Don Porfirio y el arte sonoro

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Ahora que se cumple el primer centenario luctuoso del controvertido mandatario Díaz (1830-1915) resulta imposible librarnos de rememorarlo en cuanto a la música de concierto. No obstante, debemos situarnos a una prudente distancia del enjuiciamiento que su persona y sus actos demandan ‒los juicios en su contra son aún de carácter político y adolecen de un verdadero rigor histórico‒, para hablar de algunos hechos que lo ligan, a él en primera persona o bien mediante su intervención indirecta, con la música y los músicos de su tiempo. Con ello, la deseable evaluación multidisciplinaria del personaje dispondría de material ulterior para su justo posicionamiento ante la historia.

Se he repetido hasta la saciedad que nuestro nacionalismo musical se forja a partir de la Revolución, empero, hemos de comenzar subrayando que sus raíces crecen a la sombra de los mandatos presidenciales del autócrata oaxaqueño (fueron 9 en total y salvo una breve pausa en la que gobierna Manuel González, su datación aviene entre 1876 y 1911). Baste decir al respecto que este nacionalismo, de índole romántica y en filiación con las modas europeas previas, es producto de un maridaje entre las danzas de salón del viejo continente ‒van aquí la gavota y el minué francés, la polka checa, el vals vienés, la mazurka polaca y el chotís escocés‒, y los géneros vernáculos americanos ‒como el danzón y la habanera‒, junto a la infiltración de elementos musicales autóctonos dentro de las formas melodramáticas y orquestales consolidadas.

Sí, don Porfirio pecó de un afrancesamiento enfermizo, sin embargo, durante su gestión se crean obras emblemáticas del repertorio lírico patrio. En 1900 Gustavo E. Campa estrena su ópera El rey poeta, en remembranza de Nezahualcóyotl y en 1901 Ricardo Castro monta su Atzimba, como homenaje a las gestas de Conquista padecidas por los purépechas. Asimismo, el porfiriato es testigo e instigador de la implantación de la música de cámara ‒a cargo, fundamentalmente, de Luis G. Saloma‒ y en su transcurso se consolidan las bases de la escuela pianística mexicana, de la que contamos con innumerables ejemplos. Tampoco es de menospreciar el hecho de que los compositores apoyados por el régimen porfirista buscan aproximarse a nuevas estéticas para renovar sus lenguajes ‒Julián Carrillo como epítome del fenómeno‒ y, que ahí se propicia la expansión de una infraestructura “de vanguardia”, aquella que habría de escucharse en los teatros, teniendo al Palacio de Bellas Artes como culminación interrumpida del proceso.

Es claro que a pesar de sus desaciertos y arbitrariedades, el desarrollo cultural impulsado por Don Porfirio posa los cimientos de un México que deseaba orientarse hacia las nociones de “progreso” en boga ‒el Positivismo de Comte en primer término‒, en abierta vinculación con otros países europeos y americanos. Onerosos fueron los precios, pero el tirano creyó a pie juntillas que habían de pagarse. La apertura internacional por él decretada, generó la insipiencia de un desarrollo sonoro que, al intentar nutrirse de las tendencias más cosmopolitas, da la pauta para aminorar el atraso que había imperado a lo largo de la corta vida de la nación mexicana.

Mas es necesario abundar y, para no ir más lejos, los nombres ya mencionados nos proporcionan la argumentación requerida. Con estos ejemplos podemos tipificar, en su especificidad, el panorama general que les fue deparado a los músicos que contaron con el talento para sobresalir en el medio nacional prohijado por el “Héroe de las Américas”.

Siendo ya un músico formado, Ricardo Castro (1864-1907) pensó que con la obtención de una beca podría coronar sus arduos años de estudio. Europa sería la meta a conquistar. Se acercó entonces a Justo Sierra, hombre de confianza de Díaz quien ocupaba el cargo de Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes para enterarlo de sus propósitos. Las gestiones de Sierra dieron fruto y la beca fue concedida con magnificencia. Gracias a ella y a un apoyo extra otorgado por el periódico El Universal, Castro pudo residir tres años en Europa ‒de 1903 a 1906‒ componiendo, dando conciertos y relacionándose con las personalidades de la élite musical del momento. Bélgica, Francia, Austria,[1] Alemania, Inglaterra e Italia fueron sus principales destinos y merced a su impacto Castro se adueñó de los conocimientos que dieron por concluida su educación artística. Lecciones de piano en París y Berlín con la virtuosa Teresa Carreño fueron la cereza del pastel en la biografía del célebre becario duranguense. Terminada la estadía europea, Castro fue nombrado en enero de 1907 director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación. En el cargo habría de llevar al cabo las reformas que iban a homologarlo con los centros de enseñanza musical de los países recién visitados. Lamentablemente la muerte se interpuso y Castro sólo estuvo al frente del Conservatorio once meses. Como podemos suponer, su designación fue propuesta por Justo Sierra y contó con la anuencia del dictador.

Como sucesor de Castro en la dirección del Conservatorio fue nombrado Gustavo E. Campa (1863-1934), un distinguido pianista, compositor,[2] crítico, pedagogo y hombre combativo a quien le interesaba la renovación de la enseñanza musical, pues se quejaba de su serio retroceso ‒pecaba de un trasnochado “italianismo”‒ en relación con las tendencias europeas del momento. Para ese fin ya había contado con el apoyo de Díaz, ya que lo había seleccionado personalmente como representante mexicano en el Congreso Internacional de Música que se celebró en Paris en 1900. También por decisión presidencial la estancia en la Ciudad Luz se prorrogó, dándole a Campa la oportunidad de entablar amistad con algunos músicos de vanguardia. Massenet y Saint-Saëns dejaron constancia de su aprecio por él. El autor del Carnaval des animaux le escribió que como compositor “ya no estaba en grado de pedir consejos, sino más bien de darlos”. No sobra que anotemos que Campa dirigió desde 1898 hasta 1914 la Gaceta Musical, empleándola como foro para plasmar sus inquietudes y preocupaciones. Una de estas, central en su esencia, fue la necesidad que tenía el Conservatorio de contar con mejores medios, y en este rubro viene a cuento la adhesión del soberano apenas le fue solicitada. Díaz dio la orden en 1898 de que se adquiriera una colección de instrumentos para ser donada al Conservatorio. Gracias a eso la institución rectora de la música en México puede hoy presumir la posesión de un valioso cuarteto de instrumentos de arco realizado por los Gagliano de Nápoles en el siglo XVIII, junto a dos violines más de fabricación francesa, también dieciochesca.

En lo que concierne a los estudios de Julián Carrillo (1875-1965) en el extranjero, una vez más la intervención del déspota filántropo fue decisiva. Encontrándose Díaz en una entrega de premios escolares oyó tocar el violín a Carrillo y su reacción fue de genuino entusiasmo. De ese primer encuentro en 1899 derivó, por orden directa del caudillo, la concesión de una beca para que el violinista potosino se trasladara a donde mejor le pareciera. Primero vino su aceptación en el Real Conservatorio de Leipzig, donde las dotes de Carrillo se evidenciaron. Ahí, además de ingresar como miembro de la renombrada orquesta de la Gewandhaus, compone su primera sinfonía cuyo estreno se realizó inmediatamente después. Las orquestas del Conservatorio y de la propia Gewandhaus la interpretaron y es obligatorio referir que un crítico germano la describió como “La quinta sinfonía de Brahms”.[3] Finalizados los estudios en Alemania vino el ingreso de Carrillo en el Conservatorio de Gante, donde nuevamente se granjeó honores. El primer premio en violín de 1904 fue la prueba de su desempeño en Bélgica. Al cabo de cuatro años el regreso a México se impuso y, para darle otro acicate a su carrera, Don Porfirio le obsequió, a nombre de la nación, un espléndido violín Amati.

A reserva de una sucesiva ampliación, el caso de Luis G. Saloma (1866-1956) es también esclarecedor para nuestro cometido. Igualmente obtuvo una beca por orden de Don Porfirio ‒estudió en Berlín, nada menos que con Joseph Joachim‒ y también recibió de sus manos, al término de la misma, otro gran violín de concierto. Al maestro Saloma, ya lo dijimos, se debe el culto a gran escala de la música de cámara en nuestra abatida nación. Las dictaduras que nos han regido, “perfectas” en su consecución y trágicas en sus alcances, no han sido un feudo exclusivo de sujetos como Díaz, empero, muy pocos de nuestros sátrapas con poder se han dejado, como él, sensibilizar tanto por la música.

[1] Se recomienda la audición de una de sus obras para piano escrita en Europa. Audio 1: Ricardo Castro – Parfums de Vienne. )Silvia Navarrete, piano. CONACULTA, UNAM, 2008)

[2] Se aconseja la escucha de una obra suya para solista y orquesta. Audio 2: Gustavo E. Campa – Melodía para violín. Op. 1 (Daniel Andal, violín. Philharmonic Orchestra of The Americas. Alondra de la Parra, directora. SONY, 2010)

[3] Se aconseja su audición completa. Audio 3: Julián Carrillo – Sinfonía n° 1 en Re Mayor. (Orquesta Sinfónica Lamourex. Julián Carrillo, director. PHILIPS, 1963)

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