EuroCopa 2016: Ángeles y demonios

PARÍS (apro).- Alivio general: las selecciones de futbol de Rusia y Ucrania no alcanzaron los octavos de final de la Eurocopa 2016. Vencidas y humilladas, regresaron a casa y detrás de ellas los comandos de ultras que las seguían.

Alexander Shprygin, el ultranacionalista presidente de la Asociación de Hinchas de Rusia, saboreó sin embargo el triunfo de sus “tropas” sobre las de Inglaterra en Marsella el sábado 11, dándose el lujo de desafiar a las autoridades galas.

Detenido el 14 de junio por la policía junto con otros 43 fanáticos del equipo mientras viajaban en autobús hacia la ciudad de Lille con la intención de asistir al partido de su equipo contra el de Eslovaquia –y probablemente de “perturbarlo”– Shprygin y sus seguidores pasaron tres días en un centro de retención junto con indocumentados de todas partes, entre otros de Afganistán, antes de ser devueltos manu militari a Moscú.

Su regreso a la madre patria fue triunfal, por lo menos en las redes sociales de fanáticos rusos. Muy seguro de sí mismo, Shprygin prometió públicamente a sus admiradores que volvería a Francia para “apoyar” a la selección rusa contra la de Gales.

Y cumplió su palabra: el lunes 20 se paseó muy campante por las calles de Toulouse –ciudad anfitriona del encuentro deportivo– y se metió tranquilamente en el estadio de futbol donde fue de nuevo detenido por la policía francesa justo en el inicio del partido. Acabó otra vez expulsado del país.

Unos segundos antes de que despegara el avión en el que los agentes policiacos lo subieron a fuerza, el “hincha más incómodo” de la EuroCopa 2016 –le fascina ese título que le atribuye la prensa gala– confió por twitter a sus seguidores que “viajar a cuenta de los franceses” lo tenía encantado…

¿Cómo Shprygin pudo regresar a Francia sólo dos días después de su expulsión y estando en la lista de indeseables que deben imperativamente consultar los servicios de seguridad del espacio de libre circulación de Schengen?

El líder de los hinchas rusos explicó, muerto de la risa, que había aprovechado el control migratorio español bastante defectuoso del aeropuerto El Prat de Barcelona donde había aterrizado proveniente de Moscú.

Semejante “descuido” no deja de ser inquietante en estos tiempos de amenaza terrorista islámica contra Europa en general y Francia en particular.

El currículum vitae de Alexander Shprygin, que aparece de vez en cuando en fotos junto con Vladimir Putin y se vanagloria de su amistad con el ministro de Deportes, arroja bastante luz sobre las relaciones entre la ultraderecha y las franjas más radicales de los hinchas de Rusia.

Nacido en 1977, este fanático de futbol pasó en el 2000 un año en la cárcel por robo con violencia. Integró uno de los clubes de hinchas del equipo Dinamo Moscu en 2007 en el que se lució gracias a la fuerza de sus puños y a su sentido de la organización. Muy pronto acabó liderando primero a todos los clubes de seguidores del Dinamo Moscu, y luego a la red de Asociaciones de Hinchas de Rusia.

Mientras dirigió a los ultras del club moscovita multiplicó provocaciones introduciendo saludos y manifestaciones neonazis en los estadios de futbol. Sin embargo, después de haber conquistado la presidencia de la red nacional de hinchas renunció a esa referencia histórica verdaderamente alucinante si uno recuerda los millones de rusos que murieron en la guerra contra los nazis.

Ya se perdió la cuenta de las declaraciones racistas de Shprygin que sueña con una selección nacional de futbol solamente integrada por “eslavos” y critica a la de Francia porque cuenta con “demasiado negros”.

Además de ser líder de los hinchas ultras rusos, Shprygin, que la organización Fare considera como “un enlace capital entre políticos rusos de altísimo nivel, líderes de ultraderecha y movimientos nacionalistas extremistas”, se desempeña como principal asesor del diputado Igor Lebedev, vocero adjunto de la Duma (Parlamento ruso) y segundo a bordo del ultranacionalista Partido Liberal Demócrata de Rusia.

Fare es una red internacional de ONG y clubes deportivos y profesionales de futbol que luchan juntos contra las discriminaciones sociales y raciales en el ámbito de este deporte. Fue contratada por la UEFA para documentar manifestaciones racistas durante la EuroCopa y lleva años denunciando el peligro de las relaciones cada vez más estrechas que tejen la ultraderecha europea, en particular de Europa Oriental, con las hordas radicales de aficionados del balompié.

Si bien los hooligans rusos “se robaron el show” al principio de la EuroCopa, los ultras croatas y húngaros que se desataron en los estadios no quedaron atrás. Los primeros pelearon entre sí, exhibieron sus torsos desnudos –algunos “adornados” con la cruz gamada– y dispararon bengalas contra los jugadores durante el partido entre la República Checa y Croacia, el cual tuvo que ser interrumpido durante cuatro minutos. Los segundos optaron por medirse a puños con los servicios de seguridad en los estadios de Burdeos y Marsella durante los partidos en los que la selección húngara se enfrentó con las de Austria e Islandia. Además lanzaron todo tipo de proyectiles y una lluvia de bengalas a la cancha.

Resultado: la comisión disciplinaria de la UEFA impuso multas de, respectivamente, 100 mil y 65 mil euros a las federaciones croata y húngara. Hoy esa misma comisión analiza los casos de los hinchas de Albania, Rumanía, Bélgica y Turquía que también provocaron desorden en los estadios.

Consternada, la UEFA constató que ya la tercera parte de las federaciones que participan en la competición ha sido sancionada o está a punto de serlo…

Dos rayos de sol iluminan, sin embargo, ese panorama bastante oscuro: vienen de Irlanda e Islandia cuyos equipos y aficionados sedujeron a los franceses, por lo menos a los que siguen interesándose en el balompié a pesar de las incesantes manifestaciones contra la ley laboral, de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, de las amenazas y los ataques del Estado Islámico.

Los aficionados irlandeses –no de Irlanda del Norte, sino de la República de Irlanda– ya ganaron la EuroCopa de la simpatía.

Pululan en internet videos chistosos en los que aficionados vestidos de verde y siempre risueños de la green army aparecen cantando serenatas a francesas o entonando canciones más viriles junto con policías galos. También se ve a los aficionados irlandeses solícitos con ancianitas y monjas en las calles o en el metro de París, apapachando a niños, ayudando a cambiar neumáticos de autos, esperando autobuses y tranvías en filas bien ordenadas, limpiando las calles después de sus bacanales con cerveza o rembolsando a los automovilistas los daños causados a sus vehículos por alguno que otro aficionado demasiado extrovertido…

Sus coros conmovieron hasta las lágrimas al público de los tres estadios en los que jugó –muy dignamente, dicen los expertos– su selección, la cual enfrentará el domingo 26 a la de Francia.

¿Seguirá la fascinación gala por los merveilleux irlandeses si pierden los azules?

También se les puso piel de gallina a los espectadores de los estadios de Saint Etienne, Marsella y París cuando escucharon cantar a los 30 mil aficionados islandeses –la décima parte de la población total del país– que siguen como un solo hombre al equipo del pulgarcito del evento deportivo.

Es la primera participación en la EuroCopa de la selección de ese país-archipiélago de sólo 331 mil habitantes (la mitad de la población de la delegación de Coyoacán o la cuarta parte del municipio mexiquense de Neza) y de 103 mil kilómetros cuadrados, escondido en el extremo noroeste de Europa al lado de Groenlandia.

Totalmente olvidada por el resto de Europa, la selección islandesa causó estupor cuando logró calificarse para la EuroCopa 2016. Realizó semejante proeza sacando de la competencia a los Países Bajos y venciendo a Turquía y a la República Checa. En la EuroCopa misma impresionó aún más su resistencia ante Portugal y Hungría (1-1 en ambos casos) y su sorprendente victoria contra Austria (2-1).

Además de cantar tan bien como los irlandeses, los islandeses –jugadores y aficionados– desbordan simpatía y alegría. Nunca arman desorden, hacen lo imposible, a pesar de la infranqueable barrera del idioma, para comunicarse con sus huéspedes franceses. Al igual que los irlandeses, consumen litros de cerveza sin nunca perder la compostura. O casi nunca. Poco pretenciosos, consideran como un triunfo absoluto haber alcanzado los octavos de final y todavía no se atreven a pensar en algo más grande…

Uno que otro analfabeta en materia futbolística, como la autora de estas líneas, empiezan a soñar, sin embargo, en una gran final “angelical” entre los vikingos de Reikiavik y los celtas de Dublín.

Pero más allá de la “divina” sorpresa de la irrupción de ese país minúsculo en el muy selecto escenario del futbol europeo, vale la pena tratar de entender por qué se fue desarrollando el balompié en Islandia.

Fue en el año 2000 que el gobierno islandés empezó a invertir masivamente en el futbol y lo hizo en gran parte para salvar a los jóvenes del alcoholismo que causa estragos en ese país. Ese esfuerzo empieza a tener buenos resultados a nivel social y va brindando reconocimiento al país a nivel deportivo.

Las autoridades islandesas mandaron construir canchas cubiertas con césped artificial hasta en los pueblos más apartados para facilitar los entrenamientos a lo largo de todo el año en ese país que padece inviernos larguísimos y despiadados. El gobierno facilitó además la capacitación profesional de un auténtico ejército de coachs que ahora entrenan con suma disciplina desde a los pequeños de clubes infantiles de futbol hasta los integrantes de los numerosos clubes de amateurs.

Y en todas partes se busca inculcar los verdaderos valores del deporte: espíritu colectivo, respeto, preocupación por los demás, compañerismo, autodominio, superación personal, modestia, fair play (juego limpio), participación lúdica, perseverancia, tolerancia… entre otros.

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