Who I Am, memorias de Pete Townshend

MÉXICO, D.F. (apro).- “¡Colosal!”. Es la mejor interjección que hallo para describir el contenido del grueso libro autobiográfico redactado por el ilustre rocker londinense Pete Townshend, del grupo The Who, Who I Am. Memorias (Malpaso Ediciones. Barcelona, 2014. 569 páginas).

Recomendado ampliamente no sólo a aquellos fans de la música, sino a todo aquel que piense que a Pete le restan sólo dos neuronas, este volumen (cuya traducción equivale a “Quién soy”), ilustrado con 16 páginas de fotografías a color y en blanco y negro, nos maravilla por la implacable honestidad con que está escrito. Pienso que aun si The Who sólo hubiesen publicado su magnífico álbum doble Tommy en marzo de 1969, su lugar en la historia del rock habría quedado asegurado.

Afortunadamente, Pete Townshend nunca paró y otra de las obras maestras de The Who fueron los dos LPs Quadrophenia, de octubre de 1973.

Y él continúa creando bien e intenso; prueba de ello es su última grabación, el excelente blues “Guantánamo”, comentado aquí hace unas cuantas ediciones en esta columna “canto rodado”, genial rola política en contra de la usurpación gringa al gobierno independentista cubano de aquel brazo de su isla desde hace un siglo, para cometer tropelías contra los derechos humanos (www.proceso.com.mx/?p=408501).

Si la primera parte de las memorias de Pete (“Música de guerra”) son una lección enciclopédica de música para neófitos y letrados, al tiempo que ejemplo de cuán duro debió trabajar la banda The Who para alcanzar notoriedad, segundo y tercer “actos” (sic) del libro están llenos de apabullantes anecdotarios: “Un hombre desesperado” y “Jugando a ser Dios”. En 2006, The Who estuvo a punto de tocar en México por primera vez. Esperamos que vengan algún día, antes de que el tiempo nos rebase.

Como buen seguidor del género biográfico que soy, lo más revelador de Who I Am son las luchas que Pete debió librar en pos de su identidad como persona a partir de una infancia traumática cuando padeció abuso sexual, además de sus sempiternas batallas contra las drogas y el alcoholismo. Gracias a esta lectura uno comprende la conducta irascible, cínica y ególatra del gran rocker. Y se valora su afán perfeccionista desde la música de las esferas a las rock óperas; sus letras no siempre diáfanas, y la lucidez espiritual de un alma noble, fiel a un amoroso humanitarismo y una conciencia ética neta.

Nacido en el Londres del fin de la Segunda Guerra Mundial, el 19 de mayo de 1945, Pete sufrió abuso escolar de los profesores quienes lo golpeaban y sexual, cuando de niño vivía con su abuela Denny; sin embargo, los recuerdos de esa experiencia no le son nada claros y aquella posible violación sale a la luz cuando habla de su mini-ópera The Quick One (While He’s Away):

“Ivor el maquinista podría muy bien representar al pedófilo: ‘lo arreglaremos, quizás en mi casa’ y ‘mejor pórtate bien con el viejo maquinista’. Denny solía traerse a hombres de la cochera de autobuses y de la estación de tren que estaban ante la casa, y yo sigo teniendo pesadillas en las que se abre la puerta y aparece un hombre y una mujer en las sombras, que me observan, y un tenue aroma libidinoso flota en el aire.” (página 115).

Menciona “Fotos de Lily” entre las primeras piezas que escribió para The Who, si bien sin referirse a que se trata de ver revistas porno, sino a que “pretendía ser un comentario irónico sobre la frivolidad sexual en el mundo del espectáculo” (pág. 124).

Lo mejor del libro comienza a partir del fin del “acto primero”, en el capítulo “Tommy: la música, los mitos, el barro”, donde Pete expresa:

“Recurrí a John (Entwistle). ¿Podría él escribir una canción acerca de ‘tío’ Ernie que abusa de un niño? No hacían falta referencias directas a tocamientos, bastaba una muestra de voyerismo onanista. Dijo que lo intentaría, y se salió con ‘Fiddle About’ (“Manoseo”). Me gustaba mucho: era perturbadora, implacable y enérgica, aunque quizá me dolía que convirtiera en humor negro algo que tanto me había sobrecogido de niño…” (página 178).

Hacia marzo de 1991, cuando imaginó el álbum conceptual Psychodirectic, tocaba el asunto con el que irónicamente él tendría que lidiar al ser acusado por pedofilia, una década más tarde:

“En la historia, la estrella de rock empezaba a redimirse de su aislamiento por la insidia de una periodista de investigación que interceptaba sus mails y le tendía una trampa para presentarlo como un pedófilo.” (pág. 454).

Por entonces, Pete se mudó a su cabaña en Twickenham con su mujer Karen, y revivió un recuerdo infantil de aquella experiencia sombría:

“Una noche… tuve la peor de las pesadillas relacionada con mi vida junto a la abuela: una puerta que se abría, alguien que entraba…” (pág. 473).     Interesado en componer música sobre los orfanatos para infantes abusados como le contó un amigo suyo de Rusia, y ayudarlos, Pete escribe al término del apartado “Nuevo hogar” (pág. 502):

“Encendí mi ordenador portátil Toshiba, seleccioné un buscador y teclée una entrada sencilla: ‘Donaciones niños orfanatos rusos.’ Los resultados del buscador enseguida atiborraron la página. Pulsé en el primero y en pocos minutos (en aquellos días las imágenes tardaban mucho en cargarse) la pantalla se vio invadida por imágenes de niños abusados sexualmente.

“Me quedé de piedra. Como la mayoría de los hombres yo había utilizado internet para mirar pornografía –era una gran novedad–, pero jamás había visto cosa parecida. Empecé a sudar y a sentir ansia. Las imágenes se agolpaban ante mis ojos, pero en esas escenas yo era el protagonista, un chiquillo acostado bocabajo en una cama. Mi ansiedad enseguida se tornó cólera.”

Y más adelante en “Carta al niño Pete, con 8 años” (página 507):

“Seguía montado en cólera cuando contaba, a quien fuera, la cantidad de porno infantil al que uno podía verse expuesto en internet…”

Pero será en los capítulos “Días negros. Caballeros blancos” y “El piano de Trilby” donde Pete profundiza en el problema que aún lo hostiga:

“Mi ansiedad y preocupación acerca de la cuestión de la pornografía infantil en internet habían sido actividades en 1998 por aquella simple búsqueda cibernética para encontrar modos de donar dinero a los orfanatos rusos… había removido recuerdos que me convencieron ulteriormente del hecho de haber sido víctima de abuso infantil. Con la mente despejada y un propósito definido, en mayo y junio de 1999 me reservé tiempo para investigar un poco más la cuestión de la pornografía infantil. Desde el impacto que me produjo haberme visto expuesto a ella el año anterior, las cosas no parecían haber empeorado, pero tampoco habían mejorado (…)

“Mi idea consistía en publicar un artículo en mi portal que ilustrara que la banca online, las empresas de navegadores y los pornógrafos eran cómplices al enriquecerse con imágenes perversas de niños sometidos a abuso. En una ocasión utilicé mi tarjeta (de crédito en el banco británico) de Barclays en una página en la que había un botón que anunciaba (estúpidamente) ‘Presione aquí para pornografía infantil’. El importe era de siete dólares, e inmediatamente cancelé la operación, pues me negaba a que incluso esa cifra tan insignificante fuera a beneficiar a bancos y empresas de tarjetas de crédito que toleraban ese tipo de transacción…Tenía un amigo en Boston… me contó qué portales era más probable que hubieran sido intervenidos por el FBI o por el Servicio Postal de EE.UU…. Todo lo que había alcanzado a probar, lo sabía ya: el impacto del abuso sexual en los niños, especialmente en los más pequeños, necesitaba mucha mayor atención, y la revelación de su pasado era una amenaza potencialmente letal…

Beyond Tolerance, de Philip Jenkins, profesor de Historia y Estudios Religiosos en Pennsylvania State University, había sido publicado en 2001… empecé a darme cuenta que en mayo de 1999 había cometido un craso error: según Jenkins, ‘no es necesario que el fiscal demuestre que el acusado sabía que al presionar un enlace iba a contemplar una imagen sospechosa’, de modo que me había convertido en susceptible de imputación al admitir que había presionado un enlace. El hecho de que no me hubiera dedicado a mirar imágenes, sólo la página de inicio de un portal, era irrelevante desde el punto de vista legal… Yo seguía comprometido con mi compañía de concientización sobre el modo en que la pornografía infantil por internet podía de modo indirecto acarrear la muerte de víctimas particularmente vulnerables…

“La mañana del sábado 11 de enero de 2003, Nick Goderson, que se ocupaba ahora de mis negocios, llamó para decir que, según el Daily Mail, un guitarrista y estrella del rock millonario estaba en la lista de nombres enviada a Operation One, una investigación sobre delito cibernético centrada en la pornografía infantil. El FBI había entregado a Operation One siete mil nombres de ciudadanos británicos que habían visitado portales intervenidos por las autoridades.

“–Ese soy yo –dije (…)

“De entrada no me preocupé. Sin embargo, al colgar el teléfono, miré por la ventana y me entró el pánico. La casa estaba rodeada de periodistas, camionetas de la tele, cámaras, fotógrafos y curiosos. Como le dije tiempo después a un periodista, si en aquel momento hubiera tenido un arma me hubiera pegado un tiro para escapar al linchamiento…Fue un periodo muy tenso. Mi abogado dijo que la policía había intentado entrevistarme a título informal, pero que ahora estaba obligada a arrestarme porque en mi declaración a la prensa había admitido haber usado una tarjeta de crédito. Con una vez bastaba. Quedamos de vernos el lunes 13 de enero en mi casa. Registraron concienzudamente la vivienda y mis oficinas en Richmond. Se mostraron respetuosos y considerados, aunque se llevaron fotos de la familia, cintas de video, unidades de disco óptico y zip, así como once ordenadores…Más tarde acudí a la comisaría de Twickenham…

“…Porque todo lo que está mal en el mundo aparece en la primera plana, y lo que está bien –el esfuerzo, la superación—viene al final. Yo estaba claramente en la primera página, e iba a ser tema de debate en los meses venideros. Salí bajo fianza. El examen forense de mis ordenadores podía llevar un mes o más… Yo sabía que no había nada en mis ordenadores que pudiera incriminarme, y aunque era consciente de la posibilidad de que me colaran imágenes, me preocupaba más que salieran a la luz fragmentos de mis diarios personales… Sin duda, también me preocupaba que si alguien decidía transferir imágenes a mis ordenadores, no habría nada que yo pudiera hacer…

“Al final se concertó una fecha para que la policía me interrogara de nuevo, el 7 de mayo… Empezaron a filtrarse noticias de que al final todo se resolvería con una amonestación. Mis abogados y yo acudimos a la comisaría de Kingston y el agente que me había arrestado parecía incómodo… me ofrecieron un trato. Podía aceptar una amonestación y mi inclusión por un tiempo limitado en una lista de delincuentes sexuales, o ir al juicio. Mi caso gozaba de excesivo eco mediático como para lidiar con él de otro modo, a pesar de que la sensación imperante era que mi actuación había sido bienintencionada. Si iba a juicio podía tranquilamente contar la verdad, y la verdad no me incriminaría pero después de cuatro meses y medio de espera para el examen de los ordenadores, estaba exhausto… Pienso ahora que ojalá que hubiera ido a juicio; pero quizá sea una insensatez. En su lugar he confiado en mis amigos y en la ciudadanía para que hablaran por mí hasta ahora.”

Desde luego, esta temática del libro es únicamente una de las varias que conforman la intensidad de sus memorias, en verdad apasionantes, de uno de los músicos más influyentes de nuestro tiempo.

(Sobre la traducción del catalán Miquel Izquierdo. Me parece ridículo que siendo Malpaso una editorial que distribuye sus libros en México y Argentina, además de España, insista en utilizar jergas del dialecto castizo del español de Madrid, sólo comprensibles para los pocos hablantes de la península, olvidando a los lectores de este lado del continente americano. Así, el texto está inundado de términos como “gilipolleces” (pendejadas), “crío” o “polluelo” (por niñito), “bolo” (tocada o concierto) y otras tantas palabras sólo masticadas en la Madre Patria que muestran lo certero del adagio latino que dice: Traduttore, traditore. El traductor es un traidor. ¡Hostia!, ver: https://malpasoed.com/tienda/es/6-titulos?orderby=name&orderway=asc&p=5)

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