Reportaje imposible

Con la pesada suma de 365 días devorados por la ausencia.

Preludio

Una tarde incierta, después de varias tentativas fallidas, recibí una llamada de Ángeles Morales, quien me hablaba para decirme que Julio Scherer García me andaba buscando y que le urgía comunicarse conmigo. ¿Podía realizar el enlace telefónico de inmediato?… Por supuesto, repuse tenso, imaginando cualquier desastre como disparador de la urgencia. Con el tono de voz exaltado, don Julio me participó que acababa de regresar de Los Cabos y que ahí había conocido, por mera casualidad, a un buzo neozelandés protagonista de una historia que iba a enloquecerme y que, a toda costa, había que reportearla. Yo era, según él, el indicado.

‒ A ver… cuéntame bien.

‒ El tipo, un tal Bridgetower, es el campeón mundial de buceo en altitudes extremas y sostiene que cuando se sumerge en los cráteres inundados de los volcanes escucha una música indescriptiblemente bella. ¿Por qué no lo interrogas y, si vale la pena, lo entrevistas?

‒ Y, ¿dónde se supone que habría de encontrarlo? No me digas que tendría que viajar hasta Nueva Zelanda…

‒No, claro que no, tiene su base de operaciones en la cordillera de Los Andes, en un poblado a casi seis mil metros sobre el nivel del mar.

‒ No lo sé, suena interesante, pero no me sienta bien la altura. El año pasado estuve en La Paz y se me interrumpió la digestión, por más hojas de coca que estuve mascando.

‒ Te va a encantar, Samuelacho, yo sé que te va a encantar.

‒Déjame consultarlo con la almohada y te resuelvo mañana.

‒Consultar qué. Te vas en el primer vuelo a Chile, como corresponsal de Proceso.

‒Lo pienso y te digo.

 

Allegro con moto

Dos días después abordaba un avión de Lanchile con destino a Santiago, para de ahí volar a Calama. Luego habría de tomar un autobús que me conduciría al pueblo de San Pedro de Atacama, lugar de residencia del susodicho neozelandés. Ciertamente había hecho mi tarea indagando sobre el quehacer del buzo y su insólito record mundial. Lo que sea de cada quien, era un tipo fuera de serie, con una resistencia fabulosa para nadar en apnea y para aguantar las temperaturas bajo cero que encontraba en sus inmersiones. Hasta donde pude enterarme, el record lo había obtenido buceando durante 21 minutos continuos en el lago que se formó en el cráter del volcán Licancábur, a 5856 mts sobre el nivel del mar. De acuerdo con la enciclopedia, ese es el lago permanente situado a la mayor altura del planeta y su superficie está congelada en un 70%. Con respecto a la música “indescriptiblemente bella” tenía mis reservas; podía tratarse de una fanfarronada del tal Bridgetower, pasado de copas en Los Cabos, como de una probable alucinación acústica suscitada por la evidente falta de oxigeno. En fin, no había que anticipar vísperas y estar abierto a cualquier revelación, por fantástica que resultara.

La llegada a San Pedro de Atacama fue penosa. Tiempo interminable en un autobús desvencijado y, para acabarla de amolar, una avería en un eje que implicó pasar una noche extra en un hostal helado e inhóspito. Por más abrigo que llevara puesto, era insuficiente contra el rigor del viento. Lo único que reconfortaba el ánimo eran las apabullantes vistas del desierto ‒el más árido del mundo‒, con sus soberbios valles y sus extensos salares. Inclusive me tocó disfrutar de la vista de miles de flamencos que revoloteaban sobre una laguna azul hermosamente cristalina.

 

Andante ostinato

Cuando recalé en la dirección indicada salió a recibirme un personaje cuya simple apariencia meritaba una crónica. Ron Bridgetower era un albino con la piel curtida por la violencia acumulada de los elementos. Las estrías de sus mejillas parecían hendidas con escalpelo. Hablaba un español rudimentario y su voz tenía un dejo infantiloide, como la de un castrado a medias. Lo más peculiar era su hábito de retener la respiración, a intervalos regulares, hasta agotar el último gramo de oxígeno de su organismo. En ello podían transcurrir dos o tres minutos en los que, gradualmente, iba amoratándose. Cuando recuperaba el aliento volvía a la realidad terrenal y a la plática interrumpida.

No fue fácil convencerlo de hablar sobre sus hallazgos sonoros en las profundidades, pues para él lo único que importaba eran las proezas que le significaba su entrenamiento paralelo de buceo y de montañismo. Su cuerpo era expuesto a jornadas completas de ejercitación. Además de las rutinas atléticas había de considerarse la elección del equipamiento idóneo. Para ello contaba con tanques de oxigeno de “circuito cerrado” que le garantizaban el reciclaje de aire comprimido con el mínimo tolerable de nitrógeno y con un traje “seco” que impedía la recurrente hipotermia. Muchos buzos que se descuidaban y que no estaban al pendiente de su equipo, sencillamente entraban al agua, y se les apagaba la vida como a peces descerebrados.

Con base en mis insistencias, Bridgtower musitó que los parámetros bajo el agua eran muy distintos a los que rigen a la existencia humana. La visión se acorta y el gusto se esfuma. También el tacto se retrae; sin embargo, lo que pasa con el oído cae en la categoría de lo inimaginable. Los sonidos viajan a mayor velocidad y la fuente sonora pierde su localización exacta, como si todo resonara al mismo tiempo y en el mismo lugar. Uno empieza primero a familiarizarse con los latidos del corazón y después se acostumbra al rugir interno de los pulmones. Para ese momento ya está lista la percepción que descifra lo que se produce, auditivamente, en las profundidades. Es algo sobrecogedor y que, conforme  aumentan las atmósferas de presión, mejores y más elaboradas músicas van surgiendo de la nada.

‒ ¿Pero a qué suena todo eso Mr. Bridgetower?

‒ No puedo describirlo en palabras.

‒ Tararéelo, pues, cualquier pista me sería de utilidad.

‒Imposible, tendría que escucharlo en persona para poder captar la maravilla del fenómeno. Sólo puedo anticiparle, como aseguran varios colegas versados en música, que

aquí en Los Andes parecen susurros canónicos de llamas y que las lagunas congeladas del Tibet emanan murmullos de flautas marinas. Incluso, uno de los buzos mexicanos afirma, el muy orate, haber reconocido, durante su exploración acuática del cráter del Popo, un adagio de Bach entonado por voces infantiles… 1

‒ ¡Caray!, comenzaré entonces por aprender a bucear y luego pensaré en retornar.

 

Da capo con variación a la inversa.

Una tarde incierta, después de varias tentativas fallidas, me comuniqué con Ángeles Morales, pidiéndole que me enlazara con Julio Scherer García. Me urgía hablar con él. Por supuesto, repuso amable, ahorita te lo comunico. Con el tono de voz exaltado le participé a don Julio que acababa de regresar de Los Cabos y que ahí había conocido, por mera casualidad, a un buzo neozelandés protagonista de una historia que iba a enloquecerlo y que, a toda costa, había que reportearla.

‒ A ver… cuéntame bien.

‒ El tipo, un tal Bridgetower, es el campeón mundial de buceo en altitud extrema y sostiene que cuando se sumerge en los cráteres inundados de los volcanes escucha una música indescriptiblemente bella. ¿Por qué no lo interrogo y, si vale la pena, lo entrevisto?

‒ Y, ¿dónde se supone que habrías de encontrarlo? No me digas que tendrías que viajar hasta Nueva Zelanda…

‒No, claro que no, tiene su base de operaciones en la cordillera de Los Andes, en un poblado a casi seis mil metros sobre el nivel del mar.

‒ No lo sé, suena interesante, pero quién nos garantiza que la música “indescriptiblemente bella” sea realmente música.

‒ Va a encantarte la historia, yo sé que te va a encantar.

‒Déjame consultarlo con la almohada y te resuelvo mañana.

‒Por favor, tú puedes hacer que Proceso me mande como corresponsal.

‒Lo pienso y te digo.


 

1 Se recomienda la audición de las siguientes obras, puesto que podrían encajar en la descripción proporcionada. Audio 1: Arvo Pärt – The woman with the alabaster box, para coro a capella. (Elora Festival Singers. NAXOS, 2006). Audio 2:  Johann Sebastian Bach – Largo ma non tanto del concierto para dos violines en re menor BWV 1043. (Arthur Grumiaux y Herman Krebers, violines. Les Solistes Romands. PHILIPS, 1978)

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