La rebelión de las masas bajo el capitalismo

Simpatizantes de Rousseff y Lula marchan en Río de Janeiro. Foto: AP / Felipe Dana Simpatizantes de Rousseff y Lula marchan en Río de Janeiro. Foto: AP / Felipe Dana

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso=).- 1.

¿Qué demonios está pasando que al norte y al sur, al este y al oeste, las poblaciones de las democracias están sublevándose?

En España la alternancia entre dos partidos, uno de izquierda, el otro de derecha, el PSOE y el PP, se ha interrumpido bruscamente y ahora dos partidos bisoños, Podemos y Ciudadanos, se han hecho de la mitad de los votos de los electores. En tanto en Brasil la euforia y el temor llenan las calles mientras la presidenta Dilma Rousseff está por ser enjuiciada, acusada de trampear los números oficiales de la economía. En Estados Unidos dos de los tres candidatos más atractivos para ganar la Presidencia son independientes. Y en todo Occidente, incluyendo en él por supuesto a México, se presiente el cambio inevitable de los paradigmas políticos.

2.

Los sistemas políticos, tal como los conocemos, parecen estarse derrumbando. Y los comentaristas tradicionales, mientras cabecean para esquivar las piedras que ruedan y no ser ellos mismos aplastados, suelen ofrecer como razones del derrumbe tres fenómenos novedosos que han cambiado la dinámica de la vida pública.

El aumento geométrico de los medios de información, en especial los medios independientes de las grandes corporaciones, inundan la vida pública con una sucesión interminable de escándalos que han erosionado la credibilidad de los políticos tradicionales.

Las ideologías se han desordenado y ya decir de izquierda o de derecha no ordena ni el pensamiento de las élites ni el de los electores.

Y la crisis económica que empezó en 2008 se ha alargado en demasía, y las poblaciones que no ven en el horizonte la esperanza de una vida mejor se deses­peran y buscan alternativas inéditas.

3.

Todo lo anterior, cierto pero equivocadamente calibrado. De cierto, los fenómenos antedichos son efectos pero no causas de la debacle. Existe en verdad una sola causa común al desasosiego en las democracias occidentales y es evidente: fue diagnosticada en 2011 por el economista Joseph Stiglitz, ha sido desde entonces cuantificada y es ahora conocida ampliamente por las poblaciones: el capitalismo ha destruido a las democracias.

Es decir, la acumulación de 60% de la riqueza mundial en 1% de la población es, en la esfera económica, lo contrario a la democracia, al gobierno del pueblo. Una desigualdad que se traduce a la esfera de la convivencia social como un exceso de poder y privilegios de la minoría rica. Aún más grave: ese 1% de billonarios ha pervertido profundamente a los gobernantes y a los informadores tradicionales: los ha doblado, torcido y convertido en lacayos de la única ideología que de verdad rige hoy en la mentidas democracias, la ideología de la ganancia personal.

Así, esa sucesión interminable de escándalos de apariencia variopinta sí tiene una sola fuente. La corrupción. Hoy es un gobernador de Coahuila o el conductor del noticiario más atendido de México, mañana el primer ministro de Islandia, pasado mañana el presidente de Argentina: cada día es otro supuesto servidor del público al que se descubre culpable del mismo pecado, traficar con los bienes comunes para aumentar sus cuentas secretas en paraísos fiscales.

Así, la crisis económica demasiado larga y la pauperización de las clases medias y de trabajadores sí tienen una sola causa. La acumulación de las ganancias de las economías en ese 1%. A decir de Joseph Stiglitz: en los últimos 30 años la economía mundial ha duplicado sus ingresos, pero 90% de ellos han ido a parar en 1% de los privilegiados.

Y así, el eje izquierda-derecha en las ideologías ha dejado de ser el relevante, porque se han vuelto retóricas para encubrir los actos de vandalismo de los políticos. Adecuado al momento histórico, hoy importa a la gente mucho más el eje corrupción-honestidad.

4.

El capitalismo prometió que la persecución del propio interés nos haría ricos a todos. Afirmó que la democracia y el capitalismo eran sistemas de convivencia no solo perfectamente embonables, sino sistemas sincrónicos: sin capitalismo no era posible la democracia. Esta primavera de 2016 ha hecho florecer por doquier la certeza opuesta: el capitalismo irrestricto es el enemigo de la democracia. l

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