Crimen nuclear

Familiares de víctimas. Demandas incumplidas. Foto: AP / Sergei Chuzavkov Familiares de víctimas. Demandas incumplidas. Foto: AP / Sergei Chuzavkov

“Tratas de sembrar el pánico”, le advirtieron las autoridades bielorrusas al físico nuclear Vasili Nesterenko cuando intentó convencerlas de la gravedad del accidente en la central de Chernobyl. El científico no se arredró e inició una larga lucha para informar al mundo sobre las consecuencias de la tragedia en la salud de la población. En un libro sobre sus memorias, cuenta los entretelones del accidente, exhibe el modus operandi de la maquinaria burocrática soviética y desmenuza las acciones políticas que agravaron el peor accidente nuclear en la historia.

París (Proceso).- “La catástrofe de Chernobyl me enfrentó a dos situaciones dramáticas: la irresponsabilidad general y la contaminación de los niños. Eso cambió radicalmente toda mi visión de las cosas.

“El accidente ocurrió el sábado 26 de abril (de 1986). Nos lo ocultaron. Yo dirigía el Instituto de Energía Nuclear de la Academia de Ciencias de Bielorrusia y me lo ocultaron. El domingo 27, sin saber nada, salí de Minsk en avión para Moscú como solía hacerlo por cuestiones de trabajo.

“Al día siguiente me fui al Kremlin, pasé por la oficina de mi colega Petrovich y le comenté que quería hablar con el jefe del departamento. Me contestó: ‘No tenemos tiempo. Chernobyl está en llamas’. Era lunes. Le dije: ‘Petrovich, déjate de bromas. Ya se acabó el fin de semana. Un poco de seriedad, por favor’. Me contestó: ‘Es verdad, el reactor está en llamas’.

“Entendí que la cosa iba en serio y enseguida medí la gravedad del acontecimiento. Conocía todos los pormenores del accidente de Three Mile Island (ocurrido en Estados Unidos el 28 de marzo de 1979). También sabía lo que había pasado en Cheliabinsk (el grave accidente nuclear registrado el 29 de septiembre de 1957 en el complejo militar secreto de Maiak, donde los soviéticos perfeccionaban sus bombas atómicas) y estaba perfectamente al tanto de todos los problemas que se enfrentaron para protegerse de la radiación que había generado.

“Sobra decir que conocía el reactor de Chernobyl. Sabía que no contaba con cúpula de protección”, relata Vasili Nesterenko en El crimen de Chernobyl, el gulag nuclear, un libro de 700 páginas, profusamente documentado, sobre los entretelones de la explosión del reactor número 4 y sus múltiples consecuencias, escrito por Wladimir Tcherkoff, periodista italiano de origen ruso, y publicado en 2006.

Radiactividad disparada. Foto: Sputnik / Igor Kostin
Radiactividad disparada. Foto: Sputnik / Igor Kostin

“¿Por qué tanta agitación?”

Sigue contando el físico nuclear: “Tomé el teléfono y llamé al presidente de la Academia de Ciencias de Minsk. Tampoco estaba enterado de lo que había pasado, pero me dijo que había detectado una fuerte radiactividad y que temía un problema en nuestro instituto. Me di cuenta de que ya se había puesto en marcha la política de silencio.

“Le contesté: ‘No busque el problema en el instituto. Se dio al sur. Mucho más al sur’. No podía decir Chernobyl porque el teléfono estaba intervenido. ‘Hay un accidente… Se debe informar a las autoridades y evacuar a los habitantes de las regiones meridionales’. Me respondió: ‘Conoces a Sliounkov. Soy incapaz de convencerlo. Llámalo tú’.

“Nikolai Sliounkov era el primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Bielorrusia; mejor dicho, era quien dirigía el país.

“Me fue difícil dar con él. Finalmente tomó mi llamada. Le dije: ‘Nikolai Nikitovich, se trata de una gran desgracia. Hay que decretar el estado de excepción en el sur, en la frontera (con Ucrania). Es preciso evacuar de inmediato a los habitantes y lanzar un reparto de yodo en un radio de 300 a 400 kilómetros alrededor de la central’. Me reviró: ‘¿Por qué tanta agitación? Me avisaron. Hay un incendio pero ya está apagado’. Casi grité: ‘¡Es imposible! El grafito no se apaga así nomás. Seguirá consumiéndose durante meses si no se toman las medidas adecuadas’. Sólo me dijo: ‘Entonces regrésate y veremos eso mañana’.”

Nesterenko volvió a llamar al Instituto de Energía Nuclear de Minsk y ordenó: “Informen a las escuelas y a todos los colaboradores del instituto, tienen que avisar a sus familias. Es preciso cerrar todas las ventanas. Limpiarlo todo con agua. No permitir que salgan los niños. No pueden ir a la escuela. Y sobre todo deben empezar a tomar yodo.

Nesterenko continúa con su relato: “Según todos nuestros parámetros, teníamos que evacuar a la población. Recogí comida, huevos, una muestra de tierra con yerba y dejé todo en el instituto para su análisis”.

Luego se precipitó a la sede del Comité Central del Partido Comunista. Eran las ocho de la mañana. Quería informar a las máximas autoridades sobre la radiactividad que había detectado y hacerles ver que la situación se tornaba cada vez más alarmante. Pero no había nadie.

“Regresé al instituto. Los análisis de las muestras revelaban una fuerte contaminación del suelo y de los alimentos por radionucleidos. Atravesé toda la ciudad con mi dosímetro. La mugre radiactiva estaba cayendo sobre la capital. Hacía mucho calor. Y en las calles se vendían pirojki (empanadas) de carne y helados.

“Volví al Comité Central. Sliounkov no me recibió. Decidí entrar por la fuerza en su oficina. Eran las cinco de la tarde. Yo lo buscaba desde las ocho de la mañana. Finalmente lo vi salir con Guilevich, un poeta nuestro muy famoso que me dijo: ‘Con Nikolai Nikitovich hablamos hora y media del desarrollo cultural de Bielorrusia’. Le contesté: ‘No quedará nadie para gozar su cultura bielorrusa si no evacuamos cuanto antes a la población’.

“Me metí en la oficina de Sliounkov y le hablé de lo que había medido, de los análisis…

“–¿Qué dice? Todo está bajo control en la central –afirmó.

“–¡No es verdad! ¡Lo informaron mal! –insistí.

“Percibí una luz de miedo en sus ojos. Llamó al primer ministro (Mijail Vasilich), quien encabezaba la Seguridad Civil y era el único que podía decretar el estado de excepción.

“–Mijail Vasilich, está conmigo Nesterenko y me dice algo distinto de lo que te dijeron –señaló.

“Oí una voz enojada a través del auricular.­

“–¿Por qué está sembrando pánico? La gente de su instituto recorre la ciudad y siembra pánico. ¡Que se deje de eso! Dele la orden de que se deje de eso.”

Accidente nuclear. Irresponsabilidad burocrática. Foto: knowledgeglue.com
Accidente nuclear. Irresponsabilidad burocrática. Foto: knowledgeglue.com

Un tema “ultrasecreto”

Finalmente Nesterenko fue a ver al primer ministro. Se organizó una reunión con altos funcionarios, entre los que destacaban el jefe del Estado Mayor de la Protección Civil, el médico en jefe de Salud Pública y el alcalde de la ciudad.

“Los técnicos del servicio de radioprotección del Instituto de Energía Nuclear habían medido la radiactividad de la tiroides de habitantes de distintos barrios de la ciudad.

“Es un indicador ideal. Se coloca el dosímetro sobre la tiroides y enseguida se puede saber sus niveles de yodo y, con base en ello, calcular cuánta radiación absorbió. Los resultados eran tan terribles que el responsable de la Salud Pública había quedado convencido de la necesidad de preparar 700 kilos de solución de yodo. Habíamos invitado al alcalde a esa junta porque sólo él podía ordenar la distribución de yodo en la ciudad.

“Todos se veían tan asustados que les dije: ‘Bueno, hay otra solución. Vamos a proceder como lo hacemos con el cloro. Agreguemos la solución de yodo al agua potable de la ciudad. Así se protegerá automáticamente a toda la población’.

“El primer ministro era quien debía tomar esa decisión. Me preguntó, malhumorado: ‘¿Qué más quiere decirnos?’. Le contesté que además del reparto preventivo de yodo, urgía evacuar a la población que se encontraba en un radio mínimo de 100 kilómetros alrededor de la central y que se debía prohibir la venta de comida al aire libre, cerrar la parte no cubierta del mercado, cancelar el desfile del primero de mayo. Y seguí con la lista de todas las medidas apremiantes.

“Me fijé en los mapas desplegados en la mesa y sobre los que se habían trazado flechas para indicar la propagación de la radiactividad. Les dije que había recorrido estas zonas y que en ellas la radiactividad alcanzaba entre 18 mil y 30 mil microroentgens por hora según el lugar.

Nesterenko no se dio por vencido. Regresó a su oficina y escribió un informe detallado sobre la situación que fue entregado personalmente a Sliounkov. Envió otro informe el 3 de mayo y otro el 7 del mismo mes. Cada vez que regresaba de Chernobyl, le mandaba al secretario general del Partido Comunista de Bielorrusia un informe para señalarle las medidas específicas de protección contra la radiación que era preciso tomar.

Todos estos documentos eran encriptados porque el tema era ultrasecreto. Así, Nesterenko mantuvo informadas a las autoridades hasta que fue despedido en 1989. Todo fue en vano. Juntó todas las copias de sus informes y las archivó. Sumaban mil páginas.

El científico comenta con amargura: “A un hombre de mente sana le es bastante difícil imaginar tal grado de irresponsabilidad. Yo pensaba que todo el mundo tomaba en serio el desarrollo de las nuevas tecnologías y que quienes estaban involucrados en ese campo iban a portarse de manera responsable. Pero lo que se hizo en Chernobyl es inimaginable.

“¿Por qué a alguien se le ocurrió bloquear las barras de seguridad que fueron concebidas precisamente para prevenir lo que se dio en Chernobyl? Esas barras estaban ahí para detener el proceso y evitar el desastre.

“‘Con los imbéciles no hay remedio’, asegura un dicho bielorruso… En realidad esa tecnología nuclear es demasiado adelantada comparada con el nivel actual de madurez de la humanidad.”

Los niños. "El primer choque". Foto: AP / Oded Balilty
Los niños. “El primer choque”. Foto: AP / Oded Balilty

“Cuando llegué al infierno”

En la noche del 31 abril al 1 de mayo Valeri Legasov llamó a Netserenko por una línea ultraconfidencial de Seguridad de Estado. Legassov estaba en la Central de Chernobyl. Le dijo: “Un helicóptero va a llegar por ti. Tenemos que elaborar juntos un plan para apagar el reactor”.

Legasov encabezó la primera comisión soviética de investigación sobre el accidente de Chernobyl. Se suicidó el 27 de abril de 1988, agobiado por las presiones del Kremlin y de la Agencia Internacional de Energía Nuclear y angustiado por la deficiente gestión de la situación por las autoridades soviéticas. Antes de poner fin a sus días grabó su testamento. En ese documento describe las graves fallas de los sistemas de seguridad de Chernobyl, en particular, y de las instalaciones nucleares soviéticas, en general. El diario Pravda publicó ese documento el 20 de mayo de 1988.

Cuenta Nesterenko: “Si, como dicen los creyentes, existe el infierno, pues yo llegué al infierno. Estábamos en suspenso a una altura de más o menos 300 metros. En la cabina la radiactividad alcanzaba niveles alucinantes. Era el alba y el sol creaba contrastes nítidos. La visibilidad era buena. Tuve la impresión de que el reactor había botado la mitad de su grafito. Sólo se veían los muros de concreto que brillaban un poco bajo el sol en medio de todo el humo. Ese humo era monstruoso, era un humo rojo oscuro y se elevaba a una altura de por lo menos 100 metros.

“El helicóptero volaba alrededor del bloque número 4. Teníamos que darle la vuelta, porque volar por encima nos hubiera matado. Nos alcanzó el humo que se propagaba en forma de abanico. En ese entonces las cabinas de los helicópteros no estaban protegidas. Pero yo, además, asomé un poco la cabeza para ver mejor; el cesio me quemó enseguida el rostro. A ese nivel de radiactividad se sienten físicamente las radiaciones.

En realidad, hasta su muerte en 2008, Nesterenko sufrió las consecuencias de esa radiactividad. Pero no hay la mínima alusión a sus problemas personales de salud en las largas pláticas que sostuvo con el periodista Tcherkoff. Sólo evoca su desgarramiento ante los niños contaminados por radiación.

“El choque que realmente cambió el curso de mi vida fue la contaminación de los niños. Desde el principio insistimos en evacuarlos de las zonas más peligrosas. Pero eso sólo se hizo a partir del 10 de mayo. Pienso en todas las juntas nocturnas en la sala de reunión del Comité Central durante las cuales, junto con el presidente de la Academia de las Ciencias, insistíamos en evacuar a los niños. Nadie nos escuchaba. Una noche inclusive tuve un ataque de nervios y me puse a llorar porque tenía la impresión de hablar con sordos. Nadie quería hacer nada.

“Estuve en Gomel (segunda ciudad de Bielorrusia, que sigue siendo la que presenta mayores niveles de radiación del país) y asistí a esa evacuación. Se habían llevado a los niños y a sus padres a la estación de ferrocarriles donde los esperaban numerosos convoyes. (…) Lo que vi me llevó a pensar que habían sido llevados a la fuerza a la estación. Arrancaban a los chiquitos de los brazos de sus madres, los tiraban en los vagones y los mandaban a un destino desconocido, a alguna parte de Ural, como Bashkiria o Udmuria. No se les decía nada a los padres. Los trenes se llenaban con decenas de miles de niños y se iban. Esa escena me trajo a la mente mis recuerdos de infancia durante la Segunda Guerra Mundial. Surgieron de repente las imágenes de los alemanes llevándose a mujeres y niños para proteger su retirada. Ése fue el primer choque.

“Luego vino el segundo. Un día observé una fila de autobuses en la carretera que pasaba detrás de mi casa. Subí a mi auto para ir al centro médico que estaba cerca. Allí estaban estacionados los autobuses de los cuales bajaban niños agotados por horas de viaje sin tomar ni comer nada. Se veían realmente exhaustos y apabullados. Saqué mi dosímetro. Todos estaban irradiados.

“El tercer golpe lo recibí cuando, a solicitud del presidente de la Academia de Ciencias, examiné a niños de las zonas evacuadas. Estaban alojados en un campo de pioneros relativamente cerca del instituto. Cada niño tenía un juguete en la mano. Revisamos todo: cuerpos, ropas, juguetes. Todo estaba contaminado. Nos tocó botar todo en la fosa radiactiva.

“En ese momento pensé que si esa tecnología causaba semejante desgracia a centenares de miles de personas, pues no tenía derecho de existir.”

La ciudad fantasma de Prypiat en 2011. Foto: AP / Gleb Garanich
La ciudad fantasma de Prypiat en 2011. Foto: AP / Gleb Garanich

 

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