El músico mexicano García Barrios y Chernobyl

El director de orquesta mexicano Eduardo García Barrios. Foto: Musical Arts Foundation El director de orquesta mexicano Eduardo García Barrios. Foto: Musical Arts Foundation

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace 30 años, el director de orquesta mexicano Eduardo García Barrios vivía en Moscú, capital de la Unión Soviética, cuando se produjo la explosión del reactor nuclear Vladimir Ilich Lenin.

A propósito del aniversario del trágico suceso, a continuación se reproduce la entrevista en la cual relata su experiencia, misma que fue publicada el pasado 12 de diciembre en la revista Proceso:

Actual coordinador del Sistema Nacional Fomento Musical y fundador de la Orquesta de Baja California, Eduardo García Barrios llegó a Moscú en 1982 para estudiar dirección orquestal en el Conservatorio Tchaikovsky.

Tenía el sueño de regresar al país a fundar una orquesta-escuela, y pudo hacerlo con algunos de sus compañeros que integró en la Sinfonieta de Moscú. Le tocó vivir la indignación que produjo el accidente de Chernobyl, donde el 26 de abril de 1986 explotó la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, motivo del libro “Voces de Chernobyl. Crónica del futuro”, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, quien recibió el Premio Nobel de Literatura el pasado 10 de diciembre en una ceremonia en Suecia.

Durante años, por un convenio bilateral de intercambio educativo y cultural suscrito con México, la exUnión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ofreció a los estudiantes mexicanos cientos de becas para estudiar en sus reconocidas universidades lo que quisiesen: ingenierías, economía, ciencias sociales, artes.

Muchos iban tras el sueño del “comunismo real”, otros para aprovechar la oportunidad de una formación profesional gratuita y sin carencias, otros más por el reconocido sistema educativo del imperio.

Uno de aquellos jóvenes que se lanzó a los agrestes territorios de duros inviernos y un sistema político, económico y social totalmente diferente al mexicano, si bien no desconocido, fue el director de orquesta Eduardo García Barrios, coordinador del Sistema Nacional Fomento Musical, quien llegó a Moscú en 1982 a estudiar dirección orquestal en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.

Y si bien le tocó vivir en sus primeros años un régimen poderoso y afianzado, encabezado aún por Leonid Illich Brézhnev, presidente de la URSS desde 1964 hasta su muerte en noviembre de 1982, fue también testigo privilegiado de una rápida transición que comenzó con la muerte del líder y terminó con la caída del imperio socialista, coprotagonista con el imperio capitalista estadunidense de la llamada Guerra Fría. Literalmente vio la caída del sistema, con la muerte de los últimos líderes del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), y la llegada de Mijaíl Gorbachov con la Glásnost y la Perestroika.

Más aún, le tocó vivir y ser parte de la indignación que hubo en Moscú tras el accidente de Chernobyl, donde el 26 de abril de 1986 explotó la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, el suceso que motivó el libro “Voces de Chernobyl. Crónica del futuro”, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich.

El libro recupera los testimonios de las víctimas del desastre nuclear, cómo les cambió la vida cuando tuvieron que salir de sus casas, abandonar sus pertenencias, y cómo los miraban en otras ciudades, bastaba que dijeran la palabra Chernobyl para que todos voltearan a verlos (Proceso, 2032):

“No perdimos una ciudad, sino toda una vida”, cuenta una de las víctimas.

Tres gobiernos

En sus oficinas de Fomento Musical en la colonia Guerrero, García Barrios rememora el suceso en entrevista con Proceso. Como estudiante extranjero no le cambió la vida –admite–, pero tampoco a los moscovitas en general pues Chernobyl queda muy lejos de la capital rusa (cerca de mil kilómetros).

Tras unos minutos de reflexión se ubica en el pasado: Cuando ocurrió el accidente, en 1986, había pasado ya el 27 Congreso del PCUS en Moscú (fue entre el 25 de febrero y el 6 de marzo de ese mismo año). Y es ahí donde comienza a hablarse de la Glásnost y la Perestroika:

“Yo llego como estudiante a Moscú en 1982, cuando Brézhnev estaba vivo, a los pocos meses muere y fue muy impresionante porque había una situación así como de miedo, sobre todo por parte de las generaciones más viejas que habían vivido la guerra civil, la revolución, la Segunda Guerra Mundial, y luego un periodo como de paz. Las babushkas (abuelas) que trabajaban en el Conservatorio decían: ‘Que no haya guerra, que no haya guerra’. Se formaron tres círculos militares alrededor de Moscú, había incertidumbre, se preguntaban ‘qué va a pasar’.”

Ocurren entonces, una tras otra, las muertes de los sucesores de Brézhnev: Yuri Andrópov (en febrero de 1984), quien “venía de la KGB (Comité para la Seguridad del Estado), que pone como un punto la lucha contra la corrupción, incluso fusilan a gente que estaba metida en la mafia, en lo que era el abastecimiento y los almacenes (GUM), impacta muchísimo, pero se va pronto, muere”.

Le sigue Konstantin Chernenko, “ya grande, una especie de transición, y muere también (10 de marzo de 1985). Recuerdo que le decíamos a un corresponsal mexicano que estaba en la embajada: ‘Ya quédate de una vez para el próximo’, porque en tres años prácticamente hubo tres gobiernos”.

Finalmente llega Mijaíl Gorbachov y se empieza a hablar de cambios. Y es en ese contexto cuando sucede lo de Chernobyl.

García Barrios parece revivir la indignación. Cuenta que todos los estudiantes se enteraron porque de Alemania llegaron noticias de que había llegado hasta allá la nube radioactiva, pero no se había dado ningún aviso a la población de la URSS:

“Nadie informó de nada y te enteras de que a lo mejor te pasó por encima una nube radioactiva… Empezó el rumor de que hubo una explosión del reactor nuclear y se formó una nube terrible, una situación espeluznante, y no recuerdo que hubiera habido información oficial, simplemente sabes que ocurrió y es un escándalo internacional, porque toda Europa se empieza a quejar de que la URSS no dio aviso.”

Originalmente era un sistema muy rígido:

“A nosotros nos daban materias ideológicas: Historia del Partido Comunista Soviético, filosofía, estética, marxismo-leninismo.”

–¿En el Conservatorio?

–¡En el Conservatorio! En una cátedra que era muy poderosa. Y no te atrevieras a reprobar economía política marxista-socialista, porque te sacaban del Conservatorio. Como extranjero yo me las ingenié para nunca ir a estas materias y de alguna manera estaba relajando esta situación.

Menciona que con la llegada de Gorbachov se suavizó esa determinante. Empezaron las críticas al gobierno e incluso en programas de televisión hubo apertura a la libertad de expresión. Chernobyl se inscribe en ese ambiente, pues quizá antes nadie hubiera expresado su indignación por el silencio de las autoridades y, en cambio, tras la apertura, había la posibilidad de exigir información sobre lo que estaba pasando.

–¿Cree que tuvo impacto en la caída de la URSS?

–No lo creo, pero es parte de un todo, una economía subterránea, un desastre económico dentro de la URSS, porque la economía ya no podía sostenerse; como siempre, ese fue el motor. Simplemente era inviable lo que estaba sucediendo económicamente y el nivel de corrupción.

Recuerda que se llamaba al gobierno de Brézhnev como el “estalinismo sin terror”. A modo de ejemplo, relata:

“Cuando la primera maestra que tuve de historia del Partido Comunista Soviético me dice –así textual, estoy hablando del año 1982–: ‘Antes a los disidentes los fusilaban, luego nos dimos cuenta que más bien era gente con problemas emocionales, ahora están en los sanatorios psiquiátricos’. Estamos hablando de millones de muertos durante la revolución estalinista y un control del Estado casi absoluto de las expresiones”.

Golpe de Estado

Graduado con honores en 1990, García Barrios sale del Conservatorio y al poco tiempo de la URSS, pues entonces no había opción para ningún estudiante extranjero de quedarse a vivir allá. Curiosamente unos años después, tras la caída de la URSS y la instalación oficial del sistema capitalista, ya era posible y muchos compañeros suyos se quedaron.

Se le pregunta si, de presentársele la oportunidad, se hubiera quedado. Responde que no lo cree, pues ya estaba muy consciente de que debía volver a México. Para entonces ya había integrado la llamada Sinfonieta de Moscú y deseaba regresar al país a fundar una orquesta-escuela. Así nació la Orquesta de Baja California, con músicos que formaron parte de la Sinfonieta, que él invitó a venir a México.

“Por otra parte, los años 90 y 91 fueron durísimos en la URSS: Hubo hambre, de salir a buscar comida y no encontrarla. En 1991 fue el intento de golpe de Estado y el bombardeo de la Casa Blanca, que es el edificio del gobierno de Rusia (dentro del Kremlin). Era un momento muy duro. Yo estaba muy rusificado, hay una palabra para decirlo: abruchevski (mexicano rusificado). Mi gente más cercana eran los compositores rusos con los que había estudiado, estaba muy inmerso, de verdad no se veía futuro, me sentí igual que los rusos: ‘¿A dónde nos vamos?’.”

Relata que incluso antes de que los músicos invitados por él llegaran a Tijuana, desde enero de 1991 entraron a México muchos músicos rusos, ante la inminente posibilidad de un golpe de Estado, que ocurrió, y el temor de que se cerraran de nuevo las fronteras:

“Todos vimos por televisión el bombardeo, cuando estaba Boris Yeltsin y toda la parte dura del PCUS quiere echar atrás la Perestroika y la Glásnost, y él sale incluso por encima de Gorbachov y logra detener a los golpista, es una escena bastante dantesca. Yo veía ese edificio, lo pasaba siempre rumbo a casa de mi maestra y ver los tanques bombardeándolo y luego a los caciques del partido saliendo con sus banderitas blancas, fue muy impresionante”.

La posibilidad de hacer la orquesta-escuela en Baja California se dio cuando Juan José Bremer Martino estaba como embajador en Moscú:

“Él me conocía, yo estudiaba con Dimitri Kitayenko, a quien él admiraba mucho, y fui a hablar con él. Le dije: ‘Están viajando muchos músicos rusos, no todos los que estamos importando a México tienen nivel’. Me dijo: ‘A mar revuelto, ganancia de pescadores’”.

Para entonces, precisa, los músicos que salieron a fundar la OBC ya no eran considerados disidentes, no huían de la URSS, “existía la posibilidad con un contrato, una invitación, de salir”. Fue el caso, dice el director, de su amigo y compañero de cuarto Dmitri Dudin, yo lo invité a México a trabajar.

Sistema excelente

A pregunta de Proceso, afirma García Barrios que Chernobyl no perturbó la vida en Moscú, más allá de la indignación de enterarse por las noticias en otros países de la nube radiactiva que había pasado sobre sus cabezas. Es como si ocurriera algo en Chihuahua, dice, “por terrible o mal que pueda ser no afectaría a la Ciudad de México”, así como el terremoto de 1985 no afectó a Tijuana. Además los jóvenes no tenían clara conciencia de lo que era la energía nuclear.

Cuenta que decidió estudiar en la URSS invitado por la maestra de viola y violín Gela Dubrova, quien aún da clases en el Conservatorio de las Rosas de Morelia. Metió su solicitud a las cientos de becas que daba la Unión Soviética a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

–¿Alguna vez, estando allá, sintió simpatía por el sistema?

–¿Por el sistema soviético? O sea que debo revelar mis posiciones ideológicas y políticas (ríe).

Se le comenta que para muchos jóvenes de izquierda ir a estudiar a las universidades rusas, como Lomonosov o Patricio Lumumba era el ideal.

“No entre los músicos. Aclaro: en algunos países los jóvenes llegaban a través de sindicatos o partidos, en el caso de México no, por lo menos en la música. Hago el recuento de mis compañeros y músicos latinoamericanos que estábamos allá, llegábamos por un principio artístico-musical, exclusivamente. Podía o no haber simpatías hacia la URSS, obviamente a una persona totalmente de derecha sus papás difícilmente lo iban a dejar irse a Moscú.

“Pero la fuerza, el poder de la escuela rusa, es muy atractivo. Dos, te dan una beca, es decir tienes resuelto al 100% todas tus necesidades, te dan un cuarto con un piano, con un vecino, maestros con un nivel de lo mejor del mundo, el acceso a bienes culturales maravillosos no sólo en el terreno de la música sino del teatro, la ópera, el arte. Definitivamente, la educación en la URSS era de altísimo nivel. El nivel cultural de los estudiantes rusos es muy alto”.

Menciona además que se las ingeniaban para conseguir los libros proscritos. Recuerda por ejemplo los de la corriente de vanguardia de los años veinte, Oberiu, en poesía y teatro, con autores que fueron reprimidos por el estalinismo; dos de ellos, Daniil Harms y Vederny, “geniales, no estaban publicados, habían sido vetados, asesinados incluso”.

Pues un amigo suyo, relata, ya en 1988, en plena Perestroika, pasaba sus noches copiando a máquina toda la poesía de estos dos autores, “una poesía del absurdo ruso, una especie de surrealismo”, y se pasaban la copia de la copia de la copia, porque no había fotocopiadora y muchos deseaban tener ese libro. En las tiendas no se encontraba rock, el rock progresivo de los 70, y sin embargo todo mundo copiaba de un casét a otro a Pink Floyd.

Entonces vuelve a la pregunta de si tuvo o no simpatía por el sistema. Considera que de su parte hubo siempre un cuestionamiento absoluto. Desde los 13 años de edad, dice, leyó el Manifiesto del Partido Comunista, las ideas de Mao Tsé Tung, le había conmocionado además el golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile, en 1973, y “puedo decir que hay una visión de izquierda, definitivamente”.

Ello no le quita, dice, el cuestionamiento al estalinismo, la burocratización del pensamiento marxista. Tuvo una crítica que considera lo defendió de la ideologización y la posibilidad de ser buscado por las juventudes comunistas para incorporarlo a sus filas. Pero fue enormemente feliz estudiando con todas las facilidades y un gran nivel.

Cuando en su último año de estudios su dura maestra de economía política socialista le preguntó, al borde de las lágrimas, cómo veía lo que estaba ocurriendo, respondió que el sistema ya no podía sostenerse más por el grado de burocratización y corrupción al que había llegado:

“Pero lo más tristísimo –le dije– es que la población cree que va a entrar el capitalismo y que los dólares cuelgan de los árboles, y que van a encontrar por fin la felicidad dentro de la libertad, y no va a ocurrir. Si bien hay un crecimiento en Rusia, no se puede negar que hay también miseria. (Con información de Judith Amador Tello)

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