Ciencias Políticas de CU, centro de distribución de drogas

Presuntos narcomenudistas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Foto: Benjamin Flores Presuntos narcomenudistas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Foto: Benjamin Flores

De un año y medio a la fecha, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM se ha convertido en el principal punto de venta de drogas en el sur de la Ciudad de México, según denuncian alumnos y profesores de la institución. El fenómeno, alarmante de por sí, viene acompañado de una ola de asaltos, robos y acoso sexual. Estudiantes y trabajadores de esa facultad cuentan a Proceso lo que ocurre y claman por ayuda; una ayuda que la dirección de su escuela no quiere o no puede dar.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Viernes, 09:00 horas, estación Universidad de la Línea 3 del Metro. A esa hora, mezclado entre los estudiantes, un hombre cruza el puente que va de la colonia Santo Domingo a la Ciudad Universitaria. Lleva dos grandes perros sujetos con correas. Baja las escaleras y se mete entre los puestos que llenan la zona. Luego se interna en el campus.

Camina entre los edificios escolares hasta llegar a una zona de piedra volcánica y vegetación abundante. Se instala, se descuelga la mochila que todo el tiempo trajo a la espalda y se alista para iniciar su actividad diaria: vender drogas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM.

Hace aproximadamente un año y medio dejaron de operar ahí El Mentes, La Rana y El Tijuana, los tres narcomenudistas que durante años vendieron mariguana en ese lugar. Fueron desplazados por una red que convirtió la FCPyS en el principal centro de distribución de drogas en el sur de la Ciudad de México.

Y desde la llegada de los nuevos narcomenudistas aumentaron, a la par que la venta de drogas, el acoso sexual, los asaltos y el robo, especialmente de equipos de cómputo.

Inconformes por la inseguridad, los alumnos de la UNAM se han organizado: exigen seguridad, alumbrado, transporte nocturno, teléfonos de emergencia que funcionen y que se instaure el sistema de credencialización para ingresar al plantel. Se quejan de que el director de la FCPyS, Fernando Castañeda Sabido, ignora sus peticiones.

En entrevista con Proceso, Castañeda Sabido asegura que ya se toman medidas para contrarrestar esta situación, y que el Consejo Técnico de la facultad discute el tema de la credencialización. Incluso solicitó los teléfonos de emergencia y la instalación de botones de pánico en los lugares más “peligrosos” para los alumnos.

Pero, se queja Castañeda, el grupo de narcomenudistas también se refuerza en número y crea sistemas de venta más sofisticados: el vendedor recibe el dinero y el perro le indica al comprador el lugar en el que puede recoger la droga. Se trata, dice, de unos 30 narcomenudistas que se asentaron en este espacio escolar.

Denuncia estudiantil

Aunque el problema de la venta de drogas en la FCPyS es viejo, este año el detonante de la inconformidad fueron los continuos ataques a los estudiantes. Hablan con este semanario Katia, Alejandra, Miguel, Beltaz Ariadne, Sandra, Karla y Lourdes, de las carreras de sociología, ciencias políticas y ciencias de la comunicación.

–¿Por qué empiezan a manifestarse? –se les pregunta al grupo de estudiantes y a la profesora de la facultad, quienes solicitaron la entrevista con este semanario y de quienes, por razones de seguridad, se omiten los apellidos.

–El 27 de febrero de este año llegué a la fracultad, ingresé por la segunda entrada, a un lado del estacionamiento de alumnos, y me asaltaron. Una persona me sorprendió por la espalda y me puso una navaja en el cuello. Me pidió dinero, abrió mi mochila y me quitó la computadora y una tablet. Me paralizó el miedo. El asaltante subió por las escaleras que dan a la explanada baja. Volteé, pero no vi a nadie que pudiera auxiliarme –narra Alejandra, estudiante de sociología.

Alejandra llegó a su salón y le comentó a la profesora Lourdes lo ocurrido. Ella la llevó con Horacio Hernández, del área jurídica, para levantar un acta. El abogado les advirtió que a los asaltantes era complicado ubicarlos y que la de Alejandra era la segunda denuncia de asalto del mes.

–Le dijimos que sabíamos que había más actos de delincuencia, que en la parte trasera del edificio había gente vendiendo droga. Respondió que ya lo sabían.

–Después de acompañar a Alejandra regresé a clase, comenté lo sucedido con mis alumnas y todas manifestaron su enojo por la situación que estamos pasando en la facultad. Hablamos y nos dimos cuenta de que muchas eran testigos de los delitos que ocurren dentro; como grupo escribimos una carta para el director de la facultad, por la situación de violencia que vivimos –interviene la profesora Lourdes.

Exigieron respuestas: “Que nos digan qué harán para darnos seguridad dentro de la facultad, porque la situación ha sobrepasado a las autoridades. Esto es un hecho”, afirma.

Una segunda carta fue difundida por los estudiantes de la carrera de comunicación. Recolectaron mil 200 firmas de apoyo. Alumnos de otros grupos y otras carreras se acercaron. El 24 de marzo, con las firmas obtenidas, entregaron la carta a Claudia Bodek, secretaria general de la FCPyS.

Tras exponer el caso de Alejandra, señalaban en el documento: “Ésta no es la primera vez que ocurre un hecho parecido. Además, en la facultad se efectúan otro tipo de delitos: venta y compra de sustancias ilegales. Cada día es más frecuente encontrar personas ajenas y peligrosas en nuestras instalaciones.

“Los jardines digitales, espacios de estudio y recreación, están ocupados por personas que consumen estupefacientes, alcohol e impiden que los estudiantes realicen sus actividades. Además, el lugar está sucio y huele mal.”

Los alumnos propusieron cinco medidas –que exigieron se cumplan a la brevedad– para “sentir que nuestros espacios de estudio son seguros”: credencialización, cuerpo de seguridad de la UNAM, transporte interno, alumbrado y líneas telefónicas.

Para ingresar a la facultad proponen que los alumnos se identifiquen con la credencial de la institución y los visitantes se registren con un documento oficial indicando su nombre y hora de entrada y salida; también, que haya cuando menos dos personas en cada acceso vigilando que se acate esta medida, porque sólo así se tendrá el control de lo que ocurre en el recinto.

La UNAM tiene 120 patrullas que vigilan Ciudad Universitaria; sin embargo, pocas veces los alumnos se sienten protegidos. Exigen que un cuerpo de seguridad atienda las instalaciones durante horarios de clase, tanto en sistema escolarizado como abierto.

Durante la noche el recorrido de los alumnos para llegar del Metro o del Metrobús a la facultad es muy peligroso; por ello piden que un par de autobuses cubran esas rutas a partir de las 20:00 horas, hasta que la última persona abandone el recinto. También que funcionen los teléfonos que comunican con seguridad de la UNAM. Mencionan que hay áreas muy oscuras que “propician un ambiente peligroso”.

A plena luz

El grupo de estudiantes quejosos acompaña al fotógrafo y a la reportera en un recorrido por la facultad. En el nuevo jardín digital, a plena luz del día los vendedores de droga no se molestan en ocultarse. A pesar de que se mezclan entre los estudiantes, su aspecto –pelo a rape, abundancia de tatuajes y ropa muy holgada– los delata; ahí lo mismo toman una cerveza que fuman mariguana. El penetrante olor de la yerba se dispersa por el ambiente e incomoda a muchos jóvenes que pretenden trabajar en esta área.

Dos estudiantes llegan al jardín digital –área con internet, mesas, iluminación y corriente eléctrica–, se sientan y de pronto llegan los vendedores de droga, se ubican a un lado de ellos, ponen sus mochilas sobre la mesa y empiezan a preparar los cigarros de mariguana.

“Es una ofensa cuando ves a dos o tres profesores haciendo lo mismo. No me molesta que consuman, pero éste no es el espacio”, dice una de las alumnas mientras señala, casi junto a ella, a dos hombres jalando a sus perros.

“Los empleados de limpieza nos dijeron que están cansados, no pueden sacar a esa gente y además, que en los baños de mujeres del edificio B abrieron huecos en el techo y se suben a guardar la droga. Gente de mantenimiento nos dijo que han entregado denuncias al director. No quisieron firmar nuestra carta por temor: ‘Comprendan que de noche nos vamos solos y si nos metemos con alguna de las personas que operan aquí, nos puedan hacer algo’, confesaron”, dice otra de las entrevistadas.

–El problema es viejo –se les indica.

–Sí, pero somos los de esta generación los que nos decidimos a actuar –responde Lourdes–. Cuando yo era estudiante, identificaba al par de jóvenes que venían a vender y ahora contamos 20 o 30 tipos. Antes lo que se vendía era mariguana. Ahora esto es un tianguis donde encuentras ácidos, cristal, mariguana, coca…

Los estudiantes han recibido quejas de que en los baños de mujeres se realizaban grabaciones clandestinas de las chicas que acuden a usar el sanitario; otra, de una persona que fue al baño sola y un tipo drogado trató de abrir la puerta para violarla. El viernes que asaltaron a Alejandra, a un alumno le robaron su bicicleta. Los comerciantes no han escapado al atraco.

Hasta los salones de los edificios A y B llega el penetrante e inconfundible olor a mariguana. En el E, el área de coordinación, con asomarse a la ventana están a pocos metros de la vista de los maestros. Ni el intento hacen por esconderse; además el olor de la yerba se propaga.

“Como profesores nos toca la parte de la vendimia que da a la parte trasera del edificio A, a un costado del edificio de las coordinaciones. Si yo me pongo en el ventanal para servirme un café, todo el tiempo estoy viendo a los tipos allá abajo vendiendo las drogas a los jóvenes”, relata la maestra.

“Algunos incluso bajan junto con los estudiantes en la ruta tres del Pumabús.

“Yo trabajo el tema de drogadicción en adolescentes en un Centro de Integración Juvenil en Coyoacán. Allí me acerco a algunos jóvenes. Uno me dice que él siempre viene a comprar a esta facultad, porque es el punto de distribución de toda la zona sur del Distrito Federal. Aquí encuentra desde lo más caro, como cocaína, hasta lo más barato, que supongo es la mariguana.”

–¿De cuántos puntos de venta hablamos?

–Confirmados, los dos jardines digitales y la parte trasera del edificio B. Esta parte está llena de piedra volcánica, tienen como una cueva, pero se ven.

“El día de la entrega de la carta, la secretaria del director dijo: ‘Qué bueno que estén preocupados por la inseguridad, pero si yo me voy a preocupar, mejor ni vengo a las instalaciones’. ¡No podíamos creer que expresara algo así!”, dice Katia.

Agrega la maestra: “Esto que acaba de decir es claro: nos hace entender cuál ha sido el manejo de este problema y el desinterés en las autoridades”.

Vecindad peligrosa

–¿Cuál es su diagnóstico sobre la inseguridad generada por la venta y consumo de drogas en la facultad? –se le pregunta a Castañeda Sabido, director de la FCPyS.

–La realidad es que por nuestra cercanía geográfica con la colonia Santo Domingo tenemos de manera fluctuante problemas en el tema de seguridad: asaltos y robos de celulares, aunque a algunas estudiantes les han quitado su mochila u otras cosas. Ha habido robos (que yo no asociaría, pero también han ocurrido en otras instalaciones), en que rompen la tablarroca y roban computadoras, como en la parte administrativa, donde nos robaron laptops.

“Lamentablemente es un ambiente que se ha vuelto tenso. Hay que reconocer que hay venta de droga desde hace mucho tiempo, incluso desde antes de que la facultad estuviera instalada aquí.

“Antes había venta de droga, eran pequeños dealers que así como aparecían se iban. Hasta hace poco había uno al que le decían El Mentes, a otro El Atún y estaba El Tijuano, este último era norteño. Estos jóvenes eran conocidos aquí, pero de año y medio para acá surgieron otros grupos que no podría identificar; son 10 o 12 distribuidores que se hacen acompañar de otros más y en su conjunto reúnen 20 o 30 gentes.

“Supongo que debido (a la facilidad que da) la estación del Metro, vienen y consumen drogas jóvenes tanto de Santo Domingo como de otras regiones; esto nos intranquiliza más. No quiero decir que los vendedores no me preocupen; por supuesto que lo hacen, pero a veces los asaltos son ocasionados por gente que viene a comprar droga. Eso lo hemos visto en actas levantadas (por los estudiantes) en el Ministerio Público y la referencia que dan de estos jóvenes es que no pertenecen a la facultad y que consumen droga.

“Nosotros no tenemos un sistema de seguridad en esta facultad ni en la Universidad, tenemos sólo un sistema de vigilancia. Somos una institución educativa, abierta, plural, con un alto nivel de participación de estudiantes y profesores”, explica Castañeda.

–Afirman que hace año y medio llegó este grupo de la delincuencia organizada a desplazar a los pequeños dealers y Ciencias Políticas se convirtió en el punto de distribución de drogas de la zona sur de la ciudad –se le señala.

–No tengo esa información. Me es difícil afirmarlo. Lo que hemos tratado de hacer con los recursos humanos y materiales que tenemos es desalojarlos, pero se vuelven a meter, porque nuestra área es muy grande.

–¿Dice que los vendedores de droga son de Santo Domingo?

–Es lo que nos han dicho, pero no tengo pruebas. Lo que es cierto es que estamos preocupados porque se vino a instalar este grupo acá.

–La venta de drogas es un delito federal, ¿puede entrar la PGR?

–Cuando hay un problema de orden legal evidentemente entran las autoridades. Nosotros tenemos que dar parte al Ministerio Público. De la venta de droga no se ha levantado denuncia por falta de evidencia… sólo hay narraciones.

–En recorridos hemos visto que la venta y el consumo de droga y de alcohol es evidente para todos –se le señala.

–El consumo lo hemos visto. De la venta, lo que mi gente ha investigado es que desarrollaron un mecanismo muy curioso en donde el dealer no entrega la droga, sino que un perro identifica donde está y el comprador va y la recoge. Pero para nosotros es difícil documentar el hecho de que tal persona está vendiendo. Entiendo que este grupo es el que trae la droga, la entierra en algún lugar y es el perro es el que va y señala el sitio a los compradores.

–Es un tianguis: venden cocaína, mariguana, cristal…

–Eso nos han comentado. Sería bueno que preguntara a un MP, porque nosotros no tenemos forma de documentarlo y levantar un acta. Aunque el MP no puede entrar motu proprio para atender los casos en los que tiene que intervenir la autoridad pública. La facultad tiene que presentar la denuncia y solicitar su intervención; el MP a su vez, a través de la Unidad Jurídica (de la UNAM), tramita un permiso para entrar al campus –dice, aunque reconoce que la facultad no ha denunciado.

–Usted tiene dos periodos como director de la facultad, ¿qué pasó en Ciencias Políticas para que creciera este problema?, ¿qué se relajó?

–Tenemos la misma vigilancia, los mismos trabajadores, la misma rutina, las mismas prácticas desde antes de que yo fuera director. ¿Qué se pudo haber relajado?

–Usted es sociólogo, ¿cómo lo explica?, ¿el problema rebasó a las autoridades?

–Sí, pero por qué llegó este grupo es una cosa que en verdad desconozco. Como sociólogo le puedo decir por qué creció el consumo de drogas en la ciudad o en el país, pero no por qué llegaron a asentarse aquí.

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