China: El “crack” de verano

La estrepitosa caída de la bolsa tomó por sorpresa a millones de chinos, quienes se habían emocionado con la anterior bonanza bursátil y pensaron que la compra-venta de acciones solucionaría para siempre sus problemas económicos. No fue así. El crack de julio fue una sacudida que ni siquiera el paternalista y plenipotenciario gobierno pudo impedir. Ahora, a las víctimas de este verano no les queda más que malbaratar sus pertenencias, para tratar de mantener a flote su estatus.

Beijing (Proceso).- Una foto resumía el mes pasado el drama de millones de chinos: un hombre cabizbajo arrastraba una alpaca y portaba un cartel: “Jugué en la bolsa y perdí. Ahora vendo un animal mitológico”. Hipotecados su vivienda y su coche, la venta de su mascota era el último activo para pagarle los estudios a su hija.

Millones de inversionistas chinos descubrieron por la vía más dolorosa una verdad universal: que la bolsa también baja.

Los mercados occidentales están dirigidos por grandes inversionistas o gestores de fondos a quienes los ahorradores confían su dinero. Las bolsas de Shanghái (la de referencia en China) y la de Shenzhen (que agrupa a empresas tecnológicas) son dominadas por masas de pequeños ahorradores con conocimientos bursátiles difusos, que las entienden como una vía rápida y segura de ganar dinero y confían en que el gobierno paternalista y plenipotenciario impedirá cualquier desaguisado para preservar el incondicional principio de la estabilidad social.

Y la actitud de la bolsa en el pasado reciente apuntalaba la teoría: en 12 meses había subido un espectacular 152%.

Así que el derrumbe bursátil de este verano dejó a los chinos atónitos y arruinados. Las bolsas perdieron en las dos últimas semanas de junio y la primera de julio un tercio de su capitalización. Los 3.2 billones de dólares evaporados equivalen al doble de la bolsa de India o al PIB de Reino Unido. En unos pocos días se esfumaron los beneficios de ocho meses, así que la caída afectó especialmente a los recién llegados.

“Lunes negro”

El gobierno reaccionó con presteza: ordenó la moratoria de salidas a bolsa; inyectó liquidez, primero a las grandes empresas públicas y después a las privadas; prohibió vender a los grandes inversionistas (los que tienen más de 5% de las acciones de una compañía) y envió a la policía a investigar las ventas cortas maliciosas, en un claro intento por controlar a los especuladores.­

Ese intervencionismo gubernamental, inimaginable en cualquier otro país, insufló momentáneamente confianza y los índices se recuperaron 16% desde la sima del 8 de julio. Pero el “lunes negro” del 27 de julio hundió la bolsa 8.5%, la peor caída desde 2007. También planteaba dudas sobre la eficacia de las medidas de largo plazo para devolver la confianza a los pequeños ahorradores, a pesar de que fueron anunciadas en el noticiario de televisión más visto del país. Algunos expertos hablan del “pánico de los inversionistas”.

Las pérdidas hubieran sido mayores si las compañías no gozaran en China de la posibilidad de suspender su cotización. Durante los días más crudos, sólo la quinta parte de las compañías seguían operando. El 9 de julio, según cuentas de Bloomberg, 97% de las acciones estaban congeladas.

Unos 90 millones de chinos jugaban en la bolsa hasta su derrumbe. Esa cifra supera a los 87.8 millones de miembros del Partido Comunista de China, lo que sirve de metáfora clarificadora de la deriva nacional.

Las oficinas de cambio se han erigido en templos capitalistas en un país nominalmente comunista. No es difícil ver a mujeres tejiendo, estudiantes o jubilados jugando cartas mientras echan vistazos periódicos a las pantallas de las cotizaciones.

El gobierno ha estimulado la bolsa sin recato. En los primeros años se leían en la prensa oficial las historias de personas humildes que se habían enriquecido moviendo sabiamente sus magros ingresos. Los pisos de remates son el destino natural y casi único de los ahorros en China, con intereses bancarios raquíticos y rumores insistentes de burbuja inmobiliaria. Ahí había guardado sus ahorros la pujante clase media, pero también todo el que quisiera estirarlos, muchas veces jugándose su pensión o hipotecando su casa. El 80% de los hogares urbanos chinos ha invertido en la bolsa y a ella destina 30% de sus ingresos, según un estudio del Credit Suisse.

“Empecé a invertir porque todos mis amigos lo hacían, ganaban dinero muy rápido”, dice vía telefónica Zhang Qian, de 28 años y empleada de la multinacional IBM. Zhang había metido 20 mil yuanes (3 mil 220 dólares) en septiembre en la bolsa y en apenas dos meses consiguió 50% de beneficios, que reinvirtió. Hoy apenas conserva 5 mil yuanes (805 dólares) en acciones de bancos que considera más seguras.

La cultura bursátil es necesariamente reciente en China, donde los pisos de remates abrieron tras la reforma económica de Deng Xiaoping de los ochenta. Muchos ignoran qué fue el crack del 29 y ni siquiera conocen caídas recientes en China. Unas 40 millones de cuentas de inversionistas se abrieron sólo en el último año.

Zhang recuerda ahora que sus padres perdieron el grueso de sus ahorros en la bolsa a principios del milenio. “Como yo, tampoco tenían tiempo ni ganas de estudiar el mercado. Ellos nunca volvieron a invertir, quizá ha llegado el momento de que yo aprenda la misma lección”, añade.

Muchos de los ahorradores privados han pedido créditos para comprar acciones, así que la caída de la bolsa empuja a los prestamistas a pedir más dinero en metálico para cubrir pérdidas. Los inversionistas se ven forzados a vender y el piso de remates acaba por desplomarse.

Los inversionistas se mueven a menudo a golpe de rumores en internet o por consejos de amigos y familiares. La mayoría carece de una estrategia de largo plazo. Busca rentabilidad rápida y se contagia fácilmente de los ataques generalizados de pánico, especialmente cuando comprueba que los esfuerzos gubernamentales tampoco funcionan.

Inversionistas “naive”

La prensa china se ha esforzado en la tarea docente, negando teorías conspirativas extendidas sobre hostiles fuerzas extranjeras empeñadas en hundir la economía china y explicando que una caída de 32% tras subidas de 150% es incluso razonable.

“El 99% de los inversionistas chinos son cándidos, piensan que sólo es peligroso invertir en las bolsas extranjeras, pero no aquí. Han ganado mucho en muy poco tiempo, creen que eso nunca va a cambiar y no aprenden de la historia”, dice a este semanario Summer Deng, consultora financiera independiente.

Se añade la acentuada pasión por el juego en un país que lo prohíbe (con las excepciones de Macao y la lotería nacional) y el elemento socializador. La bolsa es un tema de conversación y debate habitual en las calles.

El periodo de bonanza bursátil permitía ganar dinero sin esfuerzos. Si además confluían trabajo y talento, los beneficios mareaban. Yang (nombre ficticio) vendió dos de sus cuatro departamentos en esta capital y multiplicó ese millón de dólares invertido por seis en apenas ocho meses. Lo vendió todo el 9 de junio, escasos días antes del colapso. Recoge a este reportero en auto de 140 mil dólares y dice haber encargado un reloj de 75 mil dólares para su mujer.

“No es suerte, es esfuerzo”, insiste.

Yang dejó su trabajo para controlar de cerca sus inversiones. Apenas dormía para seguir las diferentes bolsas globales, fumaba sin freno y cada caída bursátil le castigaba el corazón. Pero sobre todo estudiaba. Leyó los tres últimos anuarios económicos de todas las empresas en las que invirtió y averiguó quiénes eran sus mayores ejecutivos.

“Antes de comprar acciones de Tsingtao (la cerveza china más conocida en el mundo), viajé a la provincia de Shandong para comprobar cuántos terrenos tenía. ¿Cómo puedes invertir en una empresa si ni siquiera sabes el nombre del presidente?”

Sobre la bolsa existe la duda urgente de si ha tocado suelo o queda margen de caída. Oliver Rui, profesor de Economía de la prestigiosa escuela de negocios CEIBS, de Shanghái, defiende lo segundo.

“Incluso después de una corrección de 30%, la media del PER (beneficio por valor de la acción) del principal índice de Shenzhen está por encima de 60%. Los valores de pequeña y mediana capitalización se sitúan sobre 70%, y las de gran capitalización, en 100%”, sostiene en entrevista por correo electrónico.

Se habla de burbuja bursátil porque el alza de 152% en 12 meses no vino acompañada de una mejor actuación de las compañías chinas y se produjo cuando la economía nacional registraba los crecimientos más bajos en décadas. Fue el entusiasmo irracional de los inversionistas el que espoleó su escalada. La correlación entre la realidad económica y el devenir bursátil es menor que en otros países, por lo que algunos expertos desaconsejan extraer demasiadas conclusiones del derrumbe.

Zhang, cuyos padres pertenecían al ejército chino, aún consulta sin cesar las aplicaciones económicas de su teléfono móvil con las que sigue las bolsas y los precios de los principales bienes en el mundo. Se plantea regresar al piso de remates a pesar de las opiniones generalizadas de expertos.

“Por eso son expertos: si ganasen dinero de verdad en la bolsa, no tendrían que hablar en la prensa”, asegura. Su confianza radica en el margen de mejora del país, en esa China rural en la que “la gente sólo tiene comida y ropa, pero necesita todo lo demás y alguien se lo tendrá que dar”.

“China nunca será Grecia”, vaticina.

La otra duda, de mediano y largo plazo, es si regresarán los inversionistas después de que sus antiguas certezas de rentabilidad rápida y segura se hayan hecho añicos. Más de 24 millones de pequeños ahorradores habían huido de la bolsa a finales de julio, según datos oficiales.

“Volverán porque los chinos siempre buscan oportunidades de inversión”, asegura vía correo electrónico Scott Kennedy, experto en economía china del Centro de Estudios Internacionales Estratégicos. “El error del gobierno fue sugerirles que sus inversiones en la bolsa estaban seguras. No lo estaban. Es un mercado bursátil, los precios suben y bajan. ¡Así que, inversionistas, tengan cuidado! El gobierno debería ratificar ese principio y salirse del camino, entonces los inversionistas no podrán culpar a nadie más que a sí mismos”, añade.

El colapso bursátil y las tensiones sociales que pueden provocar millones de chinos arruinados medirán también la robustez de las reformas económicas emprendidas por el gobierno, las más importantes en tres décadas. El presidente Xi Jinping anunció un viraje hacia un mayor papel del mercado y la empresa privada a cambio de reducir el tradicional peso de las grandes compañías públicas y del Estado. La fulgurante y radical intervención de las autoridades en cuanto la bolsa flaqueó, provocó que algunos expertos calificasen de vacío el discurso de Beijing.

Para Kennedy, China se inclinaría por un camino más superficial, seguro y conservador si aún estuviera presidida por Hu Jintao.

“Pero Xi Jinping y Li Keqiang han mostrado un estómago más fuerte para tomar riesgos y abrazar los potenciales beneficios del cambio (…) La actitud de los anteriores líderes era más adecuada a una era que China está tratando de dejar atrás”, asegura.

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