saña contra hombres, mujeres y niños.

Mihran Tomasyan vive con una honda pena, una que se ha transmitido de generación en generación e hizo enloquecer a su bisabuelo: uno de sus hijos desapareció al ser deportada parte de la familia. Aun hoy nadie ha conseguido dar con sus restos.

El abuelo paterno de Snork Besiktasliyan fue el único sobreviviente de seis hermanos y la abuela paterna de Hazaros Kücükficiyan vio morir uno a uno a sus cinco hijos en las largas marchas a pie hasta los desiertos de Siria.

Todos ellos tienen en común ser armenios, parte de un pueblo de origen caucásico y religión cristiana que, hace ahora 100 años, vivió una de las mayores tragedias del siglo XX: su deportación y exterminio a manos del Imperio Otomano.

Los historiadores turcos consideran que ese traslado forzoso a territorio de la actual Siria era la única manera de salvar de la desmembración al moribundo Imperio Otomano –el Estado que ocupaba el territorio de la actual Turquía más una parte de Medio Oriente–, pues los armenios se habían rebelado contra la autoridad y apoyaban a Rusia en la Primera Guerra Mundial.

Pero los historiadores armenios arguyen que la contienda bélica fue una “excusa” y el Genocidio Armenio fue una política planificada de aniquilación de los súbditos otomanos de dicha etnia “con el objetivo de ‘turquificar’ e islamizar el imperio”, apunta Ara Sarafian, historiador y director del Instituto Gomidas de Londres.

El 24 de abril de 1915 las autoridades otomanas detuvieron a unos 250 intelectuales, representantes políticos y notables de la comunidad armenia de Constantinopla (actual Estambul) y los deportaron al interior del país. Dos meses después los traslados forzosos se habían generalizado y se aplicaron a toda la población armenia, excepto en un puñado de localidades.

“Mis abuelos se salvaron de la deportación porque escaparon a las montañas y vivieron en cuevas durante meses, pasando hambre y sed. Incluso tuvieron que alimentarse bebiendo sus propios orines”, explica a Proceso Murat, un armenio de Estambul.

Las marchas hacia los desiertos de Siria se convirtieron en auténticas caravanas de la muerte: los hombres eran separados de sus mujeres y niños, y asesinados, y los restantes integrantes de los convoyes eran constantemente atacados por bandas de kurdos y circasianos musulmanes, que los despojaban de sus pertenencias y se llevaban a las chicas jóvenes para violarlas o desposarlas.

“Mi abuelo paterno me contó todo lo que se les hizo a los armenios –admite Brusk, un joven kurdo de la ciudad de Diyarbakir–. Atacaron a nuestros propios vecinos y amigos armenios, y nosotros no tuvimos el coraje de ayudarlos.”

Las crónicas de los testigos de la época –cónsules extranjeros y misioneros– describen a aquellos que lograron alcanzar Siria como verdaderos “esqueletos” andantes: su ropa eran apenas andrajos y la piel se les pegaba a los huesos; quemados por el sol, sedientos y tan hambrientos que se tiraban al suelo para alimentarse de las briznas de hierba.

En 1916 buena parte de quienes habían superado las marchas fueron empujados de nuevo hacia el desierto y masacrados por tropas irregulares. Sus cadáveres permanecen enterrados bajo la tierra que se extiende entre Raqqah y Deir ez Zor, hoy hogar del fanático grupo armado Estado Islámico.

Al final de la Primera Guerra Mundial habían perecido alrededor de 1 millón de armenios, y la mayoría de los sobrevivientes abandonó en los siguientes años la tierra que había sido su hogar durante siglos.

La memoria

“La Humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como ‘el primer genocidio del siglo XX’, afligió al pueblo armenio. Hoy recordamos, con el corazón traspasado de dolor, el centenario de aquel exterminio terrible y sin sentido que vuestros antepasados padecieron cruelmente”, afirmó el Papa Francisco el domingo 12 ante fieles armenios.

“Es obligado recordarlo, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene aún la herida abierta”, advirtió.

Las palabras del pontífice enervaron al gobierno de Turquía, el cual niega que las deportaciones y matanzas fuesen un genocidio y achaca el sufrimiento del pueblo armenio a los excesos de la guerra.

Veintitrés países han reconocido el Genocidio Armenio, entre ellos Rusia, la mitad de los Estados de la Unión Europea y seis naciones americanas: Canadá, Uruguay, Argentina, Venezuela, Chile y Bolivia.

En Estados Unidos, turcos y armenios hacen presión continuamente para defender sus posturas, pero por el momento la Casa Blanca no ha querido seguir la estela de 43 estados federados que sí reconocen el genocidio, para no dañar sus relaciones con Turquía, uno de sus aliados estratégicos en Medio Oriente.

A Hayrabet Babikyan le molesta esta terquedad del gobierno turco. Él es uno de los 130 habitantes de Vakifli, la única población completamente armenia que quedó en Turquía después del genocidio, situada en Musa Dag (la Montaña de Moisés), cerca de la frontera con Siria. Aún le molesta más que hace 35 años los militares turcos dinamitaran la escultura erigida por su tío en 1919 en honor al barco francés que rescató a los armenios de Musa Dag y los libró de la deportación.

“Pensaban que destruyendo la estatua borrarían lo que pasó. ¡Pero no! Lo que ocurrió es historia y está en los libros, no puedes hacerlo desaparecer”, masculla con rabia. “¿Por qué no hay apenas armenios en Turquía? ¿Y por qué en todo el mundo, vayas a donde vayas, levantas una piedra y hay un armenio? Porque siempre hemos estado huyendo de las masacres.”

Efectivamente, unos 5 millones de armenios –muchos de ellos descendientes de los supervivientes del genocidio– viven repartidos por el mundo, además de los 3 millones que habitan en la república ex­soviética de Armenia, vecina de Turquía. Pero ambos países no mantienen contactos diplomáticos normales y sus fronteras permanecen cerradas, entre otras cuestiones porque el asunto del genocidio sigue envenenando las relaciones.

Armenia y buena parte de la diáspora reclaman a los turcos perdón oficial, reparaciones económicas a los descendientes de las víctimas y cesión de parte de su territorio, algo que el gobierno de Ankara no está dispuesto a satisfacer.

“Todos somos Hrant”

En Turquía apenas viven unos 50 mil armenios de una comunidad que hace 100 años oscilaba entre 1.5 y 2 millones de personas. Durante décadas, quienes se quedaron tras el genocidio han vivido con miedo y procurando no destacar demasiado, pues el nacionalismo turco se impuso como ideología de Estado, las propiedades de las víctimas fueron confiscadas y lo que un día fueron abarrotadas iglesias quedaron en ruinas.

“Cuando nos insultan o nos critican, procuramos mirar hacia otro lado. Ya nos hemos acostumbrado”, lamenta el armenio Snork Besiktasliyan.

Pero también es cierto que en los últimos años se han dado pasos adelante, en especial desde el asesinato en 2007 del periodista turco-armenio Hrant Dink, gran defensor del acercamiento entre ambos pueblos. A partir de entonces, cuando decenas de miles de personas tomaron las calles de Turquía gritando “Todos somos Hrant, todos somos armenios”, importantes personajes de la cultura dieron un paso al frente para defender sus raíces armenias, ocultas durante generaciones.

Uno de los primeros que rompió el tabú fue Mihran Pirgic Gültekin, quien tras investigar la historia de su familia y de su pueblo descubrió que eran armenios. “Sentí que tenía que hacer algo por defender mi identidad armenia, así que acudí a un tribunal y pedí el cambio de nombre”, explica a Proceso.

Gültekin sostiene que miles de armenios, como su familia, se convirtieron al Islam en 1915 para escapar a las matanzas, un número que algunos cálculos sitúan en hasta unos 300 mil en toda Turquía.

Si bien es cierto que, según un estudio del think-tank EDAM, sólo 18% de los turcos estaría dispuesto a que su país pidiese perdón oficialmente por las matanzas de armenios, el debate acerca del genocidio se ha instalado en la sociedad turca, algo que sólo hace unos años podía suponer un procesamiento judicial.

“Es algo que tiene que ver con que Turquía se ha democratizado y la gente ha comenzado a tener una mejor educación –sostiene el historiador turco Ibrahim Ethem Atnur–, y cuando la gente adquiere un mayor nivel educativo comienza a interesarse y a preguntarse por el pasado, sea bueno o malo.”

El incremento de los contactos entre organizaciones armenias y turcas ha llevado a que este viernes 24 se conmemore conjuntamente en Estambul el centenario del inicio del genocidio.

“Gracias al trabajo hecho por la gente en Turquía, a su coraje y a su valentía emocional, ahora se puede hablar más libremente y conmemorar el genocidio aquí”, señala Nicolas Tavitian, director para Europa de la Armenian General Benevolent Union, una de las organizaciones más importantes de la diáspora armenia. “El Genocidio Armenio es parte de la memoria de Europa, de Turquía y Armenia, y no hay civilización sin memoria”, agrega.

Esta evolución, en un proceso desarrollado fundamentalmente en la sociedad civil, es lo que ha forzado a que el gobierno turco, aunque no se plantee dar pasos en dirección al reconocimiento del genocidio, tome medidas a favor de la convivencia.

Así, en la última década se han reconstruido y restaurado varias iglesias armenias. Además, por primera vez en la historia republicana de Turquía, un armenio, Etyen Mahcupyan, ocupa el cargo de asesor en jefe del primer ministro.

Igualmente los partidos políticos turcos han incluido en las listas electorales de junio a varios candidatos armenios, con amplias posibilidades de convertirse en diputados, algo que no ocurría desde el Imperio Otomano.

“Debemos tener paciencia para obtener justicia, pues la justicia del mundo actual va a su ritmo”, admite el párroco Anul Tatusyan, presidente del Consejo Espiritual del Patriarcado Armenio de Estambul

Y añade: “Nosotros somos hijos de estas tierras, llevamos siglos aquí”.

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