Los solos del miserable (II)

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Como asenté en el texto pasado, quedó pendiente un encuentro con Vicente Leñero para que me diera su opinión sobre el proyecto melodramático que había sometido a su escrutinio. Asimismo, permanecieron en vilo mis propuestas para la musicalización de su obra teatral La mudanza, junto a sus pareceres sobre el disco compacto que le había obsequiado. Tampoco esta vez podría yo haber imaginado la cuantía de remembranzas que iban a desprenderse de esa segunda y última cita.

Fue así que, transcurrido el tiempo pactado, volví a comunicarme con él, enterándome, para mi futuro deleite, que ya había evaluado mi libreto y que me había escrito una misiva con sus comentarios. Una vez más la cita se fijó en el café de la SOGEM, lugar que cariñosamente llamaba “mi casa”. Puntuales ambos, el saludo contenía ya un germen de afecto suscitado por las afinidades descubiertas y las lecturas emprendidas. Afable y jovial, don Vicente inició la plática diciendo que, en general, la definición psicológica de mis personajes estaba resuelta y que los diálogos le habían parecido certeros ‒los comentarios precisos aparecieron en el № 1988 de PROCESO‒, aunque tenía dudas con respecto a la efectividad del prólogo que me había sacado de la manga. En su parecer podía ser prescindible, amén de que con su inserción se corría el riesgo de alargar una obra ‒mi reelaboración, en claves mesoamericanas, de la ópera Motezuma de Vivaldi‒ que, de por sí, era demasiado extensa. Frente a ese argumento creí importante aclarar que la ópera vivaldiana original tenía una duración cercana a las cinco horas y que con las adecuaciones que yo proponía se reducía a la mitad (había omitido el Da capo de las arias y había eliminado los recitativos).

Don Vicente reparó entonces en que pretender captar la atención del gran público por más de dos horas era sumamente arduo, sobre todo, tratándose de una propuesta concebida para un auditorio híper selecto.

‒Ese es, precisamente, el meollo del asunto, le respondí, basado en el convencimiento de que la música de Vivaldi es apta para todo público; y es más, agregué, yo me arriesgaría a confirmar, como sostiene el célebre comunicador Benjamin Zander, que “el mundo entero la ama, salvo que todavía no lo sabe…”

Una sonrisa franca iluminó su rostro, dándome espacio para redundar. Si la gente no acudía en tropel a escuchar música de concierto no era porque le desagradara sino porque la desconocía, pero Vivaldi era un gancho infalible. Su accesibilidad era total, sin importar el estrato educativo y cultural del aficionado en ciernes. Y precisamente por ello creí que un prólogo haría las veces de una charla introductoria para públicos ajenos al fenómeno teatral. Su inclusión era obligada si quería sensibilizarse al espectador con lo que habría de venírsele encima ‒la caída del mandatario tenochca que arrastró consigo la deblace indígena‒, inmediatamente después. Por razones obvias, habría de tenerse en cuenta la calidad del actor que lo declamara, pues siendo defectuosa sería contraproducente. Motivo por el cual había tenido en mente a Damián Alcázar, anticipando la calibración perfecta que le imprimiría a cada sílaba.

‒Si era Damián, repuso, entonces montaría sobre caballo de hacienda pero, ¿estaba yo seguro de que estaría dispuesto a fungir como un descendiente de Moctezuma dentro de una tragedia musical pensada, no para actores, sino para cantantes?… De eso no había duda, pues ya en otra ocasión Damián había accedido a hacer algo juntos, además de que, enfaticé, nos preciábamos de ser buenos amigos. Inclusive, para ir sobre seguro ya le había enseñado el libreto, y me había manifestado su adhesión completa con la causa.

La causa, la de reivindicar al noveno Señor de Tenochtitlan de cara a la versión oficial de la historia, no le extrañó. Al contrario. Mucho sabía don Vicente de los prejuicios que se ciernen sobre los personajes fundacionales de nuestra cultura. No era fortuito que se hubiera enfrascado en la revisión del propio Hernán Cortés a quien, lo sabíamos de sobra, se le odia y se le encomia por igual. De nada servía que se nos siguieran presentando a nuestros héroes, o a nuestros villanos, como a seres inamovibles en su papel histórico si no se contemplaban, sin ambages, los defectos inherentes a su humanidad, siempre falible y siempre en esbozo de llegar a ser. Para eso estaban los prodigios de la escena, y para eso también podía prestarse la ópera, como vehículo idóneo de las relecturas y recreaciones de ese acontecer que llevamos dentro y que, aunque nos pese, nos sigue deformando.

En ese punto de la conversación, don Vicente tuvo el inolvidable gesto de relatarme, en estrecho paralelismo con lo que ahora nos ocupaba, que él también había dudado sobre la manera de abordar al conquistador y que por ello mismo había buscado, después de agotadoras lecturas, la venía de un experto como lo era José Luis Martínez, su principal biógrafo mexicano. En su propia experiencia, había sido complicado convencer al eminente historiador sobre la necesidad de crear un personaje cuajado de claroscuros, dubitativo, lúbrico y falaz. De hecho, había encontrado reticencias de su parte y sólo después de largas conversaciones había conseguido que aceptara que la imagen cortesiana que arrojaban los documentos era tiesa, y que, sólo un creador como Leñero había estado a la altura para ofrecer otra posibilidad de enfoque. Lo que a Martínez en un principio le había parecido ligero y superficial, a la luz de la dramaturgia, se había transformado en una imagen más viva y más cercana del personaje, por ende más verosímil.

Sin agotar del todo la veta histórica ‒hablaríamos todavía del cúmulo de óperas diseñadas abyectamente para enaltecer a Cortés y a su misión “civilizatoria”‒, para don Vicente llegó el momento de recordar que había escuchado el disco compacto y que su selección de obras lo había entusiasmado. El intermezzo de Ponce tenía, en su maravillosa brevedad, el potencial para considerarse como una de las obras más bellas de la música mexicana. Y lo mismo podía decirse sobre la insólita producción del ecuatoriano Espín Yépez, cuyas composiciones habrían de colocarse como piedras de toque del repertorio latinoamericano. ¡Era en verdad una pena que no se difundieran con la asiduidad que merecían y que las políticas educativas vigentes optaran por ignorarlas![1]

Penoso era, igualmente, que la producción teatral de don Vicente no se mantuviera en cartelera y que tan a menudo hubiera suscitado vetos. El caso de La mudanza, por ejemplo, venía a cuento para evocar su accidentado tránsito hacia las contadas puestas en escena de las que había sido objeto. En su decir, ella lo había sacado de una sequía literaria que se había prolongado un lustro y con su escritura, reiteró, había dado un paso en su oficio de dramaturgo, lanzándose hacia la concepción de un teatro metafórico y simbolista. Empero, recordó ahí que Margarita López Portillo, la otrora máxima autoridad en materia de espectáculos, le había espetado que escoger obras mexicanas era muy difícil, pues casi todas eran sórdidas y carentes de alegría, casi todas terminaban con muertes y desgracias. ¿Cómo podía caber La mudanza en la programación estatal si su mensaje no transmitía las cosas positivas que el gobierno promovía y si no era apta para reanimar la esperanza del pueblo? ¿Por qué nada más lo negro? ¿Por qué?

Con esa tónica en el aire aproveché para decirle que, a pesar de mis esfuerzos, no hallaba aún las tonadas justas que el violinista miserable de su obra habría de tocar en escena, como preludio del asesinato de los protagonistas principales. Había hurgado en la literatura para violín de la posguerra encontrando opciones, mas ninguna todavía adecuada para lo que se requería. Era algo triste, según la acotación teatral, y después había de convertirse en una música festiva, ideal para alborotar a las hordas de miserables… Con los audífonos de un discman le hice escuchar un fragmento que llevaba preparado[2] cuando, al improviso, se coló del exterior el solitario son de un músico callejero. Tocaba un clarinete destemplado y con las piernas sacudía unos cascabeles.

Escuchamos con atención y nuestras miradas se sintonizaron. ‒Quizá algo parecido a eso, ¿no es cierto?… Quizá sí, pero envuelto el sonido en un halo de desesperación aún más marcado. ¿Más marcado aún, cuando veíamos al pobre hombre que a duras penas tenía fuerza para inflar los carrizos y cuando veíamos a sus hijos correr en busca de las limosnas que, de todas maneras, no servirían para saciar su hambre?…

Los tristes sones nos ensimismaron negándonos la posibilidad de despedirnos con elocuencia. Vivíamos en un país sitiado por la miseria y pretender ignorarla era un pecado capital que debíamos asumir sin dilaciones. Mucha razón tenía don Vicente.

[1] Audio 1: Enrique Espín Yépez – Pasillo ecuatoriano en mi menor para violín. (Samuel Máynez Champion, violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 1999)

[2] Se trató de lo siguiente. Audio 2: Erwin Schulhoff – Andante cantábile de la Sonata para violín solo. (Daniel Hope, violinista. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2007)

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