Una espada de Damocles sobre Miller, el torturador de Guantánamo

Geoffrey Miller. Foto: AP / Khampha Bouaphanh Geoffrey Miller. Foto: AP / Khampha Bouaphanh

PARÍS (apro).- Era previsible. El 1 de marzo la juez de instrucción francesa Sabine Kheiris esperó en vano al general estadunidense Geoffrey Miller en su austera oficina del Palacio de Justicia de París.

Tristemente famoso por haber dirigido con mano de hierro –¡es un eufemismo!– el campo de detención de Guantánamo en Cuba antes de intervenir como asesor especial en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, Miller, hoy jubilado y retirado en Texas, desdeñó la orden para comparecer que le hizo llegar la juez a principios del pasado mes de febrero.

Kheiris instruye la demanda por secuestro, detención arbitraria y torturas que interpusieron Mourad Benchellali y Nizar Sassi en contra del general Miller. Benchellali y Sassi son dos ciudadanos franceses que fueron encarcelados en Guantánamo de finales de 2001 a 2004 y 2005, respectivamente. Es en el marco de esta instrucción que la juez necesita interrogar al exmilitar.

¿Se atreverá Kheiris a dictar una orden de detención internacional contra Miller?

“Es lo que le acaban de pedir mis clientes –confía William Bourdon, abogado de Benchellali y Sassi–. Llevan nueve años exigiendo justicia y tanto Miller como las autoridades estadunidenses llevan nueve años ignorando con soberbia todas las acciones judiciales que hemos emprendido. Su desprecio es un insulto para la justicia francesa. No puedo anticipar la decisión de la juez, pero sí puedo asegurar que haré lo imposible para convencerla”.

Bourdon es uno de los abogados más afamados de Francia. Nunca suelta a su presa. Benchellali y Sassi tampoco. Sobrevivieron a Guantánamo. Fueron liberados porque los jueces militares estadunidenses nunca pudieron comprobar que eran terroristas. Se demoraron varios años en aprender a tomar las riendas de sus vidas. Pero hoy siguen necesitando de justicia para que su reconstrucción sea completa.

En 2001 Benchellali y Sassi tenían 20 años. Eran algo ingenuos. Les fascinaba Menad, el hermano mayor de Benchellali, un musulmán sumamente piadoso y algo misterioso que nunca les hablaba de yihadismo, pero sí de la importancia de estudiar el Corán y el árabe. Los convenció de que el mejor lugar para hacerlo era Afganistán.

Apenas llegados a Islamabad (Pakistán), los jóvenes fueron literalmente “interceptados” por una red de yihadistas amigos de Menad que los llevaron directamente a un campo de entrenamiento militar de Al Qaeda en Afganistán, lejos de todo y vigilado día y noche.

Empezó una pesadilla que duró cuatro años.

El 11 de septiembre de ese año Benchellali y Sassi estaban todavía tratando de aguantar la vida espartana –otro eufemismo– que les imponía Al Qaeda, cuando se enteraron de los atentados perpetrados en Nueva York y Washington.
La desbanda en el campo de entrenamiento fue total e inmediata. Combatientes y reclutas se amontonaron en camiones y salieron disparados hacia Pakistán.

Una vez en la frontera entre Afganistán y Pakistán los altos mandos talibanes del campo militar se esfumaron dejando solos a los reclutas extranjeros en una zona montañosa inhóspita.

Empezó una marcha forzada de diez días hacia Pakistán. Escaseaban los víveres. Sobraba nieve. Soplaba un viento helado. Algunos jóvenes murieron de frío en el camino. Los demás llegaron exhaustos a una aldea paquistaní cuyos habitantes aparentaron acogerlos. En realidad aprovecharon su sueño para “venderlos” al ejército paquistaní que a su vez los entregó a las fuerzas militares estadunidenses.

Algunas semanas más tarde, al principio de enero de 2002, Sassi y Benchellali tuvieron el “privilegio” poco envidiable de estrenar el campo de detención de Guantánamo. Pasaron meses enjaulados, sujetos a interrogatorios y torturas, humillados, hostigados, insultados…

Ese trato inhumano empeoró aún más en noviembre de 2002 cuando Geoffrey Miller se hizo cargo de ese “gulag tropical”. A lo largo de un año el militar aplicó al pie de la letra el First Special Interrogation Plan, que había elaborado junto con Donald Rumsfeld, entonces secretario de Defensa de Estados Unidos, y que detallaba 17 técnicas de interrogatorio recomendadas para obtener confesiones. Cada una era más violatoria de los derechos humanos que la anterior.

En septiembre de 2003, a pedido del Departamento de Defensa, Miller se trasladó a Irak para “asesorar” a las autoridades de la cárcel militar estadunidense de Abu Ghraib. El general resumió su misión en forma lapidaria. Afirmó que quería “guantanamizar” a Abu Ghraib.

Lo logró.

Fue a raíz de su intervención en esa prisión que se multiplicaron las torturas y los tratos tan inhumanos como abyectos perpetrados contra los presos. Fotos de estos actos tomadas por los mismos soldados-verdugos dieron la vuelta del mundo en abril de 2004.

Después del escándalo internacional que provocaron estas fotos, Miller fue convocado a comparecer sucesivamente ante una Corte Marcial y ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado. Fue duro para su ego, pero no le pasó nada.

Por el contrario, fue elogiado por sus superiores que lo calificaron de “innovador” –sin precisar en qué campo había innovado— y condecorado con la Medalla de Distinguido Merito, antes de jubilarse el 31 de julio de 2006.
Un año más tarde Benchellali y Sassi lo demandaron en Francia. La iniciativa distó de entusiasmar a las autoridades judiciales galas y menos aún a las políticas de este país.

Se estancó el caso. Bourdon siguió dando la batalla. Finalmente, en 2012, Sophie Clément, la entonces juez de instrucción, envió una Comisión Rogatoria Internacional a las autoridades estadunidenses pidiéndoles autorización para llegar a la base militar de Guantánamo y proceder a todas las constataciones materiales que requería la demanda de Benchellali y Sassi. La juez esperó dos años. No llego respuesta alguna.

“¡Las autoridades estadunidenses ni siquiera se dignaron en dar acuse de recibo de la Comisión Rogatoria!”, se indigna Bourbon, quien pidió a Clément convocar en París al general Miller. La juez rehusó hacerlo por considerar vana la iniciativa.

Bourdon no se dio por vencido y apeló en 2014. Esperó un año y el 2 de abril de 2015 la Corte de Apelación de París le dio la razón. Sabine Kheiris, nueva juez actualmente encargada del caso, inició los trámites que le permitieron convocar a Miller al Palacio de Justicia de París. Como suele ocurrir, el proceso fue largo. Pero finalmente se fijó una fecha para la comparecencia del militar jubilado: el 1 de marzo de 2016.

“En ese caso tampoco Miller se dio por enterado –sigue protestando el abogado–. Es inadmisible que los altos responsables civiles y militares estadunidenses sigan negándose a rendir cuentas ante jueces nacionales cuando se trata de crímenes internacionales y además de crímenes tan graves como secuestro y torturas. No podemos darnos por vencidos. Debemos seguir”.

Cuando se le pregunta qué pasará si la juez acepta lanzar esa orden de detención internacional, Bourdon confía:
“Es difícil imaginar que las autoridades estadunidenses obligarán a Miller a comparecer en Francia. Pero el general tendrá que aprender a vivir con esa orden de detención internacional al igual que cualquier criminal. Tendrá una espada de Damocles en su cabeza. No podrá viajar fuera de Estados Unidos. Quedará atrapado sin salida en su propio país”.

Benchellali y Sassi no son los únicos exdetenidos de Guantánamo en presentar demandas legales contra Miller. Algunos de sus compañeros de infortunio también lanzaron acciones judiciales en su contra en Alemania, España, Suiza y Canadá. Todas fueron abandonadas.

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