En medio del apocalipsis

"Liquidadores". Guerra contra la radiación. Foto: Imago / Sygma "Liquidadores". Guerra contra la radiación. Foto: Imago / Sygma

Se les conoció como los “liquidadores”. Su misión: contener la contaminación radiactiva provocada por la explosión en la central nuclear de Chernobyl ocurrida el 26 de abril de 1986. Oleg Veklenko era uno de ellos. Llegó al lugar cuatro días después de la catástrofe. En entrevista con Proceso, Veklenko cuenta cómo 600 mil liquidadores evacuaron ciudades y aldeas, lavaron infructuosamente con productos químicos vehículos, calles y edificios y enterraron todo lo que pudieron… hasta pueblos enteros.

Poitiers, Francia (Proceso).- “Absurda… con la distancia me parece trágicamente absurda”, dice Oleg Veklenko para definir su vida durante los dos meses que pasó en Chernobyl: mayo y junio de 1986.

También le viene a la mente “una sensación de algo apocalíptico y, a la vez, profundamente irrisorio”.

Precisa: “Apocalíptico era en realidad todo lo que nos rodeaba e irrisorios nuestros esfuerzos para enfrentar el infierno de la radiación con las manos desnudas…”.

–¿Y lo absurdo?

–¡Todo!

Veklenko habla despacio, en tono sarcástico. “El humor negro es lo que me salva”, comenta este artista que el accidente nuclear de Chernobyl marcó de por vida, física y emocionalmente.

Pintor, dibujante y fotógrafo, Veklenko era también profesor de la Academia Nacional de Diseño y Artes de Járkov (segunda ciudad de Ucrania), donde ya enseñaba en 1986.

De la noche a la mañana se convirtió en uno de los 600 mil “liquidadores” –algunas fuentes hablan de 835 mil– que el Ejército Rojo movilizó en la “guerra contra la radiación”, después de la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl.

“Es imposible saber cuántos estuvimos en Chernobyl –explica–. Los liquidadores eran civiles y soldados movilizados que llegaron de todas partes de la entonces Unión Soviética y que después de un tiempo –a veces brevísimo cuando habían sido expuestos a dosis de radiactividad demasiado fuertes– regresaron a su tierra. Se perdió la pista de muchos, pero se tienen ubicados alrededor de 600 mil, de los cuales 200 mil ya fallecieron como consecuencia de su estadía en la central nuclear accidentada. La mayoría de los 400 mil restantes sufre todo tipo de enfermedades. Muchos son inválidos.”

En 1986 Veklenko tenía 35 años y, como todos los soviéticos de su generación, era reservista militar.

“Pertenecía a un regimiento de protección química. El 29 de abril por la noche regresé a casa después del trabajo y encontré una convocatoria del ejército en mi buzón. Debía acudir urgentemente a una escuela de mi barrio. Mi esposa no había llegado todavía. Salí pensando que quizás llegaría un poco tarde para cenar. Efectivamente, llegué con dos meses de atraso… y sin apetito”, explica.

El exliquidador cuenta que la escuela estaba llenísima. Nadie entendía de qué se trataba. De repente todo se aceleró.

Treinta años después Veklenko recuerda perfectamente lo que sintió al llegar cerca de la central.

“El despliegue militar era impresionante. Nunca habíamos visto tantos tanques, vehículos blindados, camiones. Había soldados por doquier y no vimos a un solo campesino. No dábamos crédito. Teníamos la impresión de actuar en una de esas viejas películas de guerra que veíamos por televisión, pero no entendíamos contra quiénes estábamos en guerra.”

La planta nuclear de Chernobyl. Foto: AP / Efrm Lucasky
La planta nuclear de Chernobyl. Foto: AP / Efrem Lukatsky

Ciudad fantasma

Algunos días después Veklenko logró divisar campesinos:

“Empezó la evacuación. Desde nuestro campamento militar veíamos pasar todo el día decenas y decenas de autobuses en los cuales se amontonaban campesinos con sus modestas pertenencias. Había mucha desesperación en sus rostros pegados a las ventanas… Les habían dicho que debían alejarse de sus casas tres días, pero muchos presentían que nunca volverían a la tierra de sus antepasados. Eso me confiaron algunos de ellos tiempo después. También se sacaba a todo el ganado… Eran verdaderas escenas de éxodo…”

Entre el 27 de abril y el 7 de mayo de 1986 se desalojó a toda la población de dos ciudades –Prípiat y Chernobyl– y de 70 pueblos y aldeas en un radio de 30 kilómetros alrededor de la central.

“Me tocó ir a Prípiat algunos días después de que se sacara a sus 44 mil habitantes –recuerda Veklenko–. La ciudad se veía como una cáscara vacía. En ella reinaba un silencio que daba escalofríos. Ninguna voz humana. Ningún canto de pájaro. El único ruido era el del motor de nuestros vehículos blindados. El único movimiento que recuerdo es el de la ropa colgada en los balcones que movía el viento.”

Construida en 1970 para acoger al personal de la central nuclear, Prípiat era “una ciudad modelo”. Contaba con numerosos jardines, centros deportivos y culturales y, sobre todo, tiendas muy bien surtidas, un lujo en la Unión Soviética.

“Muy pronto tuvimos que vaciar las tiendas y enterrar lo que se vendía en ellas, sobre todo los licores. Todo estaba contaminado, pero los soldados jóvenes no hacían caso a las advertencias y se robaban el vodka. Por la noche se emborrachaban con vodka radiactivo.”

El tono irónico del exliquidador se torna amargo.

Veklenko. “Un mundo desquiciado”. Foto: Alexei Vassiliev
Veklenko. “Un mundo desquiciado”. Foto: Alexei Vassiliev

El reactor número 4

Las primeras horas que pasó en el caos que rodeaba el reactor número 4 de la central también quedaron grabadas en su memoria:

“Rebasaba la imaginación. El techo y la fachada norte, de hormigón armado, de la unidad 4 que albergaba el reactor habían sido derribados por la onda expansiva de la explosión. Se veían toneladas de escombros esparcidos por todas partes, enormes bloques de cemento reventados, un enredo monstruoso de cables eléctricos y de estructuras metálicas. Todo contaminado por la radiación, obviamente. Olía a quemado, pero era un olor a quemado especial: fuerte, extraño, que apretaba horriblemente la garganta.

“Helicópteros daban vueltas arriba del cráter cavado por la explosión. Había que sofocar el incendio del reactor. Todo el mundo estaba alterado. Éramos quizá 2 mil hombres alrededor de la central moviéndonos agitados por todos lados… Era como un gigantesco hormiguero enloquecido.

Veklenko abre su computadora portátil. Busca fotos que logró tomar durante su estadía en Chernobyl, donde tenía a su cargo el club cultural del ejército.

“Los hombres no podían trabajar mucho tiempo a causa de la radiación. Era primordial distraerlos en sus momentos de ocio y esa era mi responsabilidad. Al principio sólo disponía de comedias sentimentales de la India para el cine-club –confía riéndose–. Luego, el servicio cultural del ejército me envió películas patrióticas que consideró mucho más adecuadas para galvanizar a la tropa.

“Mis jefes también me pidieron tomar fotos en la central misma, pero siempre bajo control del KGB (agencia de inteligencia soviética). Sin embargo, aproveché el desorden general para tomar mis propias imágenes. Me toco también hacer “fotos turísticas”, porque altos mandos militares me pedían retratarlos con las ruinas de la unidad 4 como telón de fondo. Querían enviarlas a sus familias.”

En algunas de las imágenes que Veklenko hace desfilar en la pantalla de su computadora se ven soldados con mangueras que parecen regar todo lo que tienen a su alcance: vehículos, suelo, edificios, ruinas…

“Se regaba el suelo y los escombros con una mezcla de agua, productos químicos y pegamento para ‘fijar’ el polvo atómico e impedir que fuera dispersado por el viento –explica–. Aún siento el olor tétrico de esa mezcla. Pero había tanto tráfico de vehículos militares que en pocas horas había que volver a regar… Y así fue a lo largo de los dos meses que pasé en la central. Se regaba a sabiendas de que era inútil. A los vehículos que salían de la central se les regaba con una mezcla de agua y detergentes químicos para descontaminarlos. En ese caso también se vio pronto que seguían siendo bastante radiactivos… pero se seguían obedeciendo las órdenes y se regaba, se regaba…”

Veklenko señala grandes charcos de agua jabonosa en una foto: “No se sabía qué hacer con el agua radiactiva que se estancaba después de la descontaminación de los vehículos. Entonces se bombeaba y se vertía en los campos a algunos kilómetros de la central, sin preocuparse lo más mínimo de las aguas subterráneas. Se arrojaron así miles y miles de metros cúbicos de agua radiactiva. Lo mismo ocurrió con la tierra”.

Protección para enfrentar la contaminación nuclear. Foto: Igor Veklenko
Protección para enfrentar la contaminación nuclear. Foto: Igor Veklenko

“Enterrarlo todo”

Un clic y grandes contenedores metálicos aparecen en la pantalla de la computadora:

“En los primeros días que siguieron a la explosión se empezó a rascar la superficie de la tierra, cuya radiactividad era alarmante. La metíamos en estos contenedores que luego enterrábamos donde se podía. Se calcula que se enterró así un mínimo de 500 mil metros cúbicos de tierra radiactiva entre abril de 1986 y noviembre de 1988. Por supuesto a nadie se le ocurrió marcar en un mapa los lugares donde se encontraban esos contenedores. Después de la tierra se enterraron miles de vehículos imposibles de descontaminar. Y tampoco se señaló en mapas la ubicación de estos cementerios radiactivos.”

Veklenko contempla en otra foto un bosque extraño:

“No se ve, porque es una foto en blanco y negro, pero toda esa parte de la selva estaba rojiza, totalmente quemada. Eliminar todos estos árboles planteó un problema complejo. No debíamos quemarlos porque su combustión hubiera liberado una cantidad enorme de radionucleidos (conjuntos de átomos capaces de emitir radioactividad en forma de partículas u ondas electromagnéticas).

“Cortar los árboles uno por uno hubiera tomado demasiado tiempo. Entonces se utilizó maquinaria pesada, como el Caterpillar estadunidense, para destrozarlos. Fue una verdadera masacre de árboles. Luego fue necesario enterrarlos. Después se procedió a la destrucción de pueblos enteros. Y también se enterraron. Me sentía parte de un mundo desquiciado.”

En todas las fotos los soldados se ven sin protección contra la radiación. Llevan ropa militar ordinaria y mascarillas de tela ligera que les tapa la boca y la nariz.

“¿Qué tal nuestra protección?”, pregunta Veklenko más sarcástico que nunca. “Estas mascarillas no servían para nada. Después de dos horas estaban tan contaminadas que había que botarlas. En realidad absorbían la contaminación. Pasó tiempo antes de que nos enviaran mascarillas de verdad. De todos modos, cuando llegaron no pudimos usarlas todo el tiempo, como tenía que ser, porque nos impedían hablar.

Descontaminación a marchas forzadas. Foto: Sputnik / Vitaliy Ankov
Descontaminación a marchas forzadas. Foto: Sputnik / Vitaliy Ankov

Muros antiespías

El exliquidador se ríe mirando la foto de una pancarta escrita en caracteres cirílicos que cuelga en la puerta de entrada de un edificio.

Traduce: “Vengan a descansar aquí adentro. La radiactividad es 10 veces más baja que en el exterior”.

Pregunta: “¿No le gusta el humor de nuestros oficiales? Afuera la tasa de radiactividad era 2 mil veces superior a la radiactividad natural y dentro del edificio 200 veces, pero en ambos casos superaba muchísimo la dosis de 50 roentgens (unidades que miden las radiaciones ionizantes), más allá de la cual estaba prohibido exponernos. A estas alturas, ¿qué más daba 2 mil veces que 200 veces?”.

Veklenko ríe ahora ante la imagen de un grupo de soldados que parecen construir una alta barrera.

“Nos dijeron que había que levantar muros de protección para impedirles el paso a los espías… ¡No es una broma! Fue textualmente lo que nos dijeron. No lo podíamos creer. Entre nosotros nos preguntábamos qué espía de qué planeta se iba a arriesgar a semejante concentrado de radiación. Pero nadie se atrevió a preguntar nada a los jefes. Se obedecían las órdenes. Punto. Por supuesto, se dejó el muro antiespionaje a medio construir.”

Un nuevo clic y la pantalla se cubre con columnas de tanques blindados.

“Tampoco entendimos por qué el Estado Mayor trasladó tantos tanques y tantas armas pesadas alrededor de Chernobyl.­ Los científicos con quienes pude hablar se veían tan asombrados como nosotros. No se explicaban de qué servía desplegar tanto poder de fuego para enfrentar a la radiación.”­

Cuando se le pregunta si fue en Chernobyl donde se derrumbaron sus convicciones comunistas, Veklenko contesta enseguida: “Fue la Unión Soviética la que se derrumbó en Chernobyl”.

Después de unos segundos de reflexión, agrega: “En los medios artísticos e intelectuales de las grandes ciudades de la URSS, como Járkov, nadie se hacía mayor ilusión sobre el comunismo. Pero cuando llegué a Chernobyl encontré a mucha gente oriunda de regiones apartadas de la Unión Soviética, obreros y también campesinos de los koljoses (explotaciones agrícolas colectivas).

“La inmensa mayoría eran hombres formidables. Patriotas en el sentido más noble de la palabra. Cuando midieron la gravedad de la situación entendieron que tenían que sacrificarse y lo hicieron con valor. Más allá de todas las cosas absurdas e inútiles que nos mandaron a hacer, no se debe olvidar que los liquidadores logaron sofocar el incendio del reactor. Eso permitió construir un primer sarcófago y limitó temporalmente el peligro.

Nueva sonrisa amarga.

“Hoy fuera y dentro de la antigua Unión Soviética todo el mundo reconoce que los liquidadores salvaron a Europa de una catástrofe nuclear mayor. Y sin embargo, año tras año va disminuyendo la ayuda médica y material que se les había prometido.

“El mayor contingente de liquidadores vino de Ucrania, pero los gobiernos que se suceden en el poder en mi país nos olvidaron por completo. Y lo mismo hace el pueblo ucraniano. Nuestro destino les parece insignificante a todos, comparado con la crisis política, económica y social por la que atraviesa el país, sin hablar de la guerra con Rusia.”

Inagotable cuando recuerda su experiencia en Chernobyl, Veklenko se muestra muy cauto cuando se le interroga sobre su salud. Argumenta que no está en Francia para hablar de sus problemas personales. Reconoce sin embargo que lleva 30 años con una salud quebrantada, que tuvo cáncer, que está bajo control médico… No da más detalles. Sólo dice con su misma sonrisa cáustica que la vida sigue… y que a pesar de todo vale la pena vivirla.

Los tanques contaminados por la radiación en Chernobyl. Foto: AP / Efrem Lukatsky
Los tanques contaminados por la radiación en Chernobyl. Foto: AP / Efrem Lukatsky

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Los secretos de Chernobyl.
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