Los veintidós años de Canal 22

Hace ya más de dos décadas nacía Canal 22, separándose de sus homólogos el 13 y el 7. Al hacerlo evitaba volverse otra anodina señal mercantil. Era tiempo de vender, recortar el presupuesto, de  contraer  al  Estado. Tiempos de implantar el neoliberalismo. En desventaja por estar ubicado en UHF, en ese entonces ausente de la mayor parte de los receptores televisivos, Canal 22 se rescató para la cultura y sirvió de pantalla a los desmantelamientos de empresas estatales perpetrados por el gobierno de Salinas de Gortari.

Canal 22 inició su vida independiente con una antena mal ubicada, escaso presupuesto, débil potencia y sin contenidos que ofrecer. Al timón el escritor José María Pérez Gay, quien lo construyó, le dio personalidad, formó un equipo y mantuvo su curso durante dos sexenios.

En el 2000, con el panismo en el poder presidencial, arribó para modernizar tecnología y programas el productor Enrique Strauss. En 2006 tomó la batuta el novelista Jorge Volpi con propuestas inéditas, reality shows culturales, concursos de canto, danza y bandas de música.  Actualmente lo dirige Raúl Cremoux.

El recambio del 2012, bajo la actual tormenta privatizadora que amenaza con dejarnos hasta sin agua para beber, zarandea a Canal 22. Ese año el canal recibió 252.9 millones de pesos, en 2013 obtuvo 231.5, al siguiente ejercicio anual le tocaron 188.5 (a los cuales se agregaron 60 millones que puso Conaculta para completar las producciones propias). Ya desde finales del 2014 las arcas se vieron vacías, no había dinero para pagar la nómina. Este año la disminución será mayor: En 2015 contará con 164 millones de pesos.

El recorte presupuestal al gasto público, consistente en 124 mil millones de pesos, se está aplicando de manera inequitativa. La peor parte la lleva la cultura. Los efectos sobre la señal televisiva de Conaculta están siendo devastadores. Recursos fiscales y lo que arribe por publicidad será repartido entre pago a trabajadores, compra de series, seis millones de renta anual de las instalaciones que se encuentran dentro de los estudios Churubusco. Para realizaciones propias quedan 24 millones de pesos, según afirma Raúl Cremoux.

El remate de sus males está en la campaña política que se ve obligada a difundir. 96 spots diarios es la cuota. Esta debe pautarse en tres registros: el metropolitano, el regional y el nacional. Cumplir con esta obligación requiere de un aparato llamado FORK, cuyo motor está obsoleto desde el 2004 y el nuevo apenas llegó. Deben operarlo tres ingenieros pues el proceso es delicado, la señal puede irse a negros –o sea, salirse del aire–, lo cual ya ha pasado en tres ocasiones. Ello consume horas del personal más dineros de la emisora. El director calcula que son 90 millones de pesos que el INE no paga.

Hay una rígida vigilancia, si algún spot no aparece en el horario exacto los partidos protestan. El INE obliga al medio a repetir el spot, a veces a pasar el mismo uno tras otro con el consiguiente aburrimiento del televidente.

Fuera de la campaña, el gobierno inserta sus spots, compra el espacio a precios que son los que el mercado establece para un canal cuya audiencia es de 39 millones de espectadores potenciales, según Cremoux. La discrecionalidad logra que Canal Once reciba tres veces más presupuesto que el 22.

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