Apuntes sobre la dignidad humana

En memoria de Enrique Maza,
ejemplo de sabiduría y rigor ético.

MÉXICO, DF (Proceso).- Fundamento de los derechos humanos, el concepto de dignidad humana tiene una historia fascinante en la que los argumentos de la filosofía y la religión dialogan y se confrontan con los de la ciencia. La ruptura más profunda con las tradiciones grecolatina y judeocristiana que durante muchos siglos dominaron el debate sobre la naturaleza del hombre surgió en 1859, año de la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin. La Iglesia católica tardó casi un siglo y medio en aceptar que la teoría de la evolución es “más que una hipótesis”. El 23 de octubre de 1996, el Papa Juan Pablo II se reunió con los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias para expresarles una postura que admite la veracidad de los descubrimientos de Darwin, sin renunciar a la dimensión espiritual de la persona humana: “Si el cuerpo humano tiene su origen en la materia viva que le precede, el alma espiritual está directamente creada por Dios”.

El materialismo científico rechaza ese concepto de creación, así como la dualidad cuerpo-alma. Por tanto, una pregunta central sigue en pie: ¿Hay algo que distinga a los seres humanos de los demás animales? Hoy sabemos que compartimos con el chimpancé 99% de la información genética contenida en el ADN. Se calcula que el largo proceso de divergencia entre los chimpancés y el homo sapiens sapiens ocurrió hace aproximadamente 7 u 8 millones de años. Hasta el momento, la ciencia sólo ha podido encontrar un elemento constitutivo de ese 1% que contribuye a diferenciarnos de los primates: el gen conocido como FOXP2, que controla la función del habla.

El lenguaje y la capacidad de raciocinio que lo acompaña serían los factores distintivos del ser humano, como lo han postulado Aristóteles, Descartes, Kant, Locke, Milton o Hobbes, entre muchos otros grandes pensadores. Acaso en ese 1% se aloje el “gran milagro… cruce de la eternidad estable con el tiempo fluyente” mencionado por Pico della Mirandola en su célebre Discurso sobre la dignidad del hombre. Sin embargo, muchos científicos arguyen que los animales también se comunican entre sí sin necesidad de tener grandes cerebros. Es el caso de las abejas que mediante sus “danzas” transmiten información acerca de la distancia y dirección en la que hay comida, como lo demostró el etólogo Karl von Frisch en 1940. Tal comunicación también se manifiesta en el trino de los pájaros utilizado para marcar territorio y atraer a las hembras, en el canto de las ballenas o en la vocalización de los monos.

Además, desde el último gran libro de Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872), abundan los ejemplos sobre sentimientos de alegría, “amor” o tristeza en pájaros, delfines, animales domésticos, caballos, primates o ratones. Incluso se mencionan casos de lo que los científicos llaman “inteligencia” animal. El propio Darwin realizó un experimento con una orangután llamada Jenny que se emocionaba muchísimo al ver su imagen reflejada en un espejo, lo cual revela un nivel de autopercepción, que no autoconciencia. Sólo el hombre puede conocerse a sí mismo y ser responsable de sus actos. En 1970 ese experimento fue realizado con chimpancés, orangutanes, gorilas, elefantes y urracas por el psicólogo Gordon Gallup, con el mismo resultado.

Darwin pensaba que entre las capacidades cerebrales de los animales y las humanas había sólo una diferencia de grado, no de especie. Sin menoscabo de la veracidad e importancia indudables de la teoría de la evolución, la mencionada conclusión del inmenso científico británico es apresurada y empíricamente inverificable. Resulta desproporcionado comparar el trino de los pájaros o el canto de las ballenas, por más hermosos y misteriosos que puedan ser, con la Oda a la alegría de Schiller incluida en el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. No existe posibilidad alguna de que ningún animal pudiera alcanzar el nivel de desarrollo cerebral necesario para realizar una obra de arte, científica o filosófica como las creadas por el hombre. Así ha quedado demostrado con el limitado grado de evolución cerebral que han tenido especies como el delfín o el chimpancé durante los millones de años que tienen de vivir en la Tierra. No hay un solo dato empírico que muestre la potencial evolución de un animal para convertirse en un ser dotado de inteligencia, libertad, voluntad e imaginación como la que dio origen al homo sapiens sapiens. En consecuencia, es evidente que entre la capacidad de raciocinio y de lenguaje del hombre y el resto de los animales no existe sólo una diferencia de grado, sino un abismo esencial que distingue al género humano de las demás especies.

Hecha esta distinción fundamental, es preciso defender los derechos de los animales establecidos en la Declaración Universal sobre la materia aprobada por la Unesco y la ONU hace 37 años, pero sin confundirla ni mezclarla con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Al mismo tiempo, sería conveniente equilibrar el dominio adquirido por la ciencia y la tecnología en el mundo contemporáneo con una buena dosis de filosofía, ética, bioética, ciencias sociales y arte. No olvidemos que el ser humano es un homo ethicus creador de cultura. Eso es lo que nos diferencia del resto de los animales.

Como lo expresó Enrique Maza en su libro sobre el diablo, el hombre, no Dios ni Satanás, es el responsable del mal que existe en el mundo. Somos, al mismo tiempo, creadores y profanadores de la dignidad y los derechos humanos. En ejercicio de su libertad, el hombre también es productor de barbarie, en todas sus formas: violencia, tortura, represión, explotación, intolerancia, fundamentalismo religioso, racismo, depredación de la naturaleza. El hambre y la pobreza, la corrupción y la impunidad, también atentan contra la dignidad humana.

“Puede que la etiqueta homo sapiens, excepto para unos cuantos, sea una jactancia infundada”, escribe George Steiner en Poesía del pensamiento. Cierto, debemos ser merecedores de la dignidad humana.

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