Nosotros amamos la muerte

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Esto dice el Corán en su voz melodiosa y con sus metáforas exquisitamente sensuales. Los que dudan del libro sagrado, los que lo modifican, los que no lo acatan o lo desconocen, merecen la muerte, y aquellos que al matar en el nombre del Corán mueren, tienen una vía inmediata al Paraíso, donde vivirán eternamente entre un río de leche y otro de miel.

Desde luego el Corán habla de otros asuntos menos terribles. De la salud y la educación, del amor y la comunidad, de la caridad y de la belleza. Pero lo que el Corán dice del asesinato y del suicidio ha marcado la historia de los pueblos musulmanes y está marcando ahora nuestra historia en Occidente.

Cierto, la mayor parte de los musulmanes han cribado el Corán. Han puesto aparte los versos mortíferos, como a las piedras envenenadas en el arroz blanco, y acatan los más nobles y alimenticios. Tal y como los cristianos y los judíos en su mayoría, para poder vivir y convivir con los creyentes de otros relatos, se han visto forzados también a hacer con la Biblia, un texto apenas 10 ápices menos pendenciero.

Pero para regresar a la muerte sagrada que sí acatan los musulmanes rigurosos lo que sostengo en esta reflexión es que esta creencia es una de las claves principales que explican la actual guerra entre el Oriente y el Occidente.

Una de las claves principales: no la única, desde luego, y sin embargo sí aquella ante la que nosotros los occidentales sentimos una resistencia tenaz. Y no en vano. Nuestra raigambre judeo-cristiana nos subleva ante la idea del suicidio: el Antiguo Testamento lo prohíbe expresamente y decreta la excomunión del suicida, que no ha de ser enterrado a un lado de sus congéneres, sino en un rincón oscuro de los cementerios. Una práctica que aún hoy se conserva.

Por ello es que Occidente tardó casi una década en asimilar que los terroristas islámicos estaban no sólo dispuestos a suicidarse después de sus ataques, sino deseosos de hacerlo. Sólo la evidencia nos convenció que un puñado de jóvenes eran capaces de sentirse agraciados de poder estrellar contra una torre el avión que habían secuestrado y en cuya proa viajaban.

“Nosotros amamos la muerte, ustedes aman la vida.” Así lo dejó escrito Mohamed Atta la noche previa a que estrellara personalmente uno de los dos aviones contra las torres gemelas del World Trade Center en el año 2001.

Lo que Atta dejó tácito fue que esa gran diferencia entre su “nosotros” y su “ustedes” era en la que apreciaba la gran ventaja de los terroristas musulmanes sobre las fuerzas de seguridad de Occidente.

Pero Osama Bin Laden en un comunicado en el año 2005 lo dejó explícito para quien aún se resistiera a admitirlo. “Porque ustedes temen a la muerte y nosotros la amamos, nosotros triunfaremos sobre ustedes, y las cruces y las estrellas serán suplidas en Roma y en Jerusalén por nuestras banderas negras”.

Y aunque la tentación de proyectar en los terroristas islámicos nuestras categorías sigue dominando la conversación en Occidente, debiéramos al menos por un momento olvidarnos de nosotros mismos y de verdad tomar en serio el suicidio como clave explicativa también de la estrategia militar del Califato.

Para cualquier occidental resulta claro que la estrategia más viable para el Califato era la que había seguido hasta entonces. Conquistar territorios en Medio Oriente, aprovechando dos circunstancias. Que en la región son más las naciones con una estabilidad precaria que las estables. Y que Europa y Norteamérica se habían mostrado indispuestas a adentrarse en una nueva guerra.

En cambio la nueva estrategia nos resulta asombrosa. Picarle la cresta a Rusia, derribándole un avión, y a Europa, atacando París y Bruselas, y a Nigeria, con otro ataque, y a Norteamérica, anunciando que ya están en curso maniobras para volar en pedazos edificios emblemáticos en ­Washington, y a los cristianos en general, vaticinando la destrucción de la Basílica de San Pedro, y todo ello en una sola y breve semana, no parece una estrategia triunfadora.

Es declararle la guerra al planeta entero. Es abrir todos los flancos a la vez. Es finalmente apresurar la confrontación contra colosos militares en una situación de clara desventaja. Es simple aritmética: ni en cantidad de armas ni de soldados, ni de kilómetros cuadrados de territorio, el Califato tiene con qué vencer a Rusia, Norteamérica y Europa, unidas.

Lo que puede lograr es un inmenso estruendo. Decenas de explosiones. Miles de muertos. Y terror. Pero en las cuentas largas de una guerra lo que puede lograr es nada, sino la inevitable autoaniquilación.

Esta es la tragedia al fondo de la tragedia explícita de los cientos de asesinados hace unos días, tanto en Europa como en Medio Oriente. Todo es para nada: se trata de un suicidio cuyo premio los generales del Califato cobrarán en otro mundo.

Si es que tal lugar existe.

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