Perú: Un presidente por azar

Pedro Pablo Kuczynski celebra los resultados en Lima, Perú. Foto: AP / Rodrigo Abd Pedro Pablo Kuczynski celebra los resultados en Lima, Perú. Foto: AP / Rodrigo Abd

El próximo presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, tenía todo para perder la segunda vuelta de las elecciones: el hombre al que sus compatriotas llaman El Gringo padece ataques de ira que lo hacen despotricar violentamente contra sus rivales, aunque luego tenga que disculparse; aparentemente generaba poco entusiasmo entre los electores; ha sido una “máquina de cometer errores”; tiene dificultad para sintonizar con la sensibilidad de la gente… y aun así ganó. Los analistas creen que el voto no fue a favor suyo, sino contra el fujimorismo.

LIMA (Proceso).- Dos semanas antes de la segunda vuelta electoral en Perú, Pedro Pablo Kuczynski fue vapuleado en un debate por la candidata rival, Keiko Fujimori.

Muchos peruanos que veían en él su última esperanza para evitar el regreso de la familia Fujimori al poder se exasperaban viendo cómo apenas atinaba a contrarrestar los zarpazos de su contrincante y se esforzaba en dar datos técnicos de su programa, que pocos entendían bien. Se llegaron a preguntar si realmente quería ganar esa elección.

Sólo tres días después PPK, como es conocido popularmente, decidió pasar al ataque y declaró en un mitin que “hijo de ratero es ratero también”, en referencia a Keiko, cuyo padre, el expresidente Alberto Fujimori, está actualmente preso por varios casos de corrupción y por crímenes de lesa humanidad. El exabrupto fue unánimemente censurado y el candidato tuvo que pedir disculpas.

Nadie duda de la experiencia y la capacidad de Kuczynski, que ha sido ministro en dos gobiernos distintos, pero su torpeza y falta de oportunidad política es vista con recelo de cara a los cinco años de gobierno que le esperan, con una minoría parlamentaria de casi cuatro a uno frente a la bancada fujimorista Fuerza Popular.

Su victoria el pasado domingo 5 por una ventaja mínima de sólo 0.24 puntos porcentuales –equivalente a menos de 40 mil votos de un padrón de más de 18 millones–, se debió más a los errores del fujimorismo y a los apoyos de última hora recibidos por parte de otros candidatos.

“El Gringo”

Kuczynski es un peruano atípico, como atípica ha sido su forma de llegar al Palacio de Gobierno.

Hijo de inmigrantes europeos de primera generación, es alto, de piel blanca y rasgos europeos, por lo que es llamado El Gringo. De hecho, hasta antes de empezar la campaña tenía la doble nacionalidad peruano-estadunidense.

Su madre era una maestra franco-suiza (tía del cineasta Jean-Luc Godard) y su padre un médico alemán de ideas socialistas que llegó a Perú en la década de los treinta huyendo del nazismo y se instaló en la Amazonía para combatir las enfermedades tropicales. Fue director del leprosario de San Pablo, el mismo en el que recaló el Che Guevara durante su viaje de juventud por Sudamérica.

Sin embargo, todo punto de coincidencia entre PPK y el guerrillero argentino termina ahí. El presidente electo de Perú ha saltado a lo largo de su vida del sector privado –como empresario y miembro de directorios de grandes compañías internacionales–, al sector público, donde representa a la tecnocracia neoliberal. Sus opositores lo acusan de lobbista y de haber servido a los intereses de las grandes compañías desde los cargos públicos que ha ocupado.

“Es una persona que tiene cierta polémica por sus conexiones de puerta giratoria con intereses privados, sobre todo en el mercado del gas y en el de la banca internacional”, asegura el analista político Alejandro Godoy. Sin embargo, añade, “no se le puede achacar que haya obtenido plata de forma ilegal. Se hizo millonario con su propio esfuerzo”.

Tras una infancia que transcurrió entre Lima e Iquitos, una ciudad a orillas del río Amazonas a la que sólo se puede llegar por barco o avión, estudio economía en la prestigiosa universidad británica de Oxford y obtuvo una maestría en economía política en la estadunidense de Princeton.

Se estrenó en el sector gubernamental durante la primera presidencia de Fernando Belaúnde Terry (1963-1968), como asesor económico y gerente del Banco Central de Reserva (BCR). Pero en 1968 el general socialista Juan Velasco dio un golpe de Estado y rápidamente expropió un complejo petrolífero de la estadunidense International Petroleum Company.

Pese a esto, la petrolera logró sacar del país 115 millones de dólares a través del BCR, por lo que los gerentes de la entidad tuvieron que huir del país para evitar represalias del nuevo régimen militar. Kuczynski lo hizo escondido en la cajuela de un auto por la frontera con Ecuador.

Con el regreso de la democracia, en 1980, volvió al país para ser ministro de Energía y Minas del segundo gobierno de Belaúnde (1980-1985), puesto en el que también fue acusado de favorecer a las petroleras extranjeras al impulsar leyes en esta materia.

Completó su experiencia de gobierno durante la restauración democrática tras la caída del régimen de Alberto Fujimori (1990-2000), como ministro de Economía y presidente del Consejo de Ministros (un cargo similar al del primer ministro del sistema europeo) de Alejandro Toledo (2001-2006).

Aquí tuvo otra polémica actuación que ha sido utilizada ampliamente por sus rivales en la campaña electoral para atacarlo, pues negoció los contratos para la explotación del gas de los yacimientos de Camisea, unos de los más importantes de todo el continente, en condiciones que fueron muy desventajosas para Perú.

Hace cinco años compitió por la Presidencia, pero quedó en tercer lugar detrás del actual presidente saliente, Ollanta Humala, y de la propia Keiko Fujimori. No obstante no se dio por vencido y a sus 77 años decidió presentar otra vez su candidatura. Apenas unos meses antes de las elecciones creó, al más puro estilo caudillista peruano, un nuevo partido en torno a su figura. De hecho, los dirigentes de este partido decidieron llamarse Peruanos Por el Kambio (PPK), para que las siglas coincidieran con las de su líder.

Desde hacía tiempo las encuestas lo situaban como firme candidato a la Presidencia y entró en campaña en un segundo lugar que le daba el pase a la segunda vuelta. Sin embargo, muy pronto empezó a estancarse.

Los analistas dijeron que no había evolucionado nada desde las anteriores elecciones y los candidatos emergentes comenzaron a rebasarlo. Primero el exgobernador regional César Acuña. Luego Julio Guzmán, otro tecnócrata completamente desconocido pero mucho más joven y con la ventaja de representar una cara nueva en la desprestigiada escena política peruana.

Su actitud en campaña daba a entender que consideraba su currículum y sus propuestas, sobre todo en materia económica, como gancho más que suficiente para ganarse el apoyo del electorado; que con su ONG Aqualimpia (con la que financia proyectos locales de potabilización y saneamiento) se inmunizaba frente a las acusaciones de ser proempresarial; que no necesitaba entrar en los ataques a los contrincantes típicos de las campañas electorales.

Sólo la eliminación de Acuña y Guzmán por el Jurado Electoral en una polémica decisión (el primero por regalar el equivalente a 4 mil 500 dólares en dos actos proselitistas y el segundo por errores administrativos en la elección de candidato de su partido) le permitió pasar a la segunda vuelta.

Con una pequeña ayuda de la DEA

Su pasividad ha desconcertado incluso a sus propios colaboradores. “Él tiene sus propios tiempos. A veces no atiende el sentido de desesperación y urgencia que tenemos quienes trabajamos con él. A veces nos cuesta comprenderlo”, reconoció en una ocasión uno de ellos, Gilbert Violeta, en una entrevista con el diario La República.

Kuczynski “es una persona que se maneja con una actitud muy despreocupada ante la vida y eso exaspera a mucha gente”, apunta Godoy.

Un ejemplo: inmediatamente después de pasar a la segunda vuelta por un margen estrecho, se fue de vacaciones cinco días a Estados Unidos mientras Keiko intensificaba su campaña.

A pesar de que había obtenido en la primera votación poco más de 21% de los apoyos frente a casi 40% de Fujimori, las primeras encuestas de cara a la segunda vuelta lo situaban empatado con ella o incluso ligeramente por encima.

El aumento del apoyo a PPK tuvo poco que ver con el candidato, que genera poco entusiasmo entre los electores en general, y mucho con el antifujimorismo que prevalece en casi la mitad de la población de Perú, que no olvida las violaciones a los derechos humanos, la corrupción y los métodos autoritarios del régimen de Alberto Fujimori.

Pero Kuczynski pareció no querer explotar este filón y poco a poco la otra candidata comenzó a ganarle terreno en una campaña agresiva hasta que alcanzó su máxima ventaja (de entre cuatro y nueve puntos porcentuales según las encuestas) tras el primer debate, a sólo 14 días para la votación.

“PPK ha sido una máquina de cometer errores. Tiene mucha dificultad para sintonizar con la sensibilidad real de la gente. Tiene una frialdad muy grande y es muy transparente en todo sentido. Está donde está por el azar”, apunta el analista Carlos Basombrío.

Su poco carisma y habilidad política se pusieron en evidencia no sólo por su falta de conexión con la gente, sino sobre todo cuando trató de ser agresivo. Al incidente de llamar “ratera” a su contendiente (y de paso a miles de peruanos descendientes de personas con problemas con la justicia), se suma otra declaración en la que acusó a la candidata en la primera vuelta del izquierdista Frente Amplio, Verónika Mendoza, de ser una “media roja” que no había hecho nada “en su perra vida”. También tuvo que disculparse.

Pese a que se jacta de ser conciliador y dialogante, sufre incontrolables ataques de ira, como cuando respondió a gritos a un grupo de periodistas que le estaba haciendo preguntas o como cuando, malhumorado, llamó frente a las cámaras “ignorante” a un reportero que le cuestionaba su negativa a renegociar los contratos para exportar gas. Pocos días después, aceptó que sí se podía hacer.

No obstante, se ha mantenido firme en otras posturas poco populares, como la negativa a utilizar al ejército en tareas de seguridad o construir cárceles a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar para presos peligrosos, como proponía Keiko.

Consciente de que la inseguridad ciudadana va a ser el principal reto de su gobierno, ha rehuido las ofertas efectistas y ha propuesto mejorar la inteligencia, los salarios de los policías y cárceles productivas, medidas a más largo plazo consideradas más eficaces por los especialistas.

En materia económica, sin embargo, sus propuestas no han diferido mucho de las de su rival: búsqueda de formalización laboral, fortalecimiento de la pequeña y mediana empresa con créditos baratos, bajas del impuesto general sobre las ventas.

Su inesperada y casi milagrosa remontada en las dos últimas semanas se debió en parte a una campaña más atrevida de PKK y a su actitud más combativa en el segundo debate, pero sobre todo a errores de su rival y a una pequeña ayuda de la administración antidrogas estadunidense (DEA), que admitió en un reportaje televisivo que estaba investigando a Joaquín Ramírez, secretario general de Fuerza Popular, uno de los hombres de confianza de Keiko y su principal financista.

En un principio, esta revelación no pareció afectar la intención de voto para Keiko. Pero un intento de su candidato a la vicepresidencia, José Chlimper, de desacreditar al informante de la DEA que había revelado por primera vez el caso mediante una burda manipulación de una conversación telefónica de éste, hizo recordar a muchos los trucos sucios empleados por el gobierno de Alberto Fujimori.

Incluso la excandidata Mendoza acabó pidiendo el voto a favor de Kuczynski. El apoyo de la “media roja” que no había hecho nada en su “perra vida”, fue para muchos analistas fundamental para su victoria.

Desde que las encuestas a boca de urna le daban el triunfo por la mínima, PPK y su equipo de campaña han hablado de “conciliación” después de una campaña muy dura que terminó llena de acusaciones mutuas. Es consciente de que, con sólo 18 legisladores en el Congreso (de 130 escaños), va a necesitar muchos apoyos y de muchos equilibrios para sacar adelante sus propuestas.

Por una parte, tiene a las fuerzas antifujimoristas, como Mendoza, u otros partidos como el de César Acuña que le dieron la victoria. Por el otro, la mayoría aplastante del fujimorismo, con 73 congresistas. No obstante, no está claro cómo va a quedar este grupo tras la segunda derrota consecutiva de Keiko.

Ya antes de la elección, el fujimorismo estaba desgarrado entre el ala moderada o ‘keikista’ y aquella más dura o ‘albertista’, liderada por el expresidente encarcelado y representada por su hijo menor, Kenji. Éste ya le mostró los dientes a su hermana durante la campaña al decir que si ella perdía, él presentaría su candidatura a la Presidencia dentro de cinco años y ni siquiera acudió a votar el domingo 5.

Además, muchos de sus diputados podrían alinearse con el gobierno, pues algunos son representantes de las regiones con débiles lazos con el fujimorismo e intereses locales que dependen en buena medida del financiamiento proveniente del Ejecutivo.

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