Impresiones en torno a “Inventario”

I

¿Habrá en el mundo de habla hispana alguien interesado en la literatura que no haya leído por lo menos alguna de las casi innumerables entregas de “Inventario”? Sé de lectores de Chile, Perú, Argentina y España que conocían y admiraban la columna de José Emilio Pacheco.

Hace 10 años, conversando con Patricio Tapia, magnífico periodista cultural del diario chileno El Mercurio, salió a colación­ el hecho de que Pacheco jamás se hubiese preocupado por vender sus espléndidos textos periodísticos a una agencia internacional, como lo habían hecho Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, cuyos artículos aparecían en diarios de España, México, Perú, Chile, Colombia y Argentina, por mencionar sólo algunos. No obstante, circulaban, y lectores ávidos y atentos, como Patricio, se las arreglaban para seguirlos.

II
Para los lectores mexicanos de mi generación (los nacidos en la década de 1950) era imposible no prestar atención a las breves, informadísimas y pulidas notas que Pacheco empezó a publicar cada semana en el Diorama de la Cultura, suplemento dominical de Excélsior, a partir de agosto de 1973. Ahora que puedo ver esas notas en retrospectiva, pienso que eran como las cartas de un hermano mayor que se esforzaba por orientarnos en la selva bibliohemerográfica hacia las cosas más importantes y valiosas, a la vez que nos dejaba ver sus gustos y nos confiaba sus preocupaciones. Era imposible no agradecer con afecto y admiración una orientación así, era imposible no tratar de averiguar qué más había escrito ese señor -que uno a los diecinueve o veinte suponía un “viejo” de cincuenta años-, de quien pronto supimos que era poeta y cuentista, que llevaba más de una década escribiendo artículos y ensayos literarios, aunque aquel viejo, en 1973, apenas tenía 34 años.

III
En ese 1973 José Emilio Pacheco era ya el autor de cuatro libros de poemas: Los elementos de la noche (1963); El reposo del fuego (1966); No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) e Irás y no volverás (1973); de tres libros de cuentos: La sangre de Medusa (1959), El viento distante (1963) y El principio del placer (1972); de una adaptación teatral sobre una pieza de Quevedo (El marido fantasma, puesta en escena por Juan José Gurrola en 1964), de una novela (Morirás lejos, 1968), y de traducciones de autores como Jules Renard, Massimo Bontempelli, Evgueni Evtushensko y Samuel Beckett, entre otros. Con esto quiero decir que a los 34 años de edad Pacheco ya era un maestro y había dado a las letras mexicanas varios títulos definitivos, que seguirán siendo leídos después de que nosotros, sus primeros lectores, nos hayamos ido.

IV
El primer “Inventario” apareció el 5 de agosto de 1973, en la página 16 de Diorama de la Cultura. La palabra que Pacheco escogió como título de su columna responde puntualmente a la definición de la Real Academia de la Lengua: “Asiento de los bienes y demás cosas pertenecientes a una persona o comunidad, hecho con orden y precisión”. Sin mayor preámbulo ni prometiendo nada, dio inicio a una sección que en lo sucesivo hizo que los lectores comenzaran la lectura de aquel suplemento justo por el final.

Ameno, informado, lleno de humor, capaz de exponer ideas densas en tres o cuatro líneas, con una sencillez y claridad que sólo es posible alcanzar mediante la más estricta economía verbal, Pacheco sustituyó con su “Inventario” las aburridas carteleras de libros que languidecían desde principios de los años sesenta, y transformó radicalmente nuestra idea de la reseña bibliográfica y del comentario cultural. En esa primera entrega escribió en contra de lo que ahora malamente se llama “literatura light” (nos hizo saber que la exitosa novela Papillon, no era hija de la tormentosa experiencia de un preso francés, sino producto de la más vulgar mercadotecnia editorial), abundó en su ataque contra ella al hablar del voluntario retiro de Corín Tellado (la escribana española responsable del conformismo sentimental de millones de mujeres en el ámbito hispanoparlante); opuso a la tontería la verdad de la poesía (mediante el simple recurso de citar las dos cosas que W. H. Auden exige de un poema: buena factura verbal y percepción novedosa); estableció, sin decirlo, la diferencia entre mala y buena literatura mediante el comentario de los epistolarios de los grandes maestros (Gustave Flaubert, Antón Chejov, Emilia Pardo Bazán), y concluyó señalando cómo, al describir a Marylin Monroe, Norman Mailer describía el fin del sueño norteamericano.

“Inventario” comenzó así: como un mosaico de notas misceláneas que se ordenan gracias a la idea de conjunto que les confiere su autor y las convierte en una especie de vitral que refleja el sol poniente que ilumina la cosmovisión de Pacheco.

Creo que él estaría de acuerdo si afirmo que ese sentido de conjunto lo aprendió en parte de “La Feria de los Días”, columna mensual que Jaime García Terrés sostuvo entre 1953 y 1965 en la Revista de la Universidad, donde Pacheco tuvo su primera columna, “Simpatías y diferencias”, antecedente directo de “Inventario”. (Por cierto, García Terrés escribió una columna llamada “Inventario” en el diario Novedades, entre 1961 y 1965.)

V
Pacheco publicó “Inventario” en el Excélsior dirigido por Julio Scherer de manera casi ininterrumpida hasta noviembre de 1974, en que por un breve periodo alternó su publicación con la de “Baulmundo”, columna similar a “Inventario”, sostenida sucesivamente por Gustavo Sáinz, José de la Colina y Danubio Torres Fierro.

Después de seis meses de ausencia, Pacheco vuelve a hacerse cargo de su espacio en la página 16, ya sin nuevas interrupciones, el 1 de junio de 1975. Es interesante señalar que en ese regreso escribe un largo “Inventario” en dos partes en torno de Oscar Wilde y lord Alfred Douglas, hecho a partir del estudio introductorio de su espléndida traducción de De Profundis, publicada ese mismo año por Mario Muchnik.

Poco a poco “Inventario” va dejando de ser un mosaico para dar paso a ensayos más o menos largos acerca de Thomas Mann, Pablo Neruda o Eugenio Montale. El joven lector encuentra en ellos más que mera información literaria: transmiten una idea de la vida, del mundo, de la justicia, del bien. Su autor es, en el más dilatado sentido de la palabra, un humanista. Y también un apasionado escrutador de la historia. Ya desde esa época se puede ver que la historia y la literatura son las dos pasiones que dictan a Pacheco la redacción de su columna.

VI
Julio de 1976. En sólo tres años “Inventario” se convierte en una suerte de referencia obligada en la vida literaria mexicana. Ocurre entonces el golpe que Luis Echeverría propina a la dirección de Excélsior desde la Presidencia de la República. Pacheco renuncia en un gesto elemental de solidaridad con Julio Scherer, quien lo había invitado a colaborar en la página editorial de Excélsior y le abrió, lo mismo que Ignacio Solares, las puertas del Diorama.

El último “Inventario” que Pacheco publica en ese periódico es una reflexión sobre el futuro de los Estados Unidos a partir de la celebración del bicentenario de su guerra de independencia, y del sesquicentenario de la apertura del Canal de Panamá. Los dos aniversarios le permiten darnos una idea de lo que ha sido desde hace mucho tiempo la política exterior de ese país del norte.

Scherer funda Proceso el 6 de noviembre y la columna de Pacheco se traslada a la sección cultural de la naciente revista. Su primera colaboración con la nueva casa es un excepcional ensayo sobre Saul Bellow, el gran escritor estadunidense que unos días antes es distinguido con el premio Nobel, conocido en México gracias a la traducción de Henderson, el rey de la lluvia, publicada en 1964 bajo el sello de Joaquín Mortiz, precisamente por recomendación de Pacheco.

VII
No ha existido antes -ni existirá después- una columna como “Inventario”. Entre otras razones, porque la voracidad lectora que encarnó en José Emilio es impensable en nuestros días. Leer era su ocupación central -y parecía haberlo leído todo-. “Inventario” es un diario de lecturas. Ninguna literatura le era ajena. Lo mismo podía sumergirse en las novelas de Turguénev que en la poesía chicana o en el Rubaiyat, de Omar Khayyam.­ La diversidad de sus intereses es asombrosa. Lo mismo puede contarnos sobre el distanciamiento entre Alfonso Reyes y José Ortega y Gasset que instruirnos sobre Tomás Moro. Hay años clave que le interesan: 1914; 1938; 1950. A cada uno le dedica un breve recuento. La Revolución Mexicana forma parte permanente de su horizonte. Y las letras mexicanas son su marco referencial habitual -por cierto, si algo le enorgullecía profundamente, si en algo jamás pecó de modesto, era en su conocimiento de la literatura mexicana: “He leído todo hasta el siglo XIX y he tratado de leer todo el siglo XX.”-. Y ello se refleja en muchas entregas de “Inventario”, en las que siempre se preocupó por señalar quién había hecho qué, por dar crédito a quien había investigado y descubierto algún dato, por agradecer a sus corresponsales o comentaristas alguna aclaración o referencia, así fuera mínima. Generoso y libre de envidias, jamás escatimó el homenaje o el reconocimiento a sus colegas.

VIII
“Escribir bien es mi mayor ambición”, dijo más de alguna vez. Leer a José Emilio Pacheco -como leer a Alfonso Reyes, a Salvador Novo, a Martín Luis Guzmán- es recibir una lección en el arte de escribir. Hay muy pocos ejemplos de periodismo cultural de tan alta calidad como “Inventario”, que resulta imposible desligar de otra gran columna: “Corriente alterna”, publicada por Octavio Paz en la Revista de la Universidad (de cuya redacción Pacheco formaba parte).

Nos ocurre con Pacheco lo mismo que con Paz: hoy leemos muchas de las noticias de “Inventario” no tanto por su interés intrínseco como por la manera en que fueron escritas.

Como bien podrá suponer el lector, cuando Pacheco empezó a redactar “Inventario”, ya había afilado sus armas a través de columnas como “Simpatías y diferencias” (1960-1963, en la Revista de la Universidad), “Calendario” (1963-1970, en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre!), o “El minutero” (en el suplemento cultural de El Heraldo de México, 1969). Todas anónimas. José Emilio se negaba siempre a firmarlas, aduciendo que no era más que un transcriptor de información. Ese anonimato era ya imposible en “Inventario”, como bien supo darse cuenta Ignacio Solares, director del Diorama en los años setenta. Pero la modestia de José Emilio Pacheco lo llevó a firmar su mejor columna simplemente con sus iniciales.

Por fortuna, Proceso le brindó una plataforma libérrima que le permitió desplegar en toda su amplitud su enorme talento. Así fue como Pacheco alternó la entrega de ensayos y artículos con poemas y cuentos de su creación, traducciones, memorables diálogos entre fantasmas (Alfonso Reyes y José Vasconcelos conversando a media noche en la confluencia de las calles que llevan sus nombres), la sátira política, y a veces hasta la más abierta tomadura de pelo, como cuando inventó a un gran escritor mexicano (Adrián Saravia) que nadie conocía y lanzó a muchos a preguntar en librerías por sus obras.

Sumados el breve periodo de “Inventario” en Excélsior, y la época en que se publicó en Proceso, hay más de un millar de piezas que en promedio comprenden entre seis y ocho cuartillas. Pongamos que el conjunto alcanza 7 mil. Si 500 cuartillas forman un original muy abultado, imaginemos por un momento cuántos libros podrían extraerse de lo escrito por Pacheco a lo largo de cuatro décadas. (El poeta Marco Antonio Campos ya le arrancó un gajo a esa inmensa naranja e hizo un hermoso libro con los textos que Pacheco dedicó en “Inventario” a Ramón López Velarde.) La tarea que espera a sus compiladores es abrumadora -pero también gozosa. Pocas lecturas pueden deparar tanto placer.

Texto publicado originalmente en la edición 1944 de la revista Proceso del 2 e febrero de 2014.

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