Desde una mazmorra para el mundo

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como recordarán los cinéfilos, el aclamado largometraje canadiense The Red Violin[1] versó sobre el convulso periplo de un violín cuyo barniz se había elaborado, supuestamente, con sangre humana. Según el delirante guión de la película, el fabricante del instrumento, un imaginario Niccoló Bussoti de Cremona, vertió en la fórmula del barniz la sangre de su esposa recién muerta y con ello creó un instrumento insuperable…

Empero, más allá de las ficciones propias de la cinematografía, en el pedigrí de los violines y en las biografías de sus constructores se hallan historias fabulosas ‒y rigurosamente verídicas‒ sobre las que vale la pena indagar. Para no ir más lejos, acudamos al gran laudero Giuseppe Guarneri, apodado Del Gesú, ya que su misteriosa vida daría para novelas y guiones y, sobre todo, porque uno de sus instrumentos mejor conservados ‒un ejemplar de 1734 conocido como Le violon du Diable‒ ha tenido una trashumancia que desemboca muy cerca de nosotros…

Así pues, Giuseppe Guarneri vio la luz en Cremona como parte de una dinastía familiar dedicada a construir instrumentos de cuerda. El año de su nacimiento estuvo confundido durante mucho tiempo, mas hoy se sabe que ocurrió en 1698. Con respecto a la fecha de su muerte no hay certeza, asumiéndose que ocurrió también en Cremona en un momento cercano al 1744, dado que fue ese el año de construcción de su último violín. Fue sobrino del fundador de la estirpe de constructores y, de notar, su padre no se dedicó profesionalmente a la laudería. El tío Andrea fue aprendiz del famoso Niccoló Amati (1596-1698), y se piensa que al tiempo de su tirocinio convivió en el mismo taller con Antonio Stradivari (1644-1737). En algunas biografías se ha mencionado que Giuseppe aprendió el oficio con Stradivari, pero no hay constancia de ello, particularmente porque sus modelos de violines difieren en la forma y los acabados de aquel. Lo que sí sabemos es que empezó a construir instrumentos alrededor de los veintidós años de edad ‒su primer violín conocido es de 1720‒ y que en algún momento de su actividad profesional tuvo un taller propio situado en la zona más exclusiva de Cremona, adyacente a los locales de las familias Stradivari y Bergonzi.

Se ignora, asimismo, si estuvo casado y si tuvo descendencia. Y tampoco se sabe de discípulos. Es decir, las oscuridades de su existencia son inmensas y como único testimonio escrito de su pasado sobrevive una nota periodística donde se consigna que estuvo encarcelado largos años por alguna causa desconocida y que fue en prisión donde construyó sus instrumentos más osados. Podemos ahora preguntar en qué consiste esa osadía, pues es ella la razón por la que se pagan precios astronómicos ‒la mayoría de sus violines se cotizan actualmente por encima de los diez millones de dólares‒ y por la que los concertistas sueñan con poseer, o al menos tocar, alguno de sus violines. Digamos de acuerdo con los expertos, que sus creaciones tienen una personalidad que combina extravagancia y descuido. A menudo sus instrumentos son asimétricos, y muestran acabados burdos en los que descuella la irregularidad del barniz y la selección desordenada de la madera, sin embargo, todos ellos portan el sello inequívoco del genio.

Dicho esto, cerremos el espacio dedicado al hombre, asentando que la leyenda refiere que su encarcelamiento acaeció por haber asesinado a sangre fría y que gracias a una amante pudo agenciarse las herramientas y los insumos para realizar su trabajo dentro de su celda carcelaria. También gracias a ella pudo realizar ventas y cobranzas.

Ahora sí, dispongámonos para emprender un viaje cuajado de destinos que arranca en 1734 dentro de algún viejo edificio de Cremona. Para sumarnos a la probabilidad asumamos que fue éste una cárcel. Lo que nos interesa señalar es que ahí se gesta el nacimiento de un objeto vivo que no cesará de viajar y de conmover, de la mano de personajes de la más variada índole. Tampoco nos importa cómo y quién realiza la primera transacción comercial para emprender su travesía por el mundo. Demos por hecho que fue la amasia del laudero quien cobra la suma dejando en propiedad de un ignoto amante de la música, el invaluable violín.

La ausencia de documentos hace suponer que en los primeros ochenta años de vida, el instrumento permanece en Italia, cambiando seguramente de dueños. Se presume que fue el violín de concierto de Gaetano Pugnani (1731-1798),[2] quien fuera alumno de Giuseppe Tartini (1692-1770) y a su vez maestro de G. B. Viotti (1755-1824). Tiene que llegar la segunda década del XIX para que aparezca el nombre de un propietario comprobable. Es éste un tal Rossel de Minet, quien lo adquiere en 1820 por un precio elevado y lo saca de la península para llevárselo a Francia. Desconocemos en qué tipo de actividades artísticas se desenvolvió este personaje, mas podemos suponer que fue un violinista acaudalado que lo cuidó con celo. Veintiocho años permanece el violín en dicha custodia. Es justo que aclaremos que hasta este momento no hay referencia a sus propiedades acústicas.

En 1848 aviene la siguiente adquisición que es realizada por un individuo que hace historia tanto en la música como en la danza. Se trata del renombrado Arthur Saint Leon (1821-1870), a quien se recuerda, entre otras cosas, por sus destacadas aportaciones como coreógrafo y virtuoso del violín. A él se deben, por ejemplo, el primer método de notación coreográfica donde se especifican los movimientos de torso, brazos y cabeza y la coreografía original del ballet Coppélia con música de Leo Delibes.[3] No podemos soslayar la mención de que Saint Leon fue discípulo, nada menos, que de Nicoló Paganini (1782-1840). Acompañando a Saint Leon el Guarnerius transcurre temporadas entre Paris, Viena, Londres, San Petersburgo, Lisboa, Stuttgart, Londres y Venecia. Es en el teatro La Fenice de esta última ciudad donde Saint Leon se presenta por vez primera bailando y tocando dentro de un ballet intitulado Tartini il violinista, Ballo storico romantico in tre Atti. La fecha exacta del estreno es el 5 de Marzo de 1848 y la traemos a colación porque su éxito es tan resonante que, de inmediato, la Ópera de Paris se empeña en contratar a Saint Leon para otros montajes ideados para que él y su violín cautiven al público. Suceden entonces las representaciones, a partir de 1849, de una nueva versión del ballet sobre la vida de Tartini y su encuentro con el demonio, llevando esta vez el título de Le violon du Diable.

La evidencia del impacto creado por Saint Leon ‒compuso los solos de violín y también los bailó‒ ante los parisinos tiene tal magnitud que de ahí sobreviene el apelativo del Guarnerius, mismo que le será dado, décadas después, por los ingleses. A la muerte del bailarín, el violín pasa a formar parte de la colección de J. B. Vuillaume (1798-1875), quien se lo vende en 1872 a la duquesa de Fleury, una violinista amateur maridada con un anciano rico que se hace de la vista gorda con los cuernos que ella le inflige. Entre otros, la duquesa mantiene una relación extramarital con Franz Liszt (1811-1886) y podemos dar por bueno que el Guarnerius suena en muchas veladas después del amor acompañado por el piano del virtuoso húngaro.

A partir del deceso de la condesa en 1885, Le violon du Diable entra en una etapa de relativo aislamiento debido a que sus siguientes poseedores son, más que músicos, coleccionistas. Durante un cuarto de siglo el Guarnerius descansa en el castillo del millonario Eùgene Fau en el sur de Francia. Con su fallecimiento, el violín viaja a Inglaterra donde permanece tres años en las bóvedas de la casa W. E. Hill & Sons. En 1913 es adquirido por Richard Bennet, quien lo deposita en una vitrina de su mansión en Lancashire y cabe decir que la Bennet Collection fue la más notable de su época.

Muerto Bennet, el violín regresa a Londres para ser custodiado nuevamente por la casa Hill & Sons. Transcurre entonces un largo asentamiento hasta que aparece su siguiente comprador. Es éste el millonario Rene Pierre Lacombe, quien ejerce la medicina en Nueva York. En sus manos el Guarnerius yace hasta 1972 que es cuando pasa a engrosar el inventario del negociante Jacques Français, en la Fifth Avenue de N. Y. Y es a partir de éste último intermediario que el violín del diablo realiza su más reciente viaje, acumulando dos centurias y media de andanzas. Desde la mazmorra cremonesa, pasando por los lugares antedichos, el Guarnerius viene a la Ciudad de México para engalanar la fastuosa colección de la familia Prieto.

[1] Película del 1998 dirigida por François Girard y estelarizada por Samuel L. Jackson y Jason Flemyng. La banda sonora fue compuesta por John Corigliano, llevando al violinista Joshua Bell como intérprete.

[2] Se sugiere la audición de alguna obra de su autoría. Audio 1: Gaetano Pugnani – Sinfonía del melólogo Werrther. (Academia Montis Regalis, Luigi Mangiocavallo, director. OPUS 111, 1996)

[3] Se recomienda la visión del siguiente vínculo que contiene un famoso segmento del Ballet: www.youtube.com/watch?v=ryFyVpqbqGQ

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