Enfermos mentales viven infierno en cárceles de EU: HRW

MÉXICO, D.F. (apro).- Para los 360 mil prisioneros que sufren de alguna enfermedad mental en Estados Unidos, como esquizofrenia o desorden bipolar, el entorno carcelario se convierte en un infierno: según Human Rights Watch (HRW) son más propensos a sufrir abusos por parte de custodios, quienes los someten con gas pimienta, les aplican descargas eléctricas, golpean o amarran durante horas.

En las más de 100 páginas del reporte “Insensible y cruel” que publicó hoy HRW, la organización describió los distintos tipos de horrores que viven los enfermos mentales en las cárceles estadunidenses. Además, documentó las formas en las que, en decenas de ocasiones, estos tormentos los llevaron a la muerte.

También denunció que, debido a su mala o nula capacitación, los custodios no entienden a los psicópatas. Les consideran como los prisioneros “más difíciles” y no como enfermos mentales, e incluso les tienen miedo. Por lo anterior, suelen reservarles el mismo trato que a los demás custodios: castigan al que no sigue las reglas, aun cuando éstas “no tienen mucho sentido para alguien que escucha voces”.

Al castigar el comportamiento de los enfermos mentales, en realidad los custodios “castigan su enfermedad”, anotó HRW, y recordó que cientos de ellos utilizan la fuerza para “afirmar su autoridad sobre los prisioneros y dejar en claro ‘quién maneja la cárcel’”.

A pesar de que las cárceles no cuenten con el personal ni la infraestructura para recluir a los enfermos mentales que cometieron un delito, en la actualidad hay tres veces más enfermos mentales en las cárceles que en los asilos psiquiátricos, alertó HRW.

Y esto se explica por una suma de factores, entre los cuales destacan la clausura de muchos institutos psiquiátricos, así como la insuficiencia de programas de seguro social especializado en salud mental y con la “agresiva” política de represión a los crímenes menores.

Por lo anterior, entre 8 y 19% de los prisioneros en Estados Unidos sufre de una discapacidad, tanto psiquiátrica como funcional.

Esta cifra se eleva a entre 20 y 40% en las unidades de aislamiento, particularmente mal adaptadas a las patologías mentales más graves.

“Los prisioneros recluidos en aislamiento, sea por razones disciplinarias o administrativas, pueden pasar meses, años e incluso décadas encerrados hasta las 24 horas del día en pequeñas celdas que suelen tener puertas de acero; viven bajo extensos controles de vigilancia y de seguridad; carecen de interacciones sociales y estímulos ante su entorno, y generalmente tienen entre tres y cinco horas de recreación por semana, solos, en jaulas, y poca o ninguna actividad educativa, vocacional o creativa”, deploró HRW.

E insistió en que estas condiciones agravan a su vez las enfermedades mentales, sobre todo de los prisioneros que sufren de esquizofrenia y desorden bipolar, lo que se vuelve un “círculo vicioso”.

En aislamiento resulta frecuente que los prisioneros más afectados por estas patologías se laceren, rechacen comer y beber, griten y lloren, se hablen a sí mismos, se golpeen la cabeza contra las paredes, sufran alucinaciones auditivas y sonoras, traten de suicidarse por varios medios, ataquen a los custodios o a los codetenidos, pierden la lógica, o vivan desnudos en medio de sus excrementos.

Por lo anterior, los oficiales al “ser hostiles o despreciativos con los prisioneros con problemas de salud mental, pueden creer que la gente ‘loca’ es temible y peligrosa y no entienden que su propia conducta y sus actitudes ante las condiciones mentales de los cautivos pueden influenciar sobre su comportamiento”, explicó la organización.

HRW narró varios casos en los que el comportamiento patológico de los prisioneros en aislamiento llevó a que un “equipo de extracción de célula” –un grupo de custodios equipados como granaderos con casco, protecciones, bastones y aerosoles químicos—incursionara en una celda, inmovilizara con violencia al cautivo, lo golpeara y rociara con gas pimienta –o electrocutara con bastones o pistolas eléctricas–, pese a sus gritos por auxilio, generalmente en plena crisis de paranoia o psicosis.

De nuevo, la violencia y el uso de la fuerza suelen agravar la patología de la que sufre el cautivo, planteó HRW.

“La enfermedad mental de un prisionero puede conducir a que no entienda que el cumplimiento del orden es la forma más rápida de desaparecer el dolor de los rocíos químicos o de los toques eléctricos”, aseveró HRW, al recordar que los productos químicos empleados provocan una sensación de ardor en la piel y los ojos hasta por cuatro horas.

Y recordó el caso de un prisionero de California, quien amenazaba con suicidarse, al que el “equipo de extracción de célula” roció más de 40 veces con gases químicos antes de entrar en su celda e inmovilizarlo.

Además, “el gas pimienta puede impedir la respiración durante cierto tiempo, lo que puede ser una experiencia terrorífica para cualquier persona”, aseveró HRW, al precisar: “Pero el impacto puede ser más terrorífico y traumático aun para una persona cuya experiencia está tamizada por una enfermedad mental”.

HRW se alarmó ante el uso de los aturdidores eléctricos, como la pistola eléctrica –el Taser–, para controlar a los cautivos, pese al sufrimiento que estos aparatos inducen.

Asimismo, denunció que el método de la “inmovilización entera del cuerpo” –que consiste en amarrar las piernas, los brazos y la cabeza del prisionero a una silla o una cama durante horas– puede tener efectos particularmente nefastos sobre ciertos enfermos mentales, como los que sufren crisis agudas de paranoia, ansiedad y desorden de estrés postraumático.

Subrayó que muchos de los propios médicos de las cárceles no diagnostican la patología mental de los prisioneros psicópatas, sino prefieren atribuir sus comportamientos antisociales a su “maldad” o a su carácter “manipulador”. “Malo, no loco”, aseveran en esencia.

Los reclusorios que cuentan con las peores condiciones de vida carcelaria serían, según HRW, el de Rikers Island, en Nueva York –en que proliferaron cinco demandas colectivas por maltrato en los pasados 25 años– y del reclusorio Orleans Parish, en Nueva Orleáns, en donde el propio Departamento de Justicia denunció en 2009 “tasas escandalosamente altas de violencia entre prisioneros y de mala conducta de los custodios”.

En contraste, anotó la organización, el Departamento de Corrección del estado de Massachussets implementó nuevas reglas en 2012: instaló dos centros de salud mental para sustituir las unidades de aislamiento, otorgó a los enfermos más de 25 horas semanales afuera de su celda y capacitó a su personal para lidiar con los prisioneros psicópatas, a los que dejó de castigar.

En este último caso, según HRW, el uso de la fuerza contra los enfermos mentales se redujo en 60%.

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