PAN-PRD, coalición determinante

Anaya y Basave en conferencia de prensa. Foto: Benjamin Flores Anaya y Basave en conferencia de prensa. Foto: Benjamin Flores

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En las tres entidades (Durango, Quintana Roo y Veracruz) donde ganaron, el PRD puso los votos que marcaron la diferencia y el PAN, a los candidatos. En contrapartida, en las dos (Oaxaca y Zacatecas) donde el PRD postuló a los candidatos, las divisiones internas del perredismo y la fuerza de Morena impidieron que se alzaran con el triunfo y los llevaron a irse al tercer lugar en Zacatecas y quedarse muy cerca de ello en Oaxaca.

Tanto en los dos estados donde la coalición perdió como en Tlaxcala, una coalición de la izquierda (PRD-PT-Morena) hubiese logrado el triunfo, con lo cual la debacle tricolor hubiese sido casi total: únicamente habrían conservado Hidalgo y recuperado Sinaloa, donde ni una alianza PAN-PRD o de la izquierda hubiese sido suficiente para ganarle a la encabezada por el tricolor; sólo una coalición de todo el resto de los partidos hubiese logrado derrotarlos.

La debacle priista fue muy significativa, pues las 12 entidades donde se eligió gobernador el domingo 5, más allá de incluir a cinco estados (Durango, Hidalgo, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz) en los que el tricolor había logrado mantener su hegemonía sin permitir alternancia en el Ejecutivo, en la pasada elección intermedia (2015) habían sido de las entidades donde mayor porcentaje de votación había acumulado (mientras a escala nacional obtuvo 31.4% de la votación válida; en éstas 12, fue 35.3, es decir, prácticamente cuatro puntos porcentuales más).

Y de ese 35.3% se derrumbó al 28 en las elecciones del pasado domingo; es decir, por debajo de su promedio nacional de 2015 y más de siete puntos porcentuales menos de los que había obtenido en estas 12 entidades. En contrapartida, prácticamente el mismo porcentaje que perdió el PRI lo ganó el PAN, que en esas 12 entidades se colocó como la principal fuerza electoral con alrededor de 29% de los votos (en 2015 obtuvo en estos estados 22.1%, prácticamente el mismo porcentaje que obtuvo a nivel nacional: 22.5).

Mientras tanto Morena fue la otra fuerza que subió en las preferencias electorales al pasar de 9.5% en 2015 a 13.6% el pasado domingo; las pérdidas –de las que se nutrió Morena– se repartieron en el resto de las fuerzas políticas.

La alternancia de partido en el gobierno en ocho estados (de los cuales el PRI perdió seis y PAN y PRD, una cada uno) muestra claramente que la población castigó los malos gobiernos, particularmente los que se caracterizaron por sus escándalos de corrupción e inseguridad; en algunos casos ambos, como Chihuahua, Tamaulipas y Veracruz.

Por otra parte también es muy sintomático que de las tres entidades que ganó la coalición PAN-PRD hace seis años, en esta ocasión únicamente logró hacer coalición en dos de ellas (en Sinaloa fueron por separado) y que en la única que lograron retener (Puebla) no fueron en coalición. Esto refleja que a pesar de lo rentables que resultan electoralmente las coaliciones, no es lo mismo al momento de gobernar: en unos casos dividen a los partidos que los apoyaron y, en otros, como en Oaxaca, aunque logren mantenerse unidos no lograron hacer un buen gobierno y el electorado los castigó.

Otro dato es que la coalición PRI-PVEM, que ahora se mantuvo en los 12 estados (en 11 incluso logró sumar al Panal; la excepción fue Puebla) no logró los buenos resultados que habían tenido en la elección intermedia de 2015, cuando lograron hacerse de la mayoría en la Cámara de Diputados, con la bien estructurada ingeniería electoral (Proceso 2016) para postular candidatos priistas adjudicándolos al grupo del PVEM, para lograr burlar el tope de ocho puntos porcentuales de representación.

Aunque el hecho de que en cuatro estados los partidos políticos hayan logrado mantenerse en el poder, muestra que el factor que más alentó el voto de castigo fue el mal gobierno estatal; es un hecho que también influyó el desempeño del presidente Enrique Peña Nieto y su gabinete, lo cual destruye el discurso de que la ciudadanía había refrendado su apoyo al gobierno federal, al lograr en la elección intermedia incrementar el número de diputados que había obtenido en la elección presidencial, lo que no habían conseguido los tres presidentes que le antecedieron.

Es un hecho que hay una redistribución del poder en México, pues por primera vez el PRI (concediendo que Chiapas lo ganó en alianza con el PVEM y, por lo tanto, también se le suma) se quedará únicamente con la mitad de las gubernaturas (16); el PAN, en contrapartida, jamás había gobernado en 11 estados; en cambio el PRD se queda únicamente con cuatro; y el independiente en Nuevo León.

Pero al revisar las preferencias electorales en las 12 entidades que eligieron gobernadores, resulta que ninguna de las fuerzas políticas llega a 30% de las mismas. El PAN y el PRI rondan 29%; Morena se consolida como tercera fuerza con alrededor de 13% de los votos y el resto de los partidos se ubican en porcentajes de un solo dígito e, incluso, si estos 12 estados fueran reflejo de lo que sucede a nivel nacional, Movimiento Ciudadano y Partido Encuentro Social hubiesen perdido su registro. De hecho el primero no postuló candidatos a gobernador en siete estados y el segundo, en tres.

Así aunque al haber conseguido el mayor porcentaje de votación, el PAN logró revertir una tendencia a la baja y reposicionarse de cara a las elecciones presidenciales; lo cierto es que el porcentaje de votación es muy bajo y, en estos momentos, una posible victoria en las elecciones de 2018 pasa necesariamente por la conformación de alianzas electorales, lo cual no parece viable. Hoy dos partidos (PAN y PRI) y un candidato (Andrés Manuel López Obrador) tienen prácticamente las mismas posibilidades de ganar la carrera presidencial; pero todavía faltan poco más de dos años para la elección.  

Comentarios

Load More