De Mao a la Coca-cola El hombre que atestiguó una época

El filipino Jaime FlorCruz, jefe de la oficina en China de la cadena de televisión CNN y decano de la prensa extranjera en el gigante asiático, anuncia su retiro. En 1971 realizó un viaje de estudios de tres semanas a ese país y se quedó 43 años. Llegó a una nación cerrada que padecía la Revolución Cultural, su población vestía “trajes Mao”, andaba en bicicletas, y el régimen profesaba una ideología delirante. Ahora se va de un país de rascacielos y calles atestadas de vehículos que busca “su alma perdida” en el vértigo del progreso.

Beijing.- El filipino Jaime FlorCruz llegó a la capital china en agosto de 1971. Tenía 20 años y quería cambiar el mundo y formar parte de la revolución que encabezaba Mao Tse-tung.

Una semana después de su llegada a esta ciudad una bomba estalló en su país, Filipinas. Murieron seis personas. El entonces dictador Ferdinand Marcos achacó el atentado a izquierdistas radicales y elaboró una lista negra en la cual estaba FlorCruz. Ante el temor de ser detenido, el joven decidió quedarse en Beijing.

Así, un viaje planeado para tres semanas se prolongó 43 años. FlorCruz laboró en una granja y en un barco pesquero, estudió en la Universidad de Beijing e ingresó, por casualidad, al periodismo: trabajó para las revistas Time y Newsweek y luego para la cadena de televisión CNN, de cuya oficina en la capital china es corresponsal en jefe.

Durante ese tiempo le tocó ver las grandes transformaciones del gigante asiático: la Revolución Cultural de Mao, la apertura económica de Deng Xiaoping, la matanza de Tiananmén, el primer concierto pop, la llegada de la Coca-Cola, el boom de la economía…

A los 64 años FlorCruz es el decano de los corresponsales extranjeros en China y, en días previos a su jubilación, concede una entrevista a Proceso.

–Cuando usted llegó a China, ¿encontró el paraíso esperado?

–Al principio mantuve mi idea romántica. No había brechas entre ricos y pobres, todos iban con los trajes Mao. Te enseñaban comunas, hospitales y granjas. La gente estaba segura y feliz. Después fui a trabajar a una granja durante casi un año y ahí vi la verdadera China.

“Plantábamos arroz, manzanas y peras durante siete días a la semana. No nos pagaban. Sólo la manutención. Los chinos nos habían pedido que esperáramos en el hotel a que la situación se tranquilizara en Filipinas. Pero yo tenía 20 años, quería cambiar el mundo y formar parte de la revolución. Insistimos en trabajar.”

–¿Cómo era la vida en la Revolución Cultural (1966-1976)?

–Habían pasado los años más locos. La gente ya no luchaba en las calles, pero seguían las campañas ideológicas. Al principio pensé que la gente creía la propaganda. Había familias separadas, hijos que denunciaron a sus padres por capitalistas. Mi epifanía llegó en 1974. Deng Xiaoping había tenido problemas por segunda vez. Un amigo del partido me dijo: ‘Deng es un buen hombre, quiere cambiar a China de la forma correcta’. Me quedé perplejo. Supe entonces que no podía quedarme en la superficie.

–¿Qué problemas había entonces?

–(Los chinos) no estaban preocupados por el dinero, porque lo esencial venía del partido: comida, casa, sanidad… Pero sus salarios eran muy bajos y la economía no funcionaba. La propaganda aseguraba que todo iba bien, pero en privado me pedían vino, aceite para cocinar o tabaco. Todo estaba racionado y yo los conseguía en la Tienda de la Amistad para extranjeros. Deng visitó Japón y Estados Unidos. La televisión lo emitió y la gente quedó impactada: los países imperialistas no se estaban muriendo de hambre, sino que era China la que se había quedado atrás.

El suicidio de Jiang Qing

A FlorCruz se le pregunta si había miedo o entusiasmo ante los cambios. Señala que “los emprendedores estaban excitados y los del partido no querían cambios radicales”.

Comenta que “los campesinos experimentaron algo mágico: Deng les dijo que si daban una parte de su cosecha al Estado, se podrían quedar la otra para venderla. Tan pronto lo oyeron empezaron a trabajar más duro y la agricultura nacional se disparó. Y 10 años después ya compraban los productos que las ciudades fabricaban”.

–¿Cómo aprendió mandarín?

–Mi traductor me prestó su diccionario. Sólo había uno, con consignas políticas. Las copié a mano. Fue sólo una quinta parte del diccionario, pero llené tres libretas. También leía la prensa oficial. Fue como aprender las escrituras en un monasterio, había muy pocas distracciones.

Recuerda cuando a inicios de los ochenta empezó a trabajar en la revista Newsweek. “Al principio sólo traducía la prensa china y ayudaba en entrevistas”, comenta. Recuerda su “primer reto” en el oficio: cubrir el juicio en 1981 a la llamada Banda de los Cuatro, altos dirigentes del Partido Comunista quienes, tras la muerte de Mao, fueron acusados de crímenes y abusos cometidos durante la Revolución Cultural.

En esos momentos –recuerda FlorCruz– “mi jefa en Newsweek estaba de vacaciones. Publiqué una historia de dos páginas y así los editores oyeron hablar de aquel pobre chico filipino que no podía volver a casa”.

Diez años después, en 1991, obtuvo una exclusiva impensable: el suicidio de Jiang Qing, la viuda de Mao, quien purgaba cadena perpetua.

“Fue a través de gente que confió en mí –rememora–. Las fuentes oficiales no nos lo desmintieron, así que lo dimos por bueno. Estábamos seguros porque nos dieron detalles, aunque no al 100%. Lo publicamos pequeño para no hacer ruido. Otros colegas extranjeros lo leyeron y llamaron al Ministerio de Exteriores. Y el gobierno nunca nos acusó de difundir rumores. Diez días después lo publicó la agencia oficial.”

Se le comenta que cuando estudió en la Universidad de Beijing conoció a Bo Xilai, poderoso político condenado a cadena perpetua por corrupción en 2013.

“Era alto, carismático, guapo. Destacaba a pesar de que todos vestíamos igual. Las mujeres se sentían atraídas por él. Se juntaba con los extranjeros porque quería perfeccionar su inglés. Nos preguntaba por el mundo porque China seguía muy cerrada. Ya era muy ambicioso, pero le interesaba más el periodismo que la política”, dice.

–En las escaleras del Gran Palacio del Pueblo, Bo provocaba aglomeraciones –se le comenta.

–En cualquier país habría ganado las elecciones. Parecía una estrella de cine, abrazaba a los niños… Su caída pudo deberse tanto a la corrupción como a las pugnas de poder. Muchos se sintieron amenazados. Y después llegó el asesinato de un empresario inglés ordenado por su esposa, la huida de su subordinado al consulado estadunidense… fue su final.

Tiananmén

A FlorCruz se le comenta sobre otro evento histórico: la matanza de Tiananmén en 1989.

–¿Los estudiantes en Tiananmén temían que se les disparase?

–No, y yo tampoco. El escenario quedó preparado, pero no intencionadamente. Pensé muchas veces que las protestas se habían acabado. Los estudiantes declaraban la victoria y se iban al campus universitario, pero después regresaban. No se ponían de acuerdo en la estrategia. Tampoco China tenía entonces unidades antidisturbios y todo fue confiado al ejército.

“(El ejército) intentó varias veces dispersar a los estudiantes sin disparar. Enviaron destacamentos de soldados desarmados para negociar, pero algunos fueron golpeados y humillados. La cúpula del partido también estaba dividida. Todos esos elementos conspiraron para el desenlace.”

–Y ahí conoció a Liu Xiaobo, el disidente encarcelado y Nobel de la Paz.

–Fue el 4 de junio. Horas después de los disparos, una mujer me llamó y pidió que recogiera a mi amigo, un cantante taiwanés, en un hospital. Lo pensé porque no sabía si era correcto que un periodista ayudase a fugitivos. Conduje mi auto por las calles desiertas. Sólo había soldados y tanques. Vi a mi amigo en la puerta, disfrazado de médico, y detrás estaba Liu. Los metí rápidamente en el auto. Mucha gente podía reconocerlos.

–Se cumplen 30 años del primer concierto de una banda extranjera. Fue Wham –se le comenta.

–Sí, en un estadio de Beijing abarrotado con 8 mil personas, todas sentadas. Había mucha policía porque nadie sabía qué podía ocurrir. Ellos cantaban el Wake me up before you go-go y la gente los miraba fijamente, muy curiosa y extrañada; no sabían cómo reaccionar. Cuando algún joven aplaudía o se levantaba, la policía lo reprendía inmediatamente. Fue un gran shock. Los jóvenes lo disfrutaron porque en ese tiempo el pop extranjero llegaba en contrabando de cintas de casete. Había mucha gente mayor, en su mayoría miembros del partido.

–Los chinos son más ricos y poderosos ahora, pero la mayor felicidad parece estar en la China rural.

–Tener un gran auto o una lujosa casa no te da necesariamente la felicidad. También necesitas fe, valores familiares… El gran desafío de China es llenar el vacío espiritual. El maoísmo está desacreditado, las religiones se consideran burguesas, el confucionismo es rechazado. China está en crisis espiritual desde hace 20 años. Muchos intentan encontrar el sentido de todo esto. Necesitan encontrar el pegamento para los mil 300 millones de habitantes. El gobierno ofrece el nacionalismo. Es una vía rápida y eficaz para aglutinar a la gente, pero también peligrosa porque puede desembocar en el patrioterismo.

–¿Cuál ha sido tu mejor historia aquí?

FlorCruz no lo piensa mucho: “Tiananmén y la de los huérfanos del sida”, dice en referencia al contagio masivo del virus registrado en los noventa en la provincia de Henan, cuando campesinos donaron o vendieron su sangre para hospitales y centros de salud.

“Entramos en un pueblo a pesar de que los funcionarios no estaban nada contentos. Lo mejor es que después de su emisión recibimos muchos e-mails de gente que quería donar dinero para los huérfanos”, comenta FlorCruz.

–¿Qué historia le habría gustado contar?

–Entrevistar a Mao. O al menos a Chou En-lai (su primer ministro). Y estar en una reunión del Buró Político; ser una mosca en la pared y ver cómo toman las decisiones.

–Sabemos muy poco de la política.

–El sistema tiene muchas capas. Quizá pelamos más ahora a través de gente que sabe más que nosotros. Pero un experto en política china es una contradictio in terminis. Algunos asuntos siguen sellados, pero otros son más accesibles. Antes era difícil hablar con los chinos. Muchas veces llamaban a la policía porque se asustaban. Ahora ya no. Escribimos historias económicas y sociales antes impensables.

–Durante estos 43 años ha escuchado a los expertos extranjeros anunciar el inmediato colapso de China –se le comenta.

–Y aquí seguimos. Yo aún no escucho el murmullo del terremoto. Mis amigos chinos no están sumidos en el pánico. Por supuesto hay graves problemas, pero no provocarán un colapso. Los chinos son más resistentes de lo que se cree.

–¿Pensó que China podría convertirse en lo que es hoy?

–Si alguien me lo hubiera sugerido, habría pensado que era un loco o que soñaba. Desde las calles colapsadas por autos a la Coca-cola. Estaba convencido de que (ese refresco) no triunfaría. Los chinos decían que era horrible, que sabía a medicina. Y poco después estaba en todas partes. Cualquier cosa puede pasar aquí debido a su pragmatismo: pueden hacer mañana lo contrario de lo que dicen hoy sin sentirse culpables ni obligados a dar explicaciones.

–Muchos extranjeros que llegan a China se sorprenden. Esperan un país sombrío, de gente oprimida, como la Rumanía de Ceausescu. Los corresponsales, ¿estamos haciendo bien nuestro trabajo?

–Yo también me lo pregunto. Eso indica lo difícil e importante que es (el trabajo de un corresponsal). Es muy complicado explicar el cuadro de China por grande y complejo. Es muy frustrante. Intentamos pintar un mosaico juntando todas las pequeñas piezas. Hay algunas muy bonitas y otras horribles. Tienes que alejarte para ver la globalidad. Tenemos que trabajar muy duro para recoger todas las piezas, pero la audiencia también tiene que esforzarse para entenderlas y colocarlas en perspectiva. Normalmente, sólo se queda con el “hombre tanque” de Tiananmén o con los graciosos pandas, lo simplifica todo. Y entre esos dos conceptos está la verdadera China.

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