“La fille mal gardée”

La fille mal gardée es un antiguo ballet pantomima estrenando nada menos que en 1789 en Burdeos, tal vez la única obra del siglo XVIII que aún se representa. A diferencia de los ballets “heroicos” de su época, propios de la corte de Luis XIV, esta obra trata de la vida simple y sencilla de una campesina y su inocente amor, lo cual contribuyó a su éxito en una sociedad harta de las historias provenientes de héroes mitológicos, y en su época se le acusó de melodrama popular.

Este ballet es el más conocido de Jean Bercher Dauberval (1742-1806), cuyo título original fue Le ballet de la paille, ou Il n’est qu’un pas du mal au bien (El ballet de la paja, o del mal al bien no hay más que un paso), mejor conocido como La fille mal gardée (La hija mal cuidada) al parecer Dauberval se inspira en un grabado de Chauffard que muestra a un campesino huyendo de una matrona enojada que agita el sombrero, mientras a sus espaldas lloraba una chica.

A finales del siglo XVIII la música que acompañaba a los ballets era frecuentemente una colección de melodías populares o fragmentos de óperas sin que esto fuera visto como un plagio, todo lo contrario, un homenaje. Esta es la razón por la que la música de La fille mal gardée ha cambiado al menos cinco veces de partitura a lo largo de los siglos; hoy en día prevalecen dos versiones, la rusa y la inglesa. En la primera escuchamos melodías de Rossini (Barbero de Sevilla) y Donizetti (El elixir de amor) entrelazadas con otras danzas anónimas. El estudio de esta partitura y sus orígenes puede abarcar todo un voluminoso ensayo.

La Compañía Nacional de Danza (CND) del INBA ha repuesto esta obra fundamental en un recinto universitario; el teatro Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario. Asistimos al estreno donde se presentó Agustina Galizzi como la protagonista Lisette. Se trata de una experimentada primera solista que baila de maravilla al personaje. Estupenda su pantomima y el histrionismo generoso con que dibuja cada una de las muchas emociones en este complejo papel. Su compañero Colín fue interpretado por el joven bailarín Rodrigo Ortega, estupendo, con gran soltura y dominio del rol. La madre de Lisette, la vieja viuda Simonne, fue Yared Tobón, quien deleitó al público con su actuación llena de gracia y fluida actuación; su baile, aunque de pantomima, no está exento de arduas dificultades técnicas. El par de niñas chismosas fue interpretado por Cecilia Rodríguez y Natalia Lemus (ésta de reciente incorporación a la compañía) muy bien, con mucha experiencia y muy graciosas, al igual que los demás personajes y el cuerpo de baile.

Lo malo fue el sonido: muy opaco, le faltó brillantez y volumen. La función en la sala Covarrubias no tuvo orquesta en vivo, se hizo con una grabación; ya sea que ésta fuera lamentable de origen o el equipo de audio de muy baja calidad o no supieron usarlo, pero el resultado resultó muy malo.

Una vez más los programas de mano escasearon, los pocos que había traían poca información e inadecuada. En fin, se recibe con mucho placer esta joya del repertorio dancístico, excelente puerto de entrada a la danza clásica.

Comentarios