Centenario de un ilustre retratista sonoro

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Este 31 de enero se conmemora un siglo del nacimiento del compositor y maestro Carlos Jiménez Mabarak (1916-1994) a quien, como es costumbre en nuestro país, lo rodea un halo de indiferencia, desconocimiento e, incluso, de marginación. Es cierto que con motivo de la recurrencia calendárica se han programado algunas actividades a cargo del grupo de concertistas de Bellas Artes, de diversas orquestas sinfónicas y de varios conjuntos de cámara, pero son muy pocas comparadas con la trascendencia del legado del personaje. Vayamos a su biografía para acertarlo.

Jiménez Mabarak vio la luz en el barrio de Tacuba de la ciudad de México, dentro de un hogar formado por el inspector ferroviario Antonio Jiménez Rojo y la escritora veracruzana Magda Mabarak.[1] En cuanto al costado materno, como apunta el apellido, el vocablo árabe ‒que se traduce como bendito‒ fue castellanizado del original Mubarak por el abuelo, un inmigrante libanés afincado en México a finales del XIX. Así pues, Carlos creció en un ambiente dominado por el amor a la cultura que le transmitió su madre y por el pragmatismo que trató de inculcarle su padre. Lamentablemente, la influencia paterna fue muy breve puesto que la muerte del progenitor avino cuando el futuro artista era todavía un infante. De esa prematura orfandad se desprendería, por azares vinculados a la necesidad, el cosmopolitismo de nuestro ínclito compatriota, ya que su madre sola tuvo que sacar a la familia adelante, optando por ingresar al cuerpo diplomático.

El primer traslado ocurrió en 1922 y tuvo como destino Quetzaltenango, en Guatemala. Ahí, Carlos aprendió a amar a los pájaros y a esa naturaleza prodiga que tanto refinaría su sensibilidad infantil. Asimismo, en el Instituto Minerva de la citada ciudad recibió las primeras lecciones de piano en manos del distinguido compositor y etnomusicólogo Jesús Castillo.[2] En esta fructífera relación maestro/alumno se incubaría el interés de Carlos por la música autóctona y por los misterios de la creación musical. La estadía en el país vecino contaría también con una residencia en la capital guatemalteca.

Vino después, ya en plena adolescencia, una nueva designación consular para su madre, esta vez en Santiago de Chile. Como se volvería habitual, los esfuerzos maternos no tendrían límites a fin de proporcionarle a su vástago la mejor educación posible, sin importar costos ni sacrificios. A su vez, Carlos respondería con la dedicación propia de un estudiante ejemplar, consciente del empeño que va implícito en la excelencia. Un impecable examen de admisión le abrió las puertas del prestigioso Liceo de Aplicación de Santiago, escuela de abolengo fundada en 1890, donde sólo tienen cabida los alumnos mejor dotados del país sudamericano.

Finalizada la estadía en Chile se sucedió el traslado materno a Bélgica, lugar donde Carlos completaría su educación formal, haciendo un viraje de las humanidades que lo atrapaban, hacia la carrera de ingeniería técnica en radio y telefonía. Sobra decir que los estudios de música correrían a la par, sin que importaran las agotadoras jornadas de estudio. De esa manera logró recibirse como ingeniero y acreditó los cursos del afamado Instituto de Altos Estudios Musicales de Ixelles. La célebre Irene Jacobi lo capacitó en el piano al grado de hacerlo merecedor del primer premio en su instrumento y Nellie Jones llegó a considerarlo como uno de sus mejores discípulos en la armonía. Fue también en Bélgica donde acaeció la ruptura de la última fibra del cordón umbilical que lo unía con su madre, ya que Carlos hubo de quedarse solo mientras ella cumplía con una misión diplomática en Cuba. De esa separación nunca habría de reponerse del todo.

Cuando se acercaba la hora de buscar trabajo como ingeniero, decidió darse otra oportunidad para indagar más fondo su capacidad como músico y las probabilidades que tendría para vivir de la composición. Fue así que se mudó a Bruselas en aras de expandir su preparación, ingresando a las cátedras de Marguerite Wouters en análisis y de Charles van der Borren en musicología, dentro del Conservatorio Real de Bélgica. Por si eso no bastara, se inscribiría años después en las clases de composición del eminente René Leibowitz en París.[3] Gracias al contacto con éste, Carlos adquiriría los conocimientos necesarios para sentirse cómodo con las técnicas de la música dodecafónica, electrónica y concreta.

Habiendo poseído, en la forma meteórica que lo hizo, ese bagaje de saberes Jiménez Mabarak decidió volver a México con la esperanza de encontrarse con un país donde su dedicación y logros tuvieran ecos, al fin y al cabo en Europa sería siempre un emigrante visto con la mirada altiva de los pretendidos dueños de la cultura universal. Desempacado en la capital tuvo la fulguración de que sólo en el arte sonoro encontraría la plenitud anhelada, matriculándose de inmediato en el Conservatorio Nacional. Su maestro en la dirección de orquesta, materia en la que hasta entonces no había incursionado, sería nada menos Silvestre Revueltas. Desafortunadamente las clases con Revueltas fueron pocas ya que el maestro a menudo faltaba y cuando acudía al plantel no siempre estaba en vena de impartir cátedra. Era frecuente que les preguntara a los alumnos qué cosa preferían; si tomar clase o irse todos a la cantina.

Concluida su estancia como alumno del Conservatorio fue nombrado maestro de armonía y más adelante de composición. En total acumularía 22 años de trabajo ininterrumpido para el INBAL y a ellos se sumarían los tres años de clases para la Escuela de Artes de Villahermosa, Tabasco, amén de los restantes que le ofrendó a la Escuela Nacional de Música de la UNAM. Previsiblemente dejó una honda huella en sus alumnos, quienes habrían de recordarlo como un mentor generoso y sapiente. Huelga anotar que Jiménez Mabarak se preocupó siempre por mantener vivo el entusiasmo de sus pupilos, aún a sabiendas que la vida del músico les depararía muchos sinsabores.

En honor a la verdad los reconocimientos en vida no escasearon, pues fue becario de la Unesco, fue aceptado como miembro de la SRE para un cargo de agregado cultual en Viena, fue nombrado creador emérito y, cinco meses antes de morir recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, sin embargo, eso no ha garantizado que su figura haya trascendido más allá de un reducido círculo de conocedores.

Con respecto a su prolífica obra, no hubo género que no abordara, descollando las creaciones para ser bailadas. En este rubro debemos apuntar que la estrecha relación con las coreógrafas Guillermina Bravo y Ana Mérida fue decisiva. De este rico filón hemos de citar los ballets Perifonema, El amor del agua, Recuerdo a Emiliano Zapata y El ratón Pérez; además de que su serie de baladas habrían de considerarse como piezas aptas para coreografiarse ‒la procedencia italiana Ballata significa: para bailarse‒; entre ellas sobresalen la del pájaro y las doncellas, la del venado y la luna, la de los quetzales, la de los ríos de Tabasco y la balada mágica. Igualmente es necesario enumerar sus dos conciertos para piano, sus dos óperas (Misa de seis y La güera Rodríguez), sus tres sinfonías, sus bandas sonoras, sus obras para conjuntos de cámara y su extensa producción vocal. En suma, nos situamos frente a un imponente legado que reclama reivindicación. Son muy pocas las grabaciones disponibles, las ediciones de partituras son mínimas y, ni siquiera se ha compilado su catálogo completo.

Nos parece indicativo divulgar la inusual colección de retratos que Jiménez Mabarak elaboró a lo largo de su existencia. Muy pocos autores ‒acaso Elgar y de Falla‒ se han atrevido a trazar con sonidos las características físicas o caracterológicas de personas, hecho que por sí mismo revela la maestría compositiva de quien se atreve. En su Galería de retratos encontramos agudas descripciones sonoras de Pablo Neruda, José Revueltas, María Izquierdo y José Clemente Orozco[4], junto a un bello Retrato de Lupe que coligió en Roma en 1953. Desde estas páginas lanzamos un anzuelo para que, tanto la novel Secretaria de Cultura como la rica comunidad mexicano-libanesa, se aboquen a llevar al cabo la imprescindible tarea editorial y fonográfica que la obra de Jiménez Mabarak aguarda. Quizá no se gane mucho dinero en ello, pero si muchas loas…

[1] De su autoría sobreviven el libro de cuentos libaneses Dátiles y los poemarios Burbujas y libélulas y Sándalo

[2] A Castillo se le acredita como el pionero de la valoración de la música indígena de Guatemala, misma que abrió la brecha para las siguientes generaciones de compositores guatemaltecos.

[3] Leibowitz formó a alumnos tan destacados como Pierre Boulez, Mikis Theodorakis y Hans Werner Henze.

[4] Se sugiere la audición de algunos de ellos. Audio 1: Carlos Jiménez Mabarak –Pablo Neruda de su Sala de retratos. Audio 2: Carlos Jiménez Mabarak – José Clemente Orozco de su Sala de retratos. (Orquesta Sinfónica Carlos Chavez. Fernando Lozano, director. CNCA, 1993). Audio 3: Carlos Jiménez Mabarak – El retrato de Lupe. (Luis Samuel Saloma, violinista. Duane Cochran, pianista. URTEXT DIGITAL CLASSICS, Sin año)

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