“El Bosco”, 500 años de un enigma

Una estatua de El Bosco en Hertogenbosch, Países Bajos. Foto: Alexei Vassiliev Una estatua de El Bosco en Hertogenbosch, Países Bajos. Foto: Alexei Vassiliev

Fue un privilegio plantarse frente a cada uno de los 20 cuadros en los que Jerónimo Bosch “plasmó con una mezcla de ironía amarga, crueldad absoluta y falsa ingenuidad, las obsesiones humanas”. Y es que cada visitante pudo estar literalmente solo para la exposición El Bosco. Visiones de un genio, de acuerdo a la disposición del museo de la ciudad holandesa donde el artista nació, y murió hace 500 años, y que atrajo a 421 mil 700 visitantes en cuatro meses. El siguiente es precisamente un recorrido por la muestra cuadro por cuadro.

HERTOGENBOSCH, Países Bajos (Proceso).- “No hubo nadie como él mucho tiempo antes de que naciera, y pasará mucho más antes de que aparezca alguien que se le pueda comparar”, escribió en 1528 Albero Durero, el artista más insigne del Renacimiento alemán, sobre Jerónimo Bosch, El Bosco.

Unos 429 años después, en 1957, André Breton exclamó entusiasta:

“Bosch es el visionario íntegro… Su obra cuestiona los fundamentos mismos de la pintura.”

El mismo año, extasiado, Henry Miller proclamó:

“Bosch es uno de los muy escasos pintores –¡y en verdad era muchísimo más que un pintor!– dotados de una visión mágica. Su mirada atravesaba el mundo fenoménico, lo volvía transparente y nos revelaba su aspecto original.”

Muy poco tiempo antes del padre y señor del surrealismo y del novelista estadunidense, en 1953 Erwin Panofsky, afamado historiador del arte especialista en Durero y Tiziano, había tenido la modestia de inclinarse ante el insondable misterio del inmenso pintor flamenco:

“No puedo dejar de pensar que aún nos falta por descubrir el verdadero secreto de sus pesadillas y de sus magníficas visiones. Sólo logramos abrir unos tantos agujeros en la puerta de la pieza condenada, pero seguimos sin encontrar la llave…”

Nada más sobrevivió a las vicisitudes del tiempo una cincuentena de obras de El Bosco: entre 21 y 25 cuadros y trípticos –sigue habiendo controversias acerca de la autoría de algunos– y otros tantos dibujos. Pertenecen a 25 patrimonios públicos y colecciones privadas y están diseminadas en 18 ciudades de nueve países europeos y de Estados Unidos.

Y desde hace cinco siglos estas escasas obras embrujan a quienes las contemplan. Poder admirarlas juntas es un privilegio sin igual. Sólo la celebración del V centenario de la desaparición del artista hizo posible ese milagro en dos ciudades íntimamente ligadas a la historia del maestro flamenco: Hertogenbosch (Bolduque, en español, donde nació, vivió y falleció), y Madrid, que conserva en el Museo del Prado el mayor número de sus obras, herencia del rey Felipe II, quien tras casi dos meses de agonía murió rodeado por los cuadros y los trípticos del artista que veneraba.

La muestra del Noordbrabrands Museum en Bolduque, El Bosco. Visiones de un genio, atrajo a 421 mil 700 visitantes en menos de cuatro meses –del pasado 13 de febrero al 8 de mayo– y dejó exhausto a todo el personal de la institución que acabó abriendo sus puertas 16 horas diarias los siete días de la semana.

Los directivos del Prado están convencidos de que El Bosco. Exposición del V centenario, que se inaugurará el martes 31 de mayo y se prolongará hasta el 11 de septiembre, vencerá ese récord de afluencia. Les sobran razones de sentirse optimistas: con 25 cuadros y trípticos –en lugar de 20 en Holanda– la restrospectiva madrileña será la más completa jamás realizada del enigmático flamenco…

Ofrecerá a los visitantes la oportunidad de ver el excepcional Jardín de las Delicias, una de las joyas del Prado, considerado como el tríptico más misterioso de El Bosco y que no fue prestado al Noordbrabands Museum, así como el también espectacular Tríptico de San Antonio Abad del Museo de Arte Antigua de Lisboa, Cristo con la cruz a cuestas prestado por El Escorial, y La coronación de espinas (“Los improperios”) de la National Gallery de Londres. Ninguna de las tres viajaron a Holanda.

Esa supremacía ibérica no disminuye en absoluto el encanto muy particular que caracterizó la manifestación holandesa.

Hundidas en una semioscuridad –muros negros, carmesí o grises y luz tamizada– las salas del Museo Noordbrabants envolvían al visitante en un ambiente de recogimiento, lo aislaban del mundo exterior e inclusive de los demás visitantes, dejándolo solo frente a obras a la vez alucinantes y perfectamente controladas, en las que Jerónimo (Jheronimus) Bosch plasmó con una mezcla de ironía amarga, crueldad absoluta y falsa ingenuidad las obsesiones humanas.

“¿Cómo no estremecerse ante el Carro de heno, tríptico estrella de la muestra, que por primera vez desde hace 450 años salió de Madrid para volver a la ciudad donde lo pintó El Bosco en el apogeo de su talento?”, repitió en múltiples oportunidades Charles de Mooij, director del museo.

De una audacia total, la obra que el rey Felipe II compró en 1570 representa en su tabla central un carro atascado de heno y jalado por seres demoniacos –mitad hombres mitad animales–. Alrededor de él hombres y mujeres tan febriles como codiciosos se matan entre sí para poder arrancar y llevarse tanto heno como pueden. En el primer plano el pintor multiplicó escenas de la vida cotidiana: gordos monjes ebrios, un sacamuelas torturando a una paciente, madres cuidando a sus hijos…

Es apasionante ver cómo ese realismo juega con el carácter a la vez prosaico y metafórico del carro de heno inspirado por la Biblia, que advierte: Toda carne es como el heno y todo esplendor es como la flor de los campos, y por un proverbio flamenco que constata: El mundo es como un carro de heno y cada uno agarra lo que puede.

En la tabla izquierda El Bosco pintó a Adán y Eva expulsados de la quietud del paraíso por un ángel armado con una espada, mientras que en la tabla derecha la humanidad pecadora sufre los suplicios del infierno: cuerpos atravesados por flechas, seres devorados por perros o peces monstruosos y llamas de un incendio desmedido que enrojecen el cielo y carbonizan castillos y casas.

Personajes insólitos. Foto: Alexei Vasssiliev
Personajes insólitos. Foto: Alexei Vasssiliev

Restitución histórica

Es difícil resistir a la tentación de rendir homenaje a cada uno de los cuadros y dibujos presentados en el Noordbrabants tal como lo hace el catálogo, que ofrece textos eruditos y apasionantes firmados por Matthijs Ilsink y Jos Kolfeweij, curadores de El Bosco. Visiones de un genio.

Resulta imprescindible, sin embargo, mencionar pinturas que hicieron correr mucha tinta. Las primeras son dos óleos en panel: La nave de los locos, único cuadro de El Bosco que posee el Museo del Louvre, y Alegoría de la gula y la lujuria, prestada por la Universidad de Yale.

La primera representa a un grupo de borrachitos glotones, hombres y mujeres, amontonados en una nave frágil que beben, toman, cantan, se pelean y gozan totalmente inconscientes del mástil que se va inclinando, del viento que empieza a soplar fuerte y de los peligros que se van acumulando.

En la segunda un extraño gordito que lleva un embudo como si fuera un sombrero y monta un enorme barril de vino como si fuera un caballo, se va acercando de una carpa en la que una pareja esconde su gula y sus amoríos…

Ambas fueron exhibidas juntas, la del Louvre dos centímetros arriba de la de Yale y volvieron así a formar una sola tabla tal como la había pintado El Bosco entre 1500 y 1510. Esa presentación fue una atracción mayor de la muestra.

Hace unos 50 años que los expertos del artista sospechan que los dos óleos eran en realidad uno solo, pero fue gracias a la restauración de La nave de los locos que se confirmó esa hipótesis. Resultó emocionante y divertido ver cómo una rama, la punta del embudo y la pierna de un personaje “pasaban” de una obra a otra.

Falta ahora tratar de entender cuándo y por qué se mutiló ese panel magistral. Los expertos del Centro de Investigación y de Restauración de los Museos de Francia que trabajaron sobre La nave de los locos durante tres años (de 2012 a 2015) dictaminaron que el delito había sido cometido a finales del siglo XIX, justo antes de que el director del Louvre, Camille Benoit, comprara La nave de los locos a título personal. En 1918, cinco años antes de su muerte, Benoit acabó donándola al Louvre. Por su parte, Alegoría de la gula y la lujuria fue obsequiada a la Universidad de Yale en 1959 por una pareja de ricos coleccionistas norteamericanos.

¿Cuál fue el recorrido del panel completo entre su creación en Bolduque y la aparición de su parte superior en París a finales del siglo XIX? Misterio. ¿Por qué se atentó así en su contra? Los especialistas no tienen duda al respecto: Sólo la codicia, uno de los vicios que más estigmatizó El Bosco en sus obras, puede explicar semejante crimen ya que resulta mucho más lucrativo negociar dos Bosch que uno solo.

Al lado del panel resucitado, que evoca dos de los siete pecados capitales –la gula y la lujuria–, los curadores de la muestra expusieron otro, extraordinario, de la misma dimensión, La muerte del avaro, prestado por la National Gallery of Art de Washington y que fustiga a dos otros pecados capitales: la avaricia y la envidia.

La muerte con una flecha en la mano aparece en el umbral de la puerta de un dormitorio y sorprende a un avaro sentado desnudo en su lecho agarrando una bolsa llena de monedas que le brinda un personaje satánico. Al pie de la cama se ve un baúl abierto lleno de tesoros alrededor del que se encuentran otros tres demonios y el avaro representado en una época anterior de su vida. El Bosco sugiere que la flecha de la muerte está a punto de atravesar el cuerpo ya lívido del avaro.

Al igual que Matthijs Ilsink y Jos Koldeweij, numerosos expertos están convencidos de que La nave de los locos y Alegoría de la gula y la lujuria, por un lado, y por el otro La muerte y el avaro, pertenecían a un tríptico cuya parte central era otra metáfora de los tres últimos pecados capitales: la soberbia, la ira y la pereza. Todos los personajes sueñan con su posible reaparición y justifican su esperanza con el hallazgo de La tentación de San Antonio, obra proveniente de los almacenes Nelson-Atkins Museum of Arts de Kansas City (Misuri, Estados Unidos).

Atribuido a un discípulo del maestro flamenco, ese pequeño óleo sobre panel de 38.6 centímetros de alto por 25.1 de ancho, que parece ser un fragmento de la ala de un tríptico desmantelado, fue comprado en 1935 por el fundador del Museo Atkins, guardado en bodega y nunca expuesto.

En septiembre de 2015, expertos del Proyecto de Investigación y Conservación del Bosco (PRCB) radiografiaron la obra con las técnicas más sofisticadas de la actualidad y analizaron con sumo cuidado los dibujos subyacentes de la pintura, así como detalles de la pincelada del artista. Su conclusión fue categórica: El Bosco pintó esa Tentación de San Antonio entre 1510 y 1515. Esa nueva autoría convirtió al óleo en una de las obras estelares de la muestra holandesa.

Mas allá de su caótica historia, la obra resulta particularmente atractiva: representa al santo arrodillado que recoge agua en una jarra. Se apoya en un bastón, indiferente a los esfuerzos que multiplican monstros malignos para distraerlo. El rostro del ermitaño expresa cansancio y humildad. Al igual que los demás santos que celebró El Bosco –Cristóbal, Jerónimo, Egidio o santa Wilgeforte–, San Antonio aparece como profundamente humano y cercano. Es un simple mortal expuesto al mal y enfrentado con su libre albedrío: resistir al pecado o dejarse llevar por él. Esa temática obsesiva del maestro refleja las reflexiones de la transición entre la Edad Media y el Renacimiento en la que vivió.

Entre el Medioevo y el Renacimiento. Foto: Alexei Vassiliev
Entre el Medioevo y el Renacimiento. Foto: Alexei Vassiliev

El misterioso dibujante

Prestado por la Galleriedell’Academia de Venecia, el Tríptico de santa Wilgeforte causó gracia y sorpresa en Bolduque. Atada a una cruz parecida a la del Cristo, elegantemente vestida de rojo, la mujer domina una multitud sacudida por el espanto, la indignación o el furor. Lo más curioso de la obra no es esa figura femenina crucificada sino la audacia con la que El Bosco pintó su rostro hermoso pero extrañamente barbudo…

Wilgeforte (virgo fortis en latín, “virgen valiente” en español), santa de leyenda venerada en la Edad Media, era una princesa católica que su padre quiso casar con un rey pagano por razones políticas. La joven pidió protección a Dios, que tapó su belleza con una barba. Espantado, su pretendiente se esfumó, y el padre de la santa la castigó crucificándola.

Los más antiguos comentarios sobre el tríptico remontan a 1664, año en que éste ya se encontraba en Venecia. Con el curso del tiempo alteraciones de la pintura generaron duda sobre el sexo del o de la mártir. Y fue sólo a raíz de la restauración del tríptico (2013-2015) que se evidenció la ligera barba rubia que El Bosco pintó con delicadeza para respetar a la vez la belleza de la princesa y la fuerza de la leyenda.

De Venecia también llegaron a Hertogenbosch los Cuatro paneles del más allá o Visiones del más allá, presentados juntos en la última sala de la muestra y que compusieron una despedida alucinante del maestro flamenco a sus visitantes. Prestados por el Museo di Palazzo Grimani fueron pintadas en la última década de vida de El Bosco, y a partir de 1520 adornaron la mansión veneciana del cardenal Domenico Grimani.

Ese conjunto de cuatro obras escenifica el fin de los tiempos y el juicio final. Dos paneles, El Paraíso terrenal y Ascensión al Epireo, representan a las almas en camino hacia el paraíso, mientras que en los dos otros, Caída de los condenados y El Infierno los pecadores se hunden en las tinieblas.

El más enigmático es sin duda alguna Ascensión al Epireo. Lleva cinco siglos hipnotizando a quienes se toman el tiempo de mirarlo detenidamente: en la parte superior resplandece un inmenso y magnífico túnel de luz que aspira a las almas puras simbolizadas por seres desnudos, en estado de éxtasis, a quienes ángeles atentos guían hacia la orilla del más allá. Contrasta la luminosidad divina del túnel con la penumbra que baña el resto de la obra. Sólo los cuerpos inmaculados de los elegidos resplandecen como estrellas en un cielo nocturno.

Destaca también La caída de los condenados por su exigencia plástica: apenas se pueden vislumbrar en las tinieblas cuerpos torturados de pecadores, sin salvación posible, a merced de verdugos satánicos.

Capital también fue en Hertogenbosch la presentación de 18 de la veintena de dibujos atribuidos a El Bosco.

“Sencillos y espontáneos, estos bosquejos del pintor nos dan la impresión de observar al artista mientras trabajaba, inclinado sobre su mesa, con su pluma en la mano…”, escriben Ilsink y Koldeweijen en el catálogo de la muestra.

La obra dibujada del flamenco revela su empatía con los marginados, los mendigos, los lisiados e inclusive los ladrones, pero algunos bocetos siguen siendo muy misteriosos.

Es el caso de un extraño dibujo realizado con pluma y tinta negra que aceptó prestar a Bolduque el Staadtliche Museum de Berlín. Su título, El bosque tiene oídos, el campo tiene ojos, se refiere a un proverbio muy conocido de fin del siglo XVI que aconsejaba manejarse siempre con la máxima prudencia. A mediados del XVI inclusive se completaba con una frase muy explícita: Quiero ver, escuchar y callar.

Un árbol seco con ramas desnudas ocupa gran parte de la hoja amarillenta de 20.5 centímetros de alto por 12.7 de ancho. El protagonista de la obra es un inquietante brujo albergado en una amplia cavidad del tronco observando su entorno con desconfianza. De cada lado del árbol se erigen dos grandes orejas humanas; al pie del tronco están diseminados en el pasto siete ojos abiertos que miran fijamente a quienes los contemplan.

Arriba de la hoja, El Bosco escribió en latín medieval Miserrimi quippe est ingenii semper uti inventis et nunquam inveniendis:

“Lo característico del espíritu más miserable es servirse de tópicos y nunca de invenciones propias.”

Los exégetas del pintor se pierden en conjeturas sobre el sentido secreto de ese mensaje.

¿Pero por qué no considerarlo simplemente como una discreta confidencia de un artista sin igual que inventó imágenes únicas y eternas para hablarnos de nosotros mismos?

Imaginación y realismo. Foto: Alexei Vasssiliev
Imaginación y realismo. Foto: Alexei Vasssiliev

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