Un asunto de héroes

Liquidadores. “La vida no valía mucho”. Foto: Sputnik / Igor Kostin Liquidadores. “La vida no valía mucho”. Foto: Sputnik / Igor Kostin

La misión de los voluntarios era apagar el incendio del reactor número 4 de Chernobyl antes de que se convirtiera en una bomba atómica 20 veces más potente que la de Hiroshima. Soldados y mineros fueron los héroes de esa colosal tarea. La misión de Igor Kostin, fotógrafo de Novosti, fue retratar la hazaña. Y así lo hizo. De hecho, fue el primer reportero gráfico en acudir al lugar del accidente. La radiación veló sus primeras fotos, excepto una, la cual, sin embargo, fue censurada por las autoridades soviéticas. Hoy esa fotografía es emblemática de la tragedia.

París (Proceso).- Igor Kostin es el autor de la primera fotografía aérea del accidente de Chernobyl. El mismo 26 de abril, 11 horas después de la explosión, sobrevoló en helicóptero las ruinas del bloque número 4 y el reactor fundido.

Alcanzó a tomar 20 fotos antes de que la radiación paralizara el mecanismo de su cámara. Sólo una imagen se salvó y Kostin la transmitió de inmediato a la agencia de prensa Novosti. Fue censurada. Cuando por fin se publicó, dio la vuelta al mundo. Hoy es una imagen icónica de la tragedia.

La primera foto del accidente. Foto: Igor Kostin
La primera foto del accidente. Foto: Igor Kostin

En 2006 Kostin recordó los 20 años de la catástrofe con un libro sobrecogedor Chernobyl, confesiones de un reportero, donde intercala recuerdos personales y más de 100 fotografías tomadas a lo largo de dos décadas en la central nuclear y sus alrededores.

“El 26 de abril de 1986 el timbre del teléfono me despierta –cuenta en las primeras líneas de su libro–. Reconozco la voz de un amigo, piloto de helicóptero: ‘Igor, hay un incendio en la central nuclear de Chernobyl. Vamos a ver lo que pasa. ¿Nos acompañas?’

“Como fotorreportero de la agencia Novosti estoy acostumbrado a ese tipo de llamadas nocturnas. Además, me encanta tomar fotos aéreas. Nos encontramos en el helipuerto. Unos 150 kilómetros y 45 minutos de vuelo separan a Kiev de Chernobyl. Sobrevolamos fábricas esparcidas en un llano sin relieve.

“A las 12 del día divisamos la silueta de la central. Apartada de las demás fábricas, se nota como dormida. Es un complejo de edificaciones un tanto anárquico. Salvo el humo blanco casi traslúcido que sube verticalmente de uno de los bloques y se pierde en las nubes, no hay huella alguna del accidente.

“El helicóptero sigue su ruta. De repente nos damos cuenta de que debajo de nosotros desapareció todo movimiento, toda señal de vida. Nos quedamos sin palabras. Nos sentimos como en un estado de ingravidez. Vemos un agujero gigante, como una inmensa tumba abierta. La columna blancuzca de vapor parece precipitarse a toda velocidad hacia el cielo.

“La central consta de cuatro distintos bloques de concreto, uno por reactor. La onda expansiva de la explosión voló el techo del cuarto: una placa de hormingón armado de 3 mil toneladas y le dio vuelta como (si fuera) a una crepa. Apenas se puede distinguir la luz rojiza del corazón fundido del reactor que yace en lo más hondo de las ruinas.

“La temperatura es muy alta, pero seguimos sin ver llamas. Abro la ventanilla para evitar los reflejos del cristal. Tomo una foto. Una gran bocanada de aire caliente llena la cabina del helicóptero. Enseguida tengo ganas de aclararme la garganta. Es una sensación nueva y extraña. Me cuesta trabajo tragar saliva. Pienso que se debe a los vapores tóxicos del incendio. Me aguanto la tos y vuelvo a tomar fotos. Saco unas 20. De repente se bloquea la cámara. Aprieto el disparador con fuerza. Nada.

“De regreso en Kiev descubro que casi todos los negativos están negros, como si la película hubiera sido expuesta a la luz. En ese momento no entiendo que se debe a la radiactividad. Sólo se salva una foto. Hago lo imposible para que salga bien. La mando a la oficina de Novosti en Moscú. No la publican. Censura.”

El vuelo rumbo a Chernobyl. Foto: Igor Kostin
El vuelo rumbo a Chernobyl. Foto: Igor Kostin

Los “gatos del techo”

No se desanima el fotógrafo. Por el contrario, decide quedarse y trabajar exclusivamente en Chernobyl. Pasa meses en ese infierno, en medio de miles de “héroes anónimos”. Se mete en todo sin darle mayor importancia a los peligros que enfrenta.

“En el verano decido buscar una vivienda cerca de la central para no tener que recorrer 60 kilómetros cada día. Los soldados me proponen dormir en una primaria abandonada. Tiene un nombre bonito: se llama Skazka (cuento de hadas). Allí viven los dosimetristas que miden la radiactividad en cada parte de la central. Una de sus misiones más arriesgadas es subirse al techo del reactor número 3, sobre el cual la explosión proyectó una gran cantidad de desechos altamente radiactivos.

“Un cierto misterio los rodea. Son sólo 18 y trabajan exclusivamente de noche. Como me hospedo con ellos, logro entablar buenas relaciones con algunos. Les digo que nadie me deja acercarme al reactor número 4. Les enseño mi credencial de prensa. Les presumo que mis fotos se publicaran en el mundo entero.

“Me escuchan divertidos. Piensan que estoy chiflado, pero me permiten acompañarlos. La noche siguiente les tomo una foto antes de subirnos al techo. En ella se ve a Sacha Iurchenko, que se encarga de mí en el techo. Conoce todos los recovecos. Todo está en ruinas, pero él sabe cómo desplazarse entre las piedras, por los túneles y los huecos de la estructura. Camina lentamente con su dosímetro en la mano. Debe detectar con exactitud los puntos de contaminación más fuerte. Tan pronto como descubre una ‘mancha’ de radiactividad, determina su contorno y apunta todo en el mapa.

“Al principio se pretendió utilizar máquinas automáticas o teleguiadas para eliminar los bloques de grafito del techo. Pero la radiactividad destruyó sus circuitos eléctricos. Entonces una vez más se recurrió a lo único que quedaba: los hombres. A estos liquidadores los llamamos ‘bio-robots’ o también ‘robots verdes’, por el color de sus uniformes.

“Un bio-robot no puede estar más que 40 segundos en el techo. Justo el tiempo necesario para tirar una o dos paladas de residuos radiactivos en el inmenso agujero del bloque número 4. A veces la tasa de radiactividad alcanza 10 mil roentgens. Nadie nunca pudo imaginar que era posible trabajar con 10 mil roentgens.

“Suena la alarma. Ocho soldados salen corriendo y se precipitan al techo. Cuarenta segundos más tarde vuelve a sonar la alarma. Regresan, siempre corriendo. Sacha Iurchenko se sube primero al techo, justo antes de mí. Anda con su dosímetro buscando dónde puedo tomar fotos sin correr demasiados riesgos. Vuelve corriendo y se esconde detrás de un muro grueso.

“Ahora me toca a mí. Subo y me invade un extraño sentimiento místico. Tengo la impresión de encontrarme en otro planeta. Todo está cubierto por el fuel, una mezcla de carburantes radiactivos. Mis manos tiemblan. Ya ni sé dónde estoy. A pesar de todo logro tomar fotos. Apenas un minuto después siento un golpe en el hombro, y oigo una voz: ‘¡Apúrate, cabrón, que me estoy tragando la radiación por tu culpa! ¡Regrésate ahora mismo!’

“Sacha me empuja dentro del refugio.­

“El umbral máximo de absorción de la radiactividad para el cuerpo humano es de 25 roentgens. Es una norma militar. Los primeros días nos entregan libretas en las que debemos apuntar nuestra tasa de radiación diaria. Observo a los dosimetristas y entiendo que se vale mentir. Si alcanzamos 25 roentgens, nos echan. Los gatos del techo quieren acabar su trabajo. Entonces apuntan cifras 10 veces inferiores a la tasa real de la radiación que reciben. Guardo su secreto.”

En algunos casos, como el que señala Kostin, fueron los propios dosimetristas los que minimizaban su tasa de radiación, pero la mayoría de los soldados explican que, por el contrario, fueron sus superiores los que las falsificaron. Cabe recalcar también que desaparecieron muchos archivos de Chernobyl. Por lo tanto, no se dispone de datos fidedignos para analizar con precisión el impacto de la radiación. Es el argumento que enarbolan los defensores de la energía nuclear para restar toda credibilidad a los científicos independientes de la antigua Unión Soviética y occidentales que alertan sobre las múltiples patologías generadas por la catástrofe de Chernobyl.

El sobrevuelo por la catástrofe. Foto: Igor Kostin
El sobrevuelo por la catástrofe. Foto: Igor Kostin

Héroes sin nombre

Sigue el relato de Kostin. “Al final del día, cuando los bio-robots vuelven del techo, se les entrega un diploma, 100 rublos y un certificado de desmovilización. Toman el tren y se regresan a su casa. Es tan peligroso que cada soldado interviene una sola vez y luego se va. Cinco mil hombres se sucedieron a lo largo del mes de septiembre en ese techo infernal. Recibí cinco diplomas oficiales. Son cartulinas rojas que huelen a atole, sudor y plomo. Son mi orgullo.

“En realidad, lo que más me honra en la vida es haber convivido con los gatos del techo y con los liquidadores. Vi cómo estos hombres desplazaban bloques radiactivos de grafito con las manos desnudas. Es la primera vez en la historia que se hace algo semejante. Creo que únicamente en la Unión Soviética pudo suceder eso; un país en el que la vida humana no vale mucho. Prueba de ello: el régimen abandonó a los liquidadores. Nadie nunca llamó a Vania, a Petia, a Volodia para preguntarles cómo estaban y si necesitaban algo. Peor aún, se cancelaron los subsidios y las prerrogativas que se les habían otorgado. Quizás se creyó que, al igual que los gatos, los bio-robots tienen siete vidas.

“Bajaron del techo y se desvanecieron discretamente, con su mirada de gente buena, con sus risas. Cuando los héroes no tienen nombres, se les trata como si no existieran. Y desaparecen.”

Impedir que el reactor siguiera diseminando radionucleidos en la atmósfera se volvió cada día más urgente.

“En las primeras semanas que siguen a la catástrofe se empieza a construir un sarcófago de hormigón para tapar el reactor. No se movilizan militares para esa labor. Detrás de las máscaras de seguridad y de las placas de plomo torpemente convertidas en protectores contra la radiación, descubro a obreros especializados llegados de todas las repúblicas soviéticas. El paisaje se cubre de grúas que mueven por el aire decenas de bloques de hormigón armado que quedan suspendidos encima del reactor número 4.

“El ruido familiar de las excavadoras y de los taladros hace pensar en una obra de construcción común y corriente. Sin embargo, quienes trabajan en el sarcófago de Chernobyl no tienen nombres. No figuran en registro alguno. Sólo se anota su tasa de radiactividad y se les somete a algunos exámenes médicos. Las estadísticas los ignoran.

“Ellos también son bio-robots y, al igual que a estos hombres, les prometen dinero, una dacha (casa de campo), un auto, pensión vitalicia para sus familias si aceptan zambullirse en la ‘piscina’ de agua pesada de la central. Es vital abrir el pestillo de la compuerta de desagüe para sacarla. Voluntarios logran hacer esa proeza. Se les entregan 7 mil rublos. Pero nadie vuelve a mencionar los autos ni las dachas.”

El "sarcófago" de hormigón construido alrededor del reactor número 4 en la planta nuclear. Foto: Sipa Press
El “sarcófago” de hormigón construido alrededor del reactor número 4 en la planta nuclear. Foto: Sipa Press

Los mineros de Dnietsk

“Asimismo se envía a mineros por debajo de la central para enfriar el reactor que sigue calentándose. Se teme que las temperaturas muy altas resquebrajen la plataforma de hormigón que sirve de base a la central. Si se llegara a agrietar, el reactor se hundiría en el suelo y el grafito fundido se filtraría en las aguas subterráneas. Ello provocaría una explosión termonuclear y una reacción en cadena equivalente a 20 bombas atómicas de Hiroshima.

“Traen a 400 mineros de Dnietsk, una región montañosa de la parte oriental de Ucrania. Su misión: construir un túnel para inyectar nitrógeno líquido por debajo de la plataforma. Se calcula que después de evaporarse el nitrógeno congelará la tierra y el hormigón para formar una especie de almohadilla de protección. Me ofrecen acompañarlos para sacarles fotos. Me niego. No sé por qué. En aquel momento no me parecía interesante. Hoy me avergüenzo.

“Al final del verano acaban el túnel. En el otoño ya está listo el sarcófago. Me busca el general Tarakanov. Vamos a izar la bandera de la Unión Soviética en la punta de la alta chimenea que escapó a la explosión. Desde los primeros días que siguieron al 26 de abril, alzar esa bandera es la obsesión del Partido Comunista.

“Me subo al helicóptero con la tripulación y la ‘preciosa’ bandera roja. Pero al momento de acercarse a la chimenea fuertes corrientes de aire se llevan el helicóptero. Casi nos estrellamos contra la central. El jefe del equipo decide regresar a la base. Mientras aterrizamos me dice:

“‘¿Sabes qué, Igor? Nos tocaron cuatro años de guerra en Afganistán y no tenemos una sola foto de nuestro equipo allá. ¿Nos tomarías una?… Es para nuestras familias’

“Al día siguiente el helicóptero choca con el brazo de una grúa. Mueren todos.

“Finalmente se iza la bandera encima de la chimenea. Para los soldados es tan importante como la que se había izado en el Reichstag, en Berlín, en 1945”.

“Los gatos del techo”. Cuarenta segundos. Foto: Igor Kostin
“Los gatos del techo”. Cuarenta segundos. Foto: Igor Kostin

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Los secretos de Chernobyl.
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