Decenio, poemario de José Ramón Enríquez

MÉXICO, D.F. (apro).- Un decenio cabe en 80 páginas. Bajo esa ecuación José Ramón Enríquez (DF, 1945) recopiló 27 poemas escritos entre 2004 y 2014. Sus versos se leen en cámara lenta, como si una lluvia refrescara el paisaje detrás de una ventana.

En Decenio hay un cuerpo inamovible que escribe. Sus textos mantienen un movimiento pendular entre lo divino y lo profano. La muerte de Dios omnipotente se vuelve irreverencia: “Mientras boqueas colgado de una cruz que ya cansa/ ¿debo decir amén o sólo irme?”.

Enríquez desacraliza la poesía y escribe sobre el amor que muere en la cuna. Sus poemas nos hablan del tiempo, de una forma de crecer para volver a la infancia, de la imposibilidad de volver atrás. En “Década” convive un mundo de nostalgia con el presente.

Una cama permanente. Las tapas de nuestros féretros. Un cerebro amnésico. Nubes que sirven para mantener un diálogo. Un Dios que balbucea con los dientes rotos. Una postal de Barcelona. Un aullido intraducible lanzado en arameo: “Elohi, Elohi, lema ’sebaqtani”, son algunos de los objetos que poetiza.

En el libro palpita una nostalgia de los años sesenta, pero también visibiliza el frenetismo de lo contemporáneo. Escribe entonces una oda al sedentarismo: “Por qué viajar/ cuando es mejor dormir en camita. Es soñar más barato/ y, sin embargo, llegan y te lanzan/ a carreteras nuevas”, se lee en “Dispersión del sedentario”.

Enríquez, también dramaturgo, “busca oírse en el texto, no a través de un actor y una puesta en escena, sino en la página misma ya como sonoridad y canto; canto que es a la vez excepción y cotidianidad, universo de vivencias, lecturas, aconteceres tamizados por la memoria y la escritura”, dice la contraportada del libro.

A través de múltiples referencias a Buñuel, Joyce, Steinbeck, Teresa de Jesús, Michel de Certau, el poeta narra la nostalgia del viejo que quiere ser niño de nuevo. En “Amnesia” señala: “se durmió siendo niño/ y amaneció arrugado.”

En ese Decenio Enríquez esperó siempre la caída de la Gran Babilonia.

El libro es editado por la Dirección de Literatura de la UNAM en la colección Ediciones Sin Nombre.

A continuación se reproducen tres poemas.

* * *

El lugar y la imagen

Si establezco el lugar llega la imagen

violenta o silenciosa, a su manera,

y reinventa los años que en silencios y en gritos

han construido mi historia.

Que ya he olvidado.

O tal vez no he vivido.

Si abierto a la memoria de la imagen

viajo al topos uranos

todo se vuelve nuevo

sin que la voluntad me reconstruya

ni participe aquel entendimiento

que pensé facultad y era espejismo.

 

En el arco de un lustro,

durante aquella década brillante

de los años sesenta,

mis sueños desplazados

de algún viejo molino

vecino de Santiago Tianguistengo

a la plaza ritual

en medio de Santiago Tlatelolco.

 

Y han convivido siempre las imágenes

en el puro horror vacui.

 

El combate

¿Qué ocurre con los sueños

cuando dejan de estar en el lugar preciso,

y ya comienza el tiempo de olvidarlos?

 

Si el poema combate con la sombra

no habrá recurso alguno: será a muerte.

 

Se avergüenza el que escribe

Se avergüenza el que escribe,

se niega a ser poeta.

Tal vez un escribano, el amanuense,

un lerdo que aprendió

a poner en papel lo que le dictaban.

Intenta recordar a qué se refería

cuando escribió el poema que no entiende.

¿Al dolor, a la guerra?

 

¿Al dolor? Aria antigua

para una voz de bajo muy profundo

con un chelo marcando

el pianísimo al fondo.

Eso no lo ha cantado.

Tal vez ha estado cerca algunas veces,

pero siempre en cobarde partitura

para viola y tenor quizás dramático.

 

Heredó muchas guerras

de metralla y silencio y de rencores

pero nunca ha luchado en ningún frente.

 

Las soñó, las cantó, las hizo suyas

por las voces que oía, que estructuraban

su memoria y su futuro.

 

Apenas en el sueño

ha tenido la guerra.

En su vida presente: pesadillas,

recuerdos compartidos con los suyos

de una sangre y de otra

de una y otra ribera.

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