Austria: Caos en el refugio de Triskirchen

MÉXICO, D.F. (apro).- El centro de acogida en Triskirchen, a 20 kilómetros al sur de Viena, fue una escuela militar a principio del siglo XX.

Durante la Guerra Fría sirvió de albergue para las personas que huían del Bloque del Este y querían llegar a Occidente. Tras la caída del Muro de Berlín se pensó en cerrarlo pues parecía que ya no sería necesario. Sin embargo, desde hace un año, se empezó a llenar con víctimas de la guerra de Afganistán, Irak y Siria que llegan a Austria, país que –al igual que Alemania— ha abierto sus fronteras a los refugiados de esos países.

El más viejo y grande de los albergues en Austria se encuentra ahora rebasado por la afluencia masiva de refugiados y enfrenta caos y crisis humanitaria.

“La afluencia de migrantes empezó hace años pero no era un tema para la prensa, pero ahora, que literalmente tienes a miles en la puerta de tu casa, la cosa cambia. Yo vi cómo hasta hace poco los traficantes llegaban al centro de Viena y de un camión de carga bajaban en pleno día a 50 personas. Ahí las dejaban y se iban. Los recién llegados lo primero que hacían era preguntar a qué país habían llegado” describe Alina Vetter, joven estudiante de Ciencias Políticas que desde el año pasado ha ayudado a los desplazados de guerra, y es testigo de lo que ocurre en el albergue de Triskirchen.

“La mayor parte de los refugiados que llegan a Austria provienen de Siria o Irak. Vagan aturdidos por la capital hasta que la policía los atrapa y los lleva al campo de refugiados de Traiskirchen, donde se hacen los primeros trámites para una solicitud de asilo o de tránsito”, explica durante una entrevista con Apro realizada a través de Skype.

Pero Traiskirchen no tiene la capacidad para atender a los miles de refugiados que llegaron de golpe.

Vetter precisa: “El campamento tiene camas para aproximadamente mil 900 personas y este verano llegaron cuatro mil 500. El albergue ocupa un terreno gigantesco delimitado con bardas y rejas. A través de éstas pude ver que había gente sin nada, absolutamente ninguna pertenencia, sólo la ropa que llevaban puesta, durmiendo en el suelo, sin cobijas ni nada, al aire libre. Calculo que eran dos mil 500 personas sin cama, sin baños, sin lo más necesario”.

–¿Sin excusados?

–¡Sin nada¡ Pasaron varios días hasta que llevaron baños portátiles con químicos, pero son insuficientes. Aquello se convirtió en una catástrofe sanitaria. Se improvisaron unas regaderas mixtas y las mujeres no se atrevieron a desvestirse, así que se bañaron con lo que traían puesto y al mismo tiempo lavaron su ropa. Apenas la situación empezó a mejorar hace dos semanas.

“No había asistencia médica y muchos de los migrantes llegaron heridos y enfermos, algunos con hepatitis C. Por puro sentido común, es necesaria una revisión médica a los migrantes. Hay tantos virus y bacterias en ese ambiente insalubre que pueden estallar epidemias (…)”

La joven comenta que cuando por fin llegó un doctor, los inmigrantes se formaron para verlo. Debían esperar 12 horas en la fila para una consulta. Recuerda que “muchas mujeres parieron solas, sin ayuda, en el suelo de tierra”.

Vetter enciende un cigarro que tiembla en sus delgados dedos. La situación le afectó mucho.

Cuenta: “Un grupo de voluntarios nos hicimos cargo de las personas más enfermas y heridas que necesitaban con urgencia un doctor. Llevamos médicos, enfermeras y boticarios para que los ayudaran. Llevamos también comida, medicinas, ropa de abrigo.

“Te juro que fue una de las experiencias más aterradoras de mi vida el confrontarme con cuatro mil 500 personas que necesitan todo, desesperadas que se arrebataron la ayuda, que se pelearon entre ellas. Aquello fue un tumulto espeluznante. Estaban hambrientos. La comida y el personal en el albergue no alcanzan. Hay que formarse por más de tres horas para que te den algo que comer”.

El invierno que viene

La estudiante dice que el grupo de voluntarios compró 800 tiendas de campaña impermeables que costaron miles de euros y las llevó a Traiskirchen. Comenta que al principio los administradores del campamento prohibieron su instalación.

“Cuando empezaron las tormentas y todos se mojaron, entonces sí las autorizaron, pero días después alguien dio la orden desmontarlas y se las llevaron; nadie sabe a dónde o ni por qué”, señala.

“A los voluntarios nos llegaron noticias de que el personal de Traiskirchen, junto con unos mafiosos afganos, está revendiendo la ayuda que los voluntarios les llevamos. Cada noche hay golpizas entre los diversos grupos étnicos y mujeres violadas. Para bajar la presión demográfica 300 personas fueron llevadas a un terreno en el aeropuerto. A otros los llevaron a acampar en los patios de las comisarías de policía. En un mes comenzará el frío, el hielo y la nieve. Hay que buscar una solución inmediatamente. Los voluntarios ya estamos en pánico”, confiesa.

–¿Qué organizaciones están ayudando a los migrantes?

–Diaconie, Caritas, la compañía suiza ORS que es proveedora del gobierno austriaco, así que a mayor cantidad de refugiados, más ganancias para esa empresa. Se supone que ORS debe repartir dos cobijas y artículos de higiene personal, pero los migrantes nos dicen que si les han dado una cobija, es mucho, nada de artículos de higiene. Mucha de la ayuda la conseguimos con solicitudes en las redes sociales.

Alina recuerda que al principio trabajaba sola. Recorrió los restaurantes donde había trabajado como mesera. Dice que fueron muy solidarios: donaron mucha comida que llevó a los refugiados. “Era un trabajo de locos y no me daba abasto”, comenta.

Explica que, por casualidad, conoció a personas de la iniciativa Adopt a Wish, liderada por una exitosa mujer de negocios. Ella pidió ayuda a todos sus clientes y contactos y todos respondieron de la mejor manera.

“Ahora participo con Happy Thank you more please. Llegaron las donaciones inmediatamente. También nos donaron mucha basura. Por ejemplo, hubo quien mandó esquís; es decir, se deshicieron de las cosas que ya no querían”, señala.

La activista dice que no les dejaron entrar al campamento con la ayuda, pero les arrojaron las cosas por encima del muro y otras las entregaron metiéndolas a través de los barrotes de la reja.

Acusa: “Los voluntarios nos enteramos de todo este caos y condiciones infrahumanas porque lo hemos visto y muchas cosas nos las platican los migrantes. A veces conseguimos la ayuda de alguien que hable árabe para que nos traduzca. Ellos nos dicen: ‘tengo hambre’ o ‘estoy enfermo’ y preguntan: ‘¿qué va a pasar con nosotros? ¿cómo puedo reunirme con mi familia que ya está en otra provincia?’. Nadie les puede responder”.

Funcionarios del Ministerio del Interior, comenta, no autorizaban la entrada al campamento de organizaciones humanitarias como la Cruz Roja Internacional, Médicos sin Fronteras o Amnistía Internacional. Éstas insistieron. Pudieron entrar hasta el pasado 6 de agosto.

“Nunca pensé que esto en Austria fuera posible; que aquí se violen todos los derechos humanos y todas las convenciones internacionales que existen. Estoy furioso”, declaró Heinz Patzelt, el secretario de Amnistía Internacional Austria al salir de la visita a Traiskirchen, según publicó el periódico Der Standar en su edición del pasado 14 de agosto.

El periodista austriaco Marcus P., aprovechando sus raíces afganas, se hizo pasar por un refugiado y se coló a Traiskirchen. Con una cámara escondida filmó durante dos días las terribles condiciones del refugio. Además, documentó que existe un mercado negro con las donaciones. El artículo publicado el 27 de agosto corroboró los testimonios de los voluntarios. “Ni siquiera hay papel higiénico”, escribió.

Finalmente las autoridades permitieron a la Cruz Roja hacer un hospital de campaña pero con la prohibición de preparar comida caliente, ni siquiera para los enfermos. “Los médicos están furiosos”, subraya Vetter.

Luego denuncia: “Por si fuera poco, los refugiados deben cumplir con los trámites y el papeleo migratorio que está todo en alemán. Hay tremendos malentendidos. Los refugiados pierden el transporte a otras regiones o a otros países, se separan a las familias y luego se les recrimina que no quieran cooperar. Es toda una catástrofe. Nadie entiende una palabra. No saben qué hacer, no entienden las órdenes que le gritan los burócratas y éstos sólo los atienden de 8 a 11:30 de la mañana. Esos trámites son elementales para regularizar su situación migratoria y recibir un poco de ayuda del Estado. La gente hace cola desde las cinco de la mañana. Es desesperante la desorganización”.

Los más deseados

La estudiante Alina Vetter dice que en el campamento hay muchos sirios. La mayoría son profesionistas que dejaron todo para salvar sus vidas. Vendieron sus casas y sus autos para pagar a los traficantes entre cinco mil y 15 mil euros por persona para llegar a Europa.

Los traficantes, explica, prefieren a los sirios porque en general tienen más dinero que los afganos o iraquíes. “Si los traficantes ya tienen un contenedor de camiones o un barco lleno de gente, son capaces de bajarlos a todos o tirarlos por la borda para subir a los sirios. De hecho, en la caja de camión en el que murieron asfixiados 22 migrantes casi a las puertas de Viena, todos eran sirios. Los traficantes arrestados por esas muertes son búlgaros, serbios, húngaros; se trata de toda una mafia”, señala.

“Todos ellos –continúa– huyen de la muerte, de la guerra. Son personas como tú y como yo. Sus historias son horribles. Afortunadamente, la sociedad civil de Austria está ayudándolos con donaciones y con compasión. Desde el 2014 empecé a juntar ropa de invierno para ellos porque en Austria desde el otoño hace muchísimo frío y los refugiados no tienen abrigos. Desde entonces he visto de todo y te lo cuento de primera mano”.

La activista comenta que la sociedad civil austriaca ha dado “la mejor respuesta” a la crisis de los refugiados. Relata un hecho que lo refleja: “El 24 de agosto una muchacha llamó a una manifestación de repudio al racismo y por el trato humanitario a los refugiados. La convocatoria corrió como pólvora por las redes sociales y asistieron 22 mil personas. Fuimos vestidos de blanco con símbolos de paz. Los policías antimotines, se quitaron los cascos y marcharon con nosotros. Estoy impresionada y conmovida. Nunca había vivido algo así”.

Al cierre de esta edición, ya se habían instalado enormes carpas en el terreno de Traiskirchen para mil 500 personas, así como pequeñas tiendas de campaña. Las noches ya son heladas y es imposible dormir al aire libre.

Según Alina Vetter, hay muchas personas durmiendo en las calles a la vista de la policía que no puede hacer nada. En los casos más afortunados, las familias austriacas reciben en sus casas a refugiados. Los gobiernos regionales y la sociedad civil improvisan albergues. De todas maneras, los austriacos siguen rebasados por la situación.

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