Julio Scherer García: el más espiado, el más perseguido

Con sus reportajes, Julio Scherer García puso al descubierto la naturaleza corrupta y la incapacidad de los presidentes priistas y panistas. Y los mandatarios priistas y panistas confirmaron el talante antidemocrático de sus gobiernos al espiarlo y perseguirlo. Desde finales de los años cincuenta el entonces reportero de Excélsior fue acechado por el poder, que recurrió a la infamia, el insulto, la mentira, la amenaza, la extorsión publicitaria, los tribunales y el golpe directo para acallar al fundador de Proceso.

MÉXICO, DF (Proceso).- “Comunista”, “democristiano”, “pandillero dedicado a atacar al sistema de vida sostenido por la mayoría nacional” fueron sólo algunas de las descalificaciones que el presidencialismo autoritario del PRI le dirigió al periodista Julio Scherer García. Meterlo a la cárcel fue la advertencia que, en la alternancia del PAN, le hizo el secretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna, si lo encontraba “en flagrancia” con algún jefe del narcotráfico en México, aludiendo al encuentro periodístico que tuvo con Ismael El Mayo Zambada.

Scherer le resultó incómodo al viejo PRI y al paréntesis sucedáneo del PAN. Exhi­bidos por sus excesos e incapacidades, ningún gobierno emanado de esos partidos soportó su periodismo y buscaron asfixiar a Proceso tal como lo habían hecho Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría con el periódico Excélsior.
Acostumbrados a controlarlo todo, empezando por la prensa, los presidentes en turno hacían de la defensa del régimen priista la defensa del Estado. El aparato de seguridad era para perseguir a comunistas y opositores. Para ese sistema, Scherer fue las dos cosas. Al menos así se asentaba en panfletos elaborados en la Secretaría de Gobernación (Segob), primero cuando Díaz Ordaz y Echeverría eran sus titulares, y luego cuando ocuparon la Presidencia de la República.

Como encargada de la estructura represiva (a través de la Dirección Federal de Seguridad, DFS), la Segob siguió al reportero en todas las actividades. Le espiaba todo. Le intervenía los teléfonos, conocía su agenda, con quién se reunía, a dónde iba, cómo se transportaba, cuándo y cómo viajaba y hasta lo que comía y su actividad física. Fue vigilado como si fuera una amenaza a la supervivencia del partido hegemónico y autoritario.

Desde finales de los años cincuenta fue escudriñado por el poder: Había ingresado en 1946 a Excélsior, del que fue subdirector en 1965 y director general entre agosto de 1968 y julio de 1976.

En el Archivo General de la Nación (AGN) existen las constancias del acoso al que fue sometido. Un ejemplo es la intervención de las conversaciones telefónicas que mantuvo en 1966 con el entonces jefe de prensa de Díaz Ordaz, Francisco Galindo Ochoa, quien le agradecía la cobertura del diario al segundo informe del mandatario y quien, años después, como vocero de José López Portillo, buscaría a toda costa cerrar este semanario.

Fueron décadas de hostigamiento. En 1963, cuando Díaz Ordaz encabezaba la Segob y Echeverría era subsecretario de la misma dependencia, la administración federal embistió a los opositores en el más puro estilo macartista, anticomunista, de la época. La crítica de arte Raquel Tibol, colaboradora en el Excélsior de Scherer y una de las fundadoras de Proceso, atestiguó cómo el reportero fue el centro de la propaganda gubernamental panfletaria mucho antes de su expulsión del “Periódico de la vida nacional”.

A principios de los años sesenta, en plena Guerra Fría, era común difundir desplegados apócrifos con membretes y firmas de paja. El propósito era acusar a los jóvenes periodistas con ideas renovadoras y democráticas de sediciosos, terroristas, adictos al marxismo-leninismo y a Moscú, contó Tibol en marzo de 2006, durante la XXVII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

En un coloquio que formó parte de los festejos por el 30 aniversario de la revista, la historiadora y crítica de arte relató que en 1963 los anónimos buscaban desacreditar a Scherer –entonces de 37 años– y al grupo de colaboradores etiquetados como rojillos. Dos años después, cuando el periodista ya era subdirector editorial de Excélsior (dirigido entonces por Manuel Becerra padre), circuló por varios departamentos del rotativo un anónimo que le criticaba hasta su apellido alemán.

“Scherer, tan extranjero en ideas políticas como en su nombre, ya se había identificado hace tiempo como amigo y compañero de viaje de agitadores rojos, aunque a veces logra esconder sus intenciones bajo una afabilidad y una indiscutida inteligencia”, rezaba el libelo citado por Tibol, quien falleció en febrero de 2015 –un mes después de su amigo.

El escrito tildó a Scherer y a su equipo de “agitadores”, “subversivos”, “agentes marxistas”, “grupo (…) opuesto a las tradiciones mexicanas, a la idea de patria, de propiedad, de religión, de familia”.

Además de Scherer, los incriminados eran, entre otros, los sacerdotes jesuitas Pablo Latapí y Enrique Maza, también fundador del semanario y quien falleció el pasado miércoles 23 (Proceso 2043); el escritor católico Ramón Zorrilla; el penalista de filiación anticomunista Raúl Carrancá Trujillo, y el historiador Miguel León Portilla, discípulo del padre Ángel María Garibay.

Tibol precisó: “Después se supo que (el papel) lo había redactado un Fernando Alcalá”. Originario de Yucatán, y apenas siete años mayor que Scherer, Alcalá fue jefe de redacción de Excélsior y director de Últimas Noticias, vespertino que editaba la misma empresa. Su hijo, Fernando Alcalá Pérez, fue junto con Jacobo Zabludovsky parte del equipo de noticias creado por Emilio Azcárraga Vidaurreta para deshacerse de los periódicos que –desde los años cincuenta– proveían de información a Telesistema Mexicano.

Excélsior estaba en esa situación: realizaba un noticiario nocturno que salía al aire por el Canal 2. Pero la cobertura que hizo el diario (dirigido ya por Scherer) sobre la represión del 2 de octubre de 1968 contra el movimiento estudiantil exacerbó la furia gubernamental contra el periodista. Díaz Ordaz y Echeverría presionaron. Y el resultado fue que, en 1970, Azcárraga Vidaurreta prescindió de los periódicos, creó su propia división de noticias y su noticiario 24 Horas.

Al frente de la primera colocó a Miguel Alemán Velasco, el hijo del expresidente Miguel Alemán Valdés, y del segundo, a Zabludovsky, el principal consejero de radio y televisión de los mandatarios Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, según refiere la investigadora Celeste González de Bustamante en su libro Muy buenas noches. México, la televisión y la Guerra Fría.

Los arietes del PRI

En su libro Estos años (1995), Scherer aludió al conductor de 24 Horas: “Jacobo Zablu­dovsky me hace falta como punto de referencia; vive la vida que desprecio”. Con igual dureza se refería a Echeverría, instigador del boicot de anunciantes contra Excélsior y de las maniobras para expulsarlo del periódico el 8 de julio de 1976.

La asfixia publicitaria fue ejecutada por Juan Sánchez Navarro, vicepresidente del grupo cervecero Modelo y quien sería considerado el ideólogo de los empresarios mexicanos. Años después, el propio Sánchez Navarro contó ante una numerosa audiencia –en la que se hallaba Scherer– que, a la distancia, esa acción y sus consecuencias le parecían aberrantes. En el boicot participó también el multimillonario empresario Alberto Bailleres, quien en noviembre pasado recibió la medalla Belisario Domínguez, que otorga el Senado.

“Echeverría había jugado con todos el juego del que era maestro, la traición”, escribió Scherer en La terca memoria, impreso en 2007, a propósito de lo admitido por Sánchez Navarro. El reportero refirió: Hombres de negocios y políticos, preocupados por la línea editorial de Excélsior, acordaron reunirse en la casa del fundador de ICA, Bernardo Quintana, e invitaron a Echeverría.

Consideraron que la posición del rotativo era peligrosa, cargada a la izquierda. De Scherer expresaron que era “un sujeto proclive al comunismo”. Y les preocupaba que el diario siguiera creciendo. Quintana pidió entonces que hablara el presidente.

“Echeverría fue directo. Los hombres de la iniciativa privada rendían su cuota al auge del periódico, la publicidad era fuente de ingresos. Así fortalecía al enemigo común. En manos de los empresarios estaba el remedio a una situación que ya era crítica”. El ariete, continúa Scherer, fueron las “veinticuatro horas” de Zabludovsky.

Pero el estrangulamiento y la expulsión fueron sólo la puntilla, el golpe de gracia después de años de acecho. El periodista Luis Miguel Carriedo, reportero de la revista Etcétera, dio a conocer en diciembre de 2006 que 30 años atrás, en 1966, Echeverría recibió del director de la DFS, el capitán retirado del Ejército Fernando Gutiérrez Barrios, un expediente del periodista.

De acuerdo con la caracterización de Scherer hecha en 1965, él era “un defensor de la ideología demócrata cristiana”. Los servicios de seguridad le siguieron los pasos en sus reuniones con el sindicalista y posterior dirigente partidista Vicente Lombardo Toledano; el presidente del PAN, Adolfo Christielb Ibarrola, y el líder de la Unión Nacional Sinarquista, David Lomelí Contreras.

Jacinto Rodríguez Munguía, subdirector de la revista emeequis, documentó el sistemático espionaje que el periodista padeció en aquellos años. En su libro La otra guerra secreta. Los archivos prohibidos de la prensa y el poder, presenta un análisis de nueve cuartillas elaborado por la entonces Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales, también a cargo de la Segob, dedicado a desacreditar un discurso de Scherer con motivo del aniversario de Excélsior.

Bajo el título Las Mordidas de Lengua de Julio Scherer, esas cuartillas, delinea Rodríguez Munguía, “resumen las incomodidades que Excélsior y Scherer provocaban al gobierno. Son las mismas marcas de estilo, redacción e incluso tipográficas, de las columnas que se realizaban en la misma Secretaría (de Gobernación) y que luego se publicaban los domingos en La Prensa: ‘Política en las rocas’ y ‘Granero político’”.

El texto es una colección de descalificaciones al periodismo de Scherer, a quien se acusa incluso de estar al servicio de extranjeros. Tacha también al diario de haber tenido “una súbita afiliación al progresismo rociado de agua bendita, en estrecho maridaje con el marxismo harto burgués que profesan sus principales directivos”.

A algunos de sus colaboradores los definió como “una pequeña capilla de intelectuales o intelectualoides que rodean al señor Scherer como pequeña corte bermeja”. Y remató definiendo la publicación como “heraldo del clero, de la clase empresarial, de los enemigos de la Revolución, de los intereses antimexicanos”.

Las injurias fueron tan abundantes como preciso el seguimiento al periodista. En su reportaje Scherer, obsesión de Echeverría, reproducido por Proceso (1570), Luis Miguel Carriedo reveló cómo el espionaje fue más intenso durante el sexenio de Echeverría.

Cita varios ejemplos. Cinco meses antes del golpe en Excélsior, el 17 de febrero de 1976, un agente de la DFS dio cuenta pormenorizada de los horarios del director, desde el momento en que salía de su casa, iba al deportivo, llegaba al periódico, comía, y partía por la tarde para “atender compromisos de trabajo y sociales”, aunque “no teniendo rutina fija”. Describió también la casa donde vivía y comunicó el nombre de su esposa y los vehículos que la familia usaba.

El 9 de marzo de 1976, los agentes reportaron, con fotografías, una comida que tuvo con el embajador de Estados Unidos en México, Joseph John Jova, en el restaurante Chateau de la Palma. Y dos semanas después consignaron un viaje familiar a Uruguay.

Ya ejecutada la expulsión del grupo directivo, la DFS continuó observando a Scherer. Carriedo reveló siete fotografías que los espías le tomaron el 29 de julio de 1976, 21 días después de la maniobra, al salir de la casa de Cuauhtémoc Cárdenas.

En 2013 se conocieron más detalles de la persecución a Scherer y el interés de Echeverría por hacerse de Excélsior, merced a una revisión que hizo Alejando Navarrete de los cables del gobierno de Estados Unidos difundidos por Wikileaks en abril de ese año (Proceso 1902).

En uno de esos mensajes, fechado el mismo 8 de julio de 1976 –horas antes del golpe– la embajada reportó a Washington que Echeverría estaba decidido a terminar con la línea editorial de Scherer. En el texto se especificó que –molestó por “los ataques” de Excélsior a su gobierno y al mandatario electo, José López Portillo– Echeverría había decidido “meter en cintura” al periódico.

La representación diplomática envió otra nota a Washington el día 8 para informar la postura de los medios oficialistas: Los golpistas recibieron un amplio espacio la noche del 7 de julio en el programa de Zabludovsky, 24 Horas, para criticar a Scherer y a otros líderes de Excélsior, y el día 8 “se publicó un anuncio de plana completa en Novedades, repitiendo esos ataques y urgiendo a la cooperativa a asistir a la reunión que se celebrará hoy”.

En otro cable, fechado el 9 de julio, el embajador Jova señaló que Echeverría buscaba disminuir a Excélsior para fortalecer a El Sol de México y a El Universal, donde, según reportes previos de la propia embajada, quería difundir su “voz pública” tras dejar la Presidencia.

De acuerdo con la legación, Excélsior rompió las reglas no escritas del régimen priista: atacar al presidente, al gobierno en general, al PRI y al presidente electo José López Portillo.

Meses después, el 10 de noviembre de 1976, la representación estadunidense notificó el surgimiento de Proceso en la primera semana de aquel mes. Y seis años después, al final de su sexenio, López Portillo también pretendió acabar con la revista, al restringirle la publicidad gubernamental: “No pago para que me peguen”, acuñó.

El PAN furibundo

Scherer no dejó de ser incómodo para el poder cuando el PAN ganó la Presidencia. En 2005, Proceso fue demandada por Marta Sahagún, la esposa de Vicente Fox, quien al igual que López Portillo quiso cobrarle a la revista sus agravios restringiendo la contratación de anuncios.

Lo mismo hizo su sucesor, Felipe Calderón. En abril de 2010, su gobierno quedó exhibido cuando Scherer apareció en la portada de la revista (edición 1744), fotografiado con el narcotraficante Ismael Zambada García, El Mayo, jefe del cartel de Sinaloa y a quien el gobierno decía tener como objetivo prioritario de captura.

El encuentro periodístico descolocó a la administración calderonista y desató el enojo de su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. Días después de la publicación, el entonces funcionario se reunió con reporteros cercanos, a quienes dijo que lo menos que merecía Scherer era ser llamado a declarar ante el Ministerio Público.

Según el relato del columnista del periódico El Universal Ricardo Alemán, publicado el 14 de abril de 2010, García Luna fue enfático: “Si yo me entero del encuentro y existe flagrancia, los meto a la cárcel a los dos”.

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