El precio de la verdad

Una máscara antigas abandonada en una escuela de Pripyat. Foto: Noah Goodrich Una máscara antigas abandonada en una escuela de Pripyat. Foto: Noah Goodrich

La explosión de Chernobyl, en 1986, siguió destrozando vidas humanas muchos años después de ocurrida. Y no sólo entre los irradiados, sino entre la gente que los atendió y protegió, en hospitales, centros de investigación y oficinas. Yuri Bandajevski fue uno de esos héroes, pero recibió cárcel y tortura en vez de monumentos y retribuciones. El gobierno de Bielorrusia se ensañó con el científico porque osó evidenciar la inmensa corrupción que impidió un cuidado efectivo a los niños afectados. Apenas en 2006 recobró la libertad.

PARÍS (Proceso).- “La verdad debe ser escuchada. Tal es la principal misión de los hombres que no son indiferentes al destino de la humanidad”. Ser fiel al lema de su vida estuvo a punto de costarle la razón e inclusive la vida a Yuri Bandajevski.

En 1986 el hoy profesor de medicina bielorruso vivía en Grodno, a 650 kilómetros de Chernobyl, en la región occidental de Bielorrusia. Tenía 29 años y terminaba sus estudios de medicina con una especialidad en anatomía patológica cuando ocurrió la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl.

Medir las consecuencias de la catástrofe sobre la salud humana y asistir médicamente a la población se convirtió de inmediato en su obsesión. Junto con su esposa, Galina, también doctora, elaboró un ambicioso programa de estudio sobre el impacto de la radiación en los sistemas y órganos vitales del cuerpo humano y lo propuso al presidente de la Academia de Ciencias y al Ministro de Salud Pública de su país. El primero se entusiasmó y el segundo se dijo interesado.

En 1990 Bandajevski, recién doctorado en ciencias, fue nombrado rector del Instituto de Medicina de Gomel. La Academia de Ciencias le dio carta blanca para llevar a cabo sus investigaciones sobre las consecuencias de la radiación, mientras el Ministerio de Salud Pública le otorgó un presupuesto bastante reducido.

Esa promoción profesional planteó un verdadero dilema a la pareja Bandajevski porque Gomel, a 180 kilómetros de Chernobyl, estaba en una de las regiones más contaminadas de Bielorrusia. Yuri y Galina tuvieron que elegir entre su salud y la ciencia. Optaron por la segunda.

Una de las víctimas de Chernobyl. Foto: AP / Vladimir Vyatkin
Una de las víctimas de Chernobyl. Foto: AP / Vladimir Vyatkin

Contaminación interna

De 1990 a 1999 el Instituto de Medicina de Gomel destacó por la calidad de su trabajo.

Bandajevski fue galardonado con premios internacionales al tiempo que revistas especializadas publicaban los resultados de sus investigaciones pero fue en Bielorrusia donde obtuvo mayor éxito. A pesar de presiones políticas cada vez más fuertes y de los escasos recursos económicos, el instituto no tardó en contar con 25 cátedras, 200 profesores y mil 500 estudiantes.

En 1994 Bandajevski empezó a colaborar con el físico nuclear Vasili Nesterenko, que lo ayudó a medir la tasa de radiactividad generada por el cesio-137 en órganos humanos. Inventó especialmente para él un gamarradiómetro. Este instrumento aceleró en forma espectacular las investigaciones de la pareja Bandajevski.

Durante su práctica como pediatra y cardióloga en Gomel, Galina había constatado una altísima tasa de enfermedades cardiovasculares entre la población infantil de la ciudad, además de un número alarmante de casos de cataratas, envejecimiento precoz, debilitamiento del sistema inmunológico y deformaciones congénitas.

Alertó a su esposo, quien comparó la carga de radiactividad por cesio-137 detectada en el organismo de los niños con los problemas cardiacos que padecían.

Después de numerosos análisis realizados primero con menores de edad y después con adultos, el médico llegó a la conclusión de que el cesio-137 se concentraba esencialmente en el corazón, los riñones, los órganos endócrinos y el sistema inmunológico.

Luego estableció el vínculo causal entre la comida contaminada ingerida por los niños y los síntomas patológicos que presentaban. Multiplicó observaciones e investigaciones hasta demostrar el peligro de las bajas dosis de contaminación radiactiva para la salud humana. Ello le permitió evidenciar una clara diferencia entre la contaminación nuclear externa provocada por los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki, y una contaminación interna continua que nunca había sido prevista ni mucho menos estudiada por la comunidad científica y médica del planeta.

Este descubrimiento desató fuertes polémicas entre expertos en el mundo y sigue siendo cuestionado por el poderoso lobby nuclear encabezado por la Agencia Internacional para la Energía Atómica, pero tiene hoy cada vez más defensores.

Junto con el equipo de trabajo de Nesterenko, Bandajevski elaboró una lista de medidas preventivas para la población contaminada y concibió una dieta especial que permite eliminar parcialmente el cesio-137 del organismo de los niños. Sin esa descontaminación, los daños físicos generados por los radionucleidos ingeridos son irreversibles. Cabe recordar que la radiación emitida por el cesio-137 disminuye después de 30 años, pero se demora 300 en desaparecer por completo.

La conclusión lógica que Bandajevski sacó de sus nueve años de trabajo fue la imperiosa necesidad de lanzar una amplia campaña para concientizar a la población de las regiones irradiadas. En enero de 1999 participó en varios programas de televisión en los que dio a conocer los resultados de sus investigaciones y sus recomendaciones.­

El impacto en la opinión pública fue considerable y sembró inquietud en el Ministerio de Salud Pública, que se empeñaba en minimizar los efectos del accidente de Chernobyl.

Medición de radiación. Foto: Sputnik
Medición de radiación. Foto: Sputnik

Venganza política

En abril del mismo año el Parlamento bielorruso pidió a Bandajevski que evaluara la política de salud del gobierno y el uso de los fondos estatales destinados a atender médicamente a la población afectada por la contaminación.

Junto con Nesterenko y Aleksander Stojarov, otro destacado científico, el médico hizo una “radiografía” de las actividades del Ministerio. La conclusión fue demoledora.­

El Ministerio de la Salud Pública manipuló el informe antes de que fuera presentado al Parlamento. Los científicos replicaron enviando el documento original al Consejo de Seguridad, que sancionó al Ministerio: le quitó el control del presupuesto.

En lugar de darse por satisfecho, como lo hicieron Nesterenko y Stojarov –quienes conocían de sobra el peligro de enfrentarse con los hombres del poder– y sin escuchar las advertencias de su esposa, Bandajevski se dirigió personalmente con Aleksandr Lukashenko, el todopoderoso presidente de Bielorrusia. Le detalló las cuentas para demostrarle que de los 17 mil millones de rublos entregados al Ministerio de Salud Pública, sólo mil millones habían sido utilizados para los fines acordados e hizo añicos la política de salud oficial.

Años después y según explicó su esposa en entrevistas con la prensa internacional, Bandajevski vivía totalmente sumergido en su mundo médico y científico sin preocuparse por el entorno político. Le aterraba constatar las trágicas consecuencias de la radiación sobre miles de sus compatriotas y sólo le interesaba salvarlos o aliviarlos. Constatar el robo de los fondos que les estaban destinados lo tenía enfurecido. Pensó que la verdad habría de triunfar. Estaba equivocado.

La noche del 13 de julio de 1999, 15 policías irrumpieron en su residencia. La catearon de arriba a abajo. Hicieron lo mismo con su laboratorio. Confiscaron su computadora, sus libros, sus archivos. Lo esposaron y lo llevaron preso “conforme al decreto presidencial contra el terrorismo”, según explicaron.

Fue el principio del descenso al infierno de Bandajevski.

Galina contó a Vladimir Tcherkoff, periodista italiano de origen ruso, autor de El crimen de Chernobyl, un libro de referencia publicado en 2006: “El cateo duró de las 11 de la noche a las cuatro de la mañana. Luego se llevaron a Yuri y lo encerraron en una celda en la que lo mantuvieron incomunicado hasta el 4 de agosto. Dormía en el piso. Comía una vez al día. Perdió 20 kilos en tres semanas. Sólo pudo ver a un abogado después de 22 días. Pude entreverlo cuando lo trasladaron a otro lugar de detención. Tenía una barba casi blanca y se veía como alucinado. Yo estaba con mis dos hijas. Nos gritó: ‘¡No me abandonen como lo hicieron todos los demás!’. No nos permitieron acercarnos. Yuri sólo pudo gritar esa frase y en seguida lo subieron al furgón”.

Bandajevski fue encarcelado en la ciudad de Moguilev, a 120 kilómetros de Gomel. Estuvo a punto de morir de una hemorragia interna. Fue hospitalizado y luego trasladado a una cárcel de Minsk.

Galina sigue el relato:

“Sólo me autorizaron a visitarlo 50 días después de su detención. Vestía el uniforme negro de la cárcel. Estaba demasiado grande para él. Quién sabe por qué un sacerdote estaba presente en nuestro encuentro. Vi que Yuri no lograba orientarse en el espacio. No entendía nada, ni por qué estaba yo con él ni por qué estaba el cura. No logré conversar con él. Se la pasaba llorando. Tenía un pañuelo que dobló y desdobló por lo menos 20 veces…”

La noticia de la detención del prestigiado científico y del trato inhumano al que estaba sometido provocó un verdadero escándalo mundial. Encabezadas por Amnistía Internacional, numerosas organizaciones de defensa de los derechos humanos se movilizaron para exigir su liberación.

Fue tan fuerte la presión sobre Luka­shenko que el 27 de diciembre de 1999, después de cinco meses y medio de cárcel preventiva, Bandajevski fue autorizado a esperar su juicio en libertad condicional.

“Cuando salió estaba aniquilado, aterrorizado. Cien veces al día preguntaba: ‘¿Me van a volver a meter a la cárcel?’ Estaba convencido de que lo espiaban día y noche. En casa hablaba bajito. Si tenía algo importante que comunicar, se apartaba en un rincón y lo escribía en un papel”, contó su esposa.

El médico tardó varios meses en reponerse, pero logró recuperar fuerza para preparar su defensa. Ya no estaba acusado de organizar un complot terrorista sino de corrupción. Su más cercano colaborador, Vladimir Rovkov, vicedirector del Instituto de Medicina, afirmaba que Bandajevski había “cobrado” un total de 25 mil dólares para matricular estudiantes en el centro docente. Rovkov se retractó. Fue encarcelado junto con su exjefe y acusado del mismo delito.

Cesio-137. Efectos mortales. Foto: Gerd Ludwig
Cesio-137. Efectos mortales. Foto: Gerd Ludwig

“Caricatura de juicio”

El juicio contra Bandajevski se llevó a cabo en Gomel. Empezó el 19 de febrero de 2001 y acabó el 18 de julio siguiente con una sentencia de ocho años de cárcel para el famoso científico, que no fue autorizado a apelar.

La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y Amnistía Internacional denunciaron “una caricatura de juicio” que había violado ocho artículos del código penal bielorruso. En vano.

Bandajevski pensaba que no existía peor trato que el que había sufrido durante su detención preventiva. No tardó en darse cuenta de que estaba equivocado.

Pasó primero un año encerrado en una celda insalubre invadida por ratas y en medio de otros 80 presos, entre los cuales destacaban homicidas y peligrosos delincuentes. El distinguido profesor de medicina estuvo a punto de enloquecer.

Se intensificó la campaña de solidaridad internacional que movilizó, además de organizaciones civiles, al Parlamento Europeo, la OSCE, organizaciones médicas y científicas internacionales. Se creó el Comité Bandajevski para el Derecho a la Verdad y a la Justicia, cuyo activismo tuvo efecto.

El 5 de junio de 2002 el célebre preso fue trasladado a una celda más “decente” que compartía con otros dos presos. Disponía de un televisor, de una mesa de trabajo y una computadora.

Según explica Tcherkoff, ese cambio era en realidad una trampa del régimen. Por lo menos uno de los compañeros de celda de Bandajevski era un agente del KGB. Se multiplicaron las presiones y las manipulaciones psicológicas, incluyendo el uso de psicotrópicos, para obligarlo a confesar su delito. Se degradó aún más su estado físico y mental. Pero no cedió.

En septiembre de 2002 Galina alertó al Comité de los Derechos Humanos de la ONU:

“No reconocí a mi marido cuando lo volví a ver después de tres meses sin haber tenido derecho a visitarlo. Era otro hombre. Aplastado, indiferente a todo lo que lo rodeaba. De sus ojos vacíos y de su mirada apagada emanaba un enorme sufrimiento. Era un hombre con una identidad desdoblada, una psique destrozada.

El 9 de septiembre de 2003 Bandajevski sufrió un infarto. Tres meses más tarde estuvo a punto de morir de peritonitis. Entre dos hospitalizaciones se agudizaron aún más las presiones para obligarlo a reconocer su culpabilidad. No cedió.

La presión internacional creció. Después de cumplir la mitad de su condena, el médico, agotado, pidió tener el “beneficio” del régimen de “exilio interior”, conforme al derecho penitenciario bielorruso.

El 29 de mayo de 2004 las autoridades judiciales lo trasladaron a una explotación agrícola colectiva ubicada a 200 kilómetros de Minsk en la que debía desem­peñarse como celador. En realidad, el científico vivió en una modesta casa de madera en la que pudo trabajar y recibir visitas hasta su liberación anticipada, el 6 de enero de 2006.

Fue la Unión Europea (UE) la que hizo capitular a Lukashenko. La ambición del hombre fuerte de Bielorrusia era la integración de su país a esa instancia.

La Comisión Europea aprovechó la situación para exigir la liberación de Bandajevski antes de iniciar pláticas sobre el tema. Lo logró.

Después de vivir un año y medio en Francia, una temporada en Alemania y otra en los países bálticos, el médico decidió instalarse en Ucrania en 2013.

Estaba trabajando en la creación de un centro de salud para niños contaminados y un laboratorio de investigación sobre radiactividad en Ivankiv, en los alrededores de Kiev, en parte financiado por la UE, cuando se tensaron las relaciones entre Ucrania y Rusia. La guerra entre los dos países paralizó el proyecto. Sólo funciona el centro médico. La UE suspendió su ayuda económica para la unidad de investigación.

Bandajevski lleva 15 años sin poder dedicarse a las dos únicas actividades que dan sentido a su existencia: sus investigaciones sobre las radiopatologías inducidas y el desarrollo de una atención médica específica para los niños, las víctimas más vulnerables.

Profundamente marcado por todo lo que vivió, el eminente profesor no se da por vencido. Espera ahora la paz entre Ucrania y Rusia.

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