Liderazgo ético de Francisco

La llegada del Papa Francisco a Juárez. Foto: AP / Ivan Pierre Aguirre La llegada del Papa Francisco a Juárez. Foto: AP / Ivan Pierre Aguirre

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La visita del Papa Francisco causó decepción entre quienes esperábamos una recriminación más firme y explícita contra los responsables de que el mexicano sea “un pueblo tan oprimido, despreciado y violado en su dignidad”, tal como lo expresó él mismo con singular dureza al hacer un balance de su viaje a México, antes del Ángelus dominical en el Vaticano. Es cierto que la presión oficial para evitar que el pontífice se reuniera con los padres de los 43 desaparecidos de Iguala, o que mencionara las palabras “Ayotzinapa”, “feminicidios” o “desaparición de personas”, surtió efecto, para beneplácito del gobierno y desencanto de muchos.

No obstante, minimizar la fortaleza ética del mensaje de Francisco equivaldría a confirmar la profecía de Isaías: …Oiréis, pero no entenderéis. Detrás de la frivolidad, el oportunismo y la gritería que enmarcó su visita, los discursos y homilías del jefe de la Iglesia católica reflejan con claridad su visión humanista y ecuménica, así como el espíritu reformador de su pensamiento. Francisco optó por el diálogo, no por la confrontación; por la prudencia, no por la estridencia; su propósito no fue incitar a la rebelión, sino a la reflexión.

Tras la excluyente y cursi bienvenida en el aeropuerto, organizada por la esposa del presidente con el apoyo de Televisa, el jefe del Estado Vaticano fue recibido en Palacio Nacional. Con diplomacia no exenta de precisión analítica, Francisco afirmó ante el presidente y las élites del país: “La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”. Los aludidos aplaudieron con fervor.

En el impecablemente escrito discurso de Catedral se extrañó una condena a la pederastia. La omisión fue subsanada en la rueda de prensa ofrecida en el avión de regreso al Vaticano: “Un obispo que cambia a un sacerdote de parroquia cuando se detecta una pederastia es un inconsciente, y lo mejor que puede hacer es presentar su renuncia. ¿Clarito?”. Interrogado al respecto, Norberto Rivera dijo desconocer la declaración papal, aduciendo que él “no iba en el avión”. La pueril y cínica evasiva revela una conciencia teñida de negro azabache, como su cabellera.

Brillante y rigurosamente argumentado fue el discurso de Francisco ante trabajadores y empresarios en Ciudad Juárez. Empezó por recordar que la pobreza y la marginación, resultado de la falta de oportunidades de estudio y trabajo, es el mejor caldo de cultivo para hacer caer a los jóvenes en el círculo del narcotráfico y la violencia. Criticó el paradigma de la utilidad económica como principio de las relaciones personales y laborales que “propugna la mayor cantidad de ganancias posibles, a cualquier costo y de manera inmediata”, luego de cancelar la dimensión ética de las empresas y poner a las personas al servicio del capital, “provocando la explotación de los empleados como si fueran objetos para usar, tirar y descartar”. Cuando el bien común es forzado a estar al servicio del lucro se consolida la cultura del descarte. Y enfatizó: “Dios pedirá cuentas a los esclavistas de nuestros días”, para agregar: también a los corruptos, aunque comulguen.

El punto culminante del recorrido del obispo de Roma fue la misa oficiada en la línea fronteriza de Ciudad Juárez con la participación de miles de fieles reunidos en el estadio de la Universidad de El Paso. La dimensión simbólica y el impacto político de la ceremonia litúrgica son de importancia histórica. Sobre todo frente al radicalismo xenófobo que domina al Partido Republicano en el proceso que conducirá a la elección de un nuevo presidente en Estados Unidos el próximo noviembre.

De forma magistral, la homilía de Francisco estableció una analogía implícita entre Nínive y México. Retomó la parábola en la que Dios convoca al profeta Jonás “para que salve a esa gran ciudad que se estaba autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia. Tenía los días contados, ya que no era sostenible la violencia generada en sí misma… Ve, le dice, porque dentro de 40 días Nínive será destruida (Jonás 3,4). Ve, ayúdalos a comprender que con esa manera de tratarse, regularse, organizarse, lo único que están generando es muerte y destrucción, sufrimiento y opresión. Ve y anuncia que se han acostumbrado de tal manera a la degradación que han perdido la sensibilidad ante el dolor. Ve y diles que la injusticia se ha instalado en su mirada. Dios envía a Jonás a despertar a un pueblo ebrio de sí mismo”.

Con genio, el Papa utilizó a Nínive como metáfora del México actual, y él mismo se identificó con Jonás para ayudarnos a tomar conciencia de la degradación extrema que sufre nuestro país. A través de la parábola bíblica, Francisco se adentró en el misterio de la misericordia divina y nos invitó al arrepentimiento que conduzca a una profunda transformación interior, condición para cambiar lo que nos está destruyendo como personas y como nación. Quien tenga oídos, que oiga (Mateo 13, 9).

El liderazgo ético del Papa en México y muchos otros países, trascendiendo incluso el ámbito de la religión católica, se explica porque, más que cualquiera de sus antecesores, otorga a los valores humanos universales una importancia primordial (incluso con autonomía de los dogmas de fe), porque tiene una visión humanista y ecuménica acerca de los problemas del mundo contemporáneo y debido a su espontánea cercanía física y moral con la gente.

El cinismo de la clase política que pisoteó los preceptos constitucionales del Estado laico durante la visita papal, así como la autocomplacencia que la hace impermeable al mensaje ético de Francisco, exceden el ámbito de decisión del pontífice.

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