La armoniosa andadura cervantina (1 de 3)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Se ha dicho que el ingenio de Miguel de Cervantes (1547-1616) no alcanzó el refinamiento de Quevedo o la fecundidad de Lope de Vega. Se ha escrito también, que su ingenuidad fue tal, que ni siquiera le bastó para percibir la trascendencia de sus creaciones. Todo ello, producto de nuestra insana afición por comparar y compararnos. Llámense auto justificaciones o juicios críticos, lo cierto es que la obra cervantina ya no necesita ponderaciones y, menos aún, que se denueste; está flotando en el cosmos como un astro con luz propia y como un venero de consuelo para las tribulaciones de la existencia. Por tanto, obligada es, ahora que se conmemora el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, una relectura en las claves que esta columna sostiene.

El célebre manchego vivió sesenta y ocho años, de los cuales sólo pudo dedicar una porción menuda, y en el ocaso de su vida, a las letras. Sabemos que sus escritos no le procuraron desahogos materiales y que sus coetáneos lo tildaron de literato menor. Empero, su visión de un mundo que le diera cabida a débiles y desposeídos y su manera de exorcizar las sinrazones de su época lo convirtieron, con las depuraciones de la historia, en el indiscutido decano de la Lengua de Castilla. Alejo Carpentier apuntó que Cervantes ha sido el mejor embajador que ha tenido la cultura española en los últimos cuatro siglos aunque, paradójicamente, haya sido el desinterés de su patria la razón de sus eternos sinsabores. Fue exiliado, condenado, secuestrado, mutilado, encarcelado ‒se presume que fue en una cárcel de Sevilla donde comenzó la redacción del Quijote, dado que estuvo recluido ahí por su incapacidad para llevar bien las cuentas de sus miserables empleos burocráticos‒ y al final de su camino, enterrado en una fosa común.

Nos pintamos solos para rendir homenajes póstumos y cantamos loas para aquellos próceres que dieron la vida para mejorar la nuestra, pero cuando hubiera sido el momento de prestarles atención, se les menospreció, se les vejó o, simplemente, se les dejó morir. No es de extrañar pues, que sobre los cauces de la obra y como una enmienda extemporánea, sigan derramándose arroyos de tinta, no sólo de palabras sino de notas musicales. La máxima producción de Cervantes ‒irónicamente el escritor consideraba Los Trabajos de Persiles y Segismunda como su obra maestra‒, ha atizado la inspiración de ejércitos de músicos, quienes se han dejado poseer por sus encantamientos literarios. La vastedad de la producción musical alcanza, hasta ahora, mil cien composiciones ‒acorde con la Gran Enciclopedia Cervantina‒ pero estamos muy lejos de conocerlas a cabalidad. Dicha producción reposa, en su mayoría, bajo un polvoriento silencio debido, principalmente, a que muchos críticos se han encargado de esparcir la noción de su insignificancia. ¿Cómo puede declararse que algo carece de valor si se desconoce?

La respuesta radica en la condición humana. Somos demasiado vanos para reconocer en terceros una valía que pueda poner en tela de juicio la propia. Preferimos pontificar y cerrar los oídos frente a la contundencia de nuestras inseguridades. No es casual que Cervantes haya querido huir de una España amordazada por sus dogmas ni que haya usado la literatura como método de evasión frente a los embates de la estupidez que lo circundó. Tampoco es casual que la primera noticia que se tiene sobre una música concebida para celebrar el nacimiento del Quijote en 1605, haya tenido un tono de burla. La Antigua Hispalis prohijó el odio entre sus hijos volviéndose experta en el menosprecio de sus méritos. ¿Qué podría esperarse de lo que pasaría en sus colonias?

Tocante a nuestros entuertos como sociedades que no acaban de civilizarse, la lista es larga y son evidentes los estragos. ¿No sería la música una de las mejores adargas de nuestra dignidad?, ¿no son los artistas y los filósofos quienes mantienen sobre sus hombros el precario equilibrio de una humanidad que busca autodestruirse? Dejemos que el eximio alcalaíno nos responda: “La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. Hoy es imperativo acotarle a esta sentencia cervantina que todo depende de qué tipo de música esté implicado, pues la ciencia ya ha demostrado que la mala música enferma y envilece. Sería válido entonces, parafrasear a Sancho Panza diciendo que: “Donde hay mala música no puede haber cosa buena”.

Con respecto a la producción musical con motivos quijotescos, hay que superar la impresión de su copiosidad para que puedan desfilar sus creadores. Entre éstos se entremezclan los nombres de ilustres desconocidos con aquellos elegidos que lograron evadir el anonimato. Todos se descalabraron para gritarle al mundo que su amor por la obra cervantina los había empujado a dar lo mejor de sí mismos y que fueron aptos para librar los obstáculos que intervienen en un estreno o puesta en escena. Sin excepciones, hubieran querido asegurarles a sus criaturas una pervivencia en el museo intangible del tiempo, pero a pesar de sus gritos y con pocas salvedades, sus composiciones se representaron una sola vez, cayéndoles encima una lápida de silencio. Hay compositores, libretistas y coreógrafos de los cinco continentes,[1] unidos todos en el coro universal que dirige, con la batuta de los dementes y desde un pódium ubicuo, Alonso Quijano, El bueno. Los géneros musicales son variopintos, descollando ballets, canciones, cantatas, comedias musicales, óperas, operetas, poemas sinfónicos, polkas, valses, suites, sainetes, vodeviles, zarzuelas y un largo etcétera.

Hay títulos estrambóticos como un Juguete Cómico-Lírico La Nieta de Don Quijote de 1896 y abundan las translaciones geográficas como un Quijote en Buenos Aires, un Quijote en la Puna, un Don Chisciotte in Venezia o un Don Quixote in England que delatan el afán de resucitar al héroe de la caballería andante en sus latitudes.

No se necesitan dotes de nigromante para intuir que antes que los españoles, fueron extranjeros –sobre todo franceses, italianos, ingleses y alemanes‒ quienes captaron con mayor prontitud los méritos de Cervantes; de hecho, la primera aportación hispana sobreviviente que celebra con música al Quijote apareció apenas en 1768 y se trata de un entremés que llenó los huecos de los entreactos de una ópera. De este jaez, la primera obra española de envergadura sobre un tema quijotesco surge hasta 1827 cuando Manuel García compone su ópera Don Chischotte, mas no en la lengua de Cervantes sino en italiano…[2] ¡Por supuesto! ¿Quién ha dicho que el malinchismo mexicano es una deformación exclusiva? ¿No será más bien una herencia española difícil de sacudirse? Tengamos presente, como argumentación ulterior, que cuando Felipe II mandó construir el Escorial, fueron escogidos pintores italianos a quienes se les pagó en contante mientras la corte estaba en quiebra. Sus cimientos se asientan en terrenos humedecidos por lágrimas y sus ventanas han filtrado los aullidos de desesperanza de generaciones enteras, a las que solo les quedó, como opción de sobrevivencia, la emigración a Las Indias, panacea geográfica que Cervantes describió como “refugio y amparo para los desesperados de España”.

Retomado el curso de la andadura cervantina, hay que subrayar que entre los nombres que nos resultan familiares, se apiñan los de Purcell, Rameau, Salieri, Donizetti, Offenbach, Johann y Richard Strauss, Massenet, Ravel, Joaquín Rodrigo y de Falla, aunque hay que aceptar que para una gran mayoría, muchos de éstos son unos perfectos desconocidos. Por lo general nos detenemos en la aureola del apellido y su obra nos es lejana. ¿De no haberse producido la popularidad alcanzada por la película Amadeus se sabría quién fue Antonio Salieri?… Probablemente no, y habría que decir que el largometraje no le hizo justicia puesto que, además de haber sido maestro de Beethoven, el mismo Mozart le encomendó la educación de su hijo Franz Xaver. La idea del crimen fue una zarandaja literaria de Alexander Pushkin, quien utilizó a Salieri como la personificación del mediocre que no logra reprimir sus celos. Por solidaridad gremial y para limpiar la afrenta, habría que exhumar su ópera ballet del 1771 compuesta para ilustrar las Bodas de Camacho.[3]

Es importante señalar que quizá el primer ejemplo de ironía musical de la historia, fue concebido magistralmente por Gëorg Philipp Telemann; el compositor de Hamburgo musicalizó en su Burlesque de Quichotte el descanso del caballero de la triste figura como el de un alucinado que no duerme nunca.[4] El mismo Telemann escribió otras dos obras alrededor del Quijote, una ópera bufa sobre las bodas de Camacho y otra sobre Sancho Panza refrendando así la creencia ‒más bien la certidumbre‒ de que los afortunados que se deciden a ingresar en la órbita cervantina, lo harán para el resto de sus vidas y que éstas, sufrirán una benévola metamorfosis. (Continuará)

[1] La presencia de mexicanos ‒con más de diez en la lista‒ arranca con la ópera Don Quijote o La venta encantada de Miguel Planas (1839-1910), que se estrenó en 1871 en la Ciudad de México. Naturalmente está perdida.

[2] Se sugiere la audición de alguna de sus arias. Audio 1: Manuel García – Aria Nato al mondo de la ópera Don Chisciotte. (Cristina Obregón, soprano en el papel de Dorotea. Orquesta de Cámara Gallega. Juan de Udaeta, director. Live Recording. Junta de Andalucía, Serie MÚSICA CLÁSICA, 2007)

[3] Se aconseja la escucha de su obertura. Audio 2: Antonio Salieri – Overture de la ópera Don Chisciotte alle nozze di Gamace. (Slovak Radio Symphony Orchestra. Michael Dittrich, director. NAXOS, 2000)

[4] Igualmente se sugiere la audición del movimiento mencionado. Audio 3: Gëorg Philipp Telemann – El reposo del Quijote de la Burlesque de Don Quichotte. (Academy of Saint Martin in the Fields. Neville Marriner, director. DECCA, 1991)

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