La ruta de la muerte

Vienen de Medio Oriente o de muchos puntos de África. Huyen de la guerra o de la miseria, de las persecuciones políticas o religiosas, y ansían alcanzar los países centroeuropeos o escandinavos. Quieren vivir en paz. Pero para ello se tienen que jugar la vida en cruces marítimos llenos de riesgos. Dos mil 600 han perecido este año en el mar. Y la situación empeoró con la guerra siria. Proceso acudió al punto de partida, en Turquía, y al de llegada, en Grecia, donde miles de migrantes se ponen en manos de traficantes de seres humanos o son recibidos con hostilidad y agresiones.

Bodrum, Turquía/Kos, Grecia.– Lo primero que perciben los ojos al acostumbrarse a la oscuridad nocturna de la playa de Lambi es el cañón de un tanque el cual se recorta discreto sobre la luz tenue de un pequeño puesto militar en el cabo que protege la bahía de Kos. El cañón apunta a la estrecha franja de mar, de sólo seis kilómetros, que separa esta isla griega de la costa de Turquía, como un recuerdo de pasadas disputas entre los dos países.

Pero es simbólico que sea un cañón lo que recibe a los refugiados que huyen de la guerra y la violencia en Medio Oriente, Asia o África y se juegan la vida cruzando este estrecho para llegar a su ansiada Europa.

Algo se mueve en las negras aguas, en un punto casi equidistante de ambos países, y patrulleras de la Guardia Costera –una helena, otra turca– se aproximan. Son casi las cinco de la mañana, pero la tiniebla aún no se disipa. Las únicas luces que perturban la noche son las de los hoteles y centros nocturnos, pues tanto Kos como Bodrum, enfrente, son destinos vacacionales.

De pronto, una de las patrulleras enciende sus potentes focos e ilumina dos lanchas inflables cargadas de refugiados que trataban de ganar la orilla griega. Tras un cuarto de hora de lo que, desde la lejanía de la playa, parece una discusión entre los guardacostas griegos y los migrantes, los primeros hacen subir a los segundos a su embarcación. Las luces del alba aparecen cuando la nave de la Guardia Costera penetra en la bahía.

Lo lograron: los refugiados ya están en territorio de la Unión Europea (UE).

Desde enero, más de 350 mil personas han llegado a la UE tras cruzar las aguas del Mediterráneo y del Egeo; una cifra 60% superior a la de todo 2014, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones. Dos de cada tres migrantes siguen la ruta que va de Turquía a las islas griegas, para después cruzar los Balcanes a pie, tren o autobús –si bien ello supone salir del territorio de la UE–, para alcanzar el corazón de Europa Central –Alemania, Holanda o Bélgica– o seguir a los países escandinavos, tradicionalmente más generosos con quienes solicitan asilo.

Entre quienes emprenden esta peligrosa ruta –consta que este año ha habido al menos 2 mil 600 muertes– hay quien llega de Afganistán, Bangladesh o Irak, de países africanos como República Democrática del Congo, Eritrea o Sudán.

Pero sobre todo de Siria. El conflicto civil en el país árabe, una guerra que ha costado 230 mil vidas en cuatro años, ha desplazado de sus hogares a 12 millones de personas, de las cuales 4.5 millones han cruzado la frontera hacia países vecinos. Turquía acoge a 2 millones de sirios; Líbano a 1.2; Jordania a más de 600 mil; Irak a un cuarto de millón… Y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que 400 mil sirios más se preparan para huir hacia la UE este año y otros tantos el próximo. La crisis migratoria no ha hecho más que empezar.

La espera

El viaje comienza en internet. Cientos de páginas en Facebook dan consejos u ofrecen contacto con intermediarios para embarcarse en las costas turcas. Quienes tienen familiares o amigos que ya han llegado a un destino seguro o están en ruta, aconsejan a los que van más atrasados a través de las aplicaciones telefónicas WhatsApp o Viber, y prácticamente todos conocen al dedillo la ruta: “Bodrum, Kos, Atenas, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria y… Alemania”, recita de corrido Rami, un sirio entrevistado por Proceso.

“Nos guiamos por Google Maps”, añade. De ahí que uno de los elementos más preciados por los refugiados en cualquiera de las etapas de su viaje de más de 4 mil kilómetros sea la electricidad para cargar la batería de sus celulares.

“Ha surgido una nueva economía en torno a los refugiados”, explica Ahmet Acar, empresario de Bodrum. “Según las estadísticas, un turista deja en Turquía un promedio de 750 dólares, pero un refugiado deja al menos mil euros (mil 120 dólares), que es más o menos el precio que cobran los traficantes por cruzarte a Grecia, más todo lo que gasta a diario en comida, hoteles o telefonía”.

De entre los que huyen de Siria, muchos son integrantes de la clase media, pero también hay otros que sólo tienen el dinero justo para el viaje –varios miles de euros por cabeza– y no pueden permitirse el lujo de gastarlo en un hotel o en una pensión.

En el parque Ückuyular de Bodrum corretea una treintena de niños; una decena de familias sirias habitan ahí. “Por las noches el viento es frío como el hielo y por la mañana hace muchísimo calor. No tenemos mantas, dormimos sobre el suelo. Nosotros podemos soportarlo, pero estas familias con niños… para ellos es horrible”, se queja Mustafa Chaar, un joven sirio que estudiaba ingeniería en Alepo, Siria, hasta que la policía del régimen de Bashar al Asad lo detuvo, aparentemente sin motivo, y lo torturó durante un mes.

A su lado está Simo, estudiante de Agronomía, de 20 años y en quien su familia ha depositado todas sus ilusiones… y sus ahorros. “De momento he gastado 3 mil euros en llegar hasta aquí, pero no sé cuánto me costará alcanzar Europa”, dice. “Quiero ir a Alemania porque allí el gobierno se preocupa por la gente; en Siria no eres nadie para el gobierno”.

Su familia, originaria de Damasco, se trasladó a Palmira al inicio de la guerra civil siria, pero esta primavera el Estado Islámico (EI) conquistó esa ciudad y tres de los hermanos de Simo fueron ejecutados.

Atrapados entre las fuerzas del gobierno, el EI y otras facciones combatientes, Simo es la única la esperanza de los suyos. “Cuando me instale en Alemania, traeré a mi hermana, a mi hermano y a mis padres”, afirma.

Mustafa, Simo y los demás ocupantes del parque aguardan a que los traficantes les notifiquen el día en que podrán tomar una barca hacia Kos. Hay quien lleva tres días, hay quien lleva un mes durmiendo en el suelo.

La situación de Abdulmenem Alsatouf se parece a la trágica historia de la familia de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años ahogado junto con su hermano de cinco y su madre, tratando de cruzar a Grecia –después de que Canadá les negase la solicitud de asilo–, y la imagen de cuyo cuerpo tendido sin vida en una playa de la península de Bodrum conmocionó al mundo.

Alsatouf dirigía un supermercado en Idlib hasta que el bombardeo de un caza del régimen lo redujo a escombros. Ahora espera junto con su mujer y sus tres hijas –Nur, de 5 años; Hasun, de 3; y Nermin, de uno– la hora de embarcar. “Esperamos tres meses en Ankara a que el consulado de Italia nos concediese visa, pero nos la negaron”, dice.

Mustafa Chaar se enerva. Todos son conscientes del peligro que supone el viaje en patera a Kos. “Hace falta que los gobiernos de Turquía, de Grecia, de Europa, se pongan de acuerdo y nos permitan un paso seguro y no nos dejen morir en el mar. ¡Somos personas! ¡Personas!”.

La hora de embarcar

A las 10 de la noche comienza el ajetreo en las callejuelas del centro de Bodrum. Un hombre se acerca a un grupo de sirios, que empacan a toda prisa; llega una furgoneta, montan los cinco y el vehículo sale disparado por otra callejuela. Al cabo de 10 minutos la operación se repite, pero esta vez es un taxi el que viene a recoger a los sirios. El destino es el mismo, alguna playa del suroeste de la península de Bodrum, la parte más cercana a la isla de Kos y a otros islotes griegos.

Hacia medianoche los refugiados, escondidos en la maleza, inflan sus lanchas y a la carrera se lanzan al agua. La nueva táctica de los traficantes de personas –redes que se organizan según la nacionalidad de los refugiados y en las que participan tanto turcos como gente de los países de los que procede el cargamento– es llevar a los migrantes hasta la playa, explicarles cómo se maneja el bote, darles un par de indicaciones y dejarlos a su suerte, de manera que se evitan la detención en caso de que la patera sea interceptada.

“El traficante tiene tu vida en sus manos y no le importa un carajo, a pesar de que hace mucho dinero contigo. Mientras tú estás en el mar jugándote la vida, él está tranquilamente en su hotel”, denuncia un joven sirio que ha intentado cruzar dos veces, sin éxito.

El problema es que la mayoría de los refugiados sirios, iraquíes y afganos que se embarcan apenas tienen una mínima noción de lo que es el mar. Muchos ni siquiera saben nadar. En la península de Bodrum las aguas son tramposas: si bien en la bahía parecen calmas, 100 metros adentro comienzan las corrientes, el viento y el oleaje. Al carecer de quilla, las lanchas son difíciles de mantener a flote, más teniendo en cuenta que los motores que instalan los traficantes son de poca potencia y que van sobrecargadas.

“Usan botes de poca calidad”, asegura el propietario de un taller de reparación de embarcaciones al que los traficantes llevan las lanchas a arreglar cuando son interceptadas por los guardacostas, que las pinchan para intentar que no sean utilizadas de nuevo. “Ésta, por ejemplo, es de una capacidad máxima de 18 pasajeros, pero meterán en ella 40 o 50, y a poco que se supere el peso máximo, el piso de la lancha se despega y comienza a entrar agua”, describe mientras sus trabajadores parchan una inmensa lancha negra.

El empresario se excusa: “Si no arreglamos nosotros estas lanchas, lo harán otros. Este de la inmigración no es un problema que pueda solucionar yo, es cosa de los gobiernos”.

Hasta la primera semana de septiembre las embarcaciones partían cada noche de las playas de Bodrum por decenas, apenas molestadas por las autoridades. Pero tras el revuelo por la muerte de Aylan Kurdi los comandantes de la Gendarmería han ordenado controles en tierra firme para interceptar a los migrantes antes de que se echen al mar –reconoce un gendarme consultado por este semanario– y también se han reforzado las patrullas de la Guardia Costera.

Pero es como tratar de contener un puño de arena en la mano: siempre encuentra algún lugar por donde escurrirse. Si la vigilancia se refuerza en Bodrum, los refugiados usan rutas más al norte hacia otras islas griegas, como Leros o Lesbos.

“Los refugiados sólo tienen una idea en la cabeza: llegar a Europa. Y no les importan los riesgos porque, quienes han llegado ya, sólo les cuentan las cosas buenas”, afirma un guardacostas turco.

A su lado, otro explica que los guardacostas están sobrepasados por las circunstancias. “Hemos recibido refuerzos de otras regiones, pero aun así llevo siete días sin poder ir a casa a ver a mi familia. Respecto al año anterior, el número de intentos de cruce ha aumentado 300%”.

La noche anterior, estos guardacostas rescataron a 33 sirios de un bote a la deriva; éstos ahora están detenidos. “Pagamos mil 300 euros por cabeza. Pero cuando llegamos a la lancha me sorprendí de que no hubiese un piloto, sino que dijeron que condujésemos nosotros. Nos perdimos. Estuvimos cuatro horas a la deriva y los más jóvenes entraron en pánico, así que telefoneé a los guardacostas”, relata Ahmad Mustafá, uno de los rescatados y quien lidera este grupo de varias familias que decidieron escapar juntas de Alepo.

“Todos los días mueren 30 o 40 personas por los bombardeos y combates (en Alepo). Desde hace dos años no tenemos electricidad y desde hace tres meses tampoco hay agua”, añade.

A su lado, su sobrino Faruk promete seguir intentándolo. “No me rendiré. Llegué hasta aquí y no pararé hasta que logre mi sueño: ir a Alemania y completar mis estudios de medicina”.

Ataques racistas

Pero al otro lado, en territorio griego, la situación no es mucho mejor. Los migrantes que llegan deben registrarse ante la policía y los guardacostas para recibir un documento que les permita viajar a Atenas; pero el sistema, se queja Roberto Mignone, coordinador de Emergencias del ACNUR en Kos, es “poco eficiente”: hasta inicios de septiembre llegaban unos mil refugiados al día, mientras los policías sólo podían registrar uno o dos centenares por jornada.

Además, denuncia Mignone, el ayuntamiento se negó a colaborar con el ACNUR y no le permite abrir un campo de refugiados con condiciones mínimamente dignas, además de haber prohibido a los migrantes el uso de los retretes públicos.

El resultado es el caos absoluto: los refugiados se han instalado en cientos de tiendas de campaña a lo largo del paseo marítimo y en las aceras. El hedor es insoportable y los más pequeños sufren reacciones alérgicas por la falta de higiene y el efecto del sol.

“Teníamos dinero suficiente para todo el viaje, pero llevamos ya una semana aquí parados, esperando el permiso, y el dinero se acaba”, lamenta Hafiz, quien viene de Kabul (Afganistán) con su mujer y su hija de apenas un año, huyendo de los talibanes. “No tenemos ni inodoros para hacer nuestras necesidades. No tenemos para comer. Algunos niños ni siquiera tienen para vestirse. Es un gran desastre y creo que a las autoridades no les preocupa lo que nos pase”.

Varios grupos de activistas solidarios –griegos y de otros países– tratan de paliar esta situación repartiendo botellas de agua, comida y ropa. Pero algunos han comenzado a recibir amenazas, pues la población local se siente saturada por la presión migratoria y considera que daña el turismo, principal industria local. En Kos hay unos 5 mil refugiados y migrantes por 33 mil habitantes; en otras islas, como Lesbos, la proporción es de 20 mil a 85 mil.

Además ha empezado a haber choques entre migrantes de diferentes nacionalidades, pues afganos y paquistaníes se quejan del trato preferente recibido por los sirios.

En este mar revuelto trata de pescar el partido neonazi heleno Amanecer Dorado –habrá elecciones generales el domingo 20–, que ha organizado protestas contra la presencia de los indocumentados. Tras una de estas marchas, el jueves 3, los manifestantes, armados con palos y manoplas de acero, se lanzaron en contra de un grupo de 200 refugiados sirios coreando eslóganes como “Vuelvan a sus países” o “Kos será su tumba”.

“Pegaban incluso a mujeres que iban con bebés”, relata el sirio Abdulá, a quien le rompieron un dedo. Otros, que sufrieron contusiones y hemorragias, fueron hospitalizados.

En Lesbos también ha habido ataques racistas y el domingo 6, dos jóvenes lanzaron bombas molotov a unas familias sirias que dormían a la intemperie. “Estamos aquí por un trozo de papel, es lo único que necesitamos para salir de aquí”, se queja el afgano Hafiz.

Esa es la idea en la cabeza de todos los refugiados atrapados en Kos: escapar de la isla, seguir el viaje. Tan es así que el sirio Abdulkadir Nur, de 42 años, sufrió un infarto cuando un agente lo amenazó con no darle el permiso de partida, por creer que se había reído de él durante un tumulto.

Los presentes llamaron una ambulancia, pero Nur, con tres hijos a su cargo –entre ellas unas mellizas de siete años–, se negó a subir, pensando que si lo llevaban al hospital acabaría en gastos médicos el dinero que les queda y retrasarían el viaje. “Mis hijas no pueden quedarse aquí, tienen miedo, no soportan el olor. Tenemos que partir”, dice Abdulkadir, cuyo pecho aún late arrítmicamente y quien apenas puede dar unos pasos sin jadear.

“Para nosotros dejar Siria fue muy difícil. Teníamos una pizzería muy conocida y dejamos nuestro trabajo, nuestro hogar. Yo dejé mis estudios y mi banda de rock”, añade el hijo, Muhammed, con los ojos enrojecidos: “Mi padre, que está enfermo, lo hizo por nosotros. Huyó por nosotros, para que tengamos un futuro. Para que podamos vivir en paz”.

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