Perú: El viraje de Humala

El expresidente peruano, Ollanta Humala. Foto: Eduardo Miranda El expresidente peruano, Ollanta Humala. Foto: Eduardo Miranda

LIMA (apro).- El presidente peruano, Ollanta Humala, cumple este martes 28 su cuarto año en el poder (de un mandato de cinco sin posibilidad de reelección) con un balance que tiene la rara peculiaridad de dejar insatisfecho a todos.

Tras haber dado un paulatino pero drástico viraje en sus posiciones políticas, el mandatario encara la recta final de su gobierno repudiado por igual desde la izquierda y la derecha neoliberal, y con un índice de aprobación popular que, incluso en las encuestas más favorables, no llega a 20%, uno de los más bajos de la región.

En nada se parece el Humala actual a aquel militar en retiro candidato que llegó a la segunda vuelta de la elección a la presidencia en 2006 y que provocaba escalofríos en algunas cancillerías del continente por su cercanía con la Venezuela de Hugo Chávez.

Entonces, la simpatía declarada hacia el líder venezolano y la similitud de sus trayectorias (ambos se dieron a conocer con un intento fallido de golpe de Estado y de ahí saltaron a la política) hacían temer que su victoria electoral colocara a Perú en la órbita de Caracas, como antes había sucedido con sus vecinos Bolivia y Ecuador.

Tampoco se parece ahora el mandatario al Humala de su segunda campaña presidencial, en 2011, en la tuvo que demostrar su alejamiento de Chávez pero en la que se presentó con un ambicioso proyecto de cambio denominado la Gran Transformación.

Las promesas de modificar profundamente el modelo económico neoliberal (que había permanecido prácticamente inalterado desde el gobierno de Alberto Fujimori, en la década de 1990) y social que suponía ese programa ya tuvieron que ser moderadas en la segunda vuelta frente a Keiko Fujimori, la hija del expresidente, para ganarse a los sectores más centristas y lograr la victoria.

Aun así, su programa incluía revisar el modelo “neoliberal extractivista” (fuente de constantes conflictos sociales), la reforma de la Constitución para darle un mayor peso al Estado frente al sector privado y la mejora de los derechos de los trabajadores, entre otros aspectos.

Pero muchos de los que le apoyaron entonces con la esperanza de un cambio se muestran ahora defraudados.

Existe consenso en reconocer que Humala sí ha cumplido algunos de los compromisos que adquirió durante su campaña. En concreto, el impulso de programas sociales (becas, pensiones para los adultos mayores más pobres, comedores escolares…) para favorecer la inclusión social de los más pobres y en las notables mejoras en educación, gracias a un aumento del presupuesto destinado a este rubro y a reformas destinadas al magisterio y a las universidades.

Sin embargo, esto queda muy lejos de lo que muchos de sus seguidores esperaban de él y ha ido perdiendo el favor popular, que al inicio de su gobierno rondaba el 60%. Incluso la bancada en el Congreso de su Partido Nacionalista se ha reducido a lo largo de la legislatura por la hemorragia de diputados, principalmente del ala de izquierda, y ha sido superada en número de curules por el fujimorismo al pasar de 47 a 34 legisladores.

Uno de estos disidentes es Sergio Tejada, quien abandonó el “nacionalismo” el año pasado decepcionado por la marcha atrás que aplicó Humala respecto de los escasos cambios en política laboral que se dieron al principio del mandato.

“Hay un viraje muy fuerte en cuanto a la política económica. Ollanta en un primer momento acepta el modelo existente de una manera crítica, diciendo que ‘es lo que tenemos y no podemos hacer experimentos’, pero después termina siendo un defensor acérrimo de esta política y más bien trata de profundizarla”, sostiene el diputado, que ahora forma una bancada propia con otros nueve exnacionalistas.

Frente a algunos analistas que consideran que Humala renunció a los cambios prometidos en el modelo económico desde el primer momento en que asumió el gobierno, Tejada considera que durante un breve primer periodo de entre tres y seis meses “sí hizo algunas medidas en la dirección que había ofrecido”.

“Impulsó el incremento del salario mínimo, la ley de Seguridad y Salud en el Trabajo, modificaciones legales que permitían recaudar más de las empresas mineras, la Ley de Consulta Previa (de los pueblos indígenas)…”, defiende.

Pero después, agrega, “hay un periodo en el que no se dan muchos cambios y luego viene otro donde más bien se empieza a retroceder en todo lo que se había hecho al principio y a profundizar en el modelo fujimorista”.

Paradoja

Ante la desaceleración de la economía peruana respecto de los altos niveles que había alcanzado durante la última década por el boom de los precios internacionales de los minerales, Humala promovió una serie de reformas para favorecer a las empresas mineras en detrimento de la protección al medio ambiente y de los derechos de los trabajadores.

Esto provocó la satisfacción del sector empresarial y protestas de la sociedad civil, de los sindicatos y de la izquierda. La última de estas reformas, que pretendía reducir los derechos laborales de los trabajadores jóvenes bajo el argumento de tratar de reducir la informalidad en este sector de la población, fue tumbada en el Congreso ante la presión social y demostró la definitiva desconexión entre el presidente y la calle.

Sin embargo, esto no le sirvió tampoco para ganarse el favor de la derecha peruana que, según el analista político Alejandro Godoy, “le critica no haber tenido la suficiente convicción para impulsar la inversión privada”.

“La paradoja”, apunta Godoy, “es que el presidente se ha quedado absolutamente solo en estos años. Si se hubiera quedado solo por ser un centrista consecuente, se podría entender. El problema es que se ha quedado solo por no tener convicción en absolutamente nada”.

“Da la impresión de que, finalmente, Humala no tenía ninguna convicción ideológica propia. Más allá de que algunos grupos de izquierda lo vieran más a la izquierda, él no tenía ninguna base ideológica clara”, añade.

El analista opina que el acercamiento inicial con el presidente venezolano en 2006, “más que por un tema ideológico, se debía a un agradecimiento a Chávez por ser el primer presidente en América Latina que le dio algo de bola (…) En 2011 se acerca mucho más al modelo brasileño de Lula y ahora ha terminado más bien más cercano a los países de la Alianza del Pacífico: a Colombia, a Chile y a México”.

No obstante, apunta que “más allá de si el viraje fue o no el adecuado, lo que pasa es que no explicó las razones del viraje, por qué estaba cambiando su visión económica, su visión del mundo, sobre todo en torno al tema minero y en torno a la relación que tiene la minería con las comunidades con el medio ambiente”.

Esto le supuso otro fuerte revés político en mayo pasado, cuando la empresa minera Southern, filial de Grupo México, tuvo que suspender un megaproyecto minero de mil 400 millones de dólares de inversión después de varias semanas de enfrentamientos entre la policía y agricultores con saldo de tres muertos. Los agricultores consideran que la mina de cobre afectará a sus cultivos y sus recursos de agua. Los manifestantes le recordaron al presidente que en campaña se había comprometido a escuchar su voz.

Las críticas a la falta de liderazgo tanto en este como en otros asuntos son unánimes. “No sabe y no puede expresar una idea, una convicción de lo que quiere hacer”, apunta Godoy, quien no obstante admite que durante su mandato mostró en dos asuntos dotes de estadista. La primera fue en 2013, cuando anunció que no le iba a dar el indulto a Fujimori, que cumple prisión por varios delitos de corrupción y violaciones a los derechos humanos. “Aquí fue bien claro en responder a las razones por las que no estaba dando el indulto”, subraya.

La otra fue la gestión del conflicto marítimo con Chile en la Corte Internacional de La Haya, que se resolvió en 2014 con una sentencia que daba en parte la razón a Perú en su reclamo de una zona marítima que se disputaba con el país vecino. El tema había abarcado ya los gobiernos de Alejandro Toledo (2001-2006) y Alan García (2006-2011), “pero en términos generales Humala y la cancillería peruana lo manejaron en buenos términos y casi después de 200 años Perú cerró todas sus fronteras, para bien o para mal”, destaca.

Primera dama

Durante un tiempo el presidente suplió su escasa capacidad política con la ayuda de su esposa, Nadine Heredia, que resultó ser mucho mejor comunicadora que él. Ésta se convirtió en su mejor activo político y siempre le superaba en unos puntos en las encuestas de popularidad.

Pero el protagonismo político de la primera dama, que en ocasiones incluso entrevistó a los candidatos a ministros y despachaba con los miembros del gabinete en nombre del presidente, provocó la susceptibilidad de la oposición, que la acusó de acaparar los reflectores para impulsar una supuesta candidatura para suceder a su esposo el próximo año, al estilo de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina.

La “pareja presidencial”, como fue apodado el matrimonio en los medios, no descartó de forma tajante esa posibilidad, que algunos consideran inconstitucional hasta que vieron que estaba afectando sus resultados en las encuestas. Humala incluso hizo nombrar a Heredia como presidenta del Partido Nacionalista para justificar su protagonismo y su influencia en el gobierno.

Pero incluso cuando el mandatario y su mujer cerraron sin lugar a dudas la puerta a una posible “sucesión conyugal”, la oposición siguió golpeándola, ya que la ve como una rival segura en las elecciones parlamentarias de 2016, en las que se da por seguro que se presentará como cabeza de lista.

Actualmente la Fiscalía investiga a Heredia por unos sospechosas transferencias bancarias provenientes de Venezuela que acabaron en sus cuentas y en las de personas cercanas a ella durante la campaña presidencial de 2006, y por una comisión investigadora del Congreso por su relación con un empresario que fue su tesorero durante la campaña electoral de 2011 y ahora está encarcelado acusado de tráfico de influencias y lavado de activos.

En el marco de estas investigaciones se descubrió que la primera dama había comprado a través de una amiga artículos en lujosas tiendas de Europa, lo que ha acentuado la caída en su popularidad. Ahora tiene peor aceptación que el presidente, pasando de ser un valor para éste a suponer un lastre.

El gobierno humalista reivindica algunos logros, que no consigue trasladar a la opinión pública, en infraestructuras básicas, como el asfaltado de carreteras, la construcción de vivienda social, la ampliación de la cobertura de agua y saneamiento en el ámbito rural, el impulso de una red nacional de fibra óptica… Y su manejo macroeconómico ha sido responsable, en la línea de las anteriores administraciones.

También resalta que la desaceleración económica es una pauta común en toda la región y que Perú sigue manteniéndose a la cabeza del crecimiento entre los países latinoamericanos.

Pero todo esto no consigue ocultar los sonoros fracasos en materia de seguridad ciudadana, lucha contra la corrupción, mejora del sistema de salud y creación de empleo.

Algunos de los que iban a ser los proyectos más emblemáticos de su mandato (como una refinería, un gasoducto para abastecer al sur del país o un gran polo petroquímico) no terminan de arrancar, lo mismo que los planes de diversificación productiva.

Y las expectativas respecto de una mayor transparencia gubernamental y el avance de los juicios por las graves y generalizadas violaciones a los derechos humanos durante la lucha contra la guerrilla de Sendero Luminoso en las décadas de 1980 y 1990 están lejos de alcanzarse.

Acosado por las acusaciones de la oposición, sin apoyos políticos ni sociales, ya nadie espera grandes sorpresas del presidente en el último año de su mandato, marcado por las elecciones de 2016.

“Humala no ha estado a la altura”, comenta Sergio Tejada. “Los que lo conocemos desde antes veíamos un Ollanta que en las coyunturas decisivas salía, y salía fuerte. Ahora vemos un presidente que más bien parece que se quisiera esconder”.

Godoy destaca que Humala no fue el presidente autoritario que algunos temían: “A muchos no les gusta sus modales, su discurso militarote, pero es un presidente democrático. Humala no es Chávez. Eso está clarísimo”.

No obstante, dice, “se le va a recordar como un presidente gris, como un presidente de una medianía política bastante fuerte, que tiene logros en algunos temas, pero también como el presidente durante el cual se desaceleró el crecimiento y la inversión privada y como un presidente tremendamente impopular”.

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