El enigma del normalista-soldado

Una mujer sostiene un retrato de Julio César López Patolzin durante una protesta en la caseta de Palo Blanco. Foto: Germán Canseco Una mujer sostiene un retrato de Julio César López Patolzin durante una protesta en la caseta de Palo Blanco. Foto: Germán Canseco

CHILPANCINGO, GRO. (Proceso).- Cuatro meses después de que Proceso dio a conocer que uno de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa estaba dado de alta como militar en activo y su identidad había sido catalogada como “confidencial”, el secretario de la Defensa Nacional, general Salvador Cienfuegos Zepeda, reveló a Televisa el nombre del normalista-soldado: Julio César López Patolzin, de 25 años, originario de Tixtla, Guerrero.

En entrevista transmitida la noche del lunes 5 en el noticiario estelar de esa televisora, Cienfuegos dijo que este caso “no es nada extraño” pues los soldados están autorizados para estudiar, siempre que eso “no interfiera en su actividad de servicio”.

Negó que López Patolzin haya sido “un espía infiltrado” en la Normal Rural Raúl Isidro Burgos; “en dos o tres meses que tenía ahí, pues no podía haber servido de nada”, expresó.

Las afirmaciones del divisionario contrastan con las declaraciones de Rafael López Catarino, padre de Julio César, quien el 22 de junio, en entrevista con Proceso, informó que su hijo fue militar pero insistió en decir que desertó un año antes para ingresar a la normal de Ayotzinapa.

López Catarino les reprocha a las autoridades el hecho de que hasta ahora no se haya aclarado el tema del teléfono de su hijo, aparato que siguió activo días después de la desaparición de los 43 estudiantes y, de acuerdo con un rastreo satelital, se ubicó por última vez en las instalaciones del 27 Batallón de Infantería, en Iguala.

En declaraciones públicas externadas en enero pasado, López Catarino contó que familiares suyos que trabajan en la Fiscalía General de Guerrero (antes Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero) lo ayudaron a realizar el seguimiento del celular de su hijo.

La actitud de Cienfuegos difiere de la postura oficial emitida a mediados de este año sobre el mismo caso por el subjefe administrativo y de logística del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), general David Córdova Campos.

En respuesta a una solicitud de información –folio 77315– hecha en abril pasado por este semanario, la Sedena contestó en voz de Córdova Campos: “Se hace de su conocimiento que se localizó a una persona que corresponde al nombre de uno de los 42 estudiantes (sic) desaparecidos de la escuela rural Isidro Burgos que refiere en su solicitud; sin embargo, el nombre se encuentra clasificado como confidencial por tratarse de datos personales”.­

En el oficio 2433, fechado el 10 de junio, se justificó la reserva del nombre con el argumento de que proporcionar este dato representaría “un riesgo real para la seguridad de la familia del militar desaparecido, ya que podrían ser identificados con facilidad, dando como resultado posibles atentados en su contra y potenciaría considerablemente una amenaza en agravio de la vida, seguridad y salud de su familia”.

El caso fue documentado desde el citado mes en notas periodísticas de la agencia Apro y en el texto de Proceso titulado El enigma del soldado-normalista desaparecido.

En enero último, durante una protesta realizada por padres de los 43 normalistas frente al cuartel militar de Iguala, López Catarino declaró públicamente que el sistema de localización satelital (GPS) del celular de su hijo detectó que había estado en esas instalaciones castrenses. Insistió en su exigencia de que se abrieran las puertas del cuartel, pues el teléfono de su hijo estuvo activo varios días después del 26 de septiembre de 2014.

Ninguna autoridad atendió su reclamo. López Catarino terminó por alejarse del movimiento.

Tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, activistas y reporteros difundieron un breve perfil de López Patolzin acompañado de una foto: “(Julio) no tiene apodo –dice uno de los normalistas–; simplemente es El Julio. Ya es más grande (tiene 25 años) y viene de Tixtla; es buena onda el bato, pero calladito; no echa mucho relajo así con todos, nomás con unos pocos con los que se lleva, pero es agradable siempre”.

Fuentes castrenses consultadas por este semanario contradicen lo dicho por el secretario de la Defensa. Señalan que a los soldados sólo les permiten hacer estudios en el sistema de educación a distancia o semiescolarizado, lo cual significa que no acuden a clases diariamente, pues “primero está el servicio a la institución armada”.

Los militares que estudian, por lo general lo hacen en las tardes o los fines de semana. Pero todos deben reportarse para que sus jefes siempre sepan dónde están.

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