Música de glúteos

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En este 2016, Hieronymus Bosch ‒mejor conocido por los hispanohablantes como El Bosco‒ cumple quinientos años de muerto y algunos de sus trabajos, vale que lo enunciemos con atronadora sonoridad de trompetas, adquieren cada vez mayor vigencia. Soslayando la destreza técnica y la desbordante imaginería que caracteriza su pintura, la componente profética de sus visiones se revela en toda su crudeza ante la debacle ecológica que hoy padecemos, sobre todo, en el plano acústico que nos concierne.

Pero antes de entrar en materia, acaso debamos citar los exiguos datos biográficos del personaje. Hieronymus Bosch fue el nombre artístico elegido por Jeroen Anthonissen van Aeken (Hertogenbosh, antiguo Ducado de Brabante ‒hoy Holanda‒ 1450 ca. ‒ Agosto de 1516 en la misma urbe) para firmar varios de sus óleos. El porqué de la elección del pseudónimo se desconoce, mas se presume que surgió como referente de su ciudad natal. Hertogenbosh se traduce como “La floresta del Duque”. En cuanto a su entorno familiar, lo poco que se sabe es que fue hijo y nieto de pintores ‒de ascendencia germana‒, que tuvo dos hermanos y una hermana y que el oficio, con buena probabilidad, lo aprendió en casa. Asimismo, se conserva un acta de matrimonio en la que se consigna su unión, alrededor de 1481, con Aleyt Goyaerts van den Meerveen, una mujer de buena posición económica que heredó una propiedad en el pueblo de Oirschot, lugar donde se presume que la pareja transcurrió algunas temporadas. Se piensa también que fue gracias a su enlace conyugal que pudo dedicarse a su arte sin restricciones de índole material. No dejó descendientes. En lo que concierne a la fecha de su muerte, el dato se preserva en los archivos de la Hermandad de nuestra bendecida Señora, cofradía religiosa que le organizó la misa de difuntos el 9 de agosto del año citado.

Fuera de eso, todo lo demás se ignora y lo único con que contamos para deducir las peculiaridades de su carácter y las preocupaciones que lo afligieron en vida, son sus obras. De ellas sobreviven cerca de cuarenta y cinco (entre óleos, dibujos, trípticos y paneles) y están distribuidas en dos continentes (Europa y América), dieciocho ciudades (Rotterdam, Gante, Brujas, Londres, París, Lille, Madrid, Valencia, Berlín, Fráncfort, Viena, Venecia, Washington, Nueva York, Kansas, New Haven, Boston y Los Ángeles) y veinticuatro colecciones. En lo que respecta a la temática de su pintura, es invariable y emana de las Sagradas Escrituras, con especial apego a la naturaleza pecaminosa de la bestia humana y su consecuente punición en los infiernos habidos y por haber.

Asentado lo anterior podemos encaminarnos hacia lo que nos atañe, es decir, las sonoridades intuidas, junto a la música propuesta por el Bosco dentro de sus creaciones. De éstas, debemos consignar que existen seis en las que las atmosferas sonoras son explícitas, e incluso tres están codificadas. A saber, la Alegoría de la intemperancia (o de la gula y la lujuria), La nave de los locos, El juicio final, el Concierto en el huevo, el tríptico La carreta del heno y la más famosa del corpus pictórico ‒considerada inclusive como una de las obras más enigmáticas de la Historia del Arte‒, o sea, el tríptico El jardín de las delicias, perteneciente al Museo del Prado en Madrid. Es ésta aquella en la que nos detendremos mayormente, poniendo particular atención en su panel derecho, también conocido como el Infierno musical, de hecho, de su lectura hemos extraído el título de la presente nota, con sus consecuentes atribuciones.

Sobre la Alegoría de la intemperancia,[1] digamos nada más que aparece un hombre obeso soplándole a una suerte de clarín de caza. Está montado sobre un barril del que brotan chorros de vino que varios seres abyectos se afanan por sorber. Las notas del clarín, nos atrevemos a sugerir, anuncian la perdición que espera a los bebedores, amén de servir como preámbulo del coito. Éste se da a entender por la pareja que brinda dentro de una carpa abierta en la que se ha recluido después de haber comenzado a despojarse de sus pesados ropajes.

Nave de los locos (The Ship of Fools), de El Bosco.
Nave de los locos (The Ship of Fools), de El Bosco.

En la alucinada Nave de los locos,[2] más allá de la densa simbología que yace en cada uno de los elementos, sobrevuela como punto focal de la composición, una tonada que cantan cuatro de los personajes. Una monja es quien marca el compás tocando el laúd con la mirada perdida y un fraile franciscano, con la nariz enrojecida por el alcohol y con los ojos turbios, le hace segunda al tiempo que otros dos sujetos, trastornados y perdidos, se unen en coro. El resto de los retratados se mantiene al margen de la tonada, ocupándose sólo de sus propias obsesiones.

Juicio Final, de El Bosco.
Juicio Final, de El Bosco.

Tocante al tríptico sobre el Juicio Final, la presencia de cuatro ángeles trompetistas es relevante. Son ellos los que musicalizan el dictamen que realiza el supremo creador al constatar las barbaridades y bajezas a las que la extraviada criatura humana se ha aficionado. De haber recibido un mundo florido y apacible, la estupidez del hombre ‒con sus atributos de avidez, codicia, rapacidad, inconsciencia y sevicia‒ se encargó de convertirlo en un paraje yermo, infértil y contaminado de todas las porquerías imaginables, tal como habría de revelarse en ese futuro que ya nos alcanzó.

Concierto en el huevo, de El Bosco.
Concierto en el huevo, de El Bosco.

Con respecto al Concierto en el huevo,[3] su nombre lo dice todo. Diez individuos se empeñan en darle vida a una partitura, pero no parecen lograrlo. Están distraídos, mirando cada uno por su lado y aquel que debiera empuñar la batuta para llevar a buen fin la concertación, tiene una lechuza parada sobre la cabeza y le revolotean varias aves de rapiña. La involuntaria alusión que hace el Bosco a muchos de los directores de orquesta del porvenir es precisa. El escenario surreal del concierto también nos confirma las abigarradas y fraudulentas políticas que vendrían a regir en los teatros por nacer.

La carreta del heno, de El Bosco.
La carreta del heno, de El Bosco.

Como en el cuadro anterior, el tríptico La carreta del heno[4] también dispone de una partitura que es sostenida por una devota mujer. De ella lee un músico inepto que necesita que alguien le señale en qué compás se encuentra. Para reforzar la ironía, un demonio azulino le añade a la ejecución del otro las notas que emite su esmirriado cornetín. El grupo de adeptos a la música se yergue sobre una montaña de heno que, huelga que lo subrayemos, es tan frágil y perecedera como las futuras carreras de artistas del sonido. Paradójicamente, el público circundante los mira con admiración…

Jheronimus Bosch, Touched by the Devil TRAILER from Pieter van Huystee Film on Vimeo.

Ahora sí, es momento de encaminarnos hacia el postigo del Jardín de las delicias, donde se enseñorean las calamidades del Infierno. Como ya asentamos, es prioritariamente un infierno sonoro. Sobra decir que su inclusión dentro del tríptico es resultado, nuevamente, de los deficientes seres bípedos que abusaron de los pecados capitales y qué, cual castigo divino, fueron arrojados al averno más terrible que el Bosco haya podido concebir. La composición puede dividirse en tres niveles. En el superior destacan edificaciones sombrías envueltas en esas enrarecidas humaredas que nuestro presente podría identificar con la polución del aire. A caballo entre el nivel superior y el central aparece un par de orejas que nos remiten, de inmediato, a las torturas auditivas que moran en ese infierno que, hoy, sería consustancial a nuestra realidad mundana. En metáfora perfecta, Van Aeken las pintó atravesadas por alfileres y un puñal desafilado.

Dentro del nivel central, poblado a su vez de fango y aguas negras, sobresale el primero de los hipertrofiados instrumentos musicales que están ahí para flagelar a los condenados. Se trata de una gigantesca cornamusa de la que ya no sale aire sino humo.

Adentrándonos en el nivel inferior nos topamos con las pesadillas más ominosas surgidas de la imaginación del artista. Una multitud de seres indefensos es presa del poder aniquilador de la mala música. Para demostrarlo está un arpa inmensa en cuyas cuerdas quedó crucificado un infeliz, así como un laúd gigantesco que aplastó a un pobre diablo que lleva una partitura impresa en los glúteos.[5] En la contemplación de esta última imagen se condensan nuestras premisas: ¿Podría hablarse de una música hecha con las nalgas o tocada, como dijéramos coloquialmente, con el culo? A las pruebas de nuestra actualidad cultural habría que remitirnos…

[1] Depositada en la Yale University Art Gallery. New Haven, Connecticut. USA.

[2] Propiedad del Musée de Louvre en París.

[3] En custodia del Musée des Beaux Arts de Lille, Francia.

[4] En posesión del Museo del Prado en Madrid.

[5] Se aconseja la escucha de sus notas, esclarecidas éstas por una investigadora norteamericana, así como de la composición Codex Gluteo que surgió como tributo al tríptico aludido. Video: Música oculta en el Jardín de las delicias: https://www.youtube.com/watch?v=ZkBDvst_SQA Audio 1 Introitus del Codex Gluteo. (Atrium Musicae, Gregorio Paniagua, director. HISPA VOX, 1978)

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