Propaganda electoral

Las campañas políticas que culminaron con la elección del domingo 7 muestran un cambio de estrategia en el uso de medios para colocar la propaganda:

El veto a los partidos políticos para comprar directamente tiempo en radio y televisión resultó un freno parcial a corto plazo. El desarrollo de la tecnología abrió el campo digital. Páginas, redes sociales, anuncios en los portales vinculados al correo electrónico fueron utilizados ampliamente.  Sirvieron, de manera indirecta, para difamar, proferir insultos y desacreditar a candidatos.

El anonimato de las redes, bajo la premisa de que son cuentas individuales, privadas, que crecen bajo la responsabilidad del usuario, enmascara el manejo de aparatos repetidores automáticos de frases, produciéndose así lo que se llama “viralización” de un tema. Tales tuits y hashtags juegan el papel que antaño tenían los rumores. Y es peor cuando medios periodísticos digitales los toman como notas sin verificar su autenticidad. Tales instrumentos se prestan para desatar campañas sucias sin que éstas puedan ser sancionadas. Significativo fue el uso de este medio en contra de Morena y sus candidatos.

La derrota del gobierno del Distrito Federal para acotar el ensanchamiento de espectaculares instalados a la orilla de vías rápidas, en la administración de Marcelo Ebrard, así como el aumento de anuncios en vallas de metal colocadas para resguardar las “excavaciones profundas” o los terrenos baldíos, incidieron en el despliegue de los rostros de candidatos con apenas una frase; con el logo del partido pequeño y disimulado en el caso del PRI. Otra novedad fueron las mantas del PRD portadas por dos personas y exhibidas en las esquinas frente al semáforo, modalidad que luego siguieron el PAN y el PVEM. A los spots radiodifundidos se unió la campaña del Verde en las salas de cine comerciales, fuera de tiempo, gastando cifras desconocidas, y el Verde no perdió el registro. Ninguno de éstos medios los controla el INE.

Así, es fácil saltarse los topes de campaña por la vía de adquirir esos espacios sin claridad en los acuerdos con sus dueños, como antes se hizo con los concesionarios.

Cuando se permite que el equipamiento urbano, las fachadas de tiendas, restaurantes, farmacias; los pasos a desnivel, puentes, paredes del Metro, vagones, metrobús se tapicen de publicidad, no hay ya límites a la mercantilización. Se trate de construcciones nuevas o de monumentos patrimoniales como algunos de los edificios del Centro Histórico, el anuncio tendrá puerta abierta para instalarse y desvirtuar el paisaje urbano. En esa lógica la propaganda electoral se convierte en un producto más.

La comercialización de la política viene de tiempo atrás, desde el salinismo. Pese a las reformas electorales, ésta continúa ampliándose. La democracia es un mercado; los ciudadanos, consumidores.

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