El infierno de Carrie, la mujer militar agredida por soldados de EU

Casi medio millón de mujeres del ejército de Estados Unidos sufrieron agresiones sexuales en los últimos 20 años. Sólo en la primavera de 2014 se reportaron 5 mil 61 agresiones de este tipo –50% más que en 2013– contra mujeres y contra hombres. “Las mujeres militares destacadas en Irak o Afganistán tienen más riesgo de ser agredidas por un soldado de su país que de caer bajo fuego enemigo”, afirman la periodista Alexandra Geneste y el fotógrafo Francois Pesant en Enemigo dentro, libro que empieza a circular en México bajo el sello de Ediciones Urano y que rescata trágicos testimonios sobre este fenómeno. Con autorización de esa editorial, Proceso reproduce uno de los testimonios.

MÉXICO, DF (Proceso).- “Una tarde de febrero irrumpió en la casa mi hijo Lucas dando patadas en la puerta de entrada, gritando: ‘¡Se murió Carrie! ¡Se murió Carrie!’. Se me heló la sangre. Su hermana acababa de salir hacía tres horas. Era imposible.

“Afuera hacía mucho frío. Era el 28 de febrero de 2009. Me pidió que lo siguiera. Me puse mi abrigo y fuimos a la ciudad. Cerca de un bar, la policía había atravesado un vehículo, como para aislar el lugar de un crimen. Un detective me vio y me preguntó: ‘¿Es usted el padre?’. Respondí: ‘Sí. ¿Es verdad que está muerta?’. Me contestó: ‘Sí. Lo siento, está muerta’.

“Me fui dando tumbos, caminando sin sentido, hablando a la gente, gritando, aullando. Estaba como loco. Mi hija mayor salió del bar y me gritó ‘¡Papá, papá, papá!’, y le respondí: ‘Tú ya no tienes padre, acaba de morir, está en el asiento de atrás de ese coche, con tu hermana’.

“No hay palabras para describir el horror. Carrie regresó a la casa cinco días. Sólo la vimos cinco días y eso fue todo. Como tengo dos trabajos, estuve con ella únicamente dos horas. Yo creía que tendría toda la vida para estar juntos. Nada más la tuve cinco días.”

Gary Noling tiene un tatuaje dedicado a su hija en cada brazo, y las tres placas de identidad militar en metal de la joven soldado colgadas al cuello. Gary Noling tiene una rabia que hace olas. Una rabia que lo sumerge, lo hunde, lo ahoga y, a la hora de la resaca, “Papá Noling” –como lo apodan cariñosamente sus amigos veteranos– está deshecho, mudo (…)

El cuerpo inánime de Carrie Leigh Goodwin fue encontrado en el asiento de atrás de un vehículo, parado en un estacionamiento rodeado de inmensos árboles, en Alliance, en Ohio. “Murió en un lugar muy bello”, solloza Gary, conmovido hasta las lágrimas, como para convencerse a sí mismo.

“Su violador tendrá derecho a honores, podrá ser enterrado en el cementerio nacional de Arlington, en Virginia, pero mi hija no. Este tipo merece que lo entierren en una alcantarilla”, dice.

Gary platica, a quien quiera escucharlo, sobre el infierno que vivió Carrie cuando se integró a los Marines. Viaja tanto como puede, para alertar a los padres de futuras reclutas del ejército. Los previene: “No dejen que sus hijas se enrolen, no hasta que las cosas hayan cambiado. Una de cada cuatro será violada”.

Cuenta: “Una mañana, recibí una carta de Carrie que decía: ‘Papá, quiero regresar a casa’. No le pregunté por qué. Ella escribía cada vez menos desde que había llegado a la base del Campo Pendleton, en California. Al principio, estaba yo inquieto. De vez en cuando me hablaba por teléfono, pero estaba distante, cada vez más distante. Algo no iba bien, había algo raro, aunque yo no sabía qué era. Los Marines no nos decían nada. Sin embargo, pronto me resigné, esperando lo mejor. Me la imaginaba con amigos nuevos, buscando su lugar en el mundo, tal vez, incluso, ya no querría que su papá la llevara de la mano, quizá yo debía dejarla crecer. Pasaron dos años, dos años de infierno de los cuales yo no supe nada hasta que pasaron las cosas.

“Al otro día de su muerte, encontré en una maleta, que yo no había tocado desde que llegó de Pendleton, una cámara fotográfica. Mandé revelar el rollo que estaba dentro, y cuando me puse a ver las fotos, llorando dentro de mi automóvil, me habló una mujer que había sido comandante en la Fuerza Aérea. Estaba inquieta por Carrie y quería ponerme al tanto. Carrie la había contactado y le había contado que había sido violada y golpeada. Tenía terror de su agresor y tenía pensamientos suicidas. Cuando le dije que mi hija había muerto, no me creía.

“Carrie le había hablado de sus diarios. Los busqué y comencé a leerlos. Descubrí una historia horrible: mi hija vivió un infierno. Ese soldado, a quien ella debía rendir cuentas, la asechó, la encerró bajo llave, la golpeó en la cara, la sodomizó y, luego, la amenazó si se atrevía a hablar.

“Ese tipo es un monstruo. Encontré su página en Facebook. Su foto parece recién salida de un fichero de la policía. Tiene la jeta de un boxeador. Ella no tenía ninguna posibilidad de librarse de semejante bruto.”

En un periódico local, una chica se presentó como una de sus compañeras de cuarto, y habló de cuánto había sido traumatizada Carrie por la violación y de cómo nunca había dejado de temer a su agresor, quien ya tenía práctica en la agresión sexual.

“Si damos crédito a la ficha médica establecida por los Marines –señala Gary–, Carrie tenía gran afición por el alcohol, problemas de personalidad, así como síndrome de estrés postraumático debido a una violación anterior. Ni una palabra, en cambio, de la violación por la cual había demandado al soldado. El ejército está lleno de negaciones, y culpó de lo sucedido a mi hija. Según su hermano y hermana, a quienes ella confió su historia, la primera violación tuvo lugar poco después de haber ingresado al ejército, en 2007. Carrie denunció al agresor, quien fue reemplazado de inmediato, pero su sucesor le hizo pagar con saña su acusación. No sólo nunca vio el color del bono de 25 mil dólares, al cual tenía derecho por haberse enrolado, sino que fue asignada a un batallón a cargo de la organización de las provisiones cuando mi hija se había enlistado para ser enfermera.

“Tenía 17 años. Escogió los Marines para que su padre estuviera orgulloso de ella, pues yo era uno de ellos. Era una chica encantadora, toda inocencia. El alcohol que bebió la noche del 28 de febrero no podía haberla matado. El ejército le había dado antidepresivos y otras cinco medicinas más que nunca supe para qué servían. La declararon alcohólica, pero no lo era antes de enlistarse. Yo la eduqué, sin duda me habría dado cuenta. Si sabían que bebía demasiado, ¿por qué la dejaron salir sin ninguna ayuda, por qué no me alertaron? Los antidepresivos combinados con alcohol la mataron en tres horas y media. Carrie pasó de un estado de absoluta sobriedad al cadavérico en poco más de tres horas. ¿Cómo es posible?”

Misty, la hermana mayor de Carrie, fue culpada de homicidio involuntario por haberle servido alcohol esa noche, el cual, mezclado con Zoloft, la mató. Tenía ocho veces el límite legal de alcohol en la sangre. Según el médico legista, esa combinación hubiera podido matarla dos veces.

“El ejército sabía que enviaba a su casa una bomba de tiempo, que sonaba tic-tac, tic-tac; hizo tic-tac durante cinco días, y ese fue el final.

“Meses después de haber pagado la fianza para que Misty no pisara la cárcel, mi hijo se fue a romper todos los vidrios de las tiendas de la ciudad, sólo le faltaron unos cuantos. Me costó una fortuna sacarlo de esa bronca, hace ya más de tres años de eso y sigue bajo vigilancia. ¿Será que mi hijo estaba furioso por lo que le sucedió a Carrie? La mayor parte de los vidrios que rompió estaban cerca del estacionamiento donde la encontraron muerta…

“El cuerpo de Marines de Estados Unidos, materialmente, destruyó a mi familia. Sigo esperando sus disculpas, esperando que juzguen esta asquerosidad. Desde ese día, mi objetivo es alertar al mayor número posible de familias para disuadirlas y que no permitan a sus hijas enrolarse hasta que no hayan cambiado las cosas. No dejen que los engañen con sus historias de que la cadena de mando debe conservar sus prerrogativas para preservar el orden y la disciplina.

“El ejército está comandado por una banda de sexagenarios que se comportan como en los viejos tiempos y no quieren que los priven de sus ‘juguetes’. Estos generales y comandantes tienen el poder de anular un veredicto de la corte marcial. Es una verdadera afrenta, y nos corresponde, a nosotros, el pueblo, ponerle fin.

“Necesitamos más mujeres en los altos mandos del ejército. Necesitamos un control civil, menos ancianos en la cúspide, ellos ya tuvieron su oportunidad. Tuvieron 20 años para resolver el problema y nada ha cambiado. Haré todo lo que esté en mis manos para asegurarme de que las cosas sean diferentes. Iré de una red social a otra. Las utilizaré sin descanso para informar al pueblo. Haré todo lo que pueda para expulsar a los senadores que no quieren una reforma del Congreso, pues ellos son el problema. Me aseguraré de que su voto sea conocido por el gran público. Lo haré hasta que las cosas cambien, hasta mi último suspiro.

“Ese es mi credo.”

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