Cambio climático: irremediable o controlado

MÉXICO, DF (Proceso).- Los resultados de la Conferencia de París sobre cambio climático (COP 21) provocaron reacciones muy variadas. Diversos análisis en medios de comunicación calificaron el documento final –aprobado por consenso– como un paso histórico en los esfuerzos para crear conciencia de la gravedad del calentamiento de la Tierra, asumir la responsabilidad que en ello tienen las actividades humanas y tomar medidas para detenerlo y revertirlo. Lograr el consenso de cerca de 200 países sobre la ruta a seguir para hacer frente a semejante problema no fue una tarea fácil. El aplauso es merecido, pero no todos compartieron el optimismo. ¿Por qué las críticas?

Una de las dificultades para referirse a los acuerdos de carácter universal es tomar en cuenta la precariedad del sistema internacional en que vivimos. Algunos críticos ponen el acento en la debilidad de los compromisos adquiridos porque no existen sanciones en caso de incumplimiento. Sin embargo, es evidente que en el caso de fenómenos que tocan el corazón de las actividades económicas, como la producción de energía, ningún país acepta actualmente un mecanismo con el poder de imponer sanciones de no alcanzarse las metas fijadas internacionalmente. Se pueden lograr ese tipo de acuerdos en el caso de procesos avanzados de integración, como en la Unión Europea. Pero el tema del calentamiento es de naturaleza global, sólo se puede abordar desde una perspectiva universal y, por lo tanto, las opciones para elevar los niveles de obligatoriedad son muy limitadas. Hoy por hoy, tal es la realidad del contexto internacional.

Partiendo de condiciones en las que el campo de maniobra es limitado, el esfuerzo de 25 años hacia un acuerdo universal para enfrentar el cambio climático tuvo buenos resultados en París. Los motivos del aplauso son varios. El primero es haber dejado atrás las controversias sobre la responsabilidad de las actividades humanas, en particular el uso de combustibles fósiles y la deforestación como origen del calentamiento acelerado de la Tierra. La rigurosidad de los estudios con la participación de connotados científicos que sirvieron de base para los trabajos de París no deja lugar a dudas. Igualmente convincentes son los señalamientos sobre los efectos que ya se resienten del cambio climático, como la desertificación, la fuerza de los huracanes, la subida del nivel del mar que amenaza con la desaparición de islas donde viven millones de personas y muchos otros. Imposible sustraerse de tales amenazas; imposible eludir la responsabilidad de tomar acciones.

El segundo gran paso adelante fue establecer metas cuantificables, muy bien definidas, cuyo cumplimiento, o no, será el testimonio de hasta dónde se preserva la vida para futuras generaciones, o se avanza hacia el desastre. Es interesante advertir que en el acuerdo de París se establecieron dos metas: por una parte se definió que el calentamiento de la Tierra no deberá estar por encima de dos grados Celsius, lo cual ya se había fijado desde hacía cinco años en la COP 16. Por otra parte, se reconoce que tal cifra es insuficiente y se hace un llamado para esfuerzos adicionales que permitan reducirla a 1.5. Este último punto profundiza la urgencia del mensaje.

El mecanismo para avanzar hacia esas metas descansa en tres grandes pilares. El primero son los planes nacionales que cada país diseña de acuerdo con sus condiciones internas pero del cual tiene la obligación de informar cada cinco años, a partir de 2020, a un comité internacional. El segundo pilar son las labores de monitoreo, seguimiento y verificación que se llevarán a cabo en el seno del mencionado comité. Los avances o retrocesos de los planes nacionales se harán públicos generando, en los casos que lo ameriten, la situación conocida como name and shame (señalar y avergonzar). Una forma de presión ética y moral sobre quienes no cumplen sus metas, que algunos consideran insuficiente pero otros la aprecian como la forma más pragmática de actuar en el contexto internacional que tenemos.

Se espera que para abril del próximo año, al momento de firmarse el acuerdo, la totalidad de países haya dado a conocer sus planes. Cabe hacer notar que, respondiendo a esos requerimientos, el Senado mexicano aprobó, el 1 de diciembre, la Ley de Transición Energética.
El tercer pilar es el financiamiento hasta por 100 billones de dólares que los países desarrollados se comprometen a proporcionar a los países en desarrollo para poner en pie medidas para la mitigación de emisiones contaminantes, así como avanzar en la adaptación de sus sistemas productivos y obtener la tecnología necesaria. Este compromiso, claramente establecido en el preámbulo del documento final, no mantuvo la misma claridad en la parte resolutiva en que hay ambigüedad sobre la manera en que se le dará seguimiento. ¿Operará allí también el sistema de verificar, “señalar y avergonzar”?

A los avances anteriores cabe añadir dos hechos que le dieron un rasgo sobresaliente a la reunión de París. El primero es el cambio en la posición de los dos principales responsables de producir emisiones contaminantes: China y Estados Unidos. Tanto las medidas que los dirigentes de ambos países han tomado internamente para reducir la contaminación como el entendimiento entre ellos para mantener el empuje hacia formas alternativas de producción de energía son significativos.

La siguiente circunstancia es el mayor compromiso que se advierte en inversionistas y empresarios que desde bambalinas estuvieron presentes en la reunión. Cierto que la voz la llevan los representantes gubernamentales, pero sería ingenuo pensar que éstos no tomaron en cuenta los poderosos intereses económicos que estaban presentes.
Ahora bien, estamos muy lejos de poder afirmar que el mundo después de los acuerdos de París evolucionará de manera decidida hacia la preservación de los bosques y el fuerte apoyo a las energías alternativas como la eólica, solar o nuclear. Múltiples obstáculos se alzan en el camino para asegurar ese cambio. Los acuerdos no son una solución per se. Sin embargo, fijan una ruta que ofrece la posibilidad de ir más allá de lo alcanzado hasta ahora. No es poca cosa.

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