La red que estrangula Europa

Una de las víctimas del atentado en el aeropuerto de Bélgica. Foto: AP / Ketevan Kardava / Georgian Public Broadcaster Una de las víctimas del atentado en el aeropuerto de Bélgica. Foto: AP / Ketevan Kardava / Georgian Public Broadcaster

Los recientes atentados en Bruselas están ligados con los que se perpetraron en París en noviembre pasado. Ciertas personas, lugares y modos de actuar se repiten en ambos casos. Este hecho plantea cuestiones centrales: Si un grupo relativamente pequeño logró causar tales heridas a Occidente, ¿hasta dónde puede llegar el poder del terrorismo islamista?, ¿cómo lograron los agresores sortear tan fácilmente a las policías de todos los países por los que se movieron?, y tal vez más importante: ¿Europa es realmente capaz de frenar nuevos ataques?

PARÍS (Proceso).- Lo que se sospechaba se va corroborando conforme avanzan las investigaciones policiacas: el comando terrorista que perpetró los atentados en París y Saint Denis el pasado 13 de noviembre estaba conectado con el que golpeó Bruselas el martes 22.

Aún falta entender sus lazos a profundidad, pero la pieza que los une es Salah Abdeslam.

Único sobreviviente de los 10 yihadistas que sembraron el terror en la capital francesa, Abdeslam –que por una razón aún desconocida no activó su cinturón explosivo la noche del 13 de noviembre– fue detenido por las fuerzas especiales belgas el pasado viernes 18 en Molenbeek, comuna de Bruselas donde nació, creció y vivió.

Sólo cuatro días después de su arresto, dos ataques kamikaze sacudieron primero el aeropuerto Bruselas-Zaventen y luego la estación de metro de Maelbeek, ubicada en el área que alberga las instituciones europeas, el Parlamento y ministerios belgas. A media tarde del mismo martes 22, el grupo terrorista Estado Islámico (EI) reivindicó los atentados en un comunicado autentificado por los servicios de inteligencia estadunidenses.

No hay la mínima alusión a Abdeslam ni a represalias por su captura en esa reivindicación. Daesh –como sus enemigos conocen al EI– suele explicitar lo que motiva sus acciones terroristas, pero en este texto sólo advierte: “Prometemos a los Estados Cruzados (Occidente) que se aliaron contra el Estado Islámico días muy oscuros en respuesta a su agresión. Y lo que les espera será aún más duro y más amargo”.

No es la primera vez que la organización terrorista hace caso omiso de Abdeslam en su material de propaganda. Ya lo había borrado del homenaje que rindió al comando suicida de París en la edición del pasado 14 de enero de su revista mensual Dabiq: sólo publicó las fotos de nueve “héroes”, entre las que no figuraba la de Abdeslam. Diez días después, el 24 de enero, la red islamista radical Alhayat Media Center difundió por internet un video de Daesh en el que volvían a aparecer exclusivamente los mismos nueve combatientes.

Los analistas se interrogan: ¿Repudia Daesh al yihadista que no cumplió con su misión y se convirtió durante cuatro meses en el fugitivo más buscado de Europa o, por el contrario, al no involucrarlo procuró protegerlo mientras huía y lo sigue haciendo ahora que está en poder de la justicia belga?

Existe otra hipótesis: el pasado sábado 19, después de una primera entrevista con su cliente, Sven Mary, famoso abogado penalista belga que defiende a Abdeslam, declaró que su cliente estaba dispuesto a colaborar con la justicia. El día siguiente, Didier Reynders, ministro de Relaciones Exteriores de Bélgica, apuntó que Abdeslam empezaba a hablar y que inclusive había reconocido ante sus interrogadores haber pensado en “volver a hacer algo en Bruselas”.

¿Temió Daesh que Abdeslam revelara todo lo que sabía y que diera detalles sobre los atentados en gestación? ¿Dio por eso la orden de adelantar las agresiones? ¿Fueron los propios terroristas de Bélgica los que tomaron esa iniciativa repentina, asustados por la actitud de Abdeslam? Estas interrogantes siguen sin respuesta.

La red

Como sea, la detención de Abdeslam es importante. Arroja luz sobre la red terrorista belga-francesa que se ha revelado mucho más compleja y tentacular de lo que se sospechaba.

Fue gracias a la identificación de tres de los cuatro terroristas del martes 22
–Najim Laachraoui y los dos hermanos El-Bakraoui– que se evidenciaron los lazos entre los yihadistas de París y los de Bruselas.

Laachraoui e Ibrahim El-Bakraoui activaron las bombas que cada cual transportaba en sendas maletas, a las ocho de la mañana del martes 22 en el aeropuerto Bruselas-Zaventen, mientras que Khalid El-Bakraoui detonó su carga explosiva en la estación del metro Maelbeeck, una hora y 13 minutos más tarde.

Al cierre de esa edición aún no se conocía la identidad del tercer terrorista del aeropuerto –que se esfumó sin haber activado su bomba– ni la del segundo yihadista del metro, que también desapareció.

Los hermanos El-Bakraoui tenían antecedentes penales como delincuentes, mas no por su radicalismo islámico. Ibrahim, el mayor, fue condenado por atracos a mano armada, y Khalid, por robos de coche con violencia.

A finales de 2015 Khalid usó una falsa identidad para alquilar, en la ciudad de Charleroi (Bélgica), el departamento en el que parte del comando terrorista de París se juntó antes de salir para Francia en la noche del 11 al 12 de noviembre. Fue también Khalid quien rentó un departamento en Forest, comuna de Bruselas, donde vivió escondido Salah Abdeslam.

El pasado martes 15, policías belgas y franceses fueron recibidos a tiros cuando intentaron registrar esa vivienda, que creían vacía. El enfrentamiento duró varias horas. Abdeslam logró escapar, pero Mohamed Belkaid, yihadista argelino considerado por las autoridades francesas como uno de los coordinadores de los atentados de París, murió acribillado.

Por su parte, Najim Laachraoui, experto en explosivos, era “un hombre clave”, según peritos policiacos franceses que hallaron rastros de su ADN en el material explosivo utilizado por los kamikazes afuera del Estadio de Francia en Saint Denis y en la sala de conciertos Le Bataclan.

También apareció su ADN en una casa de seguridad cateada el 26 de noviembre de 2015 en Auvelais, cerca de la ciudad de Namur (Bélgica), donde parte del comando de París preparó sus atentados, y en otra vivienda de Schaerbeek, comuna de Bruselas, donde Salah Abdeslam se escondió durante un tiempo.

Por si eso fuera poco, el 17 de noviembre de 2015 Laachraoui giró dinero por Western Union a la prima de Abdelhamid Abaaoud para que ésta pudiera pagar un departamento de seguridad en París. Abaaoud, uno de los 10 integrantes del comando de París, fue, según los servicios de inteligencia galos, el coordinador principal de los atentados del 13 de noviembre. Murió el día 18 de ese mes, junto con su prima, durante el asalto espectacular que fuerzas de élite lanzaron en el edificio donde se escondían.

La existencia de estos lazos estrechos entre Salah Abdeslam y los terroristas de Bruselas puede atrasar la extradición del yihadista a Francia, prevista por ocurrir, a más tardar, en tres meses. Si la justicia belga lo considera como directa o indirectamente ligado a los atentados de Bruselas es lógico que lo mantenga a su disposición en la cárcel de alta seguridad de Brujas, donde está encarcelado desde el 19 de marzo.

Esa perspectiva preocupa a las autoridades judiciales y a la opinión pública de Francia, pero más aún a los 413 sobrevivientes heridos y a los familiares de los 170 muertos del 13 de noviembre, que esperan conocer todo lo que se pueda conocer sobre los atentados y quieren que Abdeslam sea enjuiciado y condenado cuanto antes por sus crímenes.

La historia detrás

¿Cómo es que Abdeslam, joven de 26 años de origen argelino y marroquí –con pasaporte francés pero que nunca vivió en Francia y radicó siempre en Bélgica–, se convirtió durante cuatro meses en el terrorista más buscado de Europa?

Es preciso echar una mirada a la vida de su padre para entender su historia. Abderrahamane Abdeslam nació en 1949 en la ciudad argelina de Oran. En esa época, Argelia era parte de Francia y Abderrahammane tenía la nacionalidad francesa. No se sabe a ciencia cierta cuándo se mudó a Marruecos, pero fue antes de la independencia de Argelia, lo que le permitió conservar su pasaporte.

Abderrahamane nunca volvió a vivir en Argelia. Se instaló en el noreste de Marruecos, en la ciudad de Bouyafar, donde se casó con Yamina, una marroquí que también tenía la ciudadanía francesa. A mediados de los años sesenta y atraída por buenas perspectivas de trabajo, la pareja se fue a vivir primero a Francia, en el suburbio parisino de Aubervilliers, y luego a Bélgica.

En estos años de desarrollo económico e industrial, Francia y Bélgica tenían una necesidad apremiante de mano de obra.

Los Abdeslam se asentaron en la comuna de Molenbeek, donde nacieron sus cinco hijos –cuatro varones y una hija–, a quienes heredaron su nacionalidad francesa.

Abderrahamane consiguió trabajo como conductor de tranvía en la compañía de transporte público de Bruselas. La madre se dedicó al hogar. La familia vivió sin mayores problemas durante algunos años, apegada a sus tradiciones culturales y practicando un islam moderado. La mamá y los hijos pasaban las vacaciones en Bouyafar.

La situación se complicó cuando los cuatro hijos llegaron a la adolescencia: pasaban más tiempo divirtiéndose con los amigos del barrio, en su gran mayoría de origen marroquí, que estudiando en el colegio. Fue en esa época que Salah Abdeslam y Abdelhamid Abaaoud se hicieron uña y carne.

Los muchachos no se hacían mayores ilusiones sobre sus perspectivas laborales. Se había acabado el boom económico belga y 40% de los muchachos de Molenbeek eran desempleados.

Brahim fue el hijo que empezó a plantear problemas: a los 14 años intentó incendiar su propia casa. Sus abogados y algunos de sus conocidos, citados por el vespertino Le Monde, lo describen como “frágil, influenciable e intelectualmente limitado”. Junto con su hermano Yazid empezó a robar e incursionó en el tráfico de documentos de identidad. En 2005 Brahim fue detenido por la policía –esta vez por comerciar con armas– después de iniciarse en la venta de estupefacientes.

Tras algunos años caóticos –en los que se dedicó al robo y a cometer otros delitos– Salah, muchísimo más vivo y dinámico que su hermano, pareció querer estabilizarse. En 2009 entró a trabajar en la misma compañía de transporte público que su padre, pero fue despedido un año y medio después por sus frecuentes ausencias. En realidad seguía con sus actividades delictivas y fue encarcelado junto con Abdelhamid Abaaoud a raíz de un atraco a un taller mecánico. Brahim fue capturado en flagrancia cuando robaba un bar.

Ayudados por la familia, Brahim y Salah adquirieron el café Les Béguines, en la calle homónima de Molenbeek, en 2013. El lugar no tardó en convertirse en centro de compra, venta y consumo de drogas. Los vecinos empezaron a quejarse del incesante vaivén de coches a cualquier hora.

Según testigos citados por la prensa francesa, llamaba la atención el contraste entre el ambiente del bar –donde corrían cerveza y vodka, y olía a mariguana– con las predicas yihadistas que algunos clientes y los propios hermanos Abdeslam escuchaban en computadoras portátiles mientras fumaban y bebían. El 5 de noviembre de 2015, o sea ocho días antes de los atentados en Francia, las autoridades de Molenbeek clausuraron el bar Les Béguines.

Antes de eso, en febrero, Salah fue llamado por la policía federal belga, que sospechaba que quería irse a Siria y lo interrogó con insistencia sobre Abdelhamid Abaaoud. Éste combatía para Daesh desde 2013, y se había convertido en una de las estrellas de la propaganda yihadista. En internet circuló un video en el que aparece, risueño, manejando un camión que arrastra cadáveres amarrados con cuerdas.

Después de los atentados de París, voceros del Ministerio de Justicia de Bélgica reconocieron que los nombres de Brahim y Salah Abdeslam figuraban en una lista de 800 sospechosos que mantenían contactos con combatientes de Daesh. “Sabíamos que se habían radicalizado y que podían irse a Siria –confesaron las autoridades–, pero no se veían particularmente peligrosos”.

En junio, Salah pasó unos días de vacaciones en Bouyafar, Marruecos. Su primo lo encontró distinto. Había dejado el trago y el cigarro y empezaba a hablar de religión.

Entre agosto y octubre, Salah Abdeslam rentó, sucesivamente, seis vehículos para realizar un viaje por ocho países de Europa, según explicó François Molins, fiscal general de Francia.

El 1 de agosto pasó un control policiaco mientras se transportaba en ferri entre Italia y Grecia. Estaba con Ahmed Dahmani, un yihadista belga de 26 años que luego fue enviado a París con la misión de analizar cuidadosamente los lugares elegidos para los atentados del 13 de noviembre. Tres días después, los dos hombres fueron de nuevo controlados en su viaje de regreso a Italia.

El 30 del mismo mes, Salah Abdeslam viajó a Hungría. El 9 de septiembre se detectó su paso por la frontera entre Hungría y Austria. Estaba con dos pasajeros. Uno sigue sin ser identificado, y el otro puede ser, según Molins, Mohamed Belkaid, quien murió durante el asalto policiaco al departamento de la comuna de Forest donde se escondía Salah Abdeslam.

El 12 de septiembre el yihadista apareció en una tienda de pirotecnia de Saint-Ouen-L’Aumône, suburbio de París, donde compró 12 detonadores remotos.

Dos días después estuvo en los Países Bajos y se trasladó a Austria y Hungría. Entre el 2 y el 9 de octubre viajó a Alemania, y de nuevo a los Países Bajos y Francia. Según Molins, Abdeslam estaba encargado de recoger a los integrantes del comando de París que llegaron de Irak y Siria mezclándose con los refugiados provenientes de estos países.

El 8 de octubre visitó otra tienda, esta vez en la ciudad francesa de Beauvais, donde adquirió 15 litros de agua oxigenada, elemento indispensable para fabricar explosivos basados en peróxido de acetona.

Analizar retrospectivamente el periplo de los asesinos del 13 de noviembre, que se movieron libremente por Europa, no deja de plantear graves interrogantes sobre la probabilidad real de prevenir futuros atentados.

El 9 de noviembre los hermanos Abdeslam alquilaron en Etterbeek, suburbio de Bruselas, dos de los tres coches en los que el comando viajó a París y que usó para llegar al lugar de los atentados. Pagaron con sus propias tarjetas de crédito. El 12 de noviembre Salah alquiló en Alfortville, suburbio de París, un departamento que el fiscal general calificó de “conspirativo”, en el que se hospedó parte del comando en vísperas de las agresiones.

No se sabe si fue ahí que los dos hermanos vivieron sus últimos momentos juntos. El 13 de noviembre, a las 21 horas y 40 minutos, Brahim activó su chaleco explosivo frente al restorán Le Comptoir Voltaire, en el bulevar homónimo. Resultó la única víctima del estallido.

¿Qué pasó con Salah esa misma noche, después de que dejó a sus tres cómplices a las afueras del Estadio de Francia?

Durante su primer interrogatorio, un día después de su detención, confesó a los investigadores belgas que su misión era también detonar su cinturón explosivo en el Estadio de Francia, pero que se había echado para atrás.

Salvo su abogado, nadie lo cree. En su comunicado de reivindicación de los atentados de París, Daesh mencionó cuatro atentados casi simultáneos. Se dieron tres. El cuarto, según el ejército terrorista, debía realizarse en el distrito XVIII de París, barrio capitalino donde Salah Abdeslam abandonó su coche.

¿Se echó realmente para atrás? ¿No funcionó su cinturón explosivo? ¿Surgió un obstáculo repentino?

Salah Abdeslam caminó parte de la noche por París. Desesperado, acabó llamando a unos amigos de Molenbeek: Mohamad Amri, que trabajó como mesero en el café Les Béguines, y Hamza Attou, que vendía mariguana en el mismo sitio. Los dos salieron disparados en coche hacia Francia para recogerlo.

En el camino de regreso a Bruselas pasaron por tres controles de la policía, pero no les pasó nada. A esas horas de la mañana, Salah aún no había sido identificado.

Según declararon Attou y Amri a la policía, Salah Abdeslam “estaba muy alterado, se vanagloriaba de haber sido el décimo miembro del comando de París, decía que había matado a gente con su kaláshnikov, gritaba y lloraba mientras hablaba”.

Una vez en Bruselas, una red de cómplices, en su mayoría hoy detenidos, le permitió escapar de la policía durante 125 días. Vivió escondido, en alerta permanente, en por lo menos tres distintos departamentos en las comunas de Schaerbeek, Forest y Molenbeek, a muy poca distancia de la casa de sus padres.

Las imágenes de su detención el viernes 18 dieron la vuelta al mundo . En medio de un fuerte dispositivo policiaco, jalado por tres agentes de las fuerzas especiales belgas armados hasta los dientes, fue sacado de un edificio. Pareció debatirse antes de que lo metieran en un coche. Se notaba que estaba herido en una pierna.

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