Salomé, de Richard Strauss

MÉXICO, D.F. (apro).- “Wie schön ist die Prinzessin Salome heute Nacht!” (¡Qué hermosa está la princesa Salomé esta noche!).

Salomé es la princesa idumea hija de Herodes Filipo y Herodías, hijastra de Herodes Antipas, y según la tradición ella es la responsable de la muerte de Juan el Bautista. En los evangelios de Marcos, (6. 14-29) y Mateo (14. 3-12) se le menciona sin decir su nombre. El historiador Flavio Josefo (37-101 D. C.) es quien revela su identidad.

En 1891 Oscar Wilde (1854-1900) escribió en francés su obra en un acto Salomé, y pronto se traduce a varios idiomas. El compositor alemán Richard Strauss (1864-1949) conoce la versión alemana y él mismo se da a la tarea de escribir el libreto para su ópera homónima, que ha logrado afianzarse firmemente en el repertorio internacional. Destaca de ella el maravilloso solo orquestal “La danza de los siete velos” así como el monólogo final de la protagonista.

Fue interpretada no por la Ópera de Bellas Artes sino por la Sinfónica Nacional (OSN) dirigida por su titular, el maestro  Carlos Miguel Prieto. El elenco no podía ser más atractivo, presagiaba un éxito y así sucedió. Sin escenografía ni vestuario; los cantantes actuaban a la izquierda del proscenio vestidos de gala. Y mejor así. Ya lo hemos dicho: la ópera es música y canto, y una mala escenificación lo echa a perder todo, como ocurre ya con demasiada frecuencia en Bellas Artes. La orquesta sobre el escenario, a veces muy fuerte para acompañar a los cantantes. Prieto, correcto y acertado.

Es la primera vez que Elizabeth Blancke interpreta en nuestro país una ópera completa; la habíamos escuchado sólo en recitales donde mostró su musicalidad, fuerte carácter y sobre todo poderío vocal. Soprano dramática de gran volumen que sin dificultad supera a la orquesta, además es guapa. El problema con cantar la Salomé radica en los múltiples escollos vocales y musicales; sube solo a un si agudo, pero baja al inframundo: dos veces a un sol bemol grave, debe bailar la danza de los siete velos, verse jovencísima y seductora, y tener experiencia. Lo que plantea esta obra para la soprano es poco menos que imposible. Elizabeth Blancke cumplió sobradamente con los estos requerimientos en un personaje que ya lo ha interpretado exitosamente en otros teatros.

Chris Merritt nos sorprendió cantando a los 62 años con una frescura vocal que envidiarían muchos tenores más jóvenes, y actuando de maravilla; personalidad arrolladora, es uno de los grandes tenores de contemporáneos, su carrera ejemplar tiene aún mucho que ofrecernos.

El Jokanaán de Peter Castaldi, con una voz poderosa y plena de barítono dramático, llenó sin dificultades ese breve pero escabroso personaje; sus intervenciones, desde afuera, nos parecieron levemente microfoneadas, lo cual ahora sí se justifica por lo muy fuerte que sonaba a ratos la orquesta.

El Narraboth de Cameron Schutza y la Paje de Dolores Menéndez, de maravilla. Así da gusto escuchar una obra cuyo elenco es tan homogéneo en alta calidad.

Mención aparte Nieves Navarro, que con 7 meses de preñez cantó y actuó a Herodías, la cómplice y alcahueta de Salomé. En la Biblia ella es quien le sugiere a su hija que pida la cabeza del profeta, en recompensa por haber bailado la danza nudista de los siete velos. En la versión de Wilde y por ende en la ópera, eso es ocurrencia de la propia Salomé. Voz impresionante de mezzo o de soprano dramática, buena presencia escénica y actuación, merece más oportunidades de figurar como solista.

Afortunada elección la de esta obra.

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