Los solos del miserable (I)

Leñero en un retrato de 2009. Foto: Eduardo Miranda Leñero en un retrato de 2009. Foto: Eduardo Miranda

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Aquella mañana de 2007 vencí mis últimas inhibiciones y tomé el teléfono para comunicarme con Vicente Leñero. Quería pedirle consejo, aún a sabiendas de mi impertinencia, sobre un proyecto melodramático que arrastraba de tiempo atrás y que, por más esfuerzos que invertía, no acababa de satisfacerme. Para mi sorpresa, una vez que le expliqué el motivo de mi llamada, me dio cita de inmediato. El lugar sería el café anexo a la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) ubicado en la colonia San José Insurgentes, del D. F. Nadie hubiera podido predecirme la magnitud de la deuda que estaba a punto de contraer, ni la trascendencia que adquiriría el acercamiento a su persona. Tampoco habría podido adivinar lo grata y educativa que podría resultar una charla con él.

Antes de acudir al encuentro releí su obra de teatro La noche de Hernán Cortés para tenerla fresca al momento de la plática. De hecho, el valeroso tratamiento que había plasmado del conquistador ‒lo había retratado con toda su cauda de ambivalencias sin ahorrarse sus facetas de individuo soez, lascivo y delirante‒ me había incitado a buscarlo   con miras a un intercambio de ideas donde, pensaba yo, podrían derivarse sugerencias que me ayudarían a mejorar los diálogos de los personajes históricos del libreto operístico que me desvelaba. Hurgué también en lo que había quedado de la biblioteca paterna en busca de otros libros de su autoría para leer los que alcanzara, a manera de cátedra indirecta sobre el arte dramático. Para mi regocijo hallé más de una decena de volúmenes, casi todos dedicados, por su puño y letra, a mi padre. Por azar, el primero que tomé fue el ejemplar de La mudanza que editó Joaquín Mortiz en 1980.

Lo leí de un tirón, quedando francamente abatido por la desesperanza que impone la obra leñeriana. Una pareja clasemediera se cambia de casa, y conforme se desarrolla la mudanza, salen a flote sus desavenencias y resentimientos. De pronto, de un baúl recién traído emerge un grupo de desarrapados que, al final, asesina a la pareja. La metáfora futurista me pareció nítida, pero me llamó la atención que, dentro de las acotaciones teatrales, se requiriera la presencia de un violinista anciano y que su actuación fuera precedida por una frase críptica que decía: “Nada sabe su violín y todos los sones toca…” En fin, había material de sobra para un sabroso interrogatorio.

El día de la cita me acicalé, amén de asegurarme de llevar conmigo la obra sobre Cortés que quería que me autografiara, el texto que pretendía someter a su escrutinio, un discman portátil con una maqueta sonora de mi proyecto y algún presente. Elegí un disco compacto con algunos estrenos que realicé junto a mis alumnos del Conservatorio y algunos colegas solidarios. Pensé que iba a agradarle y, con extrañeza me vislumbré relatándole las peripecias que habían precedido su grabación.

Los dos hicimos alarde de puntualidad, volteando a ver el reloj que marcaba las 10:30 A. M. en punto, de aquel miércoles 13 de junio de 2007. Don Vicente eligió una mesa adyacente a la ventana para poder fumar a sus anchas. Café para los dos y en mi caso una rebanada de pastel. Después de las salutaciones y las remembranzas de rigor ‒salió a colación, en primer término, el vínculo que nos unía con Julio Scherer y desfiló un iracundo anecdotario sobre los nefastos funcionarios que dirigen la cultura‒ procedí con mi perorata. Su atención se hizo completa, habituado como estaba a prestar su oído de maestro para aspirantes a dramaturgos y guionistas. Sobre la petición de que le echara un ojo a mi libreto no puso reparos y prometió darme algún veredicto en un par de semanas. Me reiteró que habría de leerlo con sumo interés.

Para apuntalar aún más los postulados que, según yo, mi propuesta melodramática debía enarbolar, saqué los audífonos del discman y lo conminé a que, ahí mismo, me diera un parecer de la música que llevaba preparada. En ella se escuchaban algunas de las arias que Vivaldi había compuesto para su dramma per musica “Motezuma” a las que yo me había permitido cambiarles la letra ‒en función de una lectura más apegada a los hechos históricos‒ traduciéndolas después al náhuatl clásico y al maya peninsular.

Absorbido por el flujo sonoro que le llegaba por esa vía, su rostro dibujó una sonrisa y sus pupilas se dilataron. No imaginaba que las lenguas indígenas pudieran acomodarse dentro de un edificio melodramático del Siglo XVIII y que resultaran tan bellas como vehículo canoro.[1] Supe ahí que, si bien don Vicente no era un apasionado de la ópera, si era un amante empedernido de la zarzuela. Me contó con un halo de nostalgia en el semblante, sus andanzas madrileñas a la caza de las mejores representaciones que ofrecía el Teatro de La Zarzuela en los meses que residió en la capital hispana, así como sus imperdibles tandas dobles en el Teatro Arbeu de la Ciudad de México. Ante mi estupefacción por esa veta desconocida de su personalidad, no tuvo empacho en recitarme, en proeza memorista: “En la feria de Marchena / estas alhajas yo merqué, / pa ayudarme en la faena / de aguardar a mi morena / y de hacerme yo valé. / Negras cochas resguardan su hoja / firme y bien templá. / Y los muelles que la armaban / al abrirse pregonaban / su bravía calidá… cuales coplas de una zarzuela de Francisco Alonso que le encantaba.[2] Y luego otras de Ruperto Chapí extraídas de La revoltosa.

Por si eso no bastara, soltó de pronto una exclamación de asombro pues reparó en las coincidencias, contándome que habían sido, precisamente las Cuatro Estaciones de Vivaldi, el Otoño y el Invierno en especial, aquellas que había elegido para cerrar con música su obra de teatro La visita del ángel. El personaje central, el abuelo de la obra, ponía un LP en la escena, y se disponía a escuchar los conciertos vivaldianos con todo el placer acumulado que le seguían ofrendando; y con ellos como fondo, la muerte se lo llevaba en el estado de gracia que habían propiciado las inmarcesibles melodías del cura veneciano. Si para él hubo asombro, yo quedé boquiabierto.

En ese punto, con las afinidades musicales como directrices del diálogo, creí oportuno preguntarle sobre la reciedumbre anímica que se requiere para no decaer las innumerables veces que los obstáculos surgen en el horizonte y su respuesta fue tajante: “uno sólo debe sentarse a escribir para estar bien con su conciencia, todo lo demás sale sobrando.” Asentí de cuerpo entero y más aún, cuando mencionó, sin la menor huella de desencanto, la lucha acérrima de sus obras de teatro para escenificarse puesto que en incontables ocasiones habían sido relegadas, pospuestas, sancionadas y encarpetadas. Esa era la tónica de nuestro país y era preferible encauzar las energías propias hacia lo que a uno le provocaba mayor placer. Para él la aventura literaria sin fin y para mí, así se atrevía a ponerlo, el amor por los sonidos como escudo contra la estupidez y la vacuidad reinante. Si yo afirmaba ser un músico honesto, los enfrentamientos contra mi propia conciencia estética habían de ser mi pan cotidiano.

Ya para despedirnos saqué el disco que llevaba preparado y se lo entregué sin preámbulos, mas don Vicente manifestó curiosidad por su contenido. Le llamó la atención un compositor que desconocía: Enrique Espín Yépez.[3] ¿Quién era? ¿Qué cosa eran los pasillos y porqué figuraban junto a Bach y Manuel M. Ponce? Hube entonces de ilustrarlo y, sin haberlo pretendido, me escuché narrándole las desventuras y los ásperos vericuetos que el fonograma padecía desde que nos habíamos atrevido a grabarlo. Su comentario fue invariable: “eso le pasa a todos los mexicanos que se niegan al sometimiento”. Guardándolo en su bolsillo me aseguró que también se daría un tiempo para escucharlo con el debido detenimiento.

‒Oiga, don Vicente, y ya que en estas estamos, hágame el favor de dedicarme su “noche cortesiana”, pues debo decirle que la he gozado en todos sus planteamientos y…, sin darme espacio para los elogios tomo una pluma consignando en sus páginas: “Para Samuel Máynez Champion, hijo del gran amigo que fue su padre. Con mi admiración y mis mejores deseos para la realización de su esfuerzo (también la noche de Motecuhzoma II está en juego) Con agradecimiento por su confianza. Leñero, junio, 2007”

Leí con emoción la dedicatoria y lo abracé largamente. Quedamos en reunirnos pronto y yo le prometí que iba a tenerle lista una propuesta musical para la ejecución del violinista miserable cuyos sones habían de acompañar la debacle social por él intuida. Si así había de ser, que fuera lo menos traumática posible, como la muerte del abuelo y como la que nos espera a los que todavía no pertenecemos a las hordas de desposeídos.

‒Juega, me dijo desde lejos…

[1] Se sugiere la audición de un aria encomendada a Motecuhzoma II. Audio 1: Samuel Máynez/Antonio Vivaldi. Aria Cecepatica nezzo de la ópera Motecuhzoma II. (Guillermo Ruiz, barítono. Sonatori de la Gioiosa Marca y Alauda Ensemble. Francesco Fanna, director. Live Recording. Teatro Hidalgo, México, D. F. Diciembre de 2009)

[2] Se trató de la zarzuela Curro el de Lora. Audio 2: Francisco Alonso – En la feria de Marchena de la zarzuela Curro el de Lora. (José Julián Frontal, barítono. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Juan de Udaeta, director RTVE MUSICA, 2007)

[3] Se sugiere la escucha de uno sus pasillos ecuatorianos. Audio 3: Enrique Espín Yépez – Pasional. (Samuel Máynez Champion , violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 199)

Comentarios

Load More